martes, 30 de noviembre de 2010

Capítulo 5


KEV tiró por las ventanillas todas las llaves mientras Danielle buscaba a tientas lo que quedaba de su sujetador. De algún modo se las arregló para atar los extremos. Era bastante surrealista ir a toda velocidad por el desierto al lado de un hombre como Kevin Jonas con los pechos al aire.
¿De verdad hacía sólo unos días estaba bailando en Ankara? Se encontraba en un lugar gobernado por psicópatas y con su vida en manos de un hombre de ojos de hielo que conducía un Hummer como si estuvieran en una carrera.
Arena, pensó con amargura. Eso era todo lo que había. Arena, y su vida en las duras manos de ese hombre. Había notado que sus manos eran duras cuando la había tocado. La piel le seguía temblando al recordar el tacto de esas manos. Le subió un golpe de calor a la cara y se volvió hacia la ventana. ¿Por qué pensar en ello? Era bailarina. Sabía cómo representar un papel. Eso era lo que había hecho entre sus brazos y sin gran esfuerzo.
Tocaba hacer otro papel. Tenía que conseguir que no se deshiciera de ella a base de ser...
-... útil.
Danielle parpadeó.
-¿Qué? -preguntó ella.
-He dicho algo al respecto de hacer algo útil.
-¿Como qué?
«Como encontrar la manera de cubrirte», pensó Kev. Le temblaban las manos en el volante. Al menos se las había ingeniado para arreglar el sujetador y tener cubiertos los pechos, pero seguían luchando por librase de aquellas dos copas doradas. Las piernas que se estiraban por debajo de la cadena y las cintas doradas. Y luego estaba ese maldito tanga en la parte inferior de su vientre...
-Mira a ver qué encuentras que valga para algo antes de deshacernos del Hummer.
-¿Por qué nos vamos a deshacer de él?
-Porque es un objetivo demasiado fácil.
Danielle abrió una guantera y revolvió dentro.
-Un cuaderno y un boli.
-Seguro que nos viene bien para mandar postales a casa. ¿Algo más?
-Cerillas. Y algo pegajoso que huele muy bien.
-Déjame verlo.
Le tendió una pasta color crema. Kev asintió con la cabeza.
-Halvah. Dulce. Rico en proteínas y rico en grasa. Buen hallazgo. ¿Algo más?
-Esta cajita. Un artilugio electrónico.
Un destello de luz en el retrovisor atrajo la atención de Kev. Lo miró un par de segundos. Luces delanteras pero bastante lejos. Los hombres de Asaad los habían descubierto, pero todavía les quedaba algo de tiempo. La mirada de Salomé siguió a la suya.
-¿Ese es... Asaad?
-No te preocupes. Déjame ver ese artilugio -Kev desvió la mirada del parabrisas un segundo-. Es un GPS. Si funciona bien, podremos saber dónde estamos.
-¿Y después qué?
-Y después podré dar nuestra posición a determinadas personas para que vengan a ayudarnos.
-¿Cómo?
-Tengo un móvil.
-¿Un teléfono móvil? Entonces, por qué no...
-Sí, lo hice, esta mañana, pero no había cobertura.
Volvió a sentarse y cruzó los brazos sobre los pechos. No, no exactamente sobre, más bien debajo, de modo que las copas de oro se levantaban como ofreciendo aquella dorada piel cuyo sabor aún permanecía en su boca.
-Maldita sea -dijo Kev, furioso con ella, consigo mismo, por la estupidez de pensar en el sexo en un momento como ése-. No te quedes sentada, mira en la parte de atrás a ver qué más puedes encontrar. Tienes que ponerte algo de ropa.
-Estoy bien.
-Sí, bueno. Yo no. Por la noche en el desierto hace frío. Vete para atrás y hazte con algo.
Le dedicó una mirada poco amigable, se puso de rodillas en el asiento y miró en la parte de atrás del Hummer. Fue un movimiento desafortunado que puso las nalgas a su alcance. Kev fijó la vista en el parabrisas. Una cadera le rozó el hombro. Un par de cintas doradas le recorrieron el muslo y tuvo una imagen súbita de cómo le cubrirían esas cintas las piernas si la hacía sentarse encima de él. Si seguía así iba a terminar enterrando el Hummer en una duna.
-¡He encontrado algo!
-¿Qué?
-Una mochila. Tiene cosas dentro. Agua. Una Camisa. Una Camiseta y...
-¿Y qué?
-Y, uh, y nada. Pensé que había algo pero... no. Ya está.
Estaba mintiendo, pero ¿por qué?
-Muy bien. Quédate la Camisa y dame la Camiseta.
Volvió a pasar por encima del asiento. Sus muslos volvieron a rozarlo. Recordó cómo había metido la mano entre sus piernas, sintiendo el suave calor de su piel...
El Humvee hizo un movimiento brusco.
-¿Has visto algo?
Claro que sí, había visto algo, su incapacidad de ver todo con perspectiva. Pero entendió la causa. La frustración sexual. Salomé era tan buena prometiendo pero no entregando. Lo que necesitaba, pensó fríamente, era terminar. Hubiera tomado a Salomé entre sus brazos, la hubiera tumbado en la arena, arrancado el maldito tanga y montado hasta que los dos estuvieran exhaustos. Después podría concentrarse en salvar su pellejo y, por una coincidencia, el de ella.
-Agarra el volante.
Se inclinó por encima de él, el pelo le rozó las mejillas y su aroma le llegó hasta el fondo de los pulmones. Rápidamente se metió la Camiseta por la cabeza.
-Muy bien -dijo con brusquedad-. Puedes volver a tu sitio.
-No me has respondido Kevin. ¿Has visto algo? Porque pienso que...
-Es Kev -dijo cortante-. Hazme el favor, ¿de acuerdo? No pienses. Limítate a ponerte la maldita Camisa y tira todo el resto del contenido de la mochila.
Danielle miró a Kevin. A Kev. No volvería a cometer el mismo error.
Se puso la Camisa, sintió un pequeño escalofrío y se arrebujó dentro del cálido algodón. Mucho mejor. No sólo estaba más caliente, así no tenía que ver las miradas que le dedicaba, como si fuera alguna reina del pomo. Ese hombre, pensó con frialdad, era el más mezquino que había conocido nunca. De acuerdo, podía ser que hubiera complicado algo la situación al hacer que perdiera su pistola, pero sin su ayuda podría estar muerto.
0 podían seguir todavía en la Cama, ella boca arriba y él... y él...
Danielle agarró con más fuerza la mochila. Sentirla a su lado era puro placer. La última ver que había llevado una mochila tendría doce años y era una scout. Dentro de ella llevaba una cantimplora, una guía de pistas para un rastreo y un sándwich de manteca de cacahuetes.
La mochila que tenía en ese momento contenía halvah, cerillas, un GPS y... Y una pistola. Una automática. Cualquiera que fuera al cine o viera la tele sabría eso. Era todo lo que ella sabía, pero era suficiente. Ya no volvería a estar indefensa.
Miró a Kev. A pesar de que era un canalla sin corazón, tenía que admitir que también era muy guapo y masculino. ¿Y qué? El buen aspecto no Cambiaba los hechos. No confiaba en él.
-Los tenemos detrás.
Danielle echó un vistazo hacia atrás y vio una hilera de luces.
-¿No podemos ir más deprisa?
-Llevo el pie en el suelo.
-¿Qué hacemos?
-Necesitamos desviarnos.
-¿Adónde?
-Estoy tratando de ver lo que hay ahí fuera.
-Arena por todas partes -dijo, intentando mostrar se indiferente.
-No consigo ver ningún contorno. Rocas, una colina. Si consigo hacer que esos tipos se alejen de lo que sea, puede que tengamos una oportunidad.
Danielle abrazó más fuerte la mochila. Notó el contorno de la pistola. A lo mejor era el momento de hablar le de ella. A lo mejor debía confiar en él. A lo mejor... Kev giró el Hummer, un giró violento a la derecha.
-Abre tu puerta.
-¿Que abra mi puerta?
-¿No es eso lo que he dicho?
Lo miró fijamente, después hizo lo que le había ordenado.
-Bien. Ahora, respira hondo y salta.
-¿Saltar?
-Deja de repetir cada cosa que digo. Voy a reducir la velocidad. En cuanto lo haga, salta. Intenta saltar lejos. Rueda. Hazlo bien y no te harás daño.
El corazón se le disparó. Había acertado con él. Era un desalmado. Había decidido salvarse entregándola a ella a Asaad. Danielle sacó la pistola de la mochila. La sintió pesada, pero la apretó con fuerza y lo apuntó con ella.
-Sigue conduciendo.
La miró y respiró dos veces.
-¿De dónde ha salido eso?
-No importa -su voz era temblorosa, lo mismo que su mano-. Te juro que te pegaré un tiro a menos que le pises a fondo y nos saques de aquí.
-Salomé -dijo Kev con voz grave y calmada-, dame esa pistola.
-Voy a contar hasta tres, ¿me has oído? Uno, dos...
-¡Mira!
Era el truco más viejo del mundo, pero funcionó. Danielle se dio la vuelta para comprobar qué pasaba detrás de ella. El Hummer se desvió bruscamente mientras Kev la agarraba de la muñeca con la suficiente fuerza para hacerla gritar. La pistola se le cayó de la mano.
-No -gritó ella-. No, canalla. No puedes hacerme eso...
-Acuérdate de rodar -dijo, y la arrojó a la oscuridad de la noche.
Inmediatamente giró con brusquedad el volante a la izquierda, aumentó la velocidad y miró por el retrovisor. Todas sus esperanzas estaban en mantener a los hombres del sultán detrás de su rastro. Era un truco que había usado antes, pero nunca con una mujer. Lo había hecho lo mejor posible. Reducido la velocidad. Explicado a Salomé cómo manejar la caída. Si ella dejaba que su instinto la guiara, lo haría bien.
Ese momento con la pistola... Sabía que había encontrado algo, pero una pistola. No se lo había ni imaginado. Y encima apuntarlo...
Echó una última mirada por el espejo. Si avanzaba mucho más nunca la encontraría cuando retrocediera. Era una idea tentadora. Dejar que se las apañara ella sola.
Se acercaba a una fuerte pendiente, justo lo que le hacía falta. Aflojó el pie del acelerador, esperó hasta que el Hummer estuvo casi al final de la pendiente, entonces abrió la puerta y saltó. Aterrizó con los hombros y rodó todo lo lejos que pudo antes de levantarse y ponerse en cuclillas. El Hummer bajaba por el otro lado de la cuesta. Se aplastó contra la arena mientras los vehículos perseguidores pasaban a su altura, después hizo un gesto de dolor al ponerse de pie. Le dolía el hombro, pero no parecía grave. Rápidamente se cercioró de que la pistola seguía en su cinturón, después se colocó la mochila sobre los hombros y empezó a moverse. Todo lo que tenía que hacer era seguir las huellas de las ruedas y encontrar a Salomé. ¿Dónde estaba?
-¿Salomé?
Nada, sólo el sonido del viento.
-Salomé, ¿dónde...?
Saltó sobre él desde la oscuridad, rugiendo y arañando como una tigresa. La mochila se cayó al suelo cuando trató de arañarlo en la cara, y le habría golpeado en los genitales con la rodilla si no hubiera sido tan rápido.
-¡Eh! ¡Tranquila! Soy yo.
Todo lo que consiguió fue recibir un puñetazo en plena mandíbula antes de que ella volviera a alejarse. De acuerdo, pensó, se va enterar. Era rápida, pero no tenía ni las más mínimas nociones de lo que era pelear. Hizo una finta a la izquierda, sabiendo que ella lo seguiría; cuando lo hizo, la agarró, la abrazó fuerte y la levantó del suelo.
-Eso es, estoy loca jadeó- por pensar que me ayudarías.
Pensó en decirle que nunca se había ofrecido a ayudarle, pero prevaleció la cordura. No era el momento de la lógica.
-¡Cálmate!
-¿Que me calme? ¿Que me calme? ¡Me has tirado de un coche en marcha!
-Aminoré hasta casi pararme. Si hubieras saltado cuando te lo dije, tendrías un par de huesos rotos.
-¡Querías deshacerte de mí!
-Entonces, ¿por qué he vuelto a buscarte?
-No, tú sólo... Sólo te has tropezado conmigo.
-Eso no te lo crees ni tú.
Danielle se retorció.
-¡Vámonos!
-Estupendo, pero recuerda, si me vuelves a pegar, te...
-¿Me qué? ¿Me atarás? ¿Me llevarás a cuestas? Ya has hecho todo eso, ¿recuerdas? ¿Qué clase de hombre eres?
Kev la dejó en el suelo.
-De la clase que no tiene que aguantar estas tonterías -dijo con brutalidad-. No deberías olvidar eso. Danielle lo miró fijamente. Incluso con aquellos ridículos tacones era mucho más alto que ella. Ya sabía lo fuerte que era. Acababa de aprender que haría cualquier cosa para salvarse.
Bueno, y a lo mejor para salvarla a ella.
El viento le echó el pelo delante de los ojos. Se lo apartó con una mano temblorosa. ¿De verdad había vuelto a por ella? Era posible. Era mucho más que posible. Todavía lo único que sabía de él era que era un hombre que le habría hecho el amor a una mujer que le pedía que no lo hiciera.
Porque ella había rogado, ¿verdad? Rogado que parara. Claro que sí. Esas cosas que había sentido cuando le había acariciado los pechos, cuando había deslizado la lengua en su boca...
-Tienes una cara que parece un libro abierto, Salomé.
Su voz era sexy y ruda. ¿De verdad sabía lo que estaba pensando?
-En ese caso sabrás que si intentas algún truco más...
-¿Qué? -dijo, cerrando ligeramente los ojos-. ¿Me apuñalarás? ¿Me dispararás? -la agarró de los hombros, haciéndola ponerse de puntillas-. ¿Qué más juguetitos ocultas?
-¿Ocultar? -se miró, con aquella enorme Camisa abierta encima del diminuto disfraz, y soltó una carcajada-. Estás bromeando.
-Debería desnudarte para registrarte.
Sintió cómo el rubor le subía a la cara.
-No tengo nada...
-Sí, ya lo has dicho antes -la recorrió lentamente con la mirada, insolente, como desnudándola con la vista-. Voy a cachearte, Salomé. Estate tranquila y quieta y tardaré muy poco.
-¡No! No te dejaré -aguantó la respiración mientras le pasaba las manos por los brazos-. Maldito seas, ¡para ya! Qué te crees que eres.
Metió las manos por debajo de la Camisa. Las levantó hasta los pechos. La miró a los ojos mientras los tocaba, pasó suavemente los dedos por la suave curva y ponlos pezones. Su expresión era de una frialdad indiferente, pero pudo ver un diminuto músculo de su mejilla tensarse. Para su propio horror, Danielle sintió cómo se le endurecían los pezones.
-No -dijo, tratando de agarrarlo de las muñecas-. No tienes derecho a...
Sus manos siguieron por el vientre.
Un súbito golpe de calor estalló entre sus muslos.
-¡Para! Yo no -dijo con voz vibrante-, no tengo armas escondidas.
Kev no se lo creyó, y deslizó la mano entre sus muslos y tocó su sexo.
Danielle sintió ponerse rígido todo su cuerpo. También él lo estaba. Podía sentir cómo el calor de ella le quemaba la palma de la mano. ¿Podía una mujer fingir algo así? ¿Podía temblar al ser tocada por un hombre si no quería? ¿Podía su cuerpo arder de deseo si no estaba deseando que la poseyeran? Esa mujer seguro que podía. No podía olvidarlo.
-Registrada -dijo con una voz mucho más fría que su sangre.
-Vuelve a registrarme -dijo en voz baja- y si puedo te mataré.
-Vuelve a ocultarme algo importante otra vez y no te dará tiempo ni a intentarlo -agarró la mochila y se la echó al hombro-. Mis posibilidades aumentarían considerablemente si no te llevara colgada del cuello. ¿He sido bastante claro?
-Totalmente -dijo Danielle con rencor y pasó por delante de él.
Fue una patética muestra de orgullo que debería haber sabido que él no permitiría. No había dado dos pasos cuando la agarró del brazo.
-Los zapatos.
Se miró a los pies. Nadie en su sano juicio hubiera elegido unas sandalias de tacón de aguja para andar por el desierto, pero tampoco ninguna mujer en su sano juicio hubiera elegido a ese hombre como guía.
-¿Qué pasa con ellos?
-Quítatelos.
-Dame una buena razón...
Un tirón de la muñeca y estaba sentada en el suelo. Kev se arrodilló, le quitó las sandalias, arrancó los tacones y se las devolvió.
-Póntelos y sígueme. Cada minuto que tengo que dedicar a discutir contigo es un minuto perdido.
El «gracias» que tuvo en la punta de la lengua murió antes de pronunciarse.
Apretó los dientes y fue tras él.


La zancada de Kev era larga y no iba a reducirla por la indeseada compañía. Era una carga que no había buscado, pero que estaba bajo su responsabilidad. Era parte del código bajo el que había vivido la mayor parte de su vida, pero no había ninguna razón para decírselo a ella. Dejaría que se preocupara por si la abandonaba. A lo mejor así dejaba de discutirlo todo.
Para su sorpresa ella aguantaba andando a buen paso mucho tiempo. Bueno, ¿por qué no? Estaba en forma. En una forma impresionante. Su cuerpo era de lo que comía. Buena forma o no, andar sobre arena era duro. Inevitablemente empezó a quedarse retrasada. No podían permitirse parar, pero tampoco podía permitirse que ella se derrumbara. No, si querían alcanzar antes del amanecer lo que empezaba a parecer una colina. Hizo una parada, se quitó la mochila y rebuscó dentro de ella. Acababa de encontrar la botella de agua cuando lo alcanzó Salomé.
Kev la agarró para sostenerla. Respiraba acelerada y tenía las mejillas demasiado rojas. Estaba temblando. Daba lo mismo que fuera por el cansancio o por el frío de la noche, era una mala señal. Podía recuperarse si se tumbaba un rato, pero la arena estaba fría. La única solución era rodearla con los brazos y apretarla contra su cuerpo. Cuando protestó, se burló de ella haciendo un ruido con la lengua.
-Deja de hacer el idiota -gruñó-, relájate y recupera el aliento.
No fue exactamente que se derritiera en el abrazo, pero después de unos segundos, los escalofríos pararon.
-Eso es. Déjame darte calor.
Ella asintió, y algunos mechones de su cabello volaron hasta los labios de él. Kev apretó un poco más los brazos alrededor de ella. Había conocido toda clase de mujeres en su vida. No era tonto: sabía que una mujer bonita también podía ser fuerte, pero no lo había esperado de ésta. Tenía un aspecto delicado, pero se había mantenido firme desde el momento en que lo había amenazado con una ridícula lima de uñas. Nada de lágrimas. Nada de quejas. Nada de pedir favores porque fuera una mujer.
Kev cerró los ojos. Sí, era muy femenina. Incluso olía bien, un milagro porque dudaba que nadie pudiera afirmar algo así sobre él. Pero Salomé... Salomé olía a flores. Vainilla. A mujer.
El ritmo del corazón de Danielle fue bajando mientras Kev le pasaba las manos arriba y abajo por la espalda.
-Apostaría a que serías capaz de beberte un vaso grande de zumo de naranja.
-Eso es, tortúrame -dijo con un suspiro que pareció más un gruñido.
-Y un filete -mantuvo un brazo alrededor de ella mientras alcanzaba la mochila-. ¿Cómo lo quieres? ¿Poco hecho? ¿Pasado?
-Poco hecho -dijo con un pequeño suspiro-. Pero a la brasa.
-¿Por qué, señora? -dijo, arrastrando las vocales-. Debe de ser de Texas, justo como yo.
Miró hacia arriba.
-¿De verdad eres de Texas?
-Ajá, de Dallas.
-Ah, por eso llevas esas botas.
-Quieres decir que por eso las llevaba -dijo seco-. Pero tienes razón. Nadie de Texas que se respete a sí mismo sale sin sus botas.
Ella sonrió. Kev tuvo ganas de aplaudir, pero era ridículo. ¿Qué más le daba que sonriera o no? Sólo significaba que se olvidaba de los problemas un momento.
-Bebe algo de agua. Más -añadió cuando intentó devolverle la botella-. Ahora a por el filete.
Le tendió el trozo de halvah. Dio un mordisco pequeño. Se le quedó un poco pegado al labio superior y se lo quitó con la punta de la lengua, después cerró los ojos como si el sabor dulce floreciera en su lengua. Hizo un pequeño murmullo de placer que recordó a Kev el que había escuchado cuando se había metido sus pezones en la boca. Aquella golosina estaba dulce, pero ella sabía mucho más dulce.
Dio un sorbo de agua, tapó la botella y la metió en el macuto junto al halvah sobrante.
-Muy bien -dijo con energía-. Hora de irse.
-No has bebido casi agua ni has comido nada.
-Estoy bien.
Danielle lo miró fijamente. Le estaba diciendo la verdad. Ella había tiritado de frío y agotamiento, tenía los músculos quemados y los pies, a pesar de lo que le había hecho a las sandalias, parecía como si los hubieran lijado. Él no tenía nada en los pies. Su Camiseta era prácticamente nada. Había hecho una marcha matadora y parecía como si se hubiera dado un paseíto. A lo mejor todos esos impresionantes músculos eran de verdad.
-Tú... -se aclaró la garganta-, ¿tú haces cosas de éstas a menudo?
Lo preguntó tan seria, que no tuvo valor para echarse se a reír.
-Bueno, veamos. La última vez que huí de un lunático y crucé el desierto con una preciosa chica fue, oh, hace dos, dos o tres semanas. Así que sí, con bastante frecuencia.
-No quería decir... -vio la risa en sus ojos. ¡Qué más daba!, pensó, y se rió con él.
Era la primera vez que la oía reírse y se sorprendió. Una mujer que había recorrido medio mundo para meterse en la Cama de un sultán no podía tener una risa tan deliciosa e inocente.
-Estaba hablando de esto. Ya sabes. Caminar  por un terreno difícil sin siquiera jadear. Parece como un hábito para ti.
Recordó sus años en las Fuerzas Especiales, después los de la Agencia. Nada de lo que había hecho esos años había sido un hábito. Un hombre tenía que aprender a hacer todo tipo de cosas.
-Fui soldado mucho tiempo.
-¿En esta parte del mundo?
-Entre otras -Kev frunció el ceño. Estaba tiritando otra vez-. Todavía tienes frío. Ven -la agarró de las solapas de la Camisa y la acercó a él-. Abróchate los botones. Te ayudaré.
-Puedo -dijo, pero los dedos de él ya estaban en los ojales, rozando ligeramente los pechos.
Respiró entrecortada. Kev vio cómo se ruborizaba y sintió cómo su sangre en respuesta se dirigía a su bajo vientre. «Ahora», pensó, «justo ahora». Podía tumbarla en la arena, quitarle el tanga y enterrarse dentro de ella...
Salomé dio un paso atrás.
-Estoy bien -dijo rápidamente-. Lo que necesito es empezar a moverme otra vez.
El silencio se instaló entre ellos. Kev sintió un músculo que se tensaba en su mandíbula.
-¿Por qué? -dijo con voz ronca.
-Bueno, a causa de la energía...
-¿Por qué te vendiste a Asaad?
Danielle protestó como si la hubiera golpeado.
-No es una pregunta fácil. ¿Por qué me lo preguntas?
¿Por qué dolía tanto saber que pensaba de ella lo peor?
-¿Necesitabas dinero desesperadamente?
-¿Quieres decir que si estaba muriéndose mi abuela de alguna enfermedad que nadie conocía? ¿0 que mi madre estaba a punto de perder la casa de la familia por culpa de un villano con bigote? -le brillaron los ojos-. Lo siento. Estoy a punto de deshacerme en lágrimas.
-Madre mía -dijo en tono duro-: ¿Qué clase de mujer eres?
-La clase que debería haber pensado que no eras mejor que tu amigo el sultán.
Danielle dio un grito ahogado cuando Kev tiró de ella.
-Tienes razón, no soy diferente. Una mujer como tú, si me tienta, sabe que tendrá lo que busca.
Kev la besó en la boca, ella trató de darse la vuelta, pero él no cedió, primero agarrando su cara con las dos manos y después bajándolas por la espalda de modo que la mantenía sujeta. Ella intentó resistirse, y de pronto lanzó un gritito salvaje, lo abrazó y abrió la boca para él. Sin piedad, Kev se sumergió en aquella dulzura, Cambiando el ángulo del beso, profundizándolo más mientras las últimas estrellas de una noche que se acababa rápidamente, brillaban sobre sus cabezas. Fue él quien terminó el beso, agarrándola de las muñecas para retirarle las manos de su cuello y llevárselas hasta la boca para morder ligeramente la suave piel de las palmas. Después tomó una de las manos de ella y la llevó hasta su sexo erecto.
-Lo que pasó en esa Cama no ha terminado, Salomé. Los dos lo sabemos.
La miró otra vez. La suavidad de su boca. El dulce subir y bajar de sus pechos. Después se apartó de ella, agarró la mochila y echó a andar.

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