martes, 30 de noviembre de 2010

Capítulo 6


ALCANZARON el pie de la colina justo cuando amanecía.
-Es real -dijo Danielle, girándose hacia Kev con los ojos brillantes-. La montaña es real.
Kev sonrió.
-No lo llamaría montaña, pero sí, es tan real como la lluvia.
Y claro que lo era. Hacía un momento se había preguntado si ambos estarían viendo el mismo milagro. Pero parecía que allí todo era posible.
Pero la colina, la montaña, ese montón de rocas y árboles enanos, estaba justo delante de ellos, y era lo más parecido que había a una salvación.
-¿Serás capaz de subir?
Salomé asintió con la cabeza. Podía verse el agotamiento en su rostro, pero sonreía. Un mechón dorado le cayó sobre la frente y, sin pensarlo, Kev se lo apartó y lo colocó detrás de la oreja.
Era impresionante, su Salomé y... ¿Su Salomé? La sonrisa de Kev se convirtió en una mirada furiosa. Desvió la mirada hacia la colina, el sol, la arena... Los pies de Danielle, donde encontró la distracción adecuada.
-Maldición, tus zapatos están hechos pedazos.
Danielle miró en la misma dirección. Claro que lo estaban. ¿Por qué se sorprendía tanto?
-No puedes trepar por esas rocas así.
Sin decir nada miró de forma evidente a los pies descalzos de él.
-Eso es diferente -cortó Kev.
-¿Qué tiene de diferente?
El entrenamiento de Kev en las Fuerzas Especiales había incluido Caminar  descalzo por terrenos más duros que ése, pero no se detuvo a explicárselo.
-Es distinto porque lo digo yo.
-¿Has pasado alguna vez horas ensayando una rutina de danza?
-¿Qué?
-Baile. ¿Sabes algo sobre eso?
-No, ¿y tú?
Su tono era duro y cortante. Lo mismo que su mirada. Unos minutos antes había pensado que sólo un hombre como Kevin Jonas podía haberlos llevado tan lejos.
¿Cómo podía haber sido tan estúpida de creer algo así?
-Sí -respondió con frialdad-, y si supieras algo sobre mi profesión...
-Confía en mí, Salomé. Sé mucho sobre tu profesión.
La mano de Danielle cruzó el aire, pero él la agarró justo antes de que le alcanzara la mandíbula.
-No -dijo, contenido-. No, a menos que estés preparada para las consecuencias.
-Me gustaría no haberte conocido jamás.
-De acuerdo -dijo con una parodia de sonrisa-. Salvo que si no fuera así, según me habéis contado Asaad y tú, en este momento estarías de Camino a tu ejecución.
-Si de verdad te has creído eso, es que eres un imbécil -dijo con voz temblorosa-. Estaría en la Cama del sultán.
-Me alegro de que lo admitas.
-¿Por qué iba a negarlo? Eso era para lo que me quería Asaad.
-Por fin la verdad -dijo, torciendo el gesto.
-¿Qué sabrá de la verdad un hombre como tú?
Kev la miró fijamente a los ojos, debatiéndose entre el deseo de decirle que tenía razón, que no sabía nada sobre la verdad y el deseo de tomarla entre sus brazos y besarla. ¿Qué le estaba haciendo esa bruja? Salomé no era una mujer a la que pudiera mostrarle su alma.
-Ya está bien de charla -gruñó-. ¿Quieres subir a esa pila de rocas? Entonces tendrás que llevar algo en los pies mejor que lo que llevas ahora -la miró, y sus ojos se detuvieron a la altura de los pechos-. Quítate el sujetador.
Lo miró como si se hubiera vuelto loco.
-Ni en sueños.
Kev la agarró de la Camisa y la atrajo hacia él.
-Quítatelo -dijo en voz baja-, o...
Se miraron a los ojos un largo minuto. Después Danielle se soltó.
-Tus deseos son órdenes -dijo entre dientes.
Sin apartar los ojos de él, hizo el truco que conocía cualquier chica que hubiera tenido que desnudarse en una casa compartida con tres hermanos: buscar por debajo de la Camisa, soltar el sujetador, quitarse los tirantes y sacar el sujetador por una de las mangas.
La mirada de Kev no tenía precio.
-¿Qué demonios has hecho?
-Quitarme el sujetador -dijo, alzando una ceja y tendiéndoselo-. ¿Decepcionado?
No. Sin sujetador podía ver los pezones bajo la Camisa, esperando que los acariciara.
La tensión que sentía en los genitales lo ponía furioso.
-Siéntate -gritó, pero no se movió tan deprisa como quería-. Maldita sea, cuando te diga algo...
Se acuclilló, la agarró de un tobillo y tiró de él. Danielle cayó sentada.
-Eres odioso.
-Levanta el pie. Hazlo o tendrás que subir descalza la montaña.
-Creía que no se podía llamar eso montaña.
-Da igual lo que haya dicho. Dame unas cintas.
-¿Qué cintas?
Kev murmuró cualquier cosa y agarró un puñado de las cintas doradas que colgaban del tanga. Tomó una piedra con algo de filo del suelo y la empleó para cortarlas. Después cortó el sujetador, metió los pies en las copas y las ató con las cintas.
-Oh -dijo ella en voz baja.
La miró, y dijo:
-Disculpas aceptadas.
-No me he... -tragó-. De acuerdo, lo siento.
Kev asintió en silencio, después se puso de pie.
-Muy bien. Vamos, quiero estar del otro lado antes de que el sol esté más alto.
Los zapatos improvisados aguantaron, pero lo realmente sorprendente fue lo que encontraron cuando llegaron a la cima de la montaña. A sus pies se extendía un mar de hierba y flores... y más allá, las brillantes paredes de un palacio de alabastro que se dibujaba contra el cielo azul.


Era sorprendente lo rápido que habían bajado en comparación con lo que habían tardado en subir. En un momento estaban metidos hasta por encima de los tobillos entre la hierba, escuchando los pájaros y sintiendo la suave caricia de la brisa con olor a flores. Era como pasar de un plano de existencia a otro, pero algo hizo a Danielle estremecerse.
-¿Qué va mal?
-Nada -dijo ella casi sin respiración-. Algo que... no sé, yo sólo estoy...
-¿Intranquila?
-Sí.
La agarró de la mano. Sin dudarlo, le dejó entrelazar los dedos con los suyos.
-Eso está bien -dijo sin rodeos-. No es momento de bajar la guardia.
-Me pregunto de quién será un sitio como éste... y si los hombres de Asaad no estarán allí esperándonos.
-Sí, yo también.
-¿Cómo hacemos para conocer la respuesta?
Kev se acercó a ella.
-Ése es mi trabajo. Quédate aquí un momento mientras...
-No. Y antes de que digas que me calle y que haga lo que dices, recuerda, que yo he sido la que te ha metido en este lío.
-Te diré un secreto -dijo con una sonrisita-. No pensaba quedarme mucho más tiempo a disfrutar de la hospitalidad de Asaad.
-Si yo no hubiera precipitado las cosas, habrías tenido tiempo de pensar un plan decente.
-A lo mejor -la soltó de la mano y la acarició en la cara-, pero no hubiera tenido una compañera de viaje tan interesante -acarició su boca con el pulgar-. Confía en mí, nena. Es mejor que te quedes aquí. Echaré un vistazo y volveré a por ti.
-Ni hablar.
Pensó en decirle que no iba negociar con ella, pero el gesto de testarudez que vio en ella hizo que desistiera. Discutir sería sólo perder el tiempo. Además, hasta ese momento, ella había estado más segura junto a él.
-De acuerdo. Ven conmigo. Quédate cerca y...
-¿Y?
-Y -dijo con aspereza-. Dame un beso de buena suerte.
Lo miró a los ojos. Eran de un verde brillante. ¿Qué podía tener de malo un beso?
Kev dejó que ella uniera castamente los labios a los suyos. Después la agarró más fuerte y tomó su boca de modo que pudiera saborearla. Ella le pasó los brazos por el cuello y abrió los labios.
La abrazó un largo rato. Cuando finalmente la soltó, su rostro estaba rojo, y lo que vio en sus ojos hizo que quisiera volverla a besar. En lugar de eso, dio un palmada, y dijo:
-¿Preparada?
Ella asintió con la cabeza y echaron a andar en dirección al palacio.
-Es precioso -susurró Danielle-, pero me sigo preguntando quién vivirá aquí. El hada... o la malvada bruja.
Era una buena pregunta. Lo único que esperaba Kev era que la respuesta fuera la que necesitaban.
Las puertas del jardín del palacio se abrieron sólo con empujarlas. Un Camino empedrado llevaba hasta el pie de unas escaleras de mármol que conducían a unas enormes puertas de bronce.
-¿Kev? -susurró Danielle-. ¿Dónde está la gente?
Las puertas se abrieron lentamente.
-Ponte detrás de mí -dijo Kev con sequedad.
Pero la persona que apareció estaba muy lejos de dar miedo. Era una mujer, delgada y de pelo plateado, vestida con una túnica blanca. Hizo una reverencia, después levantó los dedos y se los llevó a la frente.
-Bienvenido, mi señor.
Su voz era suave, su inglés claro y con muy poco acento. Kev agarró a Danielle de la mano y tiró de ella.
-¿Dónde estamos?
-Han llegado al Palacio de la Luna, mi señor -la mujer sonrió a Danielle-. Y mi señora. Bienvenida. Habrán tenido un largo viaje.
-Gracias -la voz de Danielle era fuerte, pero su mano temblaba en la de Kev.
Kev le pasó el brazo por los hombros.
-Me llamo Shalla.
-Shalla -dijo Kev con amabilidad-. Parece que nos estaba esperando.
La mujer dejó escapar una risa tintineante.
-Discúlpeme, señor. Debería haberme dado cuenta de que ustedes tendrían algunas preguntas que hacerme. Sí, los esperábamos. Nuestros vigías de las torres los vieron aproximarse. Además, siempre estamos preparados para recibir viajeros exhaustos. Somos un lugar sagrado, un santuario entre las peligrosas_ tierras del desierto occidental y el mundo exterior.
Era una buena historia, a lo mejor incluso era verdad. Kev sabía que los mitos y leyendas de la antigüedad estaban muchas veces basados en la realidad.
-Nadie puede venir aquí a hacer el mal, señor, a menos que esa persona quiera atraer sobre ella la venganza de los dioses.
-Nos encanta escuchar eso.
Shalla señaló la puerta abierta.
-Por favor, pasen, les enseñaré el resto de las habitaciones. Podrán bañarse y descansar mientras se prepara su cena.
Kev escuchó el suspiro de Salomé. Era el más dulce de los sonidos, pero en él había un mundo de anhelo. No podía pedirle que se marcharan sin comer y descansar. Podían quedarse allí el tiempo necesario para que ella recobrara las fuerzas y él tratara de contactar con el mundo exterior. Asintió, y siguieron a Shalla al interior del Palacio de la Luna. Subieron media docena de escalones, y Salomé se detuvo y miró con admiración.
-Guau -dijo en voz baja.
Tenía razón. Guau era el término que describía aquello. La única vez que Kev había estado en una habitación tan enorme había sido con doce años, cuando había ido de excursión a un museo.
El suelo era de mármol negro que brillaba por la luz que le entraba a través de una cúpula de más de cuatro metros de alto. Arcos de herradura conducían al vasto interior. Una escalera en curva subía hacia el piso superior. El palacio era espectacular, una fantasía de colores y texturas, algo como de Las mil y una noches.
Era el lugar que un hombre le compraría a una mujer para pasar con ella noches y días de placer. Miró a Salomé. Incluso así, con el rostro sucio, la ropa hecha jirones, el agotamiento en los ojos, era tan bella como un sueño. ¿Cuántos hombres más la habrían mirado y pensado lo mismo?
¿Y por qué demonios tenía que importarle eso? No le importaba un comino con quién había estado o a quién se había vendido.
Necesitaban descansar. Comer. Y más que nada necesitaban un plan para volver a la civilización...
¿De quién se estaba riendo? Lo que más necesitaba era a Salomé, moviéndose debajo de él en la Cama. Las piernas alrededor de su cintura...
-Mi señor, si quieren seguirme.
-Sí, sí, por supuesto.
Aquello tenía que parar, pensó mientras seguía a Shalla escaleras arriba. Salomé lo estaba volviendo loco y no le gustaba. Estar distraído era lo último que le hacía falta a un hombre en una situación como ésa. Sólo había un modo de resolver el problema. Y cuanto antes, mejor.

Capítulo 5


KEV tiró por las ventanillas todas las llaves mientras Danielle buscaba a tientas lo que quedaba de su sujetador. De algún modo se las arregló para atar los extremos. Era bastante surrealista ir a toda velocidad por el desierto al lado de un hombre como Kevin Jonas con los pechos al aire.
¿De verdad hacía sólo unos días estaba bailando en Ankara? Se encontraba en un lugar gobernado por psicópatas y con su vida en manos de un hombre de ojos de hielo que conducía un Hummer como si estuvieran en una carrera.
Arena, pensó con amargura. Eso era todo lo que había. Arena, y su vida en las duras manos de ese hombre. Había notado que sus manos eran duras cuando la había tocado. La piel le seguía temblando al recordar el tacto de esas manos. Le subió un golpe de calor a la cara y se volvió hacia la ventana. ¿Por qué pensar en ello? Era bailarina. Sabía cómo representar un papel. Eso era lo que había hecho entre sus brazos y sin gran esfuerzo.
Tocaba hacer otro papel. Tenía que conseguir que no se deshiciera de ella a base de ser...
-... útil.
Danielle parpadeó.
-¿Qué? -preguntó ella.
-He dicho algo al respecto de hacer algo útil.
-¿Como qué?
«Como encontrar la manera de cubrirte», pensó Kev. Le temblaban las manos en el volante. Al menos se las había ingeniado para arreglar el sujetador y tener cubiertos los pechos, pero seguían luchando por librase de aquellas dos copas doradas. Las piernas que se estiraban por debajo de la cadena y las cintas doradas. Y luego estaba ese maldito tanga en la parte inferior de su vientre...
-Mira a ver qué encuentras que valga para algo antes de deshacernos del Hummer.
-¿Por qué nos vamos a deshacer de él?
-Porque es un objetivo demasiado fácil.
Danielle abrió una guantera y revolvió dentro.
-Un cuaderno y un boli.
-Seguro que nos viene bien para mandar postales a casa. ¿Algo más?
-Cerillas. Y algo pegajoso que huele muy bien.
-Déjame verlo.
Le tendió una pasta color crema. Kev asintió con la cabeza.
-Halvah. Dulce. Rico en proteínas y rico en grasa. Buen hallazgo. ¿Algo más?
-Esta cajita. Un artilugio electrónico.
Un destello de luz en el retrovisor atrajo la atención de Kev. Lo miró un par de segundos. Luces delanteras pero bastante lejos. Los hombres de Asaad los habían descubierto, pero todavía les quedaba algo de tiempo. La mirada de Salomé siguió a la suya.
-¿Ese es... Asaad?
-No te preocupes. Déjame ver ese artilugio -Kev desvió la mirada del parabrisas un segundo-. Es un GPS. Si funciona bien, podremos saber dónde estamos.
-¿Y después qué?
-Y después podré dar nuestra posición a determinadas personas para que vengan a ayudarnos.
-¿Cómo?
-Tengo un móvil.
-¿Un teléfono móvil? Entonces, por qué no...
-Sí, lo hice, esta mañana, pero no había cobertura.
Volvió a sentarse y cruzó los brazos sobre los pechos. No, no exactamente sobre, más bien debajo, de modo que las copas de oro se levantaban como ofreciendo aquella dorada piel cuyo sabor aún permanecía en su boca.
-Maldita sea -dijo Kev, furioso con ella, consigo mismo, por la estupidez de pensar en el sexo en un momento como ése-. No te quedes sentada, mira en la parte de atrás a ver qué más puedes encontrar. Tienes que ponerte algo de ropa.
-Estoy bien.
-Sí, bueno. Yo no. Por la noche en el desierto hace frío. Vete para atrás y hazte con algo.
Le dedicó una mirada poco amigable, se puso de rodillas en el asiento y miró en la parte de atrás del Hummer. Fue un movimiento desafortunado que puso las nalgas a su alcance. Kev fijó la vista en el parabrisas. Una cadera le rozó el hombro. Un par de cintas doradas le recorrieron el muslo y tuvo una imagen súbita de cómo le cubrirían esas cintas las piernas si la hacía sentarse encima de él. Si seguía así iba a terminar enterrando el Hummer en una duna.
-¡He encontrado algo!
-¿Qué?
-Una mochila. Tiene cosas dentro. Agua. Una Camisa. Una Camiseta y...
-¿Y qué?
-Y, uh, y nada. Pensé que había algo pero... no. Ya está.
Estaba mintiendo, pero ¿por qué?
-Muy bien. Quédate la Camisa y dame la Camiseta.
Volvió a pasar por encima del asiento. Sus muslos volvieron a rozarlo. Recordó cómo había metido la mano entre sus piernas, sintiendo el suave calor de su piel...
El Humvee hizo un movimiento brusco.
-¿Has visto algo?
Claro que sí, había visto algo, su incapacidad de ver todo con perspectiva. Pero entendió la causa. La frustración sexual. Salomé era tan buena prometiendo pero no entregando. Lo que necesitaba, pensó fríamente, era terminar. Hubiera tomado a Salomé entre sus brazos, la hubiera tumbado en la arena, arrancado el maldito tanga y montado hasta que los dos estuvieran exhaustos. Después podría concentrarse en salvar su pellejo y, por una coincidencia, el de ella.
-Agarra el volante.
Se inclinó por encima de él, el pelo le rozó las mejillas y su aroma le llegó hasta el fondo de los pulmones. Rápidamente se metió la Camiseta por la cabeza.
-Muy bien -dijo con brusquedad-. Puedes volver a tu sitio.
-No me has respondido Kevin. ¿Has visto algo? Porque pienso que...
-Es Kev -dijo cortante-. Hazme el favor, ¿de acuerdo? No pienses. Limítate a ponerte la maldita Camisa y tira todo el resto del contenido de la mochila.
Danielle miró a Kevin. A Kev. No volvería a cometer el mismo error.
Se puso la Camisa, sintió un pequeño escalofrío y se arrebujó dentro del cálido algodón. Mucho mejor. No sólo estaba más caliente, así no tenía que ver las miradas que le dedicaba, como si fuera alguna reina del pomo. Ese hombre, pensó con frialdad, era el más mezquino que había conocido nunca. De acuerdo, podía ser que hubiera complicado algo la situación al hacer que perdiera su pistola, pero sin su ayuda podría estar muerto.
0 podían seguir todavía en la Cama, ella boca arriba y él... y él...
Danielle agarró con más fuerza la mochila. Sentirla a su lado era puro placer. La última ver que había llevado una mochila tendría doce años y era una scout. Dentro de ella llevaba una cantimplora, una guía de pistas para un rastreo y un sándwich de manteca de cacahuetes.
La mochila que tenía en ese momento contenía halvah, cerillas, un GPS y... Y una pistola. Una automática. Cualquiera que fuera al cine o viera la tele sabría eso. Era todo lo que ella sabía, pero era suficiente. Ya no volvería a estar indefensa.
Miró a Kev. A pesar de que era un canalla sin corazón, tenía que admitir que también era muy guapo y masculino. ¿Y qué? El buen aspecto no Cambiaba los hechos. No confiaba en él.
-Los tenemos detrás.
Danielle echó un vistazo hacia atrás y vio una hilera de luces.
-¿No podemos ir más deprisa?
-Llevo el pie en el suelo.
-¿Qué hacemos?
-Necesitamos desviarnos.
-¿Adónde?
-Estoy tratando de ver lo que hay ahí fuera.
-Arena por todas partes -dijo, intentando mostrar se indiferente.
-No consigo ver ningún contorno. Rocas, una colina. Si consigo hacer que esos tipos se alejen de lo que sea, puede que tengamos una oportunidad.
Danielle abrazó más fuerte la mochila. Notó el contorno de la pistola. A lo mejor era el momento de hablar le de ella. A lo mejor debía confiar en él. A lo mejor... Kev giró el Hummer, un giró violento a la derecha.
-Abre tu puerta.
-¿Que abra mi puerta?
-¿No es eso lo que he dicho?
Lo miró fijamente, después hizo lo que le había ordenado.
-Bien. Ahora, respira hondo y salta.
-¿Saltar?
-Deja de repetir cada cosa que digo. Voy a reducir la velocidad. En cuanto lo haga, salta. Intenta saltar lejos. Rueda. Hazlo bien y no te harás daño.
El corazón se le disparó. Había acertado con él. Era un desalmado. Había decidido salvarse entregándola a ella a Asaad. Danielle sacó la pistola de la mochila. La sintió pesada, pero la apretó con fuerza y lo apuntó con ella.
-Sigue conduciendo.
La miró y respiró dos veces.
-¿De dónde ha salido eso?
-No importa -su voz era temblorosa, lo mismo que su mano-. Te juro que te pegaré un tiro a menos que le pises a fondo y nos saques de aquí.
-Salomé -dijo Kev con voz grave y calmada-, dame esa pistola.
-Voy a contar hasta tres, ¿me has oído? Uno, dos...
-¡Mira!
Era el truco más viejo del mundo, pero funcionó. Danielle se dio la vuelta para comprobar qué pasaba detrás de ella. El Hummer se desvió bruscamente mientras Kev la agarraba de la muñeca con la suficiente fuerza para hacerla gritar. La pistola se le cayó de la mano.
-No -gritó ella-. No, canalla. No puedes hacerme eso...
-Acuérdate de rodar -dijo, y la arrojó a la oscuridad de la noche.
Inmediatamente giró con brusquedad el volante a la izquierda, aumentó la velocidad y miró por el retrovisor. Todas sus esperanzas estaban en mantener a los hombres del sultán detrás de su rastro. Era un truco que había usado antes, pero nunca con una mujer. Lo había hecho lo mejor posible. Reducido la velocidad. Explicado a Salomé cómo manejar la caída. Si ella dejaba que su instinto la guiara, lo haría bien.
Ese momento con la pistola... Sabía que había encontrado algo, pero una pistola. No se lo había ni imaginado. Y encima apuntarlo...
Echó una última mirada por el espejo. Si avanzaba mucho más nunca la encontraría cuando retrocediera. Era una idea tentadora. Dejar que se las apañara ella sola.
Se acercaba a una fuerte pendiente, justo lo que le hacía falta. Aflojó el pie del acelerador, esperó hasta que el Hummer estuvo casi al final de la pendiente, entonces abrió la puerta y saltó. Aterrizó con los hombros y rodó todo lo lejos que pudo antes de levantarse y ponerse en cuclillas. El Hummer bajaba por el otro lado de la cuesta. Se aplastó contra la arena mientras los vehículos perseguidores pasaban a su altura, después hizo un gesto de dolor al ponerse de pie. Le dolía el hombro, pero no parecía grave. Rápidamente se cercioró de que la pistola seguía en su cinturón, después se colocó la mochila sobre los hombros y empezó a moverse. Todo lo que tenía que hacer era seguir las huellas de las ruedas y encontrar a Salomé. ¿Dónde estaba?
-¿Salomé?
Nada, sólo el sonido del viento.
-Salomé, ¿dónde...?
Saltó sobre él desde la oscuridad, rugiendo y arañando como una tigresa. La mochila se cayó al suelo cuando trató de arañarlo en la cara, y le habría golpeado en los genitales con la rodilla si no hubiera sido tan rápido.
-¡Eh! ¡Tranquila! Soy yo.
Todo lo que consiguió fue recibir un puñetazo en plena mandíbula antes de que ella volviera a alejarse. De acuerdo, pensó, se va enterar. Era rápida, pero no tenía ni las más mínimas nociones de lo que era pelear. Hizo una finta a la izquierda, sabiendo que ella lo seguiría; cuando lo hizo, la agarró, la abrazó fuerte y la levantó del suelo.
-Eso es, estoy loca jadeó- por pensar que me ayudarías.
Pensó en decirle que nunca se había ofrecido a ayudarle, pero prevaleció la cordura. No era el momento de la lógica.
-¡Cálmate!
-¿Que me calme? ¿Que me calme? ¡Me has tirado de un coche en marcha!
-Aminoré hasta casi pararme. Si hubieras saltado cuando te lo dije, tendrías un par de huesos rotos.
-¡Querías deshacerte de mí!
-Entonces, ¿por qué he vuelto a buscarte?
-No, tú sólo... Sólo te has tropezado conmigo.
-Eso no te lo crees ni tú.
Danielle se retorció.
-¡Vámonos!
-Estupendo, pero recuerda, si me vuelves a pegar, te...
-¿Me qué? ¿Me atarás? ¿Me llevarás a cuestas? Ya has hecho todo eso, ¿recuerdas? ¿Qué clase de hombre eres?
Kev la dejó en el suelo.
-De la clase que no tiene que aguantar estas tonterías -dijo con brutalidad-. No deberías olvidar eso. Danielle lo miró fijamente. Incluso con aquellos ridículos tacones era mucho más alto que ella. Ya sabía lo fuerte que era. Acababa de aprender que haría cualquier cosa para salvarse.
Bueno, y a lo mejor para salvarla a ella.
El viento le echó el pelo delante de los ojos. Se lo apartó con una mano temblorosa. ¿De verdad había vuelto a por ella? Era posible. Era mucho más que posible. Todavía lo único que sabía de él era que era un hombre que le habría hecho el amor a una mujer que le pedía que no lo hiciera.
Porque ella había rogado, ¿verdad? Rogado que parara. Claro que sí. Esas cosas que había sentido cuando le había acariciado los pechos, cuando había deslizado la lengua en su boca...
-Tienes una cara que parece un libro abierto, Salomé.
Su voz era sexy y ruda. ¿De verdad sabía lo que estaba pensando?
-En ese caso sabrás que si intentas algún truco más...
-¿Qué? -dijo, cerrando ligeramente los ojos-. ¿Me apuñalarás? ¿Me dispararás? -la agarró de los hombros, haciéndola ponerse de puntillas-. ¿Qué más juguetitos ocultas?
-¿Ocultar? -se miró, con aquella enorme Camisa abierta encima del diminuto disfraz, y soltó una carcajada-. Estás bromeando.
-Debería desnudarte para registrarte.
Sintió cómo el rubor le subía a la cara.
-No tengo nada...
-Sí, ya lo has dicho antes -la recorrió lentamente con la mirada, insolente, como desnudándola con la vista-. Voy a cachearte, Salomé. Estate tranquila y quieta y tardaré muy poco.
-¡No! No te dejaré -aguantó la respiración mientras le pasaba las manos por los brazos-. Maldito seas, ¡para ya! Qué te crees que eres.
Metió las manos por debajo de la Camisa. Las levantó hasta los pechos. La miró a los ojos mientras los tocaba, pasó suavemente los dedos por la suave curva y ponlos pezones. Su expresión era de una frialdad indiferente, pero pudo ver un diminuto músculo de su mejilla tensarse. Para su propio horror, Danielle sintió cómo se le endurecían los pezones.
-No -dijo, tratando de agarrarlo de las muñecas-. No tienes derecho a...
Sus manos siguieron por el vientre.
Un súbito golpe de calor estalló entre sus muslos.
-¡Para! Yo no -dijo con voz vibrante-, no tengo armas escondidas.
Kev no se lo creyó, y deslizó la mano entre sus muslos y tocó su sexo.
Danielle sintió ponerse rígido todo su cuerpo. También él lo estaba. Podía sentir cómo el calor de ella le quemaba la palma de la mano. ¿Podía una mujer fingir algo así? ¿Podía temblar al ser tocada por un hombre si no quería? ¿Podía su cuerpo arder de deseo si no estaba deseando que la poseyeran? Esa mujer seguro que podía. No podía olvidarlo.
-Registrada -dijo con una voz mucho más fría que su sangre.
-Vuelve a registrarme -dijo en voz baja- y si puedo te mataré.
-Vuelve a ocultarme algo importante otra vez y no te dará tiempo ni a intentarlo -agarró la mochila y se la echó al hombro-. Mis posibilidades aumentarían considerablemente si no te llevara colgada del cuello. ¿He sido bastante claro?
-Totalmente -dijo Danielle con rencor y pasó por delante de él.
Fue una patética muestra de orgullo que debería haber sabido que él no permitiría. No había dado dos pasos cuando la agarró del brazo.
-Los zapatos.
Se miró a los pies. Nadie en su sano juicio hubiera elegido unas sandalias de tacón de aguja para andar por el desierto, pero tampoco ninguna mujer en su sano juicio hubiera elegido a ese hombre como guía.
-¿Qué pasa con ellos?
-Quítatelos.
-Dame una buena razón...
Un tirón de la muñeca y estaba sentada en el suelo. Kev se arrodilló, le quitó las sandalias, arrancó los tacones y se las devolvió.
-Póntelos y sígueme. Cada minuto que tengo que dedicar a discutir contigo es un minuto perdido.
El «gracias» que tuvo en la punta de la lengua murió antes de pronunciarse.
Apretó los dientes y fue tras él.


La zancada de Kev era larga y no iba a reducirla por la indeseada compañía. Era una carga que no había buscado, pero que estaba bajo su responsabilidad. Era parte del código bajo el que había vivido la mayor parte de su vida, pero no había ninguna razón para decírselo a ella. Dejaría que se preocupara por si la abandonaba. A lo mejor así dejaba de discutirlo todo.
Para su sorpresa ella aguantaba andando a buen paso mucho tiempo. Bueno, ¿por qué no? Estaba en forma. En una forma impresionante. Su cuerpo era de lo que comía. Buena forma o no, andar sobre arena era duro. Inevitablemente empezó a quedarse retrasada. No podían permitirse parar, pero tampoco podía permitirse que ella se derrumbara. No, si querían alcanzar antes del amanecer lo que empezaba a parecer una colina. Hizo una parada, se quitó la mochila y rebuscó dentro de ella. Acababa de encontrar la botella de agua cuando lo alcanzó Salomé.
Kev la agarró para sostenerla. Respiraba acelerada y tenía las mejillas demasiado rojas. Estaba temblando. Daba lo mismo que fuera por el cansancio o por el frío de la noche, era una mala señal. Podía recuperarse si se tumbaba un rato, pero la arena estaba fría. La única solución era rodearla con los brazos y apretarla contra su cuerpo. Cuando protestó, se burló de ella haciendo un ruido con la lengua.
-Deja de hacer el idiota -gruñó-, relájate y recupera el aliento.
No fue exactamente que se derritiera en el abrazo, pero después de unos segundos, los escalofríos pararon.
-Eso es. Déjame darte calor.
Ella asintió, y algunos mechones de su cabello volaron hasta los labios de él. Kev apretó un poco más los brazos alrededor de ella. Había conocido toda clase de mujeres en su vida. No era tonto: sabía que una mujer bonita también podía ser fuerte, pero no lo había esperado de ésta. Tenía un aspecto delicado, pero se había mantenido firme desde el momento en que lo había amenazado con una ridícula lima de uñas. Nada de lágrimas. Nada de quejas. Nada de pedir favores porque fuera una mujer.
Kev cerró los ojos. Sí, era muy femenina. Incluso olía bien, un milagro porque dudaba que nadie pudiera afirmar algo así sobre él. Pero Salomé... Salomé olía a flores. Vainilla. A mujer.
El ritmo del corazón de Danielle fue bajando mientras Kev le pasaba las manos arriba y abajo por la espalda.
-Apostaría a que serías capaz de beberte un vaso grande de zumo de naranja.
-Eso es, tortúrame -dijo con un suspiro que pareció más un gruñido.
-Y un filete -mantuvo un brazo alrededor de ella mientras alcanzaba la mochila-. ¿Cómo lo quieres? ¿Poco hecho? ¿Pasado?
-Poco hecho -dijo con un pequeño suspiro-. Pero a la brasa.
-¿Por qué, señora? -dijo, arrastrando las vocales-. Debe de ser de Texas, justo como yo.
Miró hacia arriba.
-¿De verdad eres de Texas?
-Ajá, de Dallas.
-Ah, por eso llevas esas botas.
-Quieres decir que por eso las llevaba -dijo seco-. Pero tienes razón. Nadie de Texas que se respete a sí mismo sale sin sus botas.
Ella sonrió. Kev tuvo ganas de aplaudir, pero era ridículo. ¿Qué más le daba que sonriera o no? Sólo significaba que se olvidaba de los problemas un momento.
-Bebe algo de agua. Más -añadió cuando intentó devolverle la botella-. Ahora a por el filete.
Le tendió el trozo de halvah. Dio un mordisco pequeño. Se le quedó un poco pegado al labio superior y se lo quitó con la punta de la lengua, después cerró los ojos como si el sabor dulce floreciera en su lengua. Hizo un pequeño murmullo de placer que recordó a Kev el que había escuchado cuando se había metido sus pezones en la boca. Aquella golosina estaba dulce, pero ella sabía mucho más dulce.
Dio un sorbo de agua, tapó la botella y la metió en el macuto junto al halvah sobrante.
-Muy bien -dijo con energía-. Hora de irse.
-No has bebido casi agua ni has comido nada.
-Estoy bien.
Danielle lo miró fijamente. Le estaba diciendo la verdad. Ella había tiritado de frío y agotamiento, tenía los músculos quemados y los pies, a pesar de lo que le había hecho a las sandalias, parecía como si los hubieran lijado. Él no tenía nada en los pies. Su Camiseta era prácticamente nada. Había hecho una marcha matadora y parecía como si se hubiera dado un paseíto. A lo mejor todos esos impresionantes músculos eran de verdad.
-Tú... -se aclaró la garganta-, ¿tú haces cosas de éstas a menudo?
Lo preguntó tan seria, que no tuvo valor para echarse se a reír.
-Bueno, veamos. La última vez que huí de un lunático y crucé el desierto con una preciosa chica fue, oh, hace dos, dos o tres semanas. Así que sí, con bastante frecuencia.
-No quería decir... -vio la risa en sus ojos. ¡Qué más daba!, pensó, y se rió con él.
Era la primera vez que la oía reírse y se sorprendió. Una mujer que había recorrido medio mundo para meterse en la Cama de un sultán no podía tener una risa tan deliciosa e inocente.
-Estaba hablando de esto. Ya sabes. Caminar  por un terreno difícil sin siquiera jadear. Parece como un hábito para ti.
Recordó sus años en las Fuerzas Especiales, después los de la Agencia. Nada de lo que había hecho esos años había sido un hábito. Un hombre tenía que aprender a hacer todo tipo de cosas.
-Fui soldado mucho tiempo.
-¿En esta parte del mundo?
-Entre otras -Kev frunció el ceño. Estaba tiritando otra vez-. Todavía tienes frío. Ven -la agarró de las solapas de la Camisa y la acercó a él-. Abróchate los botones. Te ayudaré.
-Puedo -dijo, pero los dedos de él ya estaban en los ojales, rozando ligeramente los pechos.
Respiró entrecortada. Kev vio cómo se ruborizaba y sintió cómo su sangre en respuesta se dirigía a su bajo vientre. «Ahora», pensó, «justo ahora». Podía tumbarla en la arena, quitarle el tanga y enterrarse dentro de ella...
Salomé dio un paso atrás.
-Estoy bien -dijo rápidamente-. Lo que necesito es empezar a moverme otra vez.
El silencio se instaló entre ellos. Kev sintió un músculo que se tensaba en su mandíbula.
-¿Por qué? -dijo con voz ronca.
-Bueno, a causa de la energía...
-¿Por qué te vendiste a Asaad?
Danielle protestó como si la hubiera golpeado.
-No es una pregunta fácil. ¿Por qué me lo preguntas?
¿Por qué dolía tanto saber que pensaba de ella lo peor?
-¿Necesitabas dinero desesperadamente?
-¿Quieres decir que si estaba muriéndose mi abuela de alguna enfermedad que nadie conocía? ¿0 que mi madre estaba a punto de perder la casa de la familia por culpa de un villano con bigote? -le brillaron los ojos-. Lo siento. Estoy a punto de deshacerme en lágrimas.
-Madre mía -dijo en tono duro-: ¿Qué clase de mujer eres?
-La clase que debería haber pensado que no eras mejor que tu amigo el sultán.
Danielle dio un grito ahogado cuando Kev tiró de ella.
-Tienes razón, no soy diferente. Una mujer como tú, si me tienta, sabe que tendrá lo que busca.
Kev la besó en la boca, ella trató de darse la vuelta, pero él no cedió, primero agarrando su cara con las dos manos y después bajándolas por la espalda de modo que la mantenía sujeta. Ella intentó resistirse, y de pronto lanzó un gritito salvaje, lo abrazó y abrió la boca para él. Sin piedad, Kev se sumergió en aquella dulzura, Cambiando el ángulo del beso, profundizándolo más mientras las últimas estrellas de una noche que se acababa rápidamente, brillaban sobre sus cabezas. Fue él quien terminó el beso, agarrándola de las muñecas para retirarle las manos de su cuello y llevárselas hasta la boca para morder ligeramente la suave piel de las palmas. Después tomó una de las manos de ella y la llevó hasta su sexo erecto.
-Lo que pasó en esa Cama no ha terminado, Salomé. Los dos lo sabemos.
La miró otra vez. La suavidad de su boca. El dulce subir y bajar de sus pechos. Después se apartó de ella, agarró la mochila y echó a andar.