jueves, 2 de diciembre de 2010

Capítulo 10

A LA primera pálida luz del amanecer, Danielle abrió los ojos y encontró a Kev mirándola con una expresión tan tierna, que hizo que el corazón perdiera el ritmo.
-Buenos días, cariño -le dio un beso suave-, ¿has dormido bien?
-Mmm -le puso la palma de la mano en la mejilla, y él giró la cara y la besó en la mano-. ¿Y tú?
Apenas había cerrado los ojos tratando de pensar cómo salvarse. Aun así, para su sorpresa, se encontraba descansado. A lo mejor tenía algo que ver con abrazar a Salomé mientras dormía.
-Estoy bien -se acercó más a ella con cuidado-. ¿Tú estás bien? Quiero decir... ¿Te duele? Intenté no, hacerte daño, pero...
Sonriendo, Danielle le pasó los dedos por los labios.
-Ha sido maravilloso, Kev, nunca pensé que hacer el amor fuera tan... tan...
-Increíble -dijo con suavidad-. Lo sé. También para mí -se acercó más y apoyó la cabeza en el cuello. Después de un minuto levantó la cabeza y la miró-. Me alegro de que tuviéramos esa disputa.
-¿Qué disputa? -preguntó ella, pero el rojo que tiñó sus mejillas dejaba claro que sabía de qué estaba hablando.
-La que provocaste encaminada  a meternos en líos.
-¿Qué líos? -susurró mientras dejaba bajar la mano por su espalda.
-Sigue ahí -dijo él, sonriendo- y verás.
-Qué promesa tan estupenda.
Kev volvió a besarla
Su boca era como un dulce, y en su piel se mantenía el aroma de haber el hecho el amor la noche anterior.
Acarició sus pechos, bajó la lengua hasta ellos y jugó con los pezones. Salomé cerró los ojos. Un dulce gemido tembló en su garganta.
Le había hecho el amor otra vez durante la noche, poseyéndola despacio, deteniéndose en los rincones secretos de su cuerpo, pero el tiempo se estaba convirtiendo en un enemigo.
-Corazón -Kev se detuvo-, tenemos que levantarnos.
Un suspiro de resignación salió de su boca.
-Lo sé.
-Vamos a probar con el móvil -dijo, esperando haber adoptado un tono que inspirase confianza-. Y quiero hacerle algunas preguntas a Shalla. Tiene que haber algún tipo de transporte aquí que no hayamos visto. Un coche, un Camión. Algo.
-Sólo espero...
-¿Sí?
-Espero -dijo con suavidad-, oh, espero...
-Lo sé -dijo y, a pesar de todos sus buenos propósitos, la sostuvo entre sus brazos y la besó.
Los besos cada vez más profundos hicieron que su cuerpo se estimulara ante la respuesta de ella.
-Kevin -susurró sin aliento, y él se olvidó de todo mientras la colocaba encima de él, sentía su calor mientras ella descendía sobre su erección, la miraba mientras la llenaba.
-Salomé -dijo, y la recorrió un escalofrío, echó la cabeza para atrás y lo montó hasta que el universo saltó en pedazos.


Una sirviente de ojos tristes les trajo ropa.
-Mi señora desea saber si les gustaría desayunar en el jardín.
Kev dijo que sí, y la chica hizo una reverencia y se marchó.
Se bañaron y se vistieron. Pantalones blancos de lino y un suéter de seda a juego para Danielle, chinos y Camiseta para Kev. Sandalias de cuero para los dos. Su Salomé estaba preciosa con la ropa nueva, tan guapa que era difícil abandonar aquel pequeño mundo que habían creado, pero Kev sabía que tenían que hacerlo. Se arrodilló al lado de la Cama y buscó la pistola que había escondido entre el colchón y los muelles. Danielle vio cómo se la colocaba en la cintura y después dejaba caer la Camiseta.
-¿Crees... crees que puede pasar algo esta mañana?
-Lo que creo -dijo con tranquilidad- es que es mejor estar preparado -dudó-. ¿Por qué no bajo, tengo una pequeña charla con nuestras anfitrionas, reviso todo y luego te unes a mí? ¿Qué pasa?
-No vas a bajar sin mí.
Decidió que no iba a discutir. Mientras no supiera nada más, se sentía mejor teniéndola al lado. No era que pudiera protegerla mucho si los hombres de Asaad irrumpían en el palacio, pero al menos tenía una pistola. La usaría en contra del enemigo... y la usaría para evitar que Salomé cayera en manos del sultán. Lo que estaba pensando debió de notársele en la mirada porque se acercó y lo abrazó.
-No importa lo que suceda -susurró ella-. Quiero estar contigo.
-Cariño -Kev se aclaró la garganta-. Si las cosas se ponen mal... si no hay escapatoria...
Lo besó.
-Lo sé -susurró ella.
Y cuando la miró a los ojos se dio cuenta de que era cierto.
Desayunaron en la terraza bajo un claro cielo azul. Un emparrado les protegía del sol. Los pájaros cantaban en las ramas, y mariposas de brillantes colores aleteaban encima de un macizo de rosas. Shalla apareció mientras tomaban el café. ¿Estaba todo a su gusto? ¿La comida, la ropa? Parecía la propietaria de un hotel de lujo, pensó Kev.
No confiaba en ella, por eso le planteó la pregunta con mucho cuidado.
-No he visto ningún vehículo -dijo-. Seguramente habrá alguno.
-¿Vehículos?
-Sí. Camiones, coches -cuando lo miró sin expresión, endureció el tono-. Algo en lo que traigan los suministros.
-Ah, aquí somos autosuficientes, mi señor. Producimos la comida, esquilamos a las ovejas. Todo lo que ve está hecho por nosotros.
¿La seda y la ropa de lino? ¿Lo muebles labrados? ¿Las comidas exóticas? Kev no se lo tragaba, pero no era buena idea llamar mentirosa a Shalla.
-Muy impresionante. ¿Quién es «nosotros»? No he visto a nadie excepto a una sirvienta y a usted.
-Ah, hay más gente en el pueblo.
El pueblo. Por primera vez sintió una pizca de esperanza.
-¿Dónde está el pueblo?
-No está lejos, señor.
-Seguro que allí hay alguna forma de transporte.
-Unos pocos carros y mulas, eso es todo.
Carros y mulas frente de Humvees. Al menos era algo. Tardarían menos que andando. Además, Kev había besado los pies de Salomé esa mañana cuando hicieron el amor, y los dedos de uno de los pies estaban rojos y bastante hinchados. Cuando le había preguntado, había Cambia do de tema.
-Mis pies son la parte más dura de mi cuerpo -había dicho-. Las bailarinas estamos acostumbradas a sufrir un poco. Algunas veces salimos del escenario con sangre en los zapatos -se había reído ante su gesto de impresión-. Sólo parecemos frágiles, Kevin, es parte de la ilusión.
Un carro podía valer, pensó mientras sonreía amable a Shalla.
-En ese caso, me gustaría visitar su pueblo cuanto antes.
Una sombra pasó por el rostro de Shalla. Algo efímero, pero hizo sonar la Campana de alarma en su cabeza. Cuanto antes consiguieran el carro y un par de mulas, mejor.
-Por supuesto, señor. Tengo algunas tareas que atender primero. Les llevaré cuando el sol esté, alto, ¿está bien?
Aquella maldita situación no estaba bien, pero ¿qué iba a Cambiar eso?
-Muy bien -respondió Kev-. Muy bien.
Danielle esperó hasta que Shalla se hubo marchado, entonces se acercó a Kev.
-¿Carros y mulas? ¿Eso es todo lo que hay?
-Eso afirma la dama.
-¿La crees?
-Lo que yo creo -dijo con cuidado- es que carro y mulas es todo lo que vamos a conseguir. Míralo por el lado bueno, no vamos a tener que preocuparnos de conseguir gasolina -Danielle lo miró, sonriendo, y él la abrazó-. De una forma o de otra, tengo que llevarte a casa.
-A los dos -dijo ella, mirándolo a los ojos-. No quiero volver a casa si no es contigo, Kevin. ¿Lo entiendes?
Vio la expresión de sus ojos y supo qué quería decirle. Pensaba que se estaba enamorando de él. Pero él sabía lo que le pasaba en realidad: lo que ella sentía era una atracción sexual salvaje, acentuada por el hecho de que era su primer amante, y acentuada por él mismo porque... porque... Porque ella era especial. Pero no era amor. No creía en el amor. No en el de esa clase. Amaba a su país. A sus hermanos. A los hombres que habían luchado y derramado su sangre a su lado. Pero no en ese amor de las canciones malas y las películas. La gente que se permitía creer que existía se hacían débiles y vulnerables. ¿Por qué otra razón iba a haber tolerado su madre la frialdad de su padre? ¿Su constante desaprobación? ¿Por qué otra razón había ella sucumbido a la enfermedad y muerto? No, Kev no creía en el amor. En el poder del sexo, sí. Era cuestión de añadir el peligro a la mezcla y se obtendría un potente brebaje. No amaba a Salomé, y ella no lo amaba a él. Ella únicamente pensaba que era así, y él únicamente pensaba... sólo pensaba... Al infierno con lo que pensaba.
Metió las manos entre el pelo de su bailarina y levantó su cara. La besó, despacio, diciéndole con sus besos que la protegería con su vida. El honor era un sentimiento que sí entendía.
-Todo va a ir bien, corazón.
-Es posible... ¿Podría Asaad haber dejado de buscarnos?
¿Abandonar? Imposible. Asaad había sufrido una humillación delante de todo el mundo.
De todos modos, un poco de esperanza no hacía daño.
-Todo es posible -dijo, serio.
Danielle suspiró y se apoyó en él. La envolvió con sus brazos.
-Sí -dijo ella con tranquilidad-. Todo es posible.
Kev la besó. Podrían seguir un rato más viviendo en un sueño.


Lo intentaron con el teléfono móvil una docena de veces. Desde las escaleras de la entrada, desde el jardín y, finalmente, desde el lado de la piscina. Nada, el teléfono no encontraba ninguna señal.
-Nunca funcionan cuando te hacen falta -dijo Danielle-. A lo mejor más tarde. Puede ser que el satélite que utiliza no esté en la posición adecuada. Puede ser...
Kev la agarró y la tiró a la hierba.
-No tiene sentido preocuparnos por eso, Salomé. Otra hora y Shalla me llevará al pueblo y...
-Nos -dijo Salomé-. Nos llevará al pueblo.
-No -dijo, tumbándose a su lado en la hierba-. Voy a ir yo solo.
-Imagina que es una trampa. Supón que los hombres de Asaad están esperando en el pueblo.
-Imagina que haces lo que digo por una vez -dijo, suavizando sus palabras con una sonrisa-. Quiero que te quedes aquí con la puerta cerrada y la pistola a tu lado.
-No puedes irte desarmado, no te dejaré.
-Se me ocurre algo mejor que hacer que discutir.
-Sólo estás tratando de Cambiar de tema.
-Chica lista.
-Kev. Si... si algo ocurriera...
-No pasará nada.
Sonó convincente, pero sabía que era para animarla.
-Lo sé... pero si algo...
Rodó y se colocó encima de ella.
-¿Siempre has sido tan testaruda?
-Sí -respondió Danielle entre risas.
Kev sonrió y le pellizcó la punta de la nariz.
-Cuéntame.
-Que te cuente, ¿qué?
-Cuéntame de ti.
-La historia de mi vida, ¿quieres decir? De acuerdo, pero respóndeme a una pregunta antes.
-¿Sí?
-Sí -levantó la manga de la Camiseta y los dedos recorrieron su bíceps-. Háblame de esto.
Para delicia de Danielle, se ruborizó.
-Es un estúpido tatuaje.
-Es un tatuaje espectacular.
-¿Crees? -sonrió-. Me alegro, porque mi hermano y yo lo creemos así también. Nos llevamos un año, así que yo me gradué en el instituto el primero. La noche antes de irme a la universidad nos dimos cuenta de que era la primera vez que íbamos a separarnos.
-Así que los dos os hicisteis el mismo tatuaje.
-Sí, cosas de chavales, ya sabes, pero después...
-Después, se convirtió en un vínculo entre vosotros. Mis hermanos pensarían que era estupendo.
-¿Son bailarines también?
-¿Mis hermanos? -Danielle resopló, y después rompió a reír-. Si te oyeran decir eso...
-¿No? -dijo, riendo con ella. Amaba su risa, era tan natural como ella.
-Son policías. De los cuerpos especiales. Te pegarían una paliza si les llamaras bailarines. Bueno, no. Probablemente no serían capaces de darte una paliza. Quiero decir que son grandes, como tú, pero...
-Pero lo intentarían.
-Seguro. Todavía se ríen de mí y de la danza en cuanto pueden.
Kev arrancó una margarita y le echó los pétalos en los labios.
-Se ríen, pero están muy orgullosos de mí. Ahora -sonrió-. Desde luego fue diferente cuando empecé a bailar. Tenía seis años y representamos El Cascanueces, ¿sabes cuál es?
-Confía en mí -dijo, seco-, tenemos más cultura que la de la barbacoa en Texas.
-Bueno, toda mi familia vino a verme pero no les había dicho que yo hacía la parte de...
-¿El hada?
-La muñeca del árbol de Navidad. Eso significa que yo simplemente me desplomaba, me quedaba sentada y no volvía a moverme. Oh, ¡fue devastador! Decidí dejar el ballet y dedicarme al claqué.
-Una pérdida para el ballet.
-Bueno, no, porque en realidad...
-En realidad eres una bailarina maravillosa -dijo Kev, arqueando las cejas-. El baile que me hiciste anoche, por ejemplo...
-No quiero hablar de eso -dijo, ruborizándose.
-Yo sí. Cuando miré hacia arriba y te vi...
-Nunca había bailado así antes. Una chica que conocí en Las Vegas trató de convencerme de que probara en el espectáculo en que estaba ella, pero no me imaginaba, ya sabes, haciendo...
-Desnudándote -dijo Kev, y sonrió cuando ella se ruborizó-. Mejor -dijo en tono de broma pero con una mirada peligrosa-, porque si pensara que otros tipos te han visto así, tendría que matarlos.
Sus palabras la emocionaron. ¿Dónde demonios estaba su espíritu feminista?
-Eres demasiado protector.
-Sí -admitió-, ¿está mal?
-No. No. Me encanta cómo me haces sentir. Como si... como si tu... realmente...
-¿Como si yo realmente qué?
Danielle lo miró fijamente a los ojos. «Como si realmente me amaras», pensó... pero sabía que no era verdad. Kev era su amante, no el hombre que la amaba.
-Como si pudieras hacer cualquier cosa por nosotros.
Kev sonrió, triunfante.
-Espero que sea cierto. Espero que pueda sacarnos de aquí, Salomé.
La besó. Un largo y profundo beso que casi la mató de placer.
-Kev -susurró contra su boca-. Vámonos arriba.
Su cuerpo se endureció como inmediata respuesta.
-Vamos -dijo con suavidad.
Se levantó, la tomó en brazos y la llevó a su santuario.
La desnudó despacio, disfrutando de la pasión que veía en su rostro, en su sangre. La acarició, la besó, la llevó hasta el punto en que no podía hacer nada más que repetir su nombre. Entonces se quitó la ropa y la llevó hasta la pared de espejos del dormitorio.
-Mira lo hermosa que eres -susurró mientras le daba la vuelta en frente del cristal.
Kev se había llevado su virginidad, le había hecho el amor, la había bañado. Había besado cada centímetro de su cuerpo, ninguna parte de su cuerpo era ya un secreto para él. Pensaba que lo había compartido todo con él, pero en ese momento supo que no. Verse reflejada en los ojos de su amante no era lo mismo que ver en un espejo cómo te hacía el amor.
Sus manos la recorrieron, envolvieron sus pechos. Gimió al sentir la oleada de calor líquido que subía por su vientre cuando sus pulgares le acariciaron los pezones.
-Mira -susurró él.
No podía desviar la mirada del espejo. Una de sus manos aún cubría un pecho, la otra seguía la curva de la cintura, la cadera, lentamente se abrió sobre su vientre en un gesto de posesión erótica que hizo que se le aflojaran las rodillas.
-Kev -dijo con voz rota.
Sintió su boca en la nuca, los dientes en su piel.
-Mira -repitió él con el tono de una orden.
Deslizó la mano entre los muslos. Ella gimió, su cuerpo dejaba escapar lágrimas calientes de humedad en la palma de su mano, después se tensó como un arco, y el golpe de su orgasmo la llevó a derretirse como el mercurio en medio de un destello de luz. Había llegado al orgasmo entre sus brazos cada vez que habían hecho el amor, pero ninguna vez así. Kev le dio la vuelta hacia él y la mantuvo erguida, haciendo que deseara que aquel momento no se acabara nunca.
-Kev -dijo, sorprendida-. Oh, Kev...
La agarró de las nalgas, la acercó a él y se deslizó dentro de ella. Danielle dio un grito entrecortado y cerró las piernas en torno a su cintura mientras él la llenaba. Más profundo. Más profundo. Sólo su fuerza, su abrazo, su erección evitaba que cayera al suelo.
Llegaron juntos al orgasmo en una explosión de energía. Danielle, llorando sin pudor; Kev, gritando. La dejó en el suelo y la mantuvo pegada a su corazón desbocado.
Algo había ocurrido en él, algo que no entendía o quería o...
Un rugido ensordecedor llenó el aire. Las ventanas se rompieron, y Danielle gritó de terror. Kev echó su cuerpo encima de ella y los cristales entraron en la habitación. Al otro lado de la ventana, un enorme helicóptero se cernía sobre el jardín. Su mole ocultaba el azul del cielo

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