lunes, 29 de noviembre de 2010

Novela Kenielle 03 - El regalo del sultán

LA multitud de bárbaros muertos de risa se abrió a su paso como las aguas del Mar Rojo.
Danielle tenía un plan, pero todo había salido mal.
Una mano le acarició las nalgas. Gritó. El cerdo que la había tocado dijo algo que hizo reírse a carcajadas a los demás.
-Por favor -susurró a su captor-, por favor, has entendido mal.
Kev gruñó algo y Cambió de postura para repartir su peso de otro modo. Parecía que no podía oírla. La llevaba al hombro como si fuera el saco de una lavandería, mientras sus manos atadas intentaban sujetar desesperadamente los extremos del roto sujetador.
Como si su pudor importara en un momento como aquél. Como si algo importara excepto obligar a ese hombre a que la escuchara. Un par de horas antes parecía todo tan claro. Lo que iba a hacer y cómo. Los gigantes la habían llevado ante el sultán, quien la había mirado y sonreído como haría un gato con un ratón.
-Muy bonita -había dicho suavemente.
Después le había dicho que tenía que aplazar su primer encuentro con ella, como si que la raptara hubiera sido algo que ella había deseado.
-Tengo un invitado -había dicho-, un socio estadounidense. Acuéstate con él, mantenlo ocupado de modo que no pueda ver ni oír nada, y te recompensaré mandándote a casa.
Sí, y Papá Noel y Bugs Bunny eran primos. Asaad nunca la dejaría libre, pero Danielle había pensado que seguirle el juego sería lo mejor. Había pensado que la meterían en la habitación del estadounidense envuelta con papel de regalo. Se cerraría la puerta, habría sonreído y le hubiera dicho, en voz muy baja porque hasta las paredes oyen: «Menos mal que estás aquí. Soy americana, me han secuestrado. Se supone que tengo que entretenerte para que seas sordo y ciego a lo que sea que el sultán planea hacer contigo. Tenemos que salir de este horrible lugar antes de que eso ocurra».
En lugar de eso, la habían entregado como un paquete delante del sultán. De acuerdo, había pensado, esperaría hasta que estuviera sola con el estadounidense. Pero eso nunca sucedería si él rechazaba el regalo de Asaad. Los ojos del hombre habían brillado de deseo al verla. Su cuerpo había respondido, había sido imposible no notarlo. Y entonces su mirada caliente se había congelado. No sabía por qué. Tenía que hacer algo y rápido.
Su aspecto, rostro duro y cuerpo musculoso, la tensión en la mandíbula, los vaqueros desteñidos y las botas de cuero, todo hablaba de un hombre muy masculino. Un hombre que no dejaría pasar como si nada un insulto. Así que había conseguido tentarlo. Esa era la parte buena.
La mala era que había funcionado demasiado bien. Había roto su sujetador. La había tocado con una lujuria helada que le había hecho sentir más miedo que nada de lo ocurrido hasta ese momento... Pero era demasiado tarde. Era un compatriota. Eso tenía que valer algo.
Los guardianes de las puertas del palacio sonrieron cuando pasaron a su altura. Las puertas se cerraron, y se quedó sola con el estadounidense.
Era el momento, se dijo, y tomó aire. A pesar de todo sabía que tenía que mantener la calma. Si lo hacía, seguramente podría comunicarse con él.
-Señor Jonas, ése es su nombre, ¿verdad?
El estadounidense empezó a subir las escaleras.
-Señor Jonas. El sultán miente. Yo no he robado nada, tampoco he tratado de matarlo. Ni siquiera me llamo Danny.
Sabía que podía oírla. No había nadie, nada de ruido, sólo el sonido de sus botas contra el mármol. ¿Por qué no decía nada?
-¿Me oye? -seguía sin responder-. Señor. Diga algo. Dígame que ha entendido lo que...
-Cállate.
Danielle chilló y le golpeó en la espalda con el puño. Fue tan efectivo como tirar piedrecitas a una roca.
-Maldito -gritó, y le clavó los dientes en el hombro. Todo lo que consiguió fue llenarse la boca de Camisa vaquera, aunque atrajo su atención.
-Haz eso otra vez -gruñó-, y te haré yo lo mismo.
-¡Tiene que escucharme! Sé lo que le ha dicho Asaad, pero...
-¿Quieres que te amordace además de atarte?
¡Era tan salvaje como el sultán! Cómo había podido ser tan estúpida de pensar que su nacionalidad común tendería un puente de decencia en aquel lugar perdido.
Escuchó otras dos risas y vio otros dos soldados. Pasaron al lado de ellos, atravesaron una gran puerta y entraron en una habitación enorme. Una habitación presidida por una Cama del tamaño de un estadio. La tiró encima de ella y fue a cerrar las puertas.
-Por fin solos -dijo Kev con frialdad.
Danielle se arrastró hasta el cabecero.
-Señor Jonas -dijo, desesperada-. Sé lo que piensa...
Kev soltó una carcajada peligrosa.
-Apuesto a que sí.
-Pero se equivoca. No soy... No soy lo que el sultán... -abrió los ojos de par en par al ver que empezaba a desabotonarse la Camisa-. Espere, por favor. Usted no... No entiende nada.
La miró a los pechos, que se derramaban fuera del sujetador roto al que se agarraba como a un salvavidas.
-Suéltalo.
-¿Qué?
-Que sueltes eso -le dirigió una mirada que le heló los huesos-. Me ha gustado lo que he visto en el patio, Danny. Quiero volverlo a ver.
-No me llamo Danny, me llamo...
-No me importa cómo te llamas. No vamos a salir a tomar algo e intercambiar teléfonos. Vamos a ir directamente al grano -rugió-. Suelta el sujetador.
-No soy... una fulana -dijo desesperada-. No soy nada de lo que ha dicho Asaad.
Kev endureció el gesto.
-Nada de juegos, bonita. Si te crees que estoy de humor para jugar a la virgen y el salvaje, te digo desde ahora que no.
-No estoy jugando a nada. Sólo estoy tratando de...
-¿Cómo quieres que hagamos esto?
-No... no le sigo...
-¿De la forma fácil? -su tono se suavizó como seda salvaje-. Si quieres, puedo hacer que disfrutes.
-¡No quiero que me hagas nada! Te estoy diciendo que soy americana, como tú.
-Tú no eres como yo -dijo, mostrando los dientes en una escalofriante sonrisa-. Si lo fueras, no te querría en mi Cama.
-Dame un minuto. Sólo un minuto. Puedo explicártelo todo. Asaad ha dicho cosas que no...
-No son ciertas.
-¡Sí! -dijo, excitada-. Oh, por fin. ¡Lo has entendido! Tú, tú... ¿Qué haces?
Una pregunta innecesaria. Lo que estaba haciendo era terriblemente obvio.
Se estaba desnudando. Quitándose las botas, la Camisa.
A Danielle el corazón casi se le salió por la boca. Había notado lo fuerte que era cuando la había llevado a cuestas, pero ver su pecho, sus hombros... sabía que no tenía ninguna posibilidad frente a él. El hombre al que pertenecía esa noche era como una pantera, igual de letal.
Le había dicho que no estaba de humor para juegos, pero estaba jugando por su cuenta mientras ella balbuceaba pidiendo misericordia. A lo mejor aquello le divertía. De lo que sí estaba segura era de que cuando se cansara de todo aquello, se haría con ella prácticamente sin esfuerzo.
-Sé que estás enfadado conmigo, pero...
-No estoy enfadado, Danny, sólo cansado de escucharte.
-Lo que te he dicho abajo, lo que te he dicho... Lo único que quería era atraer tu atención.
-Sí. Bueno, pues lo has conseguido.
-Tenía que encontrar el modo de estar a solas contigo.
-Estoy conmovido.
Tenía las manos en el cinturón, soltando la hebilla. Cuando lo consiguió, soltó el botón de encima de la cremallera, dejando ver el inicio de una línea de sedoso vello que seguía hacia abajo. El terror recorrió su cuerpo, pero sabía que no tenía que mostrarlo. A lo mejor eso lo excitaba todavía más.
-Necesito que me ayudes. ¡Te lo juro! Sólo escúchame y...
-No has respondido a mi pregunta -dijo, empezando a acercarse, mirándola a los pechos, el vientre, los muslos-. Puedo poseerte despacio o sin preliminares. Tú decides.
Danielle reprimió un sollozo cuando él alcanzó la Cama. Intentó escapar, pero la agarró de una pierna y la arrastró hasta el centro del colchón.
-Sexo duro -rugió-. Por mí está bien.
-No -jadeó, y abandonó todo intento de razonar.
Iba a por ella, y tenía que luchar por su vida dando patadas, rodillazos, más patadas, buscando sus genitales, golpeándolo en el estómago con la rodilla.
-Bueno -dijo, sonriendo-. Ya está bien.
Con manos rápidas soltó la cuerda de sus muñecas y le llevó las manos por encima de la cabeza y las ató al cabecero. Cuando lo pateó con más fuerza, sacó el cinturón de los vaqueros y lo pasó alrededor de su pierna derecha atándolo después a los pies de la Cama antes de saltar de la Cama para volver con un pañuelo, una atadura brillante y suave que enrolló a la pierna izquierda y después ató a la Cama.
Aterrorizada, lanzó un agudo grito que perforó el aire.
-Grita -dijo-. Eso me gusta. Sabes que tenemos una multitud escuchando detrás de la puerta. Grita, mejorarás el espectáculo.
-No -susurró, porque un susurro era de todo lo que era capaz-. Por favor, no, no.
-¿Por qué no? -dijo con frialdad-. ¿Porque no he pagado por entrar?
Se echó al lado de ella.
-Oh -dijo Danielle. Apartó la cara, cerró lo ojos y dejó correr las lágrimas.
Todo lo que podía hacer ya, era sobrevivir.


Era buena, pensó Kev. Eso había que reconocérselo. Era una actuación de primera. De provocadora sexy a inocente aterrorizada en veinte minutos. ¿Por qué la gran actuación? La provocación y después el Cambio.
Lo único cierto era que la chica era una gran actriz. Seguramente sería mejor mentirosa. ¿Cuántos hombres habrían pagado por sus favores? Pasó la mirada más despacio por ella mientras yacía allí despatarrada para él, con aquellos gloriosos pechos desnudos, los dorados muslos abiertos para su placer.
La erección iba a matarlo si no entraba en ella pronto. Así que, ¿por qué dudaba? Su miedo no era real. Era parte de la actuación. A él le gustaba. Había hecho muchas cosas en una Cama que no tenían nada que ver con la postura del misionero. Además ella no le había dejado otra opción. El tipo de juego que había elegido sólo tenía una conclusión posible.
Porque era un juego, ¿verdad? ¿Sería posible que estuviera diciendo la verdad? ¿Que no quisiera hacerlo con él? No. Imposible. Si ése fuera el caso, podría haber cumplido su deseo sin ningún esfuerzo. Ya le había dicho al sultán que no la quería. ¿Por qué lo había provocado deliberadamente si no era para que Cambiara de opinión y que sí la aceptara?
Kev entornó los ojos. Todo olía a timo. Ella arrastrada como una criminal; Asaad diciendo que iba a matarla, la mujer con su «no eres bastante hombre» seguido de su inverosímil petición de ayuda. ¿Habían preparado todo aquello para que el estúpido estadounidense acabara pensando con sus hormonas en vez de con la cabeza? Si era así, había funcionado.
Pero se estaba calmando. Estaba pensando de nuevo. Y en lo que pensaba era en que la puerta estaba cerrada, lo mismo que las ventanas. Se había dado cuenta antes de reunirse con el sultán. Tenía una Beretta escondida debajo del colchón y una mujer hermosa en su Cama.
Tensó el cuerpo. Iba a poseerla.
La vida en las Fuerzas Especiales y en la Agencia le había enseñado que siempre había que pagar un peaje por el estrés. La meditación tenía su función, pero había veces que se necesitaba algo más. Algunos hombres recurrían al alcohol; otros, a drogas. Kev había aprendido hacía mucho tiempo que lo que a él le funcionaba era el sexo. El sexo con una mujer hermosa y experimentada era suficiente para hacerle olvidar las lindezas de la conducta civilizada.
Danny parecía adecuada para aquello. Unos largos minutos dentro de ella, disfrutando de su dulce calor, saboreando su boca de aspecto suave, y estaría nuevo. Estaría bien que dejara de fingir y admitiera de una vez que lo deseaba tanto como él. Era muy buena simulando, pero había cometido un fallo un momento antes cuando se había quitado la Camisa.
Lo que había visto en sus ojos no había sido pánico. Era deseo.
Y así era como la quería poseer una vez controlada la situación. Sólo podía hacerlo con una mujer que lo deseara. ¿Juegos? Claro. Una mujer guapa deseando que la poseyeran, pero fingiendo que no, podía ser excitante. Una violación no lo era.
Era el momento de que terminara la actuación y empezara la realidad. Kev volvió a mirar a la mujer que tenía a su lado. Era hermosa, una criatura de pálida piel dorada y oscuro pelo de oro. Una bailarina, había dicho Asaad. No importaba nada más. Así era como pensaba de ella en ese momento: como su pareja en una danza erótica que disfrutarían los dos.
-Mírame -dijo. Cuando ella no lo hizo, la agarró de la barbilla y la obligó a mirarlo-. Abre los ojos.
Lentamente, hizo lo que le ordenaba. Sus iris, rodeados de negro, eran del azul profundo del cielo de verano. Las pestañas eran largas y gruesas, húmedas por las lágrimas. ¿Lágrimas? Definitivamente era muy buena a la hora de hacer que un hombre la deseara, y él lo hacía con cada gota de su sangre.
-Nunca he pagado por una mujer -dijo con voz ronca-, pero si lo hiciera, creo que podría empezar por ti.
Se acercó más a ella, y dibujó el contorno de su labio inferior con la punta de un dedo, sintiendo cómo temblaba. Se inclinó sobre ella y rozó la boca con la suya.
-Todo el tiempo que hemos estado en el patio -susurró- me lo he pasado pensando en tu boca. En lo que serías capaz de hacer con ella.
Lentamente volvió a apoyar los labios en los de ella, más fuerte esa vez, lo suficiente para sentir su rápida inspiración.
-Deja de fingir que no quieres hacerlo -dijo bruscamente-. Bésame. Déjame saborearte. Déjame hacer bien las cosas.
Danielle hizo un pequeño ruido y trató de apartarse de él cuando volvió a inclinar la cabeza sobre ella y hundió la mano entre su pelo. El juego seguía.
La besó. Su boca era suave y cálida. Kev gimió, Cambió el ángulo del beso hasta que ella emitió un ligero sonido y separó los labios.
-Así -dijo Kev, y deslizó la lengua en su boca, sintiendo cómo ella se estremecía.
Se iba a volver loco. La sensación de su boca. El aroma de su piel. La presión de sus pechos desnudos contra su propio pecho...
Se echó para atrás. Agarró los pequeños y perfectos montículos. Ella abrió los ojos.
-Tienes unos pechos increíbles -dijo con voz ronca.
-Por favor -murmuró ella-. Por favor, te lo ruego...
-¿Qué? -dijo, mirándola a los ojos mientras acariciaba unos de los pezones con el pulgar-. ¿Te gusta esto? Dímelo. Dime lo que te gusta.
Se inclinó sobre ella, lamió un pezón. Ella gimió, y volvió a inclinarse y sopló suavemente la piel de nácar, después lo saboreó con toda la boca. Ella se arqueó, y un sollozo escapó de su garganta, un sollozo agudo y salvaje y lleno de algo que él no pudo definir totalmente.
¿Sería sorpresa?
Quería que lo fuera. Quería ser el primero que había arrancado ese sonido de labios de una mujer que nadie sabía cuántos hombres la habían tenido entre sus brazos.
Respiraba aceleradamente, gemía suavemente, se retorcía entre sus manos cuando la acariciaba, pellizcaba sus pezones o besaba su cálida piel. Dijo algo que él no pudo oír, lo susurró mientras la tocaba.
-Dime -dijo con voz de deseo-. Dime qué sientes. Kev deslizó la mano entre ambos muslos. Recorrió una pierna sintiendo el calor en su piel. Le ardieron las fosas nasales al reconocer en ella el inconfundible aroma del deseo.
-Dios mío -susurró ella-. Dios mío...
Danielle levantó la cabeza de las almohadas, gimió y le ofreció la boca.
Con un ruido sordo, él aceptó el beso que le ofrecía. Se sumergió en él. Sintió por primera vez el tentador tacto de su lengua, la escuchó gemir y supo que la estaba llevando con él a un aterciopelado torbellino de deseo donde no importaba nada.
Sintió que ella empezaba a temblar.
«Para», le susurró una voz interior. «Es un error, para, hombre. ¡Para!»
Pero era demasiado tarde.
Se apretó más contra él. Aquello, hacerle el amor, sentir la súbita respuesta de ella y saber que las ataduras en sus muñecas y tobillos la mantenían abierta a su disposición, era increíblemente excitante. Pero quería más. Quería sus brazos alrededor del cuello, sus piernas alrededor de la cintura mientras se vertía dentro de ella.
Kev la recorrió con las manos, oyendo sus violentas inspiraciones. Cuando llegó a los muslos, su piel quemaba, ardía lo mismo que él. La besó en el cuello y escuchó ese sonido que las mujeres hacen cuando están al borde de aceptar un abrazo para siempre.
-Dímelo ahora -dijo él-. Dime lo que quieres. Haré que suceda, te lo prometo.
-Desátame -susurró-, y te lo mostraré.
Dudó un instante, pero soltó las ataduras de las muñecas, estremeciéndose cuando ella recorrió los brazos hasta el pecho. La besó, y ella mordió sus labios suavemente.
-Por favor -dijo ella, mezclando su aliento con el de Kev.
Sus dudas se prolongaron un poco más esa vez. Pero la hermosa bruja que tenía entre sus brazos se frotó contra él con la delicadeza de un gato y dejó de dudar, rápidamente le desató los tobillos. Después volvió sobre ella, volvió a besarla, despacio, usando la lengua como usaría su erección en un minuto porque no podía esperar mucho más.
La poseería una vez, rápido y fuerte, después, despacio, para que durase mucho, mucho tiempo.
Ella volvió a Cambiar de postura. La miró a la cara, sus ojos brillaban.
-Has dicho que me mostrarías lo que quieres -susurró.
-Sí -dijo-. Lo haré.
Más tarde, recordando, se dio cuenta de que en aquellas sencillas palabras había notado algo que tenía que haberle dado la clave, pero en ese momento, demonios, justo en ese momento, era un hombre capaz únicamente de seguir el ritmo que le marcaba su excitado cuerpo.
-Dímelo -dijo, y entonces se quedó completamente quieto al sentir el frío acero contra su vientre.
Respiró deprisa mientras el instinto le hacía encoger el estómago, pero el beso del acero seguía ahí. La mujer que tenía entre sus brazos sonrió y le acercó los labios al oído.
-Tengo un cuchillo en tu tripa -dijo en un tono tan suave como la caricia de una amante-. Haz un movimiento estúpido, señor Jonas, y te juro que lo usaré.

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