viernes, 3 de diciembre de 2010

Capítulo 11


KEV -gritó Danielle-. Kev, ¿qué pasa?
Se quitó de encima de ella, buscó los pantalones, se los puso. El helicóptero había desaparecido de la vista y estaba descendiendo. Kev podía escuchar el sonido de la hélice.
-Nos han descubierto, cariño.,
-¿Los hombres del sultán? Pero... pero Shalla dijo que este palacio era un santuario.
-Shalla mintió -tenía cristales en el pelo, sentía también pequeños fragmentos bajo sus pies, pero salvo eso, estaba bien.
Levantó a Salomé, la miró deprisa, respirando al convencerse de que no estaba herida.
-Vístete.
Se puso la ropa con manos temblorosas. Kev agarró la pistola, la cargó y se dirigió a la puerta.
Danielle fue tras él.
-¡Kev, espera!
Se dio la vuelta hacia ella, el pecho desnudo, descalzo, la pistola en la mano.
-Cierra la puerta cuando salga.
-¡No! Voy contigo.
-Ciérrala y no abras, no importa lo que oigas. No abras si yo no te lo digo.
-Kevin. No voy a dejarte salir solo.
-Ya lo creo que lo harás.
Danielle miró fijamente a Kev. Por un momento le pareció un extraño peligroso. Pero no lo era. Era el hombre que amaba. Pasara lo que pasara, quería estar con él, aunque eso supusiera morir.
-Voy a ir contigo, Kev, no puedes detenerme.
-Maldita sea, Salomé, no tengo tiempo para discutir.
-Eso es verdad. No lo tienes. Así que hazte a la idea, voy a ir...
La agarró de los hombros.
-¡No vendrás!
Los hombres gritaban en la distancia. Tenía que bajar las escaleras y dejarse ver. Correr. Alejar a los canallas de ella todo lo que pudiera. Sólo tenía unos minutos para salvar a su bailarina dorada. Y si no lo lograba... si no lo lograba, guardaría una bala. Para ella. Un muerte rápida, sin dolor, seria todo lo que podría darle para recordar durante toda la eternidad.
-Salomé, Salomé, cariño...
-¡Nada de cariño! No voy a permitir que te vayas solo.
Tenía ese brillo en los ojos y ese gesto de la barbilla, esa decisión que era parte de ella, pero esa vez no se iba a salir con la suya. De ninguna manera iba a llevarla con él. Estaba entrenado en la supervivencia. Podía enfrentarse a lo que le esperaba al otro lado de esa puerta. Ella estaría a merced de los asesinos que habían venido a por ellos.
-No voy a discutir -dijo, zanjando la cuestión-. Te quedas aquí.
-Por favor -se le quebró la voz, le apoyó las manos en el pecho y lo miró con lágrimas en los ojos-. Sé que tratas de protegerme. Y.. y te amo por ello. Te amo por todo lo que eres, Kev. ¿Me oyes? ¡Te amo!
Ahí estaban, las palabras que sabía que ella quería decir, las palabras que sabía que no eran verdad. Entonces, ¿por qué se le clavaban en el corazón?
-Por eso tienes que dejarme ir contigo -siguió-. ¿No te das cuenta? ¡Te amo!
Tenía que hacer que se callara. Tenía que obligarla a que se quedara. Sólo había una forma de hacerlo, aunque le doliera. Agarró las manos que tenía en el pecho y se las colocó a los lados.
-No seas niña -dijo, cortante-. Lo nuestro ha sido sexo. Sexo, no lo confundas con el amor.
-Te equivocas, yo te amo -dijo, pálida.
-Y yo amo respirar -dijo, odiándose al escucharse.
Esa no era la forma en que se suponía que aquello debía terminar, pero no le quedaba otra opción. Salvarla era todo lo que importaba, así lo exigía su honor.
-Voy a salir, y tú te vas a quedar aquí hasta que vuelva.
Estaba pálida y le temblaban los labios. Kev soltó un juramento, la atrajo hacia él y apretó sus labios contra los de ella. Danielle no respondió, y Kev podría haber jurado que había escuchado el sonido de su corazón al hacerse pedazos.
-Acuérdate de echar el cerrojo.
Después salió, esperó hasta que oyó el sonido del pestillo y corrió escaleras abajo. Los esbirros del sultán estaban en el patio. Seis hombres. No, ocho. Kev sintió la conocida subida de adrenalina. Una última y profunda respiración. Entonces dio un grito y empezó a moverse mientras disparaba. Cayeron dos hombres. Un tercero, después el cuarto. Kev corría pegado al edificio, las balas impactaban por encima de su cabeza. Dio la vuelta a la esquina y se pegó a la pared. Por primera vez pensó que Salomé y él podían sobrevivir... a no ser que hubiera más hombres corriendo tras él. Los había. Demasiados hombres. Demasiadas armas.
Así estaban las cosas. Estaba en inferioridad numérica y peor armado. Era el momento de volver a por Salomé. Abrazarla, decirle que aquellos pocos días habían sido... habían sido maravillosos. Besarla en la boca, apoyarle la pistola en la frente... Algo caliente le golpeó en el pecho. Fue como un mazazo. Pero ¿por qué nadie empuñaba un mazo... un mazo?
-Ahhh.
El dolor se extendía como los radios de una rueda desde el pecho a los hombros, los brazos. Kev se deslizó por la pared. Bajó la vista, se tocó el pecho y vio sus dedos manchados de rojo.
El sonido de los disparos se fue apagando. Una bota le golpeó la pierna. Alzó los ojos y vio a un hombre de pie a su lado. Era difícil verlo claramente, las cosas se habían vuelto borrosas, pero reconoció aquel rostro cruel.
-¿Asaad?
-Señor Jonas -una sonrisa y otra patada-. Qué alegría volver a verlo.
Kev resopló y trató de agarrar el pie. El sultán soltó una carcajada, apoyó el pie en el pecho de Kev y lo empujó para atrás.
-Me temo que ya no irá a ningún sitio, señor Jonas. ¿De verdad pensó que podría escapar de mí?
«Salomé, ¿dónde estaba?». Kev tenía que llegar hasta donde estaba ella.
-¿Busca a alguien? Claro, busca a mi chica del harén.
Kev luchó por respirar.
-No es suya -dijo sin resuello-. Nunca...
Asaad miró hacia un lado y gritó una orden. Se acercó uno de sus hombres arrastrando algo, alguien, detrás de él. Los ojos de Kev se llenaron de lágrimas. Era su Salomé. Llevaba una soga alrededor del cuello y las manos atadas. Tenía la cara sucia y magullada y lloraba.
-Kev -gimió-. Oh, Kev.
Asaad miró, sonriendo. La dejó acercarse a unos pocos centímetros de Kev, después, aún sonriendo, la agarró del pelo y tiró de ella hacia atrás.
-Lo único que siento es que no vivirá para verme disfrutar de mi premio, señor Jonas. Supongo que tampoco vivirá lo bastante como para firmar ese contrato, pero es casi un lujo tener el privilegio de verlo...
Kev levantó su pistola. Los ojos del sultán se abrieron desmesuradamente del susto.
-Bang -susurró Kev, y apretó el gatillo.
Un agujero perfecto apareció en la frente de Asaad, y se desplomó en el suelo sin vida.
Uno de los hombres del sultán lanzó un grito salvaje. Kev miró a Salomé. «Ahora», se dijo, «ahora». Quedaba una bala, una bala para librarla de la agonía, pero no era capaz, no podía...
Un enorme pájaro bajó del cielo, un Blackhawk pintado de Camuflaje para el desierto. Se escucharon disparos. Los hombres de Asaad corrieron. Demasiado tarde. Eran objetivos fáciles.
Después se hizo el silencio. Kev hizo un esfuerzo para levantar la cabeza. Trató de pronunciar el nombre de su bailarina dorada y de acercarse a ella.
-¿Kevin? Kevin, maldito, ¿podemos echarte un vistazo un minuto?
Kev parpadeó. Su visión se estaba haciendo más borrosa, pero hubiera jurado que la persona que se inclinaba sobre él era su hermano.
-Maldita sea, Kev, mantén los ojos abiertos. No cierres los ojos. ¿Me oyes? Como te mueras no te lo perdonaremos jamás -dijo Nick con voz áspera y manos delicadas.
-Levántale la cabeza -dijo Joe.
-Salomé -musitó Kev.
-¿Qué? -dijo Nick, inclinando la cabeza sobre él.
-Salomé. Mi bailarina dorada...
Y se sumergió en un mar de oscuridad.


Ruido. Luces. Dolor. Un dolor punzante con cada latido del corazón.
«Salomé».
«Salomé».
Y de nuevo la oscuridad. Voces. Algunas conocidas, otras no.
-No muy bien.
-...lo mejor que podemos, pero...
-...importante pérdida de sangre.
-...joven. Fuerte. No prometo nada, pero...
Y siempre, siempre un único nombre en la cabeza: «Salomé».


Y entonces, una mañana, Kevin abrió los ojos. Estaba en una habitación blanca. Unas luces dibujaban un trazo irregular en un monitor; algo emitía un pitido con un ritmo fastidioso. Tubos de plástico en los brazos y un mastodonte encima del pecho. Kev gruñó. No podía estar muerto. Incluso si creyera en el cielo o en el infierno, tenía claro que no podía ser algo como aquello.
La buena noticia era que estaba en la habitación de un hospital. La mala era que ninguna de las caras que veía a su alrededor era la de Salomé.
-Hola, hermano.
Kev giró la cabeza menos de un centímetro. Joe esbozó una tímida sonrisa.
-Me alegro de que hayas decidido quedarte con nosotros.
Kev trató de responder, pero tuvo la sensación de tener la garganta llena de arena del desierto.
-Quiere agua -dijo alguien más. Era Nick-. Me alegro de verte.
-Hielo picado -dijo otra voz con autoridad-. La enfermera ha dicho que nada de agua.
Kev parpadeó mientras su padre le pasaba la mano por la nuca, le ayudó a incorporarse y le acercó un vaso de papel lleno de hielo picado.
¿Su viejo? ¿Inclinado sobre él con los ojos húmedos? A lo mejor sí estaba muerto. Pero el hielo era real y estaba maravillosamente húmedo. Su padre sonrió.
-Bienvenido a casa, hijo. Es estupendo que hayas vuelto.
-Sí -dijo con voz áspera-, es bueno haber vuelto -respiró hondo, y trató de no retorcerse al sentir un súbito pinchazo de dolor en el pecho-. ¿Salomé?
Su padre frunció el ceño. Sus hermanos se miraron.
-¿Quién?
-Salomé -dijo con impaciencia-. Mi bailarina dorada.
-Ah, la mujer -dijo Joe-. Está bien. Ni una herida.
-Quiero verla -dijo, cerrando los ojos.
Otra mirada entre sus hermanos.
-Claro -dijo Nick-. Pronto, cuando te pongas mejor.
-Quiero verla ahora -dijo Kev, y la habitación empezó a girar.
-Kevin -dijo su padre, pero la voz parecía venir desde muy lejos.
De nuevo se sumergió en la oscuridad.


Se despertó un par de veces más, pero siempre era lo mismo. Sus hermanos, su padre. Médicos enfermeras, máquinas. Nada de Salomé.
Y entonces, por fin salió de las oscuras profundidades, abrió los ojos y supo que estaba mejor. El mastodonte del pecho había sido reemplazado por un elefante. Sólo un tubo en el brazo y las máquinas habían desaparecido. Miró a su alrededor. Sus hermanos estaban en dos sillas.
-Eh -dijo.
Lo que le salió pareció el croar de una rana, pero lo habían oído. Saltaron de las sillas y corrieron a su lado.
-Eh, tú -dijo Nick.
-¿Cuánto tiempo?
-Dos semanas -respondió Joe.
Dos semanas. ¡Dos semanas!
-¿Salomé?
-¿Qué pasa con esa Salomé? -preguntó Nick.
-Quiero verla.
Sus hermanos intercambiaron una mirada rápida.
-Bueno -dijo Nick con cautela-, cuando seas capaz de ponerte de pie seguro que...
-¿No está aquí? -No -dijo Joe.
¿Había soñado que sus hermanos le habían dicho que estaba a salvo? Kev se incorporó.
-¿No la llevasteis conmigo? No la dejaríais...
-Tranquilo, hombre. Claro que la sacamos de allí. Nos la llevamos en el helicóptero -Joe agarró la mano de Kev-. Aterrizamos en el USS Sentry. Tu vida pendía de un hilo. Necesitabas atención médica rápidamente.
-¿Qué pasó con Salomé?
-El helicóptero la llevó, a Dubai.
-¿Y?
-Y... -Joe suspiró- después de eso no sé nada.
-¿Qué quieres decir?
-Quiere decir -dijo Nick con cuidado- que no sabemos nada. Estuvimos a tu lado en el Sentry mientras te atendían los médicos. Cuando te estabilizaron te trasladamos en avión.
-¿Nunca os preocupasteis de saber qué tal estaba Salomé en Dubai?
-No -dijo Joe sin rodeos-. No se nos ocurrió. Estábamos demasiado ocupados en evitar que hicieras alguna tontería, como morirte.
Kev miró a sus hermanos. Sus ojos reflejaban por lo que habían pasado las últimas semanas.
-Sí -dijo con suavidad-. Muy bien -se las arregló para sonreír-. Ninguno de nosotros debe separarse de los otros, supongo.
-Claro que sí -dijo Nick-. Incluso el viejo ha estado pegado a tu lado.
-Sí -dijo Kev voz ronca-. Gracias por todo -hizo una pausa-. ¿Y Asaad? ¿De verdad me lo cargué?
-E1 malnacido ya es historia. Y tú también lo serías si no hubiera sido por la llamada del móvil. Nos dio la suficiente información como para localizarte.
-Y salvarme la vida.
-Sí. Nosotros y algunos colegas de los viejos tiempos te salvamos y no pienses que vamos a dejar que lo olvides.
Los hermanos se sonrieron entre sí. Kev se pasó la lengua por los labios.
-Salomé ha llamado, ¿verdad? -hubo un silencio incómodo-. ¿Os ha llamado para saber cómo estaba?
-En realidad... en realidad, no. A mí no -dijo Joe-. ¿Nick? ¿Tú sabes algo?
-Lo siento. No se ha puesto en contacto con nosotros.
-Pero... pero...
Pero ¿por qué no llamaba? Había dicho cosas para hacerle daño. 0... o a lo mejor no podía llamar. A lo mejor ni siquiera había llegado a Dubai.
-¿Kev?
-Sí -Kev se aclaró la garganta-. Tengo que averiguar qué le ha pasado.
-De acuerdo -Nick buscó un lápiz y un cuaderno-. Dame su nombre y dirección y yo...
-No los sé.
-Sólo su nombre, entonces, y la ciudad... ¿Qué?
-Te lo he dicho, no lo sé.
-¿La ciudad?
-Nada. Ni dónde vive, ni de dónde es -apretó la mandíbula-. Ni siquiera sé su nombre.
Sus hermanos lo miraron como si hubiera perdido la cabeza. No se lo podía reprochar a ninguno de los dos. ¿Cómo podía haber pasado esos días y esas noches con Salomé y no haberle preguntado ni una vez cómo se llamaba?
-¿No se llama Salomé? -preguntó Joe.
Kev soltó una carcajada amarga.
-Eso se me ocurrió a mí.
-¿No sabes el nombre de esa monada? -dijo Nick con el ceño fruncido.
-No la llames así -dijo Kev en tono serio.
-¿Cómo se supone que la tengo que llamar, Salomé?
-No -dijo Kev, cortante-. Soy el único que puede llamarla... -se quedó callado-. Tengo que encontrarla -dijo, y por la forma en que lo hizo, sus hermanos supieron que era así.


Salomé se había esfumado. Era como si sólo hubiera existido en los sueños de Kev.
Pidió tener un teléfono en la habitación. Los médicos hicieron objeciones, necesitaba descansar. Kev sabía mejor que ellos lo que necesitaba, y cuando las enfermeras se lo encontraron buscando un teléfono público por el pasillo, los médicos se rindieron y aceptaron.
Llamó al consulado en Dubai. El cónsul estaba de vacaciones y la telefonista le dijo que estaría encantada de ayudarle, pero que no era consciente de la cantidad de ciudadanos que entraban y salían de la embajada cada semana.
-La cuestión es, señor... -miles de kilómetros les separaban, pero Kev casi pudo ver cómo la telefonista levantaba las cejas-. Si supiera el nombre de la señorita...
-No, no lo sé -dijo Kev.
-¿Sabe seguro que vino a la embajada?
Kev tenía que admitir que no. Salomé no tenía pasaporte, pero eso no significaba que necesariamente hubiera ido a la embajada. Tampoco sabía el nombre de la compañía de danza, ni dónde la habían raptado. ¡Maldición, no sabía nada de nada!
«Te amo», había dicho ella. Sí, pero si lo amara, habría ido a buscarlo. Llamado. Ella sí sabía su nombre, sabía que era de Dallas. Podría haberlo encontrado en un momento, ¿por qué no lo había hecho?
«Porque tenías razón», le decía una voz interior, «sólo era el sexo lo que le interesaba, no tú».
Kev apretó el puño y miró al techo de la habitación. Si eso era cierto, estaba bien, pero le había salvado la vida, ¿ni siquiera le interesaba saber si estaba vivo o muerto?
«No te debe nada, Jonas», decía la voz interior con frialdad.
¿Cómo que no? Tenía derecho a verla una última vez, a oírle decir que lo que había pensado que sentía por él se había evaporado en cuanto había estado a salvo. Así podría olvidarla.
Los médicos dijeron que tendría que estar ingresado otras dos semanas. Tenía que recuperar las fuerzas. Comer las papillas que le daban, levantarse con ayuda de un asistente y Caminar  por el pasillo un cuarto de hora tres veces al día. Después, podría irse a casa, al principio con Nick o Joe, o con su padre.
-Bien -había dicho Kev, pero había hecho sus propios planes.
Encargó fuera la comida: filetes, pasta. Se levantaba él sólo cada hora y Caminaba veinte minutos, después cuarenta y después se mantenía de pie. Un día después preguntó por su ropa y Cambió la amable pregunta por una exigencia cuando una enfermera trató de marearlo con un rollo sobre las normas del hospital y la ropa.
Estaba de pie frente a la ventana con vaqueros, botas y una sudadera cuando el especialista de pulmón que lo había tratado y el cirujano que le había extraído la bala, que no le había atravesado el corazón por menos de medio centímetro, aparecieron.
-Estar de pie y vestido me hace sentirme como una persona -dijo.
Después, esa misma tarde, Kev se revisó entero en el piso de Turtle Creek que llamaba su hogar. Estaba perdiendo un tiempo precioso. Cuanto más tarde empezara a buscar a Salomé, más tiempo le costaría encontrarla. Estaba autorizado para preguntar, maldición, e iba a hacerlo.


Voló a Dubai pero no averiguó nada. Volvió a casa de peor humor que se había ido, enfadado con el mundo, con Salomé, con él mismo. Contactó con el detective privado que a veces trabajaba para su empresa y le contó lo que sabía. Salomé era bailarina. ¿De qué clase? Recordó sus conversaciones: había hablado de Las Vegas, de aquella danza. El detective asintió y apuntó en su libreta. Ah, y tenía tres hermanos que eran policías. El detective volvió a asentir como si eso fuera realmente información útil.
-Una foto ayudaría -dijo el detective, y lo arregló para que Kev quedara con una mujer que hacía dibujos para la policía.
Tres horas más tarde, tenían una imagen aceptable de Salomé. El detective repartió un centenar de copias por Las Vegas. Kev dio un paso más. Fue de hotel en hotel, de club en club. Nada. Nadie reconocía el dibujo, nadie la conocía. De vuelta en Dallas, un viernes por la noche, sus hermanos lo llevaron a rastras al bar que frecuentaban. Sabía que querían hablarle, así que les dejó. Nick y Joe le dieron mil vueltas a la cuestión de por qué Kev buscaba con tanta desesperación a una mujer de la que ni siquiera conocía el nombre y que no había hecho nada por verlo a él, pero, al final., Nick planteó la pregunta.
-Bueno -dijo con cuidado-, ¿es importante para ti? La mujer. Quiero decir...
-Quiero saber qué le ha pasado -dijo Kev, entornando los ojos-. ¿Algún problema?
-No -dijo Nick rápidamente.
-Sí -dijo Kev, dejando escapar un suspiro-. Lo siento, sólo estoy...
-Nervioso -dijo Joe-. Cualquiera lo estaría después de todo lo que ha pasado -se aclaró la garganta-. Lo que no entiendo -dijo con precaución- es cómo un hombre se lía con una ricu... con una mujer y ni siquiera se entera de cómo se llama.
Kev pensó en decirle que no era asunto suyo, pero sabía que sus hermanos tenían buenas intenciones. Lo querían. Estaban tratando de averiguar lo que estaba pasando. Lo mismo que él.
-Era una situación de vida o muerte. Le puse un mote y se lo quedó.
-Salomé -dijo Joe, lanzando una mirada a Nick.
-Como la bailarina que consiguió que le llevaran la cabeza de un tipo en una bandeja -dijo Nick.
-Lo que hubiera podido hacer sin ningún problema porque a ti te sedujo.
-Si quieres decir algo, dilo.
-Tranquilo, tío. Te queremos, eso es todo. Estamos preocupados por ti. Te han pegado un tiro, casi te mueres...
-¿Qué quieres saber? -dijo Kev, tratando de aclarar las cosas, pero los tres se echaron a reír.
-Sólo lo que tú ya sabes -dijo Joe-. Huyendo, vida o muerte... Eso suele exagerar las cosas,. ¿verdad?
Kev asintió, levantó su cerveza pero volvió a bajarla.
-Se lo dije a ella.
-Bien. Quiero decir que me alegro de que lo entendieras, porque... -dijo Joe.
-Claro que lo entendí. Fue ella la que no -afirmó Kev.
Su hermano respiró con alivio.
-No sabes cómo me alegro de oírte decir eso -dijo Nick-, porque por un momento he...
Kev golpeó con el puño en la mesa.
-¡Me mintió! Dijo que me amaba.
-Sí -dijo Joe con cautela-, pero como acabas de decir...
-Nadie me miente y se va tranquilamente.
Sus hermanos intercambiaron una mirada de desconcierto. Kev acababa de decir que esa mujer a la que llamaba Salomé en realidad no lo amaba. Después había dicho que no iba a dejar que se fuera tranquilamente sin amarlo. Ninguno de los dos era tan idiota para señalar la incongruencia. Como hombres sabios que eran, terminaron las bebidas en silencio.


Paul llamó una triste tarde de domingo.
-¿Cómo estás, hijo?
Kev todavía no estaba acostumbrado al nuevo tono en la piel de su padre, pero le gustaba.
-Estoy bien, papá -también le gustaba eso, pensar en Paul como en «papá».
-No te he visto mucho últimamente.
-No, bueno, he estado ocupado.
-Tengo que ir a una de esas cosas benéficas esta noche y tenía la esperanza de que me acompañaras.
-Gracias, papá, pero...
-Pensaba que podríamos pasar un rato juntos -Paul rió de manera forzada-. Es un recital artístico, Kevin. No me puedo librar, pero tampoco me imagino cómo voy a hacer para aguantarlo. Contigo, ya sabes, dos ignorantes de la cultura juntos, me imaginaba que sería más soportable -hizo una pausa-. A tu madre -dijo con una risita- solían gustarle estas historias.
Kev aguantó la respiración. No podía recordar a su padre hablando de su madre antes.
-¿Le gustaban? -preguntó con cuidado.
-Ella es la razón por la que empecé a apoyar estas cosas. El Consejo de las Artes. El teatro. El museo -Paul se aclaró la garganta-. No sé por qué, pero he estado pensando mucho en tu madre las últimas semanas. Lo orgullosa que estaría de ver cómo habéis crecido los tres.
-Sí -dijo Kev-. Nosotros... yo... también pienso en ella.
-La quería tanto, Kevin -la voz de su padre se enronqueció-. Tanto que muchas veces tenía miedo de demostrarlo. Sé que parece una locura, pero...
Sin quererlo, una imagen de Salomé tumbada debajo de él, con los ojos azules oscurecidos por la pasión, brilló en la mente de Kev. La alejó justo cuando su padre volvía a hablar.
-Bueno -dijo Paul bruscamente -. ¿Qué te parece lo de esta noche? Si no te apetece...
-Me apetece, papá.
-Estupendo, hijo. Te recogeré a las seis y media.
Kev se afeitó, se duchó, se puso el esmoquin y se dijo que salir esa noche era una gran idea. Así no pensaría en Salomé. Se había marchado, salido de su vida y no podía preocuparle menos.


Sus asientos en el barroco Music Hall estaban en la cuarta fila, centrados. Ambos abrieron sus programas.
-Una noche con las artes -leyó su padre en voz alta, y suspiró-. Va a ser interminable, Kevin. Un poco de esto, un poco de aquello, nada bueno. Discursos. Presentaciones. Una soprano aullando, un coro_ infantil tratando de parecer ángeles. Un guitarrista flamenco y, señor, un número de ballet. Gracias por venir, hijo. Te estaré eternamente agradecido. Kev asintió. De alguna manera, su padre y él soportaron la primera mitad. Fueron a beber algo durante el intermedio, saludaron a mucha gente y, cuando las luces parpadearon, volvieron a su sitio.
Kev se sentó al lado de su padre. Sofocó un bostezo mientras una señora con sobrepeso trinaba con un tipo también con sobrepeso y tupé. Cambió de postura mientras otro tipo echaba a perder lo que podría haber sido un gran número de guitarra tratando de parecer oscuro y misterioso.
Un aplauso amable para el guitarrista. Movimientos, toses y el telón volvió a levantarse. Kev cruzó los brazos y vio cómo un grupo de bailarinas bailaba en el escenario.
-Tengo que admitir que están bien -susurró su padre.
Y Kev casi saltó de su asiento porque la última bailarina en salir de puntillas de entre las bambalinas era Salomé.

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