martes, 30 de noviembre de 2010

Capítulo 6


ALCANZARON el pie de la colina justo cuando amanecía.
-Es real -dijo Danielle, girándose hacia Kev con los ojos brillantes-. La montaña es real.
Kev sonrió.
-No lo llamaría montaña, pero sí, es tan real como la lluvia.
Y claro que lo era. Hacía un momento se había preguntado si ambos estarían viendo el mismo milagro. Pero parecía que allí todo era posible.
Pero la colina, la montaña, ese montón de rocas y árboles enanos, estaba justo delante de ellos, y era lo más parecido que había a una salvación.
-¿Serás capaz de subir?
Salomé asintió con la cabeza. Podía verse el agotamiento en su rostro, pero sonreía. Un mechón dorado le cayó sobre la frente y, sin pensarlo, Kev se lo apartó y lo colocó detrás de la oreja.
Era impresionante, su Salomé y... ¿Su Salomé? La sonrisa de Kev se convirtió en una mirada furiosa. Desvió la mirada hacia la colina, el sol, la arena... Los pies de Danielle, donde encontró la distracción adecuada.
-Maldición, tus zapatos están hechos pedazos.
Danielle miró en la misma dirección. Claro que lo estaban. ¿Por qué se sorprendía tanto?
-No puedes trepar por esas rocas así.
Sin decir nada miró de forma evidente a los pies descalzos de él.
-Eso es diferente -cortó Kev.
-¿Qué tiene de diferente?
El entrenamiento de Kev en las Fuerzas Especiales había incluido Caminar  descalzo por terrenos más duros que ése, pero no se detuvo a explicárselo.
-Es distinto porque lo digo yo.
-¿Has pasado alguna vez horas ensayando una rutina de danza?
-¿Qué?
-Baile. ¿Sabes algo sobre eso?
-No, ¿y tú?
Su tono era duro y cortante. Lo mismo que su mirada. Unos minutos antes había pensado que sólo un hombre como Kevin Jonas podía haberlos llevado tan lejos.
¿Cómo podía haber sido tan estúpida de creer algo así?
-Sí -respondió con frialdad-, y si supieras algo sobre mi profesión...
-Confía en mí, Salomé. Sé mucho sobre tu profesión.
La mano de Danielle cruzó el aire, pero él la agarró justo antes de que le alcanzara la mandíbula.
-No -dijo, contenido-. No, a menos que estés preparada para las consecuencias.
-Me gustaría no haberte conocido jamás.
-De acuerdo -dijo con una parodia de sonrisa-. Salvo que si no fuera así, según me habéis contado Asaad y tú, en este momento estarías de Camino a tu ejecución.
-Si de verdad te has creído eso, es que eres un imbécil -dijo con voz temblorosa-. Estaría en la Cama del sultán.
-Me alegro de que lo admitas.
-¿Por qué iba a negarlo? Eso era para lo que me quería Asaad.
-Por fin la verdad -dijo, torciendo el gesto.
-¿Qué sabrá de la verdad un hombre como tú?
Kev la miró fijamente a los ojos, debatiéndose entre el deseo de decirle que tenía razón, que no sabía nada sobre la verdad y el deseo de tomarla entre sus brazos y besarla. ¿Qué le estaba haciendo esa bruja? Salomé no era una mujer a la que pudiera mostrarle su alma.
-Ya está bien de charla -gruñó-. ¿Quieres subir a esa pila de rocas? Entonces tendrás que llevar algo en los pies mejor que lo que llevas ahora -la miró, y sus ojos se detuvieron a la altura de los pechos-. Quítate el sujetador.
Lo miró como si se hubiera vuelto loco.
-Ni en sueños.
Kev la agarró de la Camisa y la atrajo hacia él.
-Quítatelo -dijo en voz baja-, o...
Se miraron a los ojos un largo minuto. Después Danielle se soltó.
-Tus deseos son órdenes -dijo entre dientes.
Sin apartar los ojos de él, hizo el truco que conocía cualquier chica que hubiera tenido que desnudarse en una casa compartida con tres hermanos: buscar por debajo de la Camisa, soltar el sujetador, quitarse los tirantes y sacar el sujetador por una de las mangas.
La mirada de Kev no tenía precio.
-¿Qué demonios has hecho?
-Quitarme el sujetador -dijo, alzando una ceja y tendiéndoselo-. ¿Decepcionado?
No. Sin sujetador podía ver los pezones bajo la Camisa, esperando que los acariciara.
La tensión que sentía en los genitales lo ponía furioso.
-Siéntate -gritó, pero no se movió tan deprisa como quería-. Maldita sea, cuando te diga algo...
Se acuclilló, la agarró de un tobillo y tiró de él. Danielle cayó sentada.
-Eres odioso.
-Levanta el pie. Hazlo o tendrás que subir descalza la montaña.
-Creía que no se podía llamar eso montaña.
-Da igual lo que haya dicho. Dame unas cintas.
-¿Qué cintas?
Kev murmuró cualquier cosa y agarró un puñado de las cintas doradas que colgaban del tanga. Tomó una piedra con algo de filo del suelo y la empleó para cortarlas. Después cortó el sujetador, metió los pies en las copas y las ató con las cintas.
-Oh -dijo ella en voz baja.
La miró, y dijo:
-Disculpas aceptadas.
-No me he... -tragó-. De acuerdo, lo siento.
Kev asintió en silencio, después se puso de pie.
-Muy bien. Vamos, quiero estar del otro lado antes de que el sol esté más alto.
Los zapatos improvisados aguantaron, pero lo realmente sorprendente fue lo que encontraron cuando llegaron a la cima de la montaña. A sus pies se extendía un mar de hierba y flores... y más allá, las brillantes paredes de un palacio de alabastro que se dibujaba contra el cielo azul.


Era sorprendente lo rápido que habían bajado en comparación con lo que habían tardado en subir. En un momento estaban metidos hasta por encima de los tobillos entre la hierba, escuchando los pájaros y sintiendo la suave caricia de la brisa con olor a flores. Era como pasar de un plano de existencia a otro, pero algo hizo a Danielle estremecerse.
-¿Qué va mal?
-Nada -dijo ella casi sin respiración-. Algo que... no sé, yo sólo estoy...
-¿Intranquila?
-Sí.
La agarró de la mano. Sin dudarlo, le dejó entrelazar los dedos con los suyos.
-Eso está bien -dijo sin rodeos-. No es momento de bajar la guardia.
-Me pregunto de quién será un sitio como éste... y si los hombres de Asaad no estarán allí esperándonos.
-Sí, yo también.
-¿Cómo hacemos para conocer la respuesta?
Kev se acercó a ella.
-Ése es mi trabajo. Quédate aquí un momento mientras...
-No. Y antes de que digas que me calle y que haga lo que dices, recuerda, que yo he sido la que te ha metido en este lío.
-Te diré un secreto -dijo con una sonrisita-. No pensaba quedarme mucho más tiempo a disfrutar de la hospitalidad de Asaad.
-Si yo no hubiera precipitado las cosas, habrías tenido tiempo de pensar un plan decente.
-A lo mejor -la soltó de la mano y la acarició en la cara-, pero no hubiera tenido una compañera de viaje tan interesante -acarició su boca con el pulgar-. Confía en mí, nena. Es mejor que te quedes aquí. Echaré un vistazo y volveré a por ti.
-Ni hablar.
Pensó en decirle que no iba negociar con ella, pero el gesto de testarudez que vio en ella hizo que desistiera. Discutir sería sólo perder el tiempo. Además, hasta ese momento, ella había estado más segura junto a él.
-De acuerdo. Ven conmigo. Quédate cerca y...
-¿Y?
-Y -dijo con aspereza-. Dame un beso de buena suerte.
Lo miró a los ojos. Eran de un verde brillante. ¿Qué podía tener de malo un beso?
Kev dejó que ella uniera castamente los labios a los suyos. Después la agarró más fuerte y tomó su boca de modo que pudiera saborearla. Ella le pasó los brazos por el cuello y abrió los labios.
La abrazó un largo rato. Cuando finalmente la soltó, su rostro estaba rojo, y lo que vio en sus ojos hizo que quisiera volverla a besar. En lugar de eso, dio un palmada, y dijo:
-¿Preparada?
Ella asintió con la cabeza y echaron a andar en dirección al palacio.
-Es precioso -susurró Danielle-, pero me sigo preguntando quién vivirá aquí. El hada... o la malvada bruja.
Era una buena pregunta. Lo único que esperaba Kev era que la respuesta fuera la que necesitaban.
Las puertas del jardín del palacio se abrieron sólo con empujarlas. Un Camino empedrado llevaba hasta el pie de unas escaleras de mármol que conducían a unas enormes puertas de bronce.
-¿Kev? -susurró Danielle-. ¿Dónde está la gente?
Las puertas se abrieron lentamente.
-Ponte detrás de mí -dijo Kev con sequedad.
Pero la persona que apareció estaba muy lejos de dar miedo. Era una mujer, delgada y de pelo plateado, vestida con una túnica blanca. Hizo una reverencia, después levantó los dedos y se los llevó a la frente.
-Bienvenido, mi señor.
Su voz era suave, su inglés claro y con muy poco acento. Kev agarró a Danielle de la mano y tiró de ella.
-¿Dónde estamos?
-Han llegado al Palacio de la Luna, mi señor -la mujer sonrió a Danielle-. Y mi señora. Bienvenida. Habrán tenido un largo viaje.
-Gracias -la voz de Danielle era fuerte, pero su mano temblaba en la de Kev.
Kev le pasó el brazo por los hombros.
-Me llamo Shalla.
-Shalla -dijo Kev con amabilidad-. Parece que nos estaba esperando.
La mujer dejó escapar una risa tintineante.
-Discúlpeme, señor. Debería haberme dado cuenta de que ustedes tendrían algunas preguntas que hacerme. Sí, los esperábamos. Nuestros vigías de las torres los vieron aproximarse. Además, siempre estamos preparados para recibir viajeros exhaustos. Somos un lugar sagrado, un santuario entre las peligrosas_ tierras del desierto occidental y el mundo exterior.
Era una buena historia, a lo mejor incluso era verdad. Kev sabía que los mitos y leyendas de la antigüedad estaban muchas veces basados en la realidad.
-Nadie puede venir aquí a hacer el mal, señor, a menos que esa persona quiera atraer sobre ella la venganza de los dioses.
-Nos encanta escuchar eso.
Shalla señaló la puerta abierta.
-Por favor, pasen, les enseñaré el resto de las habitaciones. Podrán bañarse y descansar mientras se prepara su cena.
Kev escuchó el suspiro de Salomé. Era el más dulce de los sonidos, pero en él había un mundo de anhelo. No podía pedirle que se marcharan sin comer y descansar. Podían quedarse allí el tiempo necesario para que ella recobrara las fuerzas y él tratara de contactar con el mundo exterior. Asintió, y siguieron a Shalla al interior del Palacio de la Luna. Subieron media docena de escalones, y Salomé se detuvo y miró con admiración.
-Guau -dijo en voz baja.
Tenía razón. Guau era el término que describía aquello. La única vez que Kev había estado en una habitación tan enorme había sido con doce años, cuando había ido de excursión a un museo.
El suelo era de mármol negro que brillaba por la luz que le entraba a través de una cúpula de más de cuatro metros de alto. Arcos de herradura conducían al vasto interior. Una escalera en curva subía hacia el piso superior. El palacio era espectacular, una fantasía de colores y texturas, algo como de Las mil y una noches.
Era el lugar que un hombre le compraría a una mujer para pasar con ella noches y días de placer. Miró a Salomé. Incluso así, con el rostro sucio, la ropa hecha jirones, el agotamiento en los ojos, era tan bella como un sueño. ¿Cuántos hombres más la habrían mirado y pensado lo mismo?
¿Y por qué demonios tenía que importarle eso? No le importaba un comino con quién había estado o a quién se había vendido.
Necesitaban descansar. Comer. Y más que nada necesitaban un plan para volver a la civilización...
¿De quién se estaba riendo? Lo que más necesitaba era a Salomé, moviéndose debajo de él en la Cama. Las piernas alrededor de su cintura...
-Mi señor, si quieren seguirme.
-Sí, sí, por supuesto.
Aquello tenía que parar, pensó mientras seguía a Shalla escaleras arriba. Salomé lo estaba volviendo loco y no le gustaba. Estar distraído era lo último que le hacía falta a un hombre en una situación como ésa. Sólo había un modo de resolver el problema. Y cuanto antes, mejor.

1 comentario:

  1. Hola!!! soy tu nueva lectora...

    muy bueno parese el libro...

    seguila pronto..

    un beso ♥




    P/D. pasate por el mio http://morisxmisbesos.blogspot.com

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..