lunes, 29 de noviembre de 2010

Capítulo 4


LA reacción de él fue la que había esperado. Esconderse la pequeña lima de uñas había sido un golpe de buena suerte. La había robado mientras la vestían para su encuentro con el sultán, la había metido en el tanga para usarla cuando fuera necesario, y ese momento había llegado.
Cuando Jonas había encogido el estómago, como si así pudiera separase de la afilada punta, casi había llorado de felicidad. Era lo primero que le había salido bien. Había cometido un error detrás de otro: subestimando a Asaad, subestimando a su horrible invitado...
Y subestimando su propia reacción ante lo que estaba sucediendo en la Cama.
Jonas la había atado, tocado, besado. Se había resistido, luchado, había hecho todo lo posible para mantenerlo lejos de ella... Y entonces, entonces algo había Cambiado. Su terror se había disuelto en un corriente de calor. Las manos de él en sus pechos, el sabor de su boca...
Daba lo mismo. Los papeles se habían Cambiado. Tenía un arma, y su afilada punta estaba donde ella quería que estuviera. El equilibrio de poder había Cambiado. E iba a quedarse así.
Sintió que él se movía, y decidió hacer un poco más de presión.
-No hagas ninguna tontería -susurró Danielle.
-¿Qué demonios haces?
Su voz era suave. Sabía que estaba manteniendo ese tono por si alguien estaba con la oreja pegada a la puerta.
-Tengo un cuchillo muy afilado en tu estómago, señor Jonas, no me des ninguna razón para utilizarlo.
-Tranquilízate. Mantén la calma y dime qué es lo que quieres.
-Quiero librarme de ti.
-Claro. No hay problema. Sólo tienes... ¡Eh! Tranquila con ese cuchillo.
-No trates de engañarme. Quiero librarme de ti y quiero salir de aquí.
-Muy bien. Dame el cuchillo y hablamos de ello.
Casi se echó a reír.
¿Pensaba que era estúpida? Si lo hacía, volvería a estar atada en un abrir y cerrar de ojos y después la castigaría por lo que había hecho. Su poderoso cuerpo la aplastaría contra el colchón. La besaría hasta que pidiera clemencia... hasta que su cuerpo traidor se derritiera por sus caricias como ya lo había hecho antes.
Enfadada con él, consigo misma al comprobar que nada tenía sentido, endureció la voz.
-No hay nada de que hablar. Haz lo que te digo o te meteré esta fría hoja entre las costillas.
-¿Es ése el cuchillo que intentaste usar con Asaad?
-Exactamente.
-Creía que no habías intentado matarlo.
-Te mentí.
-¿Por qué? Qué sentido...
Danielle empujó un poco más la punta.
-¿Recuerdas lo que dijiste sobre tener una conversación? Yo lo recordaría si fuera tú. No vamos a salir a tomar algo... Yo doy las órdenes ahora.
-Pues trata de dar una que te libre de mí. Es difícil pensar con algo así en las tripas... y contigo tumbada debajo.
Danielle sintió que su cara se enrojecía. Tenía razón sobre lo de estar debajo de él. Seguían juntos, como amantes y, aunque pareciera imposible, seguía excitado, la dura cresta de su masculinidad seguía presionándole en el vientre.
-Además, si no hacemos algo pronto, tendremos un montón de gente pidiendo que le devuelvan el dinero.
-¿Qué? -preguntó Danielle, parpadeando.
La voz de Kev era dulce, como si le estuviera diciendo lo que un hombre suele decirle a una mujer en la Cama.
-No me digas que no te imaginabas que teníamos público.
-Quieres decir... ¿mirando?
-A lo mejor. Pero seguro que están escuchando -una sonrisa diabólica se dibujó en sus labios-. ¿Cómo si no iba a saber Asaad cuándo actuar?
Era el turno de ella para sorprenderse.
-¿Sabes que va a hacerte algo?
-Me lo imagino, sí.
-Bueno, si te lo imaginabas, tendrás alguna idea.
Un hombre inteligente así lo habría hecho, pero durante la última hora y media no se había comportado de forma muy inteligente. Todavía tenía la Beretta al alcance de la mano.
Y ella tenía un cuchillo en su estómago.
-La tengo -dijo en tono confidencial.
-Y ¿cuál es?
-Quita de en medio ese cuchillo y te contaré mi plan.
-Olvídalo -dudó ella-. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar sin que nos escuchen?
-Puede ser. -¿Dónde?
-En el cuarto de baño. Tiene las paredes y el suelo de mármol. Vamos allí, cerramos la puerta, abrimos el agua para apagar el sonido de nuestras voces y a lo mejor podemos mantener una conversación de cinco minutos antes de que se pongan nerviosos.
-Si tienes razón, si nos están mirando, ¿no se preguntarán por qué vamos juntos al baño? Sólo puede ser para escapar de ellos.
-No, si jugamos bien nuestras cartas.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que puedo hacer algo que haga que quieras bañarte.
La punta de la lima se clavó un poco más en la piel.
-Usa eso y nuestras oportunidades de salir de aquí se reducirán a cero -Kev no dejaba de mirarla a los ojos-. ¿Sabes lo que quiero? -dijo en voz alta-. Un baño. Aceite aromático, velas...
Lo miró.
-Di algo -murmuró él.
-Ah... Un baño... Eso suena... suena bien.
-Sí, ¿verdad?
Kev la levantó de la Cama, aguantó la respiración y esperó el beso de fuera lo que fuera que ella tenía en la mano, una navaja, un cuchillo... algo todo lo grande que permitía que se pudiera ocultar en el trozo de cadenita de oro que ella llamaba tanga.
Entró con ella al baño y cerró la puerta con el codo. Ella empezó a hablar. Kev le puso el dedo en los labios y esperó. No sucedió nada. Nada de golpes en la puerta de la habitación, nada de gritos, nada de pisadas por el pasillo. Todavía con ella en brazos, abrió los grifos de la bañera.
El agua golpeó con fuerza contra el mármol.
-Ahora -dijo en voz baja-, dame el cuchillo.
-Cuéntame tu plan y veré si te doy el cuchillo.
Kev apretó la mandíbula. Aquella mujer era tan testaruda como bonita. Tendría que manejarla con un poco más de precaución.
-Voy a dejarte en el suelo. No hagas nada de lo que puedas arrepentirte.
-Tú tendrías más de qué arrepentirte que yo.
Con cuidado la puso de pie. El cuchillo había desaparecido, de momento.
-De acuerdo -dijo él-, dime lo que sabes.
-Asaad está planeando algo.
-¿Y?
-Supongo que para distraerte.
-¿Eso?
-¿No es bastante?
Kev se pasó la mano por el pelo.
-Fantástico -murmuró-. Mi propia Salomé.
-¿Qué?
-Salomé, ¿no te acuerdas? La mujer que puso tan caliente a un tipo, que ni siquiera se dio cuenta cuando su cabeza estaba en una bandeja delante del rey.
-Mientras te dedicas a ser tan listo, Asaad seguramente está preparándose para matarnos. ¿Qué vamos a hacer?
¿Por qué hablaba en plural? Él no pensaba contar con ella. Todo lo que quería era quitar a aquella mujer el arma con el que lo amenazaba. Después, le diría adiós y al diablo. Si se la llevaba con él, le traería complicaciones.
-De acuerdo -dijo Kev, mintiendo entre dientes-. Pero no te va a gustar mi plan.
-Prueba a ver.
-Están esperando el gran momento. El clímax.
Danielle se quedó pálida.
-¿Te resulta divertido? -dijo, acercándose a él y haciendo que sintiera de nuevo el beso del acero en su vientre-. A lo mejor esto también te lo parece.
-Lo que me parece -dijo perezosamente-, es que hablas demasiado.
La empujó de espaldas contra la pared, le agarró la cara y la besó. Ella intentó protestar y él aprovechó para hacer el beso más profundo. Ella hizo un ruidito que le recordó que todo era una actuación. Todo teatro, pensó... y apretó con el pulgar en un punto entre la clavícula y la garganta. Danielle se desplomó en sus brazos. El arma con la que lo había amenazado cayó de su mano inerte. No era una navaja, ni un cuchillo, pensó Kev con rabia. Era una lima de uñas de menos de diez centímetros.
La miró a la cara. El color le volvía lentamente.
-¿Qué... qué me has hecho? -susurró.
-Un pequeño truco -dijo con una sonrisa forzada.
-¡Me has engañado!
-Oh, claro. Tú no utilizas trucos, cariño. Tú siempre dices la verdad... Como en la Cama. Los gemidos, los suspiros. Todo real, ¿verdad?
Como aquello era una locura, casi esperó que ella dijera que sí.
-Hice lo que tenía que hacer.
-Recuerda esas palabras -dijo él y Danielle supo que se iba a marchar sin ella.
No podía dejar que eso sucediera. Tenía que haber una forma de convencerlo de que la llevara con él, pero ¿cuál?
-De acuerdo -dijo Kev con suavidad-. Esto es lo que vamos a hacer. Quédate aquí. Voy a volver a la habitación y...
-No.
-¿Cómo que no?
-Seguiremos juntos.
-Ésta es la única forma.
Maldición, lo era. Su pistola estaba en Cama, y sus botas, lo mismo que una ventana que daba a un sendero que conducía al patio.
-¿Por qué debería esperar aquí mientras tú vas a la habitación?
-Tengo una pistola allí.
-Tú estás planeando salir por la ventana del dormitorio.
-Estás loca.
Danielle señaló con la barbilla una gran ventana al lado de la bañera.
-¿Qué pasa con ésa?
-¿Se abre?
-Claro que se abre -dijo ella.
Bueno, seguramente se abría, había probado la de la habitación, no ésa, pero ¿qué importaba? No iba a salir por ella.
-Bueno, pero te he dicho que mi pistola...
-Mientes. No hay ninguna pistola. Lo único que quieres es largarte sin mí.
-¿Por qué iba a hacer algo así?
Danielle sonrió.
-Mira, el agua está a punto de salirse de la bañera.
-Sí. Bien -Kev cerró el grifo-. Bueno, voy a abrir esta puerta y...
-Vas a abrir la ventana -dijo ella, y dejó escapar un grito que helaba la sangre.
Kev abrió los ojos con incredulidad. Blasfemó y le tapó la boca con la mano, pero era demasiado tarde.
Algo golpeó contra la puerta del dormitorio.
Miró alrededor, echó el cerrojo del cuarto de baño. Era bastante viejo y no aguantaría muchos golpes, pero cualquier acción que los retrasara sería mejor que nada.
Salomé ya estaba en la ventana luchando con el pestillo.
-¡Está atascado!
Kev volvió a maldecir y la apartó, golpeó el cierre con el puño. La lima de uñas. A lo mejor.. sí, un par de golpecitos y el cierre se abrió. Los sonidos de la habitación de al lado crecieron en intensidad. Las puertas cederían en unos segundos.
-Ya vienen -dijo en un susurro de pánico-. ¡Ya vienen!
-Menuda sorpresa -murmuró Kev mientras apartaba las contraventanas y se apoyaba en el ancho alféizar.
-¡Por favor! ¡No me abandones!
Se dio la vuelta, miró a la mujer, vio su pelo dorado sobre los pechos desnudos, vio sus ojos azules como el mar llenos de terror. Se había metido ella sola en ese lío, había llegado hasta ese agujero por cualquiera sabía qué causa y le había obligado a fugarse de forma improvisada. La Beretta que podía ser su única oportunidad de supervivencia estaba tan fuera de su alcance como todo lo que había dejado en Dallas.
-Por favor -susurró- no me dejes.
El sonido procedente de fuera del dormitorio aumentaba de intensidad como si estuvieran golpeando la puerta con un ariete.
-Por favor -volvió a decir con desesperación.
Kev se inclinó hacia ella blasfemando.
-Dame un solo problema más y me deshago de ti. ¿Entendido?
-Sí, sí, sí, sí.
Alzó la mano, se agarró a la muñeca de él, y Kev tiró de ella y la colocó a su lado en el alféizar.
-Vamos a tener que saltar -dijo él- y, al llegar al suelo, correr.
-¿Correr adónde?
-A donde yo te diga. ¿Lista?
-Lista -asintió con la cabeza.
Podía oír castañetear los dientes de ella. Estaba muerta de miedo. Igual aterrorizada era dócil.
-Una -dijo él-, dos...
Entrelazó los dedos con los de ella. Saltaron, y ella cayó de pie a pesar de los larguísimos tacones. Kev echó un vistazo rápido alrededor. Estaban en un especie de Camino que discurría junto a una tapia. Por encima de sus cabezas una fina luna mandaba una luz amarilla sobre la tierra donde había visto por primera vez a Salomé.
-¿Corres tan bien como juegas en la Cama, Salomé? -no esperó ninguna respuesta, directamente le dio un empujón y la colocó tras él-. Sígueme -dijo-. Corre como si nos persiguiera el diablo.
Era rápido. Podía correr cinco kilómetros sin romper a sudar, si ella podía aguantar, bien, si no...
Se detuvo cuando llegaron al final de la pared. Ella chocó contra él. Se mantuvo quieto, después echó un vistazo desde la esquina.
Los vehículos que habían formado el convoy seguían aparcados en el Camino de acceso.
-Quédate aquí -susurró.
-De ninguna manera.
-Quédate aquí, ¡maldita sea! -le agarró la mano y le puso la lima de uñas en ella-. Usa esto si es necesario.
Empezó a salir de la zona de sombra.
-¡Espera! -dijo ella con urgencia en la voz. Se volvió y la miró.
-¿Qué?
-No sé cómo te llamas, quiero decir que no puedo
seguir llamándote señor Jonas.
-Kevin, Kev.
-Kev -dijo, y le dedicó una temblorosa sonrisa.
De forma impulsiva le agarró la cara y la besó. Después respiró hondo, se agachó y echó a correr hacia los vehículos aparcados. La suerte estaba de su lado. Los conductores no se habían llevado las llaves de contacto. Las quitó de todos los vehículos y se las metió en el bolsillo. Llegó hasta el Humvee que estaba al principio de la fila cuando el grito airado de una muchedumbre rompió el silencio de la noche. Los secuaces del sultán habían conseguido tumbar la puerta y habían descubierto que no había nadie en la habitación.
-Salomé -gritó Kev-. ¡Corre!
Corrió hacia él, se metió en el Hummer en el momento que él arrancaba. El todoterreno salió disparado cuando el primer hombre de Asaad aparecía en la esquina.
-Agáchate -dijo Kev. Como ella no lo hizo lo bastante deprisa, apoyó una mano en su cabeza y la empujó debajo del asiento-. ¡Maldita sea! ¿Qué te he dicho? Tienes que hacer lo que te diga.
-Se me ha caído la lima de uñas -dijo sin respiración.
-Supongo que podrás pasar sin ella -dijo mientras Cambiaba de marcha.
Sabía de sobra que ella se refería a la lima como a un arma, pero tenían otras preocupaciones mayores gracias a ella. Lo había obligado a escapar de un modo que no había planeado.
El tableteo de un Kalashnikov sonó en medio de la noche, pero antes de no mucho tiempo estarían fuera del alcance de los hombres y las balas. Delante de ellos se abría el inmenso desierto. Y cualquier mínima esperanza de sobrevivir que tuvieran, estaba allí.

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