sábado, 27 de noviembre de 2010

Novela Kenielle 02 - El regalo del sultán

Capítulo 2
KEV había visto muchos lugares inestables políticamente, pero Baslaam no era un lugar inestable; estaba al borde del caos. No hacía falta ser un espía para darse cuenta. Ni gente, ni vehículos. Un cielo gris lleno de nubes de humo y buitres, multitud de buitres sobrevolándolo todo.
Las cosas no debían de ir bien en el sultanato, pensó, preocupado.
Adair no daba ninguna explicación. Kev tampoco pedía ninguna. Todo lo que pensaba era que la pistola que había ocultado en la maleta podría ser útil al final.
El sultán lo esperaba en una enorme sala de mármol con techos de más de seis metros de alto. Estaba sentado en un trono dorado elevado sobre una plataforma de plata. Kev estuvo completamente seguro de que aquél no era el hombre que Paul le había descrito.
El sultán, según le había dicho su padre, tendría unos ochenta años. Era pequeño, enjuto, de ojos duros que expresaban determinación. El hombre del trono tendría unos cuarenta años, era grande. Enorme, en realidad. Una masa de músculo a punto de empezar a engordar. El único parecido entre la imagen que Paul le había descrito y aquella mole, eran los ojos, pero la dureza de éstos hablaba más de crueldad que de determinación.
¿Había habido un golpe? Eso explicaría muchas cosas, incluyendo la desaparición del representante de su padre. Podía ser que el pobre desgraciado fuera uno de los que atraía la atención de los buitres.
Kev se hacía una sola pregunta. ¿Por qué no se habían deshecho también de él? El hombre del trono debía de querer algo de él. ¿Qué? Tenía que descubrirlo y hacerlo sin desvelar su juego.
Adir hizo las presentaciones.
-Excelencia, éste es el señor Kevin Jonas. Señor Jonas, este es nuestro amado sultán, Abdul Asaad.
-Buenas tardes, señor Jonas.
-Excelencia -sonrió Kev, amable-. Lo esperaba mayor.
-Ah, sí. Creyó que iba a conocer a mi tío. Desafortunadamente mi tío murió de forma inesperada la semana pasada.
-Le acompaño en el sentimiento.
-Gracias. Lo echamos de menos. Yo tenía las mismas expectativas con usted, señor Jonas. Creía que el dueño de Jonas Oil sería mucho mayor.
-Mi padre es el propietario de la compañía, yo soy su emisario.
-¿Y qué le trae a nuestro humilde país?
-Mi padre creyó que el sultán, bueno, debería decir que usted -dijo Kev con la misma sonrisa educada- preferiría discutir los últimos detalles del contrato conmigo en lugar de con su negociador habitual.
-¿Y por qué iba yo a preferir eso?
-Porque yo tengo completa capacidad de decisión. Yo puedo llegar a cualquier acuerdo en su nombre. Nada de intermediarios, así se acelera el proceso.
El sultán asintió con la cabeza.
-Una excelente idea. Su predecesor y yo hemos tenido algunos desacuerdos, quería hacer algunos Cambios en los términos que su padre y yo ya habíamos acordado.
Demonios, pensó Kev, pero volvió a sonreír.
-En ese caso es bueno que haya venido, excelencia.
-Estoy seguro de que Adair ya le ha dicho que su hombre se ha marchado a las llanuras más allá de las Montañas Azules a visitar los terrenos.
-Lo ha mencionado.
-Fue una sugerencia mía. Pensé que sería mejor apartarlo de la ciudad una temporada. Tomar un respiro. Las llanuras son muy hermosas en esta época del año.
La mentira no se parecía en nada a lo que le había contado Adair, y acabó con cualquier esperanza que tuviera de volver a verlo con vida. Sintió un fuerte deseo de saltar a la plataforma y agarrar al sultán por el cuello, pero volvió a forzar una sonrisa de cortesía.
-Una gran idea. Estoy seguro de que estará disfrutando.
-Oh, puedo asegurarle que está descansando.
El malnacido sonrió de oreja a oreja por el doble sentido. Una vez más, Kev luchó contra el deseo de saltar sobre él, pero estaría muerto antes de acercarse a medio metro.
-Mientras tanto -dijo Asaad-, usted y yo podremos terminar las cosas -el sultán dio una palmada. Adair se apresuró a acercarle un bolígrafo y una hoja de papel que Kev reconoció inmediatamente-. Sólo falta su firma, señor Jonas. Si fuera tan amable...
Bingo. Por eso era por lo que el negociador estaba muerto y por lo que él seguía vivo. Asaad necesitaba una firma en la línea de puntos para poder seguir adelante con el negocio.
-Por supuesto -dijo-, pero primero creo que descansaré un poco, el viaje ha sido largo.
-Firmar un documento no es muy complicado.
-En eso tiene razón, por eso seguramente podrá esperar hasta mañana.
Asaad cerró ligeramente los ojos pero mantuvo el tono cortés.
-En ese caso, permítame aliviar el estrés de su viaje con una pequeña celebración de bienvenida.
-Aprecio el gesto, señor, pero en realidad...
-Estoy seguro de que no querrá ofenderme rechazando mi hospitalidad.
¿La así llamada celebración era un señuelo para ganarse la confianza de Kev o había razones más siniestras? De cualquier modo, estaba atrapado. El sultán había organizado una fiesta, no había otra salida.
-¿Señor Jonas? ¿Qué dice? ¿Será mi invitado?
Kev inclinó la cabeza.
-Gracias, excelencia. Estaré encantado.


Tres horas más tarde los festejos se acercaban a su conclusión.
La tarde había comenzado con un banquete. Fuentes de carne a la brasa, pasteles... y ensaladeras llenas de otras cosas grotescas y fáciles de identificar que se comían por antiguas tradiciones.
La primera vez que apareció un plato de ésos, Kev sintió que el estómago se le volvía del revés. Adoptó una sonrisa cortés y negó con la cabeza, pero se dio cuenta de que un gran silencio caía sobre el grupo de hombres armados sentados a lo largo de la mesa.
Todos los ojos estaban puestos en él. El sultán levantó las cejas.
-Es un manjar, señor Jonas, pero podemos entender que no esté preparado para compartirlo. No todos los hombres pueden ser como los hombres de Baslaam.
Diablos. ¿Iba a ser aquello la versión local del a ver quién es más duro? Si era así, Kev no podía permitirse perder. Sonrió, se inclinó y se sirvió un cazo de aquel brebaje.
-¿Un manjar, excelencia? En ese caso, lo probaré.
Comió deprisa. Sintiendo como cieno o algo incluso peor en la lengua y manteniendo su estómago controlado a base de repetirse que había comido cosas peores en otros sitios. Un soldado en el campo no puede ser melindroso. Insectos, lagartos, serpientes... Proteínas, se decía, eso era todo.
Hubo un perceptible murmullo cuando se acabó el plato. Kev sonrió, Asaad no le devolvió la sonrisa. Su expresión era bastante fea. El canalla había perdido el primer asalto y no le había gustado.
-Delicioso -dijo Kev cortésmente.
Asaad dio una palmada. Un sirviente apareció llevando una enorme tetera.
-Dado que le ha gustado tanto, a lo mejor le gustaría probar otra de nuestras delicias. Una bebida hecha con... Bueno, no le diré los ingredientes, pero le aseguro que es más fuerte que cualquier otra cosa que haya probado -a su orden los sirvientes llenaron dos tazas de un líquido marrón. Asaad tomó una de ellas y ofreció la otra a Kev-. A menos, claro, que usted no se atreva.
Otra vez el concurso. Juvenil y patético, pero ¿qué otra opción tenía que aceptar el desafío?
Cualquier muestra de debilidad podría hacer que acabara como su representante. Asaad necesitaba una firma, pero había formas de conseguirla que no pasaran por simular que eran toda una gran familia feliz.
-¿Señor Jonas?
-Excelencia -dijo Kev, y se llevó la taza a los labios.
El líquido olía como a pescado podrido, pero había sobrevivido a algo peor una larga noche en Belarus cuando había tenido que beberse un montón de chupitos de vodka casero con un líder de la guerrilla. Contuvo la respiración, echó la cabeza para atrás y se bebió el contenido de un trago.
-Estupendo -dijo con tranquilidad, y levantó la taza vacía. De nuevo un murmullo de aprobación recorrió la gran sala. La cara de Asaad se oscureció aún más.
-¿Monta a caballo, señor Jonas?
A lo mejor el sultán era retrasado o algo así. Preguntar a alguien nacido y criado en Texas si monta a caballo era como preguntar a una paloma si volaba.
-Algo -dijo Kev con amabilidad.
Momentos después se encontraban en el exterior, en un enorme patio iluminado por antorchas, a lomos de ponis medio salvajes jugando a algo que requería unos palos tan gruesos como bates de béisbol, una pelota de cuero y una soga de la que colgaba un aro. Kev no tenía ni idea de las, reglas, pero consiguió permanecer encima de su montura y hacer pasar la pelota por el aro de un golpe, evitando sufrir una paliza a manos de un grupo de hombres que manejaban sus bates con bastante soltura. Los hombres del sultán gritaron de alegría. El rostro de Asaad se tiñó de púrpura. Ordenó silencio con un grito.
-Es usted un digno contrincante -dijo en un tono de voz que dejaba meridianamente claro que estaba mintiendo-, y le recompensaré.
¿Con qué? ¿Con un cuchillo en la garganta? ¿Una bala en la cabeza? Pierde y estás muerto, gana y estás muerto. Asaad era un psicópata capaz de cualquier cosa.
Kev tensó los músculos mientras intentaba aparentar calma.
-Gracias, excelencia, pero la única recompensa que quiero es...
Las palabras se le quedaron en la garganta. Dos de los hombres del sultán iban hacia él. Eran grandes, mucho más grandes que el sultán....
Por lo menos el doble que la mujer que arrastraban entre los dos.
Lo primero que notó era que la chica tenía las manos atadas. Los segundo, que estaba desnuda. No, desnuda no. Era sólo que su piel era de color oro y lo que llevaba puesto era ligeramente más oscuro.
Oro cubría los pechos; un tanga dorado, la parte baja del liso vientre. En la estrecha cintura, una gruesa cadena de oro de la que colgaban finas cintas doradas que se balanceaban con cada movimiento de las largas piernas.
En los pies, unas sandalias doradas cuyos afilados tacones podrían considerarse armas letales. De las cintas de las sandalias colgaban cascabeles que sonaban con cada paso que daba. El pelo, también rubio, caía con sedoso desarreglo por delante de su triste rostro.
-¿Le gusta su recompensa, señor Jonas?
-Es... -maldición. Kev se aclaró la garganta. No había esperado nada parecido a aquella criatura dorada. El sultán lo sabía, lo notaba en su voz de canalla-. Es una visión asombrosa.
-Realmente lo es -dijo Asaad, sonriendo-. ¿Ordeno que se la acerquen?
La respuesta evidente era no. Esa mujer era una trampa. No había que ser un genio para darse cuenta. Kev había comido y bebido; le habían entretenido con una especie de loco polo del desierto. Asaad lo había ablandado y se disponía a matarlo. Una hora con esa hurí y firmaría el contrato sin hacer preguntas. Estaría demasiado harto para poder hacer nada..
Al menos eso sería lo que Asaad se figuraría. Y, maldita sea, era tentador. Kev se imaginó lo que debía ser enterrar las manos en el pelo de aquella mujer y levantar su cabeza para ver si su rostro era tan perfecto como todo lo demás. Podía imaginarse saboreando sus pechos, quitándole aquella cadena de oro....
-¿Señor Jonas?
Kev se encogió de hombros como si le diera igual ver mejor a la chica.
-Como usted mande, excelencia.
El sultán chasqueó los dedos. Los hombres empujaron a la mujer. Cuando estaban muy cerca, la chica levantó la cabeza y lo miró fijamente.
Kev se quedó sin respiración.
Tenía unos enormes ojos del color del Mediterráneo, rodeados de unas larguísimas pestañas increíblemente negras. Una delicada barbilla y una boca... ¡Qué boca! Una de ésas con las que los hombres sueñan en las horas más oscuras de la noche.
Kev se puso duro como una piedra, una erección tan poderosa que tuvo que moverse para estar cómodo.
Asaad gritó otra orden. Los guardias acercaron a la mujer los últimos metros. Se tambaleó, pero recuperó el equilibrio. Uno de los hombres gruñó una palabra y ella obedeció lo que debía de haber sido una orden para que alzara la cabeza de nuevo.
-Bueno, señor Jonas -la voz de Asaad sonaba como un zumbido-. ¿Qué le parece? -sonriendo, se acercó a la mujer, la agarró del pelo y le levantó la cabeza-. ¿No es deliciosa?
-Es... es muy hermosa.
-Sí. Lo es. También tiene carácter. Una magnífica criatura, ¿verdad?
¿Qué era ella? ¿Una mujer del harén? Pero tenía las manos atadas, ¿por qué?
-Sí, excelencia -Kev hizo una pausa. No quería parecer demasiado curioso, si lo parecía seguramente Asaad endurecería el juego que tenía pensado-. ¿Es una prisionera?
El sultán suspiró.
-Sí. Desafortunada, ¿verdad? Lo que puede ver de ella es bello -Asaad deslizó la mano por el cuello de la mujer, por los pechos, agarró primero uno y después el otro. Cuando ella trató de zafarse, la agarró de la muñeca-. Pero su alma es fea.
Kev miró los carnosos dedos del sultán clavándose en la piel de la chica.
-Es difícil de imaginar que una mujer como ésta, cualquier mujer de hecho, pueda hacer algo tan terrible como para provocar la ira de un hombre como usted, excelencia -dijo, esperando que la mentira funcionara.
Pareció que sí. Asaad aflojó la mano.
-Tiene razón, señor Jonas. Soy un hombre amable, generoso. Pero Danny me ha llevado más allá de lo soportable.
El nombre le quedaba bien, lo mismo que la ropa. Pero los ojos azules y el pelo rubio no. Eran poco frecuentes en esa zona.
-Me imagino que está pensando que ella no parece de aquí.
«Justo en el blanco, pedazo de grasa», pensó Kev mientras sonreía perezoso como si fuera algo que no le interesara mucho.
-Sí, me lo preguntaba.
-La compré -dijo el sultán-. Oh, no es como parece, se lo aseguro. Somos una cultura antigua, pero aborrecemos la esclavitud. No, la mujer llegó hasta mí por su voluntad. Es bailarina. Así es como quiere ella que la llamen, pero en realidad es... creo que la palabra es fulana.
Kev asintió. Entendía. Había estado en esa parte del mundo antes. Las mujeres como aquélla se denominaban a sí mismas modelos, actrices, bailarinas... pero Asaad tenía razón. Básicamente eran prostitutas en venta al mejor pastor.
La rubia se mantuvo erguida durante todo el escrutinio. ¿Estaba temblando? Podía ser, pero el viento que soplaba del desierto era frío, y ella estaba prácticamente desnuda. Eso podía explicarlo. También podía el que fuera prisionera de Asaad. Por lo que había visto, podía hacer temblar a cualquiera. Asaad se aproximó más.
-La conocí de vacaciones en El Cairo. Actuaba en un club. Le mandé una nota... Bueno, seguro que ya sabe cómo funcionan estas cosas -dio con el codo en las costillas de Kev, como si las fulanas fueran algo que tuvieran en común-. Danny es una mujer de, digamos, talento sobresaliente. Por eso cuando llegó el momento de volver a casa le ofrecí traerla conmigo.
Kev miró de nuevo a la mujer. Había vuelto a levantar la cabeza, miraba a la oscuridad más allá de la zona iluminada del patio, y sí, definitivamente estaba temblando.
-Y ella aceptó -afirmó más que preguntó Kev.
-Por supuesto. Sabía que valía la pena. Todo fue bien durante unas semanas. Era creativa, imaginativa -Asaad respiró hondo-, pero me aburrí de ella. Un hombre necesita variedad, ¿verdad?
-¿Y mandarla de vuelta a Egipto no hubiera sido más fácil que hacerla vuestra prisionera, excelencia?
El sultán echó para atrás la cabeza y rió a carcajadas.
-Es usted un hombre muy gracioso, señor Jonas. Sí, claro. Mucho más sencillo. Y eso es lo que intenté hacer. Intenté arreglarlo para que volviera a su casa con una buena gratificación -su sonrisa se ensombreció-. Ayer, justo antes de que fuera a marcharse, me enteré de que había robado una joya de incalculable valor. ¡Después de todo lo que le he dado! Cuando se lo dije, trató de clavarme una daga -Asaad dio un paso atrás-. Estoy tratando de decidir qué hago con ella.
¿Qué hacer? Seguramente el sultán lo que quería decir era cómo hacerlo. La pena por robo e intento de asesinato sólo podía ser la muerte. Que aquella mujer hubiera sobrevivido un solo día era un milagro. Al día siguiente sería comida para los buitres, pero esa noche...
Y entonces Kev entendió. Asaad tenía un plan, y era tan transparente como el cristal.
La mujer temblaba, pero ¿por qué si su vida estaba en peligro no rogaba misericordia?
Sólo podía haber una razón. El sultán debía de haberle prometido piedad. Lo único que tenía que hacer era cumplir sus órdenes, y seguramente tendrían algo que ver con él.
Iba a ser un regalo. Tenía que llevarlo a la Cama, hacerle cosas que le nublaran la cabeza, y Asaad le perdonaría la vida. Pero ¿por qué? ¿Tenía que clavarle un cuchillo en un momento de pasión? No. Asaad lo quería vivo hasta que firmase el contrato.
A lo mejor el canalla sólo quería mirar por un agujero en la pared. A lo mejor aparecían sus hombres mientras se acostaba con ella. A lo mejor era la auténtica diversión de la noche.
-No se preocupe, señor Jonas. Danny trató de matarme a mí. Eso no supone que vaya a hacer lo mismo con usted.
-Francamente, excelencia -dijo Kev con una sonrisa de hombre a hombre-, lo único que me preocupa, si quiere llamarlo así, es que se pierda semejante bombón.
-Por supuesto -el sultán se inclinó hacia él-. Entonces se alegrará de oír que he decidido regalársela para esta noche.
-Es usted muy generoso -dijo Kev, tratando de que pareciera verdad-, pero no debe olvidar lo que le dije antes, ha sido un largo viaje y...
-Cansado -Asaad hizo un guiño-. Pero los dos somos guerreros, y los guerreros saben cuál es la mejor forma de reponer fuerzas. A no ser... ¿No le gusta ella? Tiene los principios de una víbora del desierto, pero no tiene nada que temer. Mis hombres estarán de guardia detrás de su puerta -a Kev casi se le escapó la risa. Hubiera apostado por ello-. Le dará placeres con los que ni siquiera ha soñado.
-Estoy seguro, excelencia. Pero...
-Mírela mejor, señor Jonas.
Asaad agarró un pecho de la mujer y le pellizcó el pezón a través del tejido dorado. Ella se resistió pero no hizo ningún ruido. Kev se metió las manos en los bolsillos para evitar agarrar del cuello al sultán. ¿Qué más daba si Asaad la maltrataba? Era suya, podía hacer con ella lo que quisiera. Había visto cosas peores en sus años de operaciones encubiertas.
De todos modos lo que estaba ocurriendo seguía haciendo que se le encogiera el estómago.
-Tóquela usted, señor Jonas. Descubra lo suave que es su piel.
Asaad pasó la mano desde el pecho hasta el vientre de la mujer. Vio cómo ella tragaba con dificultad. Respiró hondo, y los pezones presionaron contra el tejido dorado.
El sultán rió a carcajadas.
Y Kev pudo apreciar la respuesta de su cuerpo. Quería tocarla. Quitar del medio a Asaad y poner las manos en Danny. Se despreciaba por ello, pero la necesidad ardía en su vientre, caliente como una llama. Deseaba descubrir sus pechos y ver si los pezones tenían el color de los pétalos de sosa o la palidez de los melocotones. Saborearlos, acariciarlos con la lengua mientras deslizaba la mano entre sus muslos, por debajo del tanga hasta su caliente y húmedo centro.
Se dijo que había una razón lógica para aquella locura. Toda la adrenalina que había quemado en las últimas horas de estar en guardia. Cualquier hombre estaría más que preparado para la liberación que suponía el sexo. Daba lo mismo que la mujer fuera prostituta, ladrona o peor. Que se hubiera vendido a no se sabe cuántos hombres.
Era hermosa, y la deseaba... pero no podía tomarla. Era una trampa dorada.
Kev dio un paso atrás y apartó cualquier imagen de ella de su cabeza.
-Haga con ella lo que quiera -dijo con frialdad-. No me interesa.
Se hizo un silencio. La mujer levantó la cabeza. En sus labios se dibujó una sonrisa insolente mientras los ojos lo recorrieron deteniéndose en la tensa tela que ocultaba sus genitales, después lo miró a la cara.
-Lo que quiere decir, mi señor Asaad -dijo con suavidad sin dejar de mirar a Kev a los ojos-, es que no es lo bastante hombre como para utilizarme de forma adecuada.
Habló en inglés, pero el tono de insulto fue evidente. Un rugido colectivo surgió del resto de los hombres presentes. Después de un momento de estupor, el sultán echó para atrás la cabeza y empezó a carcajearse. El mundo se oscureció, se encogió, reduciéndose a sólo una sonrisa burlona de la mujer y la cara de felicidad del sultán.
Kev murmuró una obscenidad, deslizó la mano por la estrecha cinta del sujetador de la, chica y lo rompió en dos trozos. La mujer se puso pálida. Movió las manos en un intento desesperado de cubrirse, pero Kev la agarró de las muñecas y le obligó a bajar las manos.
El único sonido que se escuchaba en el patio era el sonido de su respiración.
-¿Te gusta jugar fuerte? -dijo con suavidad con una sonrisa retorcida. Despacio la recorrió entera con los ojos.
Sus pechos eran perfectos. Redondos y levantados, del tamaño justo para llenar sus manos. Los pezones, erguidos por la brisa de la noche, tenían el tono de melocotones maduros.
-Muy bien -dijo con una voz que casi no reconoció como suya.
Mirándola a los ojos, levantó las manos y pasó ligeramente los nudillos por los pechos. Cuando ella trató de zafarse, los guardias la agarraron de los brazos y la obligaron a permanecer quieta para que Kev pudiera acariciar los pezones con las yemas de los dedos.
-He Cambiado de idea -dijo con voz grave-. Me la quedo.
El grito de la mujer se perdió entre el alborozo de la multitud mientras la levantaba, se la echaba al hombro y se dirigía al palacio.

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