martes, 14 de octubre de 2014

Jemi 41 - Corazones Heridos


En unos minutos entraban por el camino de grava que conducía a la casa de Joe. Era una construcción sencilla de tablas de madera pintada de blanco, con contraventanas ne­gras y un amplio porche frontal con un columpio y una mecedora. Alrededor del porche había rosales, y matas re­cién plantadas que apenas asomaban por encima de la tierra en el arriate.
Joe ayudó a Demi a bajar del vehículo mientras Nick llevaba las maletas al porche.

-¡Como pises mis semilleros te acuerdas! -le advirtió Joe.
Nick se detuvo con una de sus grandes botas en el aire, y giró la cabeza para mirar a Joe.
-¿Qué semilleros?
-¡Los que estás a punto de pisar! -masculló Joe-. He plantado dalias en ése, y en aquel otro una mezcla de altra­muces azules, pinceles indios, caléndulas y margaritas.
-¿Te gusta la jardinería? -le preguntó Demi en un mur­mullo.
Joe bajó la vista a sus ojos verdes, y tuvo la impresión de que el suelo temblara un instante bajo sus pies. Tenía unos ojos preciosos, y a pesar de los cortes y los cardenales seguían siendo igual de exóticos y fascinantes.
-Me gusta sentir la tierra entre mis manos.

Demi también estaba perdida en sus ojos, y se notaba un cosquilleo que la recorría de arriba abajo por la intensidad de su mirada. Quería acercarse más a él, y que él la rodeara con sus brazos fuertemente. No le haría ningún bien a sus costillas, por supuesto, pero la tentación era tan grande que detestó tener que resistirse.

-Eso mismo decía el traficante al que arrestamos el año pasado -dijo Nick con sorna, sin mirarlos. Pasó las maletas por encima de los arriates y las soltó en el borde del suelo del porche-. Había plantado dos kilos de cocaína en su jar­dín -dijo con una sonrisa maliciosa-. Seguro que esperaba que creciera algo.
Joe despegó sus ojos de los de Demi.
-Y le cayeron diez años por ello -dijo.
-Por desgracia otros ocuparán su lugar -farfulló Nick-. Bueno, en realidad ya lo han hecho. Nuestro nuevo trafi­cante de crack tiene unos cuantos parientes influyentes en la ciudad. Pero tú por supuesto no me has oído decirlo, ni sabes nada de esto -le advirtió a Demi.
-Oh, por supuesto que no sé nada; nada de nada -se apresuró a asentir ella con una sonrisa cómplice-.Y además de verdad -añadió al cabo de un rato, poniéndose seria-Muchas veces me siento tonta... sobre todo al lado de Joe, que parece saberlo todo.
-Para ya con eso -la reprendió Joe, tocándole con el índice la punta de la nariz-.Tú eres una chica muy lista.

Demi sonrió y se sonrojó ligeramente, sintiendo que no podía apartar sus ojos de los de Joe.
Nick estaba de acuerdo, pero no quiso intervenir porque tenía la sensación de que sería entrometerse en algo que no le concernía. Al menos parecía que la relación entre Demi y Joe había cambiado, que se llevaban bien. Era un co­mienzo.

-Miley me ha pedido que os diga que podéis venir a casa a cenar cuando queráis -los invitó Nick-. Esta misma noche, si os parece.
Demi vaciló, y miró a Joe.
-Bueno, no sé... -le dijo él a Nick-. Demi ha tenido unos días un poco difíciles, y el viaje en avión debe haberla dejado cansada, pero la semana próxima iremos.
-Dales las gracias a Miley de parte de los dos -le dijo Demi-. Es un detalle por su parte, porque en realidad lo único que haremos será molestar, cuando tiene dos niños pequeños de los que ocuparse.
-No tan pequeños -replicó Nick riéndose-: ya gatean. 
- jJessamina ya gatea? -exclamó Joe. Nick lo miró irritado.
-Gatean los dos. Jessamina tiene un hermano, Joe, y se llama Jared.
-Ya lo sé -contestó Joe-, pero os lo dejo a vosotros -farfulló arrogante-. Jessamina es mi niña. Espera a que va­yamos a tu casa; cuando entre por la puerta, a ti ni te mi­rará.

Nick estuvo a punto de sugerirle que le pidiera a Demi que le diera una hija ya que le había tomado tanto afecto a la suya, cuando recordó el bebé que la joven había perdido, y que sospechaba que era de Joe. Según parecía las pala­bras de Joe también habían molestado a Demi, cuyos ojos se habían puesto tristes de repente.
Sin embargo, se le pasó rápidamente cuando se acordó de la mascota de Joe.

-¡Tu serpiente! -exclamó-. ¿Está... está ahí dentro? -in­quirió preocupada.
-Tranquila -le respondió Joe pacientemente-. Imaginé que te pondrías así si veías a Mikey en la casa, así que se la devolví a Bili Harris.
-Gracias -dijo Demi aliviada.
-Bueno, yo tengo que irme a casa, pero deberíamos en­trar antes -dijo Nick.
-¿Los tres? -inquirió Joe extrañado.
-Pues claro, los tres.
Nick subió los escalones del porche y abrió la puerta.
-Eso se llama allanamiento de morada, Jonas -le advir­tió Joe.
-Lo es... si no tienes el permiso del propietario.
-Pues yo soy el propietario y no tienes mi permiso -re­plicó Joe.
Nick no le hizo caso y se rió.

Entraron los tres, y se encontraron con la mesa del co­medor llena de comida. Había cazuelas tapadas, fuentes con lonchas de jamón de york y queso, una enorme ensalada, magdalenas, y al menos cinco postres distintos.
El teniente Barrett, un hombre delgado y moreno, estaba allí con una gran bolsa en la mano y una sonrisa en los labios.

-Justo a tiempo, jefe -le dijo a Joe-. Todas nuestras es­posas le han preparado algo para que no tuviera que cocinar al llegar. Sabemos que le gustan las rosquillas y las mermela­das de Julia García, así que aquí tiene un bote de mermelada de mora, otro de mermelada de uva, y una bandeja entera de rosquillas.
-La esposa del teniente García hace las mejores rosquillas del mundo -le dijo Nick a Demi.
-Gracias -murmuró Joe sorprendido-. No me espe­raba esto.
-Has tenido una larga semana -dijo Joe, encogiéndose de hombros-, y pensamos que estarías demasiado cansado para meterte en la cocina, eso es todo.
-Lo estoy -admitió Joe-. ¿Y la señora Jewell?
-Vendrá en cuanto tenga listas sus cosas -respondió Nick-. Me dijo que estaría aquí aproximadamente dentro de una hora. Sandie Jewell es la enfermera que te va a atender -le explicó a Demi-. Tiene unos cincuenta años y le en­canta cocinar. Te gustará. Vio tu primera película en el cine y le encantó. Aunque vete preparando, porque te bombar­deará a preguntas sobre tu compañero de reparto, Rance Wayne. Es una gran admiradora suya.
Demi sonrió.
-Ya veo. En ese caso le diré lo menos posible... para no quitarle la ilusión -contestó. Se llevó una mano al rostro-, Aunque al verme con esta cara nadie se creerá que he salido en ninguna película.
-Los cardenales y los cortes se desvanecerán, señorita -le dijo el teniente Barrett-.Volverá a ser tan bonita como an­tes, ya lo verá.
-Gracias -respondió Demi tímidamente.
-Bueno, hora de irnos -le dijo Nick a Barrett.
-¿Cómo es que no he visto tu coche? -le preguntó Joe al teniente.
-Porque yo lo dejé aquí con la comida de camino al aeropuerto -le confesó Nick con una sonrisa-. No queríamos que el ver su coche te diera una pista y nos estropeara la sorpresa.
-Sí que ha sido una sorpresa -admitió Joe, y sonrió-, Gracias.Y decidle a la señora García que sus rosquillas y sus mermeladas no se echarán a perder. Daré buena cuenta de ellas.
-Si no te das prisa no -le dijo Demi traviesa-. Me encantan las rosquillas y la mermelada de mora. Mi abuela so­lía hacerme las dos cosas cuando era niña.
-Bueno, nos marchamos antes de que empecéis vuestra batalla campal -dijo Nick guiñándoles un ojo-. ¡Que no nos enterarnos por los vecinos de que estáis montando jaleo!, ¿eh?
Joe sonrió y acompañó a Nick y Barrett a la puerta.

En menos de cinco minutos Joe había regresado junto a Demi. No le dijo que había puesto a Nick y a Barrett sobre aviso respecto a la posibilidad de que el ex empleado de carrera o un asesino a sueldo fuera a por Demi. Así se en­cargaban de mantener la casa vigilada cuando él no estu­viera.

Joe también había pensado en tener armas cargadas y escondidas en distintas partes de la casa, y le había ocultado a Demi que la señora Jewell, aparte de cuidar a personas enfermas, también había trabajado como ayudante del jefe de policía del condado. De hecho, su hijo era agente de policía y trabajaba con Joe, y la mujer sabía manejar un arma casi tale bien como el propio Joe y no había nada que la asustase. Si hubiese algún problema, mantendría a Demi a salvo hasta que llegase ayuda.

Qué detalle tan bonito, ¿verdad? -le dijo Demi a Joe-. Aunque no creo que sea capaz de comerme todo esto de una sentada.
-Necesitas tomar proteínas para reponerte -dijo él-. Y ti le preocupes por ganar algún kilo. Has perdido tanto eso que te lo puedes permitir.
Demi se volvió hacia él y lo miró preocupada.
-¿Te parece que estoy demasiado delgada? ¿De verdad?
Joe inspiró despacio.
-Tu figura no es asunto mío -le dijo en un tono lo más amable que pudo-.Te he traído aquí para protegerte...
Demi cerró su mente; no quería escucharlo En sus la­bios se dibujo una sonrisa, pero fue una sonrisa forzada.
-Lo sé -farfulló-. Sólo era por hablar. Bueno, ¿dónde está esa mermelada?

Joe la observó mientras sacaba los dos botes de una bolsa de papel, junto con unos platos de cartón y otros utensilios, y empezaba a levantar las tapas de los envases de plástico que contenía las comidas preparadas.

-Todo esto tiene una pinta estupenda -murmuró, como si no pasara nada.

En su interior, sin embargo, su corazón se estaba par­tiendo en dos. Había tejido sueños y esperanzas en torno a él, y no estaba segura de que pudiera llegar jamás a dese­charlos por mucho que supiera que Joe sólo la había lle­vado allí para ocuparse de ella hasta que se recuperase. Tenía que desengañarse, se dijo. Tal vez la encontrara atractiva, de­seable, pero eso eran sólo cuestiones superficiales. No quería ningún tipo de compromiso, y ella sí.

-Esto parece un guiso de calabaza -murmuró levan­tando la tapa de una cazuela.
Joe puso cara de asco.
-¿Dónde está mi pistola?
-Joe, por favor, la calabaza es un vegetal tan noble como otro cualquiera -lo aleccionó Demi con un aire fin­gido de superioridad-. Los indios se la dieron a conocer al hombre blanco, y tú tienes antepasados indios, así que debe­ría encantarte.
-Sólo se la dieron para deshacerse de ella -replicó Joe. Demi se echó a reír, y se sirvió en su plato una cucha­rada bien grande del contenido de la cazuela.
Luego levantó el plato hasta la nariz para inhalar el deli­cioso olor.
-Mmm... -murmuró.
-Puaj -contestó Joe, apartándose de aquella cazuela. Los dos llenaron sus platos en silencio y comieron con apetito, porque en ninguno de los dos vuelos les habían ser­vido nada de comer, a excepción de los típicos paquetitos de cacahuetes. Joe le sirvió a Demi un vaso de té frío azu­carado de una jarra que había encontrado en la nevera, se sirvió otro él, y volvió a guardar la jarra.
-Qué bien que nos hayan hecho té frío -le comentó a Demi, sentándose a su lado-. Me encanta.
-Yo no puedo tomarlo cuando estoy trabajando -le ex­plicó ella-. Las calorías, ya sabes.
-Todos los alimentos tienen calorías -replicó Joe.
-Sí, pero el azúcar tiene el mismo valor nutricional que un trozo de cartón.
-No me extraña que estés delgada.
-No es porque coma poco, es por el ritmo de vida que llevo -contestó Demi. Se giró en la silla para mirarlo, y con­trajo el rostro al hacerlo. Todavía sentía dolor-. Rodar una película es un proceso largo y pesado, y las películas de acción, como la que estamos haciendo, implican mucho es­fuerzo físico: artes marciales, escenas peligrosas...

En ese momento recordó la caída que había tenido y la pérdida de su bebé, y se quedó callada.
Joe advirtió la expresión perdida en su rostro.

-No hagas eso -le dijo suavemente-. Mirar atrás no solu­ciona los problemas, sólo hace que surjan otros nuevos.Y por desgracia nada de lo que hagas podrá cambiar lo que ocurrió.
Demi tomó con el tenedor un poco de ensalada de pa­tata y se la llevó a la boca.
-Nunca antes había estado embarazada.
-Habría acabado con tu carrera -le dijo Joe con aspe­reza.
-Podrían haber cambiado el guión para acomodarlo a mi estado -dijo Demi encogiéndose de hombros-. No ha­bría sido tan dificil. Joel hizo que modificaran el guión de la actriz protagonista de una película que anunció a mediados del rodaje que se había quedado embarazada.

Joe la miró con curiosidad. No hablaba como esas muj­eres que creían que era imposible compaginar la materni­dad con el trabajo. De hecho, oyéndola daba la impresión de que le parecía algo fácil.
Demi, que se había dado cuenta de que la estaba mi­rando, se echó a reír.

-No tienes por qué preocuparte, Joe. Ni siquiera re­cuerdo cuándo fue la última vez que intenté dejar embara­zado a un hombre.
Había esperado a que Joe estuviese bebiendo para de­cir eso, y, como había esperado, el té salió disparado en todas direcciones.
Joe soltó una palabrota, y Demi, riendo, le tendió un par de servilletas de papel, y lo observó mientras se limpiaba la camiseta.
-Lo siento -le dijo-, no he podido evitarlo. Es que esta­bas muy serio.
Joe la miró largamente.
-Tranquila, no suelo enfadarme... pero suelo vengarme. Demi se echó a reír.
-Bueno, al menos ha merecido la pena.
Joe se llevó de nuevo el vaso de té a los labios, y es­bozó una sonrisilla. Una cosa estaba clara: durante la estan­cia de Demi no iba a aburrirse.


Jemi 40 - Corazones Heridos



Y estaba en lo cierto: tres días después Demi había salido del hospital. Fueron a su piso, y Joe empezó a preparar su equipaje.
La joven se dio cuenta de que parecía sentirse incómodo allí, en su dormitorio, donde habían compartido una larga noche de pasión, pero no mencionó aquel día, y él tam­poco.
Mientras hacía su maleta, Demi lo observaba fascinada, siguiéndolo con la mirada mientras abría cajones y doblaba blusas, admirando cómo se ocupaba de cada detalle con efi­ciencia, y devorando con los ojos las masculinas formas de su cuerpo y sus apuestas facciones.

-Se te da muy bien -le dijo.
Joe la miró y le sonrió.
-He vivido con la maleta a cuestas casi toda mi vida: pri­mero en la academia militar, luego en el ejército... tengo mucha práctica.
-Ya se ve -respondió ella. Miró en a su alrededor con un suspiro-.Voy a echar de menos tener mi propio espacio du­rante estas semanas -le confesó-. Éste es el primer sitio «mío» de verdad. Antes de alquilar este piso había vivido con Cullen en su ático, y luego estuve compartiendo alqui­ler con otra modelo. Éste en cambio es sólo mío.
Joe sonrió.
-Te gustará mi casa. Dicen que está encantada.
Demi enarcó las cejas.
-¿En serio?
-Cuentan que un hombre la construyó para su esposa, que era de ascendencia escocesa-irlandesa, más concreta­mente de la Isla de Skye -explicó Joe, doblando otra blusa y metiéndola en la maleta-. Según las leyendas locales no convenía hacer enfadar a la buena señora, porque podían ocurrir cosas terribles. No es que fuera una mala persona, sólo que tenía el «don» del mal de ojo. También decían que era clarividente.
-Vaya, como yo -murmuró Demi-; aunque no sé echar el mal de ojo, y de eso estoy segura, porque si supiera Sam estaría unos cuantos metros bajo tierra.
Joe se echó a reír.
-No creo que pudieras vivir con una muerte sobre tu conciencia.

Se hizo un silencio elocuente detrás de él, y Joe se vol­vió, curioso, pero Demi no estaba mirando en su dirección, sino que estaba sacando libros de una estantería.

El corazón de la joven se había desbocado, y se alegraba de haberse dado la vuelta para que Joe no pudiera verle el rostro. Había todavía algunas cosas de su pasado que no quería que Joe supiera. Al menos aún no.

-¿Qué libros son? -inquirió Joe, mirando los dos volú­menes que tenía en las manos.
-Este es de Plinio el Viejo -contestó ella riéndose-. Es­cribía sobre la naturaleza, ¿sabes? Siempre me ha parecido fascinante. Murió cuando el Vesubio entró en erupción en el año setenta y nueve después de Cristo, cuando intentaba rescatar con un barco a quienes huían. Éste otro es de su so­brino, Plinio el joven, que escribió la única descripción existente de la erupción. Es una lectura fascinante.
-No los he leído.
-Me los llevaré y así podrás leerlos mientras esté en tu casa -dijo Demi-. Lo menos que puedo hacer ahora que estoy convaleciente es educar al ignorante. Es un deber mo­ral -añadió con sorna.Y luego, poniéndose el antebrazo so­bre la frente, exclamó con teatral énfasis-: ¡nobleza obliga!

Joe prorrumpió en risas, y Demi lo miró fascinada. Te­nía la impresión de que reír no era algo que hiciese muy a menudo. Se había mostrado muy alegre en aquellos dos días que había pasado con Rory y con ella en Navidad, pero aún así se le notaba una cierta reticencia a la risa. En ese momento, en cambio se le veía contento.
Joe se dio cuenta de que lo estaba mirando, y se volvió hacia ella con expresión curiosa.
Demi sonrió.

-Me gusta oírte reír -contestó encogiéndose de hom­bros.
Como si sus palabras lo hubieran azorado, Joe se dio la vuelta y continuó lo que estaba haciendo.
Demi se dijo que aquel era un comienzo. Lo único que tenía que hacer era convencerlo de que al sonreír se usaban menos músculos que para fruncir el entrecejo, y que la risa era buena para el alma. Aquello podría incluso cambiar su vida.

Cuando la maleta de Demi estuvo lista, Joe limpió el frigorífico, y llevó lo que estaba en buen estado a la familia de Don, el amigo de Rory. Después quitó la luz, y habló con el casero para asegurarse de que Demi aún tendría el apartamento cuando regresara.

Demi sabía que Joe sólo pretendía tenerla en su casa hasta que se repusiese, pero aun sí le dolió que llegase al ex­tremo de hablar con su casero para que no le alquilase el piso a otra persona aprovechando su ausencia.

Para ir a Brownsville harían escala en Houston. El viaje en avión resultó incómodo para Demi, a pesar incluso de que Joe había reservado asientos en primera clase contra su voluntad. Joe no quería que la gente se pasara todo el vuelo mirándola, y había pensado que en esa parte del avión habría menos pasajeros y además iría más cómoda. Además tuvieron suerte, porque los dos auxiliares de vuelo, un chico y una chica, resultaron ser muy discretos.

Demi todavía se notaba las secuelas de la contusión: ma­reos, dolores de cabeza..., y algo de congestión pectoral por la lesión en las costillas. Joe había estado muy preocupado ante la idea de tener que meterla en un avión, pero el mé­dico le había dicho que era preferible que hacerle pasar va­rias horas en coche, aunque pararan de vez en cuando.

Cuando llegaron al aeropuerto de Brownsville, Nick es­taba allí para recogerlos. Al saludar a 
Demi contrajo el ros­tro, pero luego sonrió.

-No te preocupes; aunque ahora te veas horrible, en nada de tiempo volverás a ser tú otra vez -le aseguró.
Joe le preguntó que cómo era que iba vestido de civil.
-Es mi día libre -le recordó Nick-. He dejado al te­niente Palmer al mando.
-¿A Palmer? ¿Por qué no a Barrett? -inquirió Joe. Ambos eran policías experimentados y con autoridad.
-Barrett también se ha tomado el día libre -contestó .Nick, aclarándose la garganta-. Tenía algo que hacer.
Joe se paró en seco junto a la ranchera de Nick, con una maleta en cada mano.
-Un momento... -farfulló-. No se os habrá ocurrido... ¿No habrás mandado a Barrett a empapelar mi casa? -ex­clamó con ojos relampagueantes.
Nick pareció muy ofendido.
-Oye, oye, soy oficial de policía... De hecho, soy ayu­dante del jefe de policía -añadió con altivez, dirigiendo una sonrisa a Demi-. Jamás haría algo ilegal.
-Como encuentre un solo trozo de papel higiénico so­bre mi césped recién plantado... -comenzó Joe.
-¿Habías imaginado nunca que Joe pudiese ser tan malpensado? -le dijo Nick a Demi mientras la ayudaba a su­bir al alto vehículo.
-Si contestas a eso te haré hígado encebollado para ce­nar -amenazó Joe a Demi mientras metía el equipaje en el maletero y subía al asiento trasero.
Demi lo miró por encima del hombro, contrayendo el rostro de dolor al hacer ese movimiento.
-¡Odio el hígado encebollado!
-Lo sé -respondió Joe sonriendo.

Nick se echó a reír. Subió a la ranchera negra, puso el motor en marcha, y salieron del aparcamiento del aero­puerto.

sábado, 31 de mayo de 2014

Jemi 39 - Corazones heridos





Los médicos vigilaron de cerca la evolución del pulmón de Demi hasta que estuvieron seguros de que no se produ­cirían complicaciones, y siguieron dándole antibiótico para prevenir. Ella, por su parte, evitaba mirarse en el espejo, por­que estaba convencida de que debía parecer salida de una película de terror mala, y se alegró de no tener que aparecer en público durante un tiempo.
Su mayor preocupación en ese momento era el tercer secuestrador, que todavía andaba suelto, además de la posi­bilidad de que el primo de Stanton hubiera puesto precio a su cabeza.

-¿Crees que pueda pasar lo que decía Craford? -le pre­guntó a Joe una tarde en el hospital-, ¿que el primo de Stanton pueda llegar a ofrecer dinero ese Barkley para que me mate?
Joe llevaba dos días dándole vueltas al asunto, desde la visita de Craford.
-Cualquier cosa es posible -dijo-, pero en Brownsville estaremos a salvo.
-He oído decir que los sicarios actúan en cualquier sitio.
Joe enarcó las cejas.
Brownsville apenas tiene dos mil habitantes. El vicepresidente fue allí el año pasado, y se quedó unos días en casa de uno de los hermanos Hart... al parecer son primos... y unos agentes del servicio secreto lo acompañaron e intentaron mezclarse con la gente.
Demi lo estaba escuchando con curiosidad.
-Son buena gente, los del servicio secreto -comentó Joe, riéndose suavemente-, y son concienzudos en su tra­bajo, pero creyeron que la manera de no destacar era ves­tirse de cowboys -añadió sacudiendo la cabeza-. Imagínate a esos tipos en unos grandes almacenes con pantalones va­queros completamente nuevos, botas sin una mota de polvo, y camisas de cuadros perfectamente planchadas. Un peón del rancho de Hart se acercó a uno de ellos y le pre­guntó si quería ayudarles a cortar ganado, y el agente le dijo que nunca había trabajado en un matadero.
Demi, que no era una experta en ganadería pero sabía que en la jerga de los rancheros «cortar ganado» significaba apartar unas cuantas cabezas de un rebaño, y no sacrificarlas y hacer filetes, se echó a reír.
-Así que al final volvieron a ponerse sus trajes e hicieron su trabajo sin disfrazarse -dijo Joe, sacudiendo la cabeza-. Lo que quiero decir es que en una pequeña ciudad como Brownsville, donde generaciones y generaciones de distintas familias han vivido juntas, es imposible que llegues y no se den cuenta de que eres un forastero. En una ciudad de me­dio millón de habitantes... quizá, pero en una ciudad del ta­maño de Brownsville un forastero siempre destaca.
-Bueno, eso me tranquiliza un poco -murmuró Demi.
-No voy a dejar que vuelvan a hacerte daño -le prome­tió Joe de nuevo-.Y yo nunca doy mi palabra a la ligera.
Demi se movió en la cama y contrajo el rostro al ha­cerlo.Todavía tenía las costillas doloridas.
-¿Tienes televisión en casa? -le preguntó a Joe.
-Televisión, radio, un reproductor de CD, y dos estante­rías llenas de novelas detectivescas y de misterio, junto con una buena colección de libros de historia de civilizaciones antiguas, y hasta unas cuantas novelas de ciencia ficción -respondió él- Y si todo eso fallase, también tengo unas cuantas cintas de video estupendas: toda la saga de Star Trek, la de La Guerra de las Galaxias, la trilogía de El Señor de los Anillos, y las películas de Harry Potter.
-¡Esas son las favoritas de Rory! -exclamó Demi.
-¿Qué te gusta a ti?
Demi se quedó pensativa.
-Pues... las de Sherlock Holmes, las películas antiguas de Bette Davis, cualquiera en la que salga John Wayne, y pelí­culas de fantasía épica y ciencia ficción como las que has di­cho.
-A mí también me gustan las películas de Bette Davis -confesó Joe. Se acercó a la cama y estudió su rostro con mirada clínica-. Los cortes ya van teniendo mucho mejor aspecto, pero te han salido más cardenales -añadió con un suspiro-. Cualquiera que te viera pensaría que has estado metida en una pelea callejera.
-Nunca me habían pegado tan fuerte, ni cuando me es­capé de casa y estuve varios días viviendo en la calle -farfu­lló Demi.
Joe frunció el ceño.
-¿Te pegaron?
Demi apartó la vista.
-Antes de que Cullen me recogiera, hubo un par de ocasiones en las que escapé por los pelos de acabar apaleada -dijo Demi-, y no quiero hablar de ello -añadió con un mohín.
Joe, todavía ceñudo, se metió las manos en los bolsillos.
-Sigues sin confiar en mí, ¿verdad?
-Todo el mundo siente lástima cuando una persona está herida, o enferma, pero cuando se pone bien se olvidan de ella -contestó ella-.Y no creo que tú seas distinto.

Joe nunca hubiera pensado que Demi pudiera ser tan cínica. Sin embargo, también él lo era a menudo. Dejó esa cuestión a un lado y recordó la advertencia de Craford. Lo cierto era que tenía sus dudas sobre poder proteger a Demi. No podría estar en casa todo el tiempo, y cabía la posibili­dad de que alguien se introdujera en la vivienda de noche sin ser visto. Sabía bien que era posible... porque él mismo lo había hecho. ¿Dejaría de atormentarlo algún día su pasado?

-¿Qué te ocurre, Joe? Tienes mala cara... -le dijo la jo­ven quedamente.
Joe parpadeó y su rostro se convirtió en una máscara inexpresiva.
-No digas bobadas -replicó él-. La que está ingresada eres tú, no yo.
Demi ladeó la cabeza y lo miró pensativa.
-Tú tampoco te abres mucho, ¿no es verdad? Tu pasado es como un libro cerrado, y vives acompañado de tus pesa­dillas, completamente solo en la oscuridad.
Los ojos de Joe relampaguearon.
-No confío lo bastante en nadie como para hablar de ciertos aspectos de mi pasado... ni siquiera en ti -arremetió contra ella enfadado sin pretenderlo.
-En mí en menos que nadie... porque soy capaz de ver dentro de ti, ¿no es eso? -puntualizó ella-. Ese fue el mo­tivo por el que estabas enfadado la noche antes de volver a Texas, en Navidad.
Joe le dio la espalda y fue hasta la ventana. Fuera estaba lloviendo, lo usual en NuevaYork en el mes de abril. No, no le gustaba que Demi pudiera ver en su interior. Era algo in­quietante, porque denotaba una conexión entre ellos que iba más allá de la amistad.
-Está bien, dejaré de pasearme por tu mente cuando no estés mirando -murmuró Demi.
-Soy muy celoso de mi intimidad -dijo Joe sin vol­verse.
-Lo sé. Lo supe la primera vez que te vi. Pero no eres así con todo el mundo... Recuerdo aquel día que estabas char­lando con Miley, en su rancho -dijo ella, y su voz cam­bió-. Le hablabas con tanta ternura... casi como si estuvieras hablándole a un niño pequeño. Te ofreciste a llevarla a la ciudad a tomar una hamburguesa, diciéndole que la dejarías subir en tu coche patrulla, y hasta poner la sirena.

Joe se giró, sorprendido de que se acordase de aquello.
Demi rehuyó su mirada. Su actitud hacia Miley le había dolido mucho, aunque no había sabido por qué hasta hacía muy poco: había tenido celos de ella. Era absurdo, porque Joe era un hombre que no establecía vínculos afectivos con nadie; siempre había sido un forastero, un soli­tario.
No dejaba que nadie se le acercase, pero con Miley se comportaba de un modo distinto, y no hacía falta ser adi­vino para saber que habría sacrificado cualquier cosa por ella, incluida su propia vida.

-Miley me aguantó muchas cosas -dijo en voz alta sin darse cuenta-. Fui muy injusta con ella. Me sentí tan horriblemente mal cuando le dispararon... Le había dicho algunas cosas de Nick para hacerle daño y, si hubiese muerto, habría tenido que vivir con eso.
Con el ceño fruncido, Joe regresó junto a ella.
-No lo sabía.
Demi jugueteó con la sábana que cubría su descolorido camisón de flores.
-El ayudante de Joel en la película que rodamos en Brownsville era un déspota, y me recordaba a Sam Stanton. Le tenía miedo. Nick, en cambio, era mi protector, mi ángel de la guarda. Tenía miedo de que se enamorase de Miley, por­que entonces yo me quedaría sola -alzó la vista hacia él con tristeza-. Y la verdad es que lo estaba... hasta que apareciste tú. No podía creérmelo cuando agarraste a ese tipo por la muñeca e hiciste que dejara de acosarme -añadió admirada.
-No me gustan los matones -respondió él con llaneza.
-Sí, pero tú me detestabas -le recordó Demi.
-Mi opinión de ti cambió cuando dispararon a Miley -dijo Joe-. Sabías exactamente qué había que hacer cuando una persona había sido herida de bala. En aquel momento no me paré a pensarlo, pero, ¿cómo lo sabías? -inquirió con los ojos entornados.
Demi esbozó una leve sonrisa.
-Por la cantidad de series de médicos que he visto en la tele -contestó bostezando-. Estoy cansada, Joe. Creo que voy a dormir un poco.

Joe observó cómo se cerraban sus párpados, y se quedó allí de pie mirándola enternecido. Era la persona más increí­ble que había conocido en toda su vida. Lo alegraba que fuese a tener tiempo de compensarla por los errores que ha­bía cometido cuando se fuesen a Brownsville.
Ya había llamado a la comisaría para decirle a Nick cómo evolucionaba Demi, y para decirle una fecha aproximada de su regreso. No creía que faltase mucho, a juzgar por cómo estaba mejorando Demi.

Jemi 38 - Corazones Heridos





Esa tarde, a la hora de la cena, Joe se había ido a pre­guntar a alguien que conocía en la policía si se había averi­guado algo sobre el paradero del tercer secuestrador, que todavía seguía huido, y le había dejado al lado de Demi en la cama un bonito gato de peluche anaranjado y con una cara muy graciosa para que le hiciera compañía. Sin em­bargo, esa misma tarde la joven recibiría una visita inespe­rada.

A esa hora, un hombre enorme, corpulento como un lu­chador, entró por la puerta. Lo acompañaba otro hombre igual de grande, pero se detuvo en el umbral, y tras murmu­rarle algo salió y se quedó esperando en el pasillo.

El visitante se acercó a los pies de la cama. Tenía el cabello fosco, negro y ondulado, y en su ancho rostro aceitu­nado, destacaban dos grandes ojos castaños. Llevaba puesto un traje azul marino con raya diplomática, que debía costar lo que el piso de Demi. La camisa blanca que asomaba bajo la chaqueta era de un blanco inmaculado, y en el cuello lu­cía una corbata de cuadros azul que contrastaba vivamente con el color de su tez.

Escrutó a Demi curioso, con sus pobladas cejas frunci­as, como si lo que estuviera viendo lo irritase.
-¿Quién es usted? -inquirió ella inquieta.
-Chase Craford -dijo el hombre con una voz profunda y áspera. Entrecerró los ojos-. Supongo que mi nombre no le sonará de nada -añadió, y a sus finos y largos labios asomó una leve sonrisa.
-La verdad es que sí he oído hablar de usted... a un amigo mío muy querido que se llamaba Carlos Peña -respondió Demi, haciendo un esfuerzo por devolverle la sonrisa.
-Carlos era uno de los mejores tipos que he conocido -murmuró el hombre, metiéndose las manazas en los bolsi­llos-. Una de las ratas que le ha hecho esto trabaja para mí, aunque hizo esto por cuenta propia, por supuesto, y yo no he sabido nada hasta esta mañana.
Demi apretó el interruptor que subía la cabecera de la cama.
-¿Sabe dónde está? -le preguntó con voz ronca-. Me gustaría agarrar un bate de béisbol y tener una pequeña charla con él.
El hombre se rió sorprendido.
-No, no lo sé -contestó-. Pero si lo encuentro le juro que haré que lo traigan aquí envuelto en una red de pescar, y yo mismo le proporcionaré el bate.
La sonrisa de Demi se hizo más amplia.
-Gracias.
Los ojos del hombre se fijaron en cada corte y en los cardenales que cubrían las partes visibles de su cuerpo.
-Tienen a los otros dos en chirona -murmuró-. He ha­blado con un juez y con el ayudante del fiscal del distrito que lleva el caso, y le aseguro que esos tipos tendrán más po­sibilidades de ser santificados que de salir de allí bajo fianza.
-Gracias -respondió Demi con un suspiro.
-Odio que alguien tan cercano a mí se meta en algo como esto -dijo Craford repugnado-. Ni siquiera cuando era un chico malo habría aprobado algo así.
-¿Un chico malo? -repitió Demi.
La puerta se abrió en ese momento, y por ella entró Joe, que se quedó mirando con los ojos entornados al vi­sitante de Demi.
-Hola, Miller -dijo Craford en un tono amable-. Hay un tipo en chirona que asegura que le disparaste.
-¿Yo? -exclamó Joe con aire inocente-.Yo nunca dis­pararía a nadie... de verdad.
Craford explotó en risas y le tendió la mano.
-¿Qué estás haciendo aquí? -inquirió Joe estrechán­dola-. ¿Y es el señor Smith el que está esperando ahí fuera?
-Sí -contestó Craford
- Trabajaba para Andrea Altamirano, pero cuando se casó con Willian Carvajal ella no lo necesitaba, sabes algo del secuestrador que huyo
-Por desgracia no -respondió Craford-, pero, como le he dicho a la señorita, he hablado con el ayudante del fiscal del distrito encargado del caso, y le he dicho todo lo que sa­bía sobre ese hijo de mala madre.
Joe lo miró sorprendido.
-¿Eso has hecho?
Craford pareció molesto.
-¿Qué pasa? ¡Ya no soy un gánster! Ahora me dedico a ganar dinero con casinos y hoteles, ¡eso es todo!
Joe se aclaró la garganta.
-De acuerdo, perdona.
-Sólo porque hiciera dos o tres cosillas malas hace tiempo... -comenzó Craford
-He oído que encontraron en un remanso del río New Jersey los cuerpos de unos jugadores tramposos de Dakota del Sur en... digamos no muy buen estado...
-Si Tate Winthrop te dijo que yo era responsable de eso... -lo interrumpió Craford.
-En realidad me lo dijo su jefe, Pierce Hutton.
-¿Hutton? ¿Qué sabrá él? ¡Si vive en París! -masculló el otro hombre.
-Y luego está esa historia de un tal Walters que estaba quitándole dinero a la anciana madre de uno de tus hom­bres, y que luego apareció misteriosamente en un barril de aceite flotando en el río Hudson...
-Oye, oye... yo no tengo barriles de aceite -lo interrum­pió Carrera de nuevo-.Y por última vez: ahora soy un ciu­dadano decente, cumplidor de la ley.
-Lo que tú digas -respondió Joe-. Bueno, ¿y qué sabes del tipo que ayudó a Stanton a raptar al hermano pequeño de Demi? -le preguntó.
-No lo suficiente como para dar con él -contestó el otro hombre apesadumbrado-. Si no te juro que...
-¿No decías que eras un ciudadano decente, cumplidor de la ley? -le recordó Joe,así que se puso a mi servicio.
-Qué personaje... -murmuró Joe-. ¿Sigue teniendo esa iguana?
Craford sonrió.
-Sí, sí que la tiene. Ahora mide un metro cincuenta. La tiene en su habitación del complejo hotelero de Paradise Is­land, y cuando tiene problemas con algún cliente díscolo le manda al lagarto... con eso suele bastar.
-No me sorprende. ¿Qué haces aquí? Craford se puso serio.
-Uno de mis chicos tomó parte en esta trama de secues­tro... pero no lo he sabido hasta esta mañana -añadió al ver relampaguear los ojos de Joe.
-¿Sabes dónde encontrar a ese tipo?
-Um, sí, claro -farfulló Craford, frunciendo los labios-. Pero conozco a un montón de tipos que no lo son, y que me deben favores.
-Ni te imaginas la clase de favores que pide -le dijo Joe a Demi con un brillo divertido en los ojos.
Demi lanzó al otro hombre una mirada sorprendida.
-No esa clase de favores... -gruñó Craford. Encogió sus anchos hombros-. Me gustan las telas exóticas. De hecho tengo debilidad por las telas antiguas.
Demi estaba mirándolo como si no estuviese segura de estar oyendo bien.
-Hago colchas de retales -explicó el hombre a regaña­dientes-.Y he ganado unos cuantos premios, además. Algu­nas de mis «obras» están expuestas en galerías.
-Habla en serio -le dijo Joe a Demi-. Es famoso en todo el mundo por sus diseños -añadió Joe con una son­risita socarrona-. ¿No encontraron en una ocasión un cuerpo envuelto en una de esas colchas...?
-No era una de las mías -le espetó el otro hombre ofen­dido-. Nunca desperdiciaría una de mis creaciones con un matón.
Joe se echó a reír, y también Demi.
-Bueno, me marcho ya. Sólo quería ver cómo estaba la señorita -dijo Craford-. Se pondrá bien -le aseguró a Demi, señalando su mejilla, donde podían verse dos líneas blancas rugosas sobre la piel aceitunada-. Éstas llegaron al hueso, y por eso me quedó cicatriz, pero esos cortes se le curarán bien.
-Gracias -respondió Demi.
Craford se encogió de hombros.
-No dejaré de buscar a ese tipo.Y, por cierto, sobre lo que me preguntaste antes de qué sabía sobre él, Miller, su nombre es Barkley,Ted Barkley. Es mecánico. Un buen me­cánico -añadió con énfasis-. Es capaz de arreglar cualquier cosa. Por eso lo tenía trabajando para mí. Tiene familia en el sur de Texas, así que si te vas a llevar a la señorita contigo, mantén los ojos abiertos.
-Me gustaría saber algo sobre su familia -le dijo Joe.
-Lo imaginaba -murmuró Craford, sacando un papel doblado de un bolsillo interior de su chaqueta y entregán­doselo a Joe-. Es la misma información que le he dado al ayudante del fiscal del distrito. El tipo también se maneja bien con una pistola, así que vigila tus espaldas.Y haría cual­quier cosa por dinero.Y cuando digo «cualquier cosa», me refiero a cualquier cosa. Stanton es un muerto de hambre, pero el hijo de Montes está muy metido en blanqueo de dinero, y conoce a gente que puede hacerle préstamos. Lógi­camente no querrá que la señorita testifique en el juicio, así que es capaz de ofrecer dinero a Barkley para que la quite de en medio.
De la garganta de Demi escapó un gemido ahogado.
-Antes de tocarte tendrá que vérselas conmigo -le ase­guró Joe-. No te preocupes.
-Si necesitas ayuda no tienes más que llamarme -le dijo Craford.
-No llevo encima ninguna tela exótica.
Craford sonrió y le dio a Joe una palmada en el hom­bro.
-No pasa nada. Lo pondré en tu cuenta.
-Gracias -le dijo Demi.
El hombre le guiñó un ojo y salió.
-¿De verdad está reformado? -le preguntó Demi a Joe cuando se hubo ido.
-Sí, sí que lo está. Sé algo de él que no puedo con­tarte, pero te aseguro que ahora es un tipo legal -respon­dió él. Observó el magullado y amoratado rostro de la jo­ven con ojos tristes-. Nadie volverá a hacerte daño; lo juro.
Demi se tomó sus palabras al pie de la letra. Se sentía culpable y sentía lástima de ella, pero ese malestar que tenía acabaría por diluirse cuando se pusiese bien, estaba segura, así que se limitó a sonreír, y no dijo nada.