sábado, 25 de diciembre de 2010

Novela Niley 11 - Cautiva en su cama!!!!

AQUEL hombre la trataba como si estuviera loco. Pero bueno, ¿por qué no? ¿No eran todos los asesinos unos locos? Y eso era él, un asesino. «Encontrarla» era un eufemismo.
Miley lo miró de soslayo. Había conocido asesinos antes. Hombres que aparecían en la casa de Hamilton por la noche. Ninguno había dicho: «Hola, estoy en nómina del cártel como pistolero», pero ella sabía que lo eran.
La mayor parte de ellos tenía el aspecto de que quitar una vida les preocupaba tanto como matar una mosca.
Su raptor no era así. Tenía buena presencia. De hecho era guapísimo y al tiempo completamente masculino. Recordaba a la estatua de David que había visto en un viaje a Florencia el último año en la universidad...
0 a un enorme gato. Eso era exactamente lo que era. Un poderoso depredador. No había perdido el tiempo en demostrárselo a ella. El modo en que le había tratado... haciéndola permanecer desnuda ante él. Mirándola vestirse. Tocándola. Sus manos.
Una descarga eléctrica le recorrió el cuerpo. Tocarla tan íntimamente. Acariciarle los pezones. Pretender que estaba cacheándola y acariciarle los pechos. Tocarla entre los muslos.
Se estremeció.
Había odiado todo aquello. Lo había odiado a él... Se había odiado por responder. Por haber deseado gemir tanto como llorar. Por haber deseado cerrar los ojos, recostarse, sentir su fuerte cuerpo aguantando su peso, perderse entre sus brazos, buscar su boca...
Miley apartó aquellos pensamientos y miró por la ventanilla.
Sabía por qué le había pasado todo eso. Era todo a causa del poder. Dominación. Porque había dejado claro quién mandaba. Incluso sabía... cerró los ojos y volvió a abrirlos.. Sabía por qué había tenido esa loca reacción cuando la había tocado.
En situaciones de alta tensión, como aquélla, el miedo habría la puerta a sentimientos más oscuros. Una especie de vínculo entre secuestrador y cautiva.
Aquello podía beneficiarle a él al convertirla en su cómplice. 0 podía beneficiarle a ella.
A no ser que hubiera interpretado mal las señales, se sentía atraído por ella. Tragó con dificultad. La falsa modestia era una estupidez. Estaba más que atraído. La deseaba.
A lo mejor sexo y violencia ocupaban el mismo lugar en su cabeza. Saberlo, entenderlo, podía darle poder sobre él. Podía utilizar su deseo. Manejarlo, incluso seducirlo si era necesario.
Y seguramente sería lo que tendría que hacer, porque si la llevaba a Cartagena...
Si lo hacía, estaría muerta. Hamilton la querría muerta. Lo que había sospechado sobre él, la hacía peligrosa. Lo que había descubierto y se había llevado antes de irse, hacía que tuviera que eliminarla. Al menos, con ese hombre podía tener alguna posibilidad.
Miley se aclaró la garganta y miró a Nick.
-Te equivocas, ¿sabes?
La miró.
-¿De verdad?
Miley asintió con la cabeza.
-Sabes mi nombre. Me gustaría saber el tuyo.
-¿Quieres decir que he sido maleducado? -dijo en tono jocoso y luego, para sorpresa de ella, asintió-. ¿Por qué no? Me llamo Nick, Nick Jonas.
-¿Y trabajas para...?
-No trabajo para nadie.
-Eres un contratista privado.
Algo en el tono con que hizo esa afirmación, hizo a Nick ponerse en guardia. Era una extraña elección de términos.
-Estás intentando decir que estoy aquí por hacerle un favor a tu novio.
-No es mi novio.
-Disculpa. Tu prometido.
Iba a decirle que se equivocaba, pero ¿para qué molestarse? Iba a pensar lo que quisiera.
-Pensaba que eras colombiano; hablas español como un nativo.
-No pierdas el tiempo tratando de halagarme.
-Era sólo un comentario.
Esperó, pero él siguió en silencio. Pasó un rato y volvió a intentarlo.
-¿Eres estadounidense?
-La última vez que lo comprobé, Dallas seguía en Estados Unidos.
-¿Cómo conociste a Liam?
-A través de un conocido común.
Su decisión de permanecer fría y tranquila se evaporó.
-Maldita sea, ¿no puedes decir nada que tenga sentido?
Nick la miró.
-El cielo está azul -dijo en tono amable-. No hay ni una nube.
¡Sería idiota!
-Al menos dime adónde me llevas.
-Ya te lo he dicho. A un lugar tranquilo donde podamos hablar.
¿Una cueva? ¿Una cabaña en las montañas? ¿Un lugar donde nadie pudiera oírle gritar?
Respiró hondo, y dijo:
-Si me dejas ir... -tragó con dificultad-. Si me dejas, nadie tiene por qué saberlo.
-Yo lo sabría. Y tu novio también.
-Ya te he dicho que no es mi novio.
-Pues díselo a él.
-Además, él no lo sabría. Yo seguro que no se lo diría. Ni tú tampoco.
-¿Y qué me darías si te dejara escapar?
El corazón de Miley empezó a latir a toda velocidad.
-¿Qué querrías?
-No sé, nena -su voz se tornó grave-. Eres tú quien tiene que hacer la oferta.
No podía ofrecerse a él. Aunque, ¿no era eso lo que ella misma había pensado?
No. No podía hacerlo. Miley respiró hondo. Aunque... acostarse con él podría ser increíblemente excitante. El no le haría daño. No en la Cama. Por muy loco que estuviera, no lo haría. Qué le haría, cómo le haría sentir, podía ser peligroso, pero por la forma en que se le estaba espesando la sangre, estuvo segura de que sería placentero.
Y él llevaría la iniciativa. Desde que lo había visto se había dado cuenta de cómo mantenía el control. ¿Cómo sería hacerle perder ese control? ¿Hacer que se olvidara de sí mismo entre sus brazos?
-Bueno, estoy esperando.
Miley se pasó la punta de la lengua por los labios repentinamente secos.
-Podría... podría pagarte.
Nick sonrió.
-¿Cuánto?
-¿Cuánto quieres?
-Oh, no lo sé. Déjame pensar. ¿Qué tal mil millones de dólares?
Rió mientras el rubor teñía las mejillas de Miley.
-Te crees que esto es divertido.
-No puedes comprarme, Miley. No pierdas el tiempo intentándolo.
No era estúpido. No podía olvidarlo, lo mismo que tenía que recordar que él era una masa de músculos mientras que ella era una agente entrenada. Una agente medio entrenada, pensó, y ahogó una risa histérica.
-Podrías decirle a Liam que escapé.
-¿De mí?
Le dedicó una mirada de incredulidad. ¡La típica arrogancia de los hombres!
-Sí -dijo Miley-. De ti.
-Nadie lo creería.
Una colina se alzaba delante de ellos asomando entre árboles que parecían llevar allí cientos de años. Nick giró con el Escalarle, y un valle se abrió ante ellos. Árboles enormes. Exuberantes helechos. Un retazo de azul zafiro. Y una casa. Grande. Irregular. Una casa que parecía toda de cristal.
-¿Es aquí? ¿El sitio del que me hablabas?
No hubo respuesta. Sintió un nudo en la garganta.
-¿Es?
-Estate sentada y relájate.
-Pero... ¿dónde estamos?
-Donde nadie pueda molestamos -dijo en un tono plano.


La carretera del valle no había Cambiado. Estrecha. Sinuosa. Un impresionante barranco a un lado y una pared verde al otro. Nick había quedado enamorado de ese lugar desde la primera vez que lo vio, hacía tantos años. Había pasado allí un largo fin de semana, cortesía de algún pez gordo del Ministerio de Defensa que se lo debía.
-Mi esposa es colombiana. Heredó el sitio de su tío -había dicho el tipo-, pero voy a deshacerme de él. Maldita sea, está en el medio de ningún sitio.
Eso era lo que le había gustado a Nick. Un virtual enemigo podía encontrarte en cualquier sitio, pero allí era diez veces más difícil.
Además, estaba la belleza primitiva del bosque, el sonido del río y el idílico estanque oculto en un claro que parecía no haber sido pisado jamás por un ser humano.
Una vez en casa y viendo la Agencia como un mal recuerdo, con dinero procedente de su nuevo negocio, había llamado al tipo y le había preguntado si seguía interesado en vender. Lo estaba, y habían llegado a un acuerdo.
En aquella época cualquier precio le hubiera parecido bien, seguía despertándose en medio de la noche con las imágenes del cuerpo de Selena. Había pensado que comprar aquella casa sería una forma de conjurar sus demonios. Nunca había llegado a saber si era cierto. Volver a Colombia se volvió tan absurdo como volver a una pesadilla. Sin embargo, en ese momento, el valle parecía el único sitio seguro.

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