viernes, 3 de diciembre de 2010

Capítulo 12


DEBÍA de haber hecho algo. A lo mejor se había empezado a levantar. Algo, porque su padre le agarró del brazo y dijo en voz baja: -Kevin.
Kev volvió a sentarse mirando fijamente al escenario donde una docena de bailarinas giraban gráciles en círculos. Sólo tenía ojos para una. Tenía el pelo recogido en un moño. Llevaba una cosa blanca... ¿cómo se llamaba? Tutú. En los tobillos se cruzaban las cintas de las zapatillas.
Pensó que el corazón se le saldría por la boca. Mirarla era como un sueño. Casi podía saborear la dulzura de la suave piel que había debajo del moño; ver la perfección de los pechos ocultos bajo el recatado encaje blanco; escuchar el sonido de su nombre en los labios de ella.
Oh, sí, era su bailarina. El envoltorio había Cambiado, pero era Salomé, cruzando el escenario y levantando los brazos como lo había hecho para él aquella noche a la luz de la luna. La música era rápida y brillante. Un vals. Un, dos, tres, un, dos, tres. Su pulso latía al mismo ritmo.
«Mírame», quería decir. «Salomé, mírame».
Pero sus ojos estaban tristes. No miraría. No podía mirar. Las Vegas, había dicho. Claqué. Nunca había mencionado el ballet o a lo mejor sí, pero sólo de pasada. Empezó a sonreír. Desde esa noche, amaría el ballet. Se la había llevado hasta él. Estaba ahí y estaba bien...
Estaba en su ciudad. Kevin se puso tenso. Su ciudad, y no había ido a verlo. Ni llamado. Sabía que vivía en Dallas. Sabía su nombre y no había tratado de averiguar si estaba vivo.
-¿Kevin?
Su padre lo miró con cara de preocupación. Kev pensó que tendría el aspecto de alguien que le ha dado un infarto. Estaba sentado rígido en su asiento con los puños apretados sobre su regazo.
-Hijo, ¿te pasa algo? ¿Te encuentras mal?
Estaba claro, había sido la excitación. El peligro. No lo había amado, no le importaba nada...
Y eso estaba bien. Tampoco a él le importaba nada. Pero estaba furioso. Todas esas semanas que se había preocupado por lo que pudiera haberle sucedido a ella.
-¿Hijo?
-Estoy bien, papá, sólo necesito... sólo necesito un poco de aire fresco, eso es todo.
Paul empezó a levantarse, pero Kev lo retuvo en el asiento.
-Quédate hasta el final. Nos vemos fuera.
Kevin se puso de pie. Recorrió el Camino hasta el escenario, se detuvo cuando llegó, miró la tarima, pero ella estaba dada la vuelta con los ojos fijos en el suelo mientras giraba hacia las bambalinas. Al diablo con ella, pensó con frialdad, y se dirigió a la entrada.


Se fue a cenar con Paul. Charlaron un rato. Hizo todo lo que pudo para convencer al viejo de que estaba bien y que no hacía falta llamar al médico. Cuando pensó que había pasado tiempo suficiente, alegó mucho trabajo a la mañana siguiente y se marchó a casa. Pasó la primera mitad de la noche paseando por el piso, y la segunda, tumbado en la Cama mirando al techo.
-Olvídate -dijo en medio del silencio-. No te ha buscado, no te ha llamado, ¿y qué?
En realidad era una suerte. Mejor saber que lo había olvidado en un abrir y cerrar de ojos, que haberse encontrado intentando deshacerse de una bailarina enamorada.
Fue a la oficina por la mañana, gruñó a su secretaria, a sus hermanos y, finalmente, agarró su chaqueta, dijo que tenía un compromiso y se marchó. Se metió en su Porsche, arrancó el motor y salió de la ciudad. Condujo sin destino hasta que se detuvo a la sombra de unos álamos, salió del coche y Caminó por un sendero que le llevó hasta un lago.
¿Qué clase de mujer era para entregarse a un hombre, gritar entre sus brazos, hacerle creer que era todo lo que quería en el mundo, incluso decir que lo amaba cuando todo eran mentiras?
«La adrenalina, ¿recuerdas? Eso es lo que era. Además tú le diste a ella una dosis de realidad: lo nuestro ha sido sexo. Sexo, no lo confundas con el amor», se dijo.
Dio una patada a una piedra. Muy bien, nunca lo había amado. Demonios, él nunca había creído que lo hiciera. Pero le había salvado la vida...
«¿Otra vez con lo mismo? Eres patético. Además, la vida que salvaste fue la tuya. Ella sólo estaba allí contigo».
No. No era cierto. Al final su propia vida no le había importado. Sólo le importaba la de ella.
Kev sacó el móvil del bolsillo. Como siempre, aquel miserable aparato no funcionaba, pero esa vez sólo tuvo que volver a la carretera para que luciera tanto como Broadway por la noche.
Marcó el número del detective. Le dijo lo que quería. El nombre de una bailarina de la compañía que había actuado en el Music Hall.
¿Podía el señor Jonas reducir un poco más la búsqueda?, preguntó el detective. Tenía el dibujo que la artista de la policía había hecho, pero... Un día antes, Kevin hubiera descrito a Salomé como la mujer más bella del mundo, y sin embargo las cosas habían Cambiado.
-Es fácil de identificar -dijo al detective-. Es la única rubia. Y quiero saber dónde puedo encontrarla. Tiene que alojarse en algún sitio. Quiero su nombre.
-Muy bien, señor Jonas. ¿Cuándo quiere esa información, señor?
Kev entornó los ojos. ¿No decía algo el programa de una gira limitada? Por lo que sabía, aquélla podía ser la última noche de Salomé en Dallas.
-Lo necesito hace una hora -dijo, cortante.


El auditorio seguía aplaudiendo. El cuerpo de ballet seguía en el escenario, pero Danielle se escabulló a los Camerinos. No podía esperar para vestirse con ropa de calle y volver al hotel. Una noche más y Dallas quedaría atrás. Le temblaban las manos mientras se quitaba las horquillas y se soltaba el pelo. La semana había sido horrible, todo el tiempo pensando en Kev, viendo su rostro en cada sombra. Y la última noche, la última noche había estado segura de que estaba en el teatro. Una locura, claro, pero había sentido su presencia. Había sentido que la estaba mirando. A penas había podido levantar la cabeza. La compañía hacía sólo un breve aparición en ese espectáculo bailando una pieza de El lago de los cisnes.
-Ojos bajos -les había dicho Nicolai.
Durante el ensayo, cuando una de las chicas había levantado la vista, había dado un zapatazo y había gritado que parecían vacas y que, si volvía a ocurrir, ensayarían hasta que cayeran desmayadas. Habían estado todas a punto de caer redondas, especialmente Danielle, gracias a su estancia en el hospital por la infección en el pie. Con dificultad había conseguido mantener la mirada baja mientras bailaba; además, si hubiera levantado la mirada y visto a Kev entre el auditorio, probablemente habría... habría... La verdad era que no sabía qué habría hecho. Casi había perdido la cabeza cuando había visto la gira de la compañía.
-¿Dallas? -había dicho a Ginny, con quien compartía habitación durante la gira-. ¿Dallas?
-Hum -había replicado Ginny-. Un Cambio de planes del último minuto.
-No -había dicho Danielle, intentando parecer tranquila-. No puedo ir a Dallas.
-Oh, es una gran ciudad -había dicho Ginny-. Montones de restaurantes, buenas tiendas y unos hombres...
-No puedo ir -había repetido Danielle.
Ginny había levantado las cejas y preguntado:
-¿Cuál es el problema?
¿Qué podía haber dicho ella que no sacara todo a la luz? Nadie sabía nada de lo suyo con Kev. Nadie tenía que saberlo. Había murmurado cualquier excusa estúpida sobre haber estado en Texas antes y odiar el calor y las cejas de Ginny se habían vuelto a levantar.
-Es invierno, Lee. Seguro que hace frío en Dallas.
-Oh -había respondido Danielle-. Sí, claro.
Así que había ido a Dallas. ¿Qué otra elección le quedaba? Necesitaba el trabajo. Seguía sorprendida de que la compañía le hubiera guardado el puesto después de todo el tiempo que había estado fuera, primero por el secuestro y después por la enfermedad.
Había ido a Dallas y pasado una semana infernal. «Kev», pensaba, «Kev está aquí».
¿Cuántas veces había estado a punto de hacer una tontería? Demasiadas para contarlas. Había buscado su nombre en la guía. La dirección de su casa no estaba, pero sí la de su empresa. Se había subido a un taxi e ido a esa dirección, se había quedado de pie, mirando la torre de cristal y acero mientras se le ocurrían todas las razones por las que sería lógico entrar y pedir ver a Kevin Jonas. Después de todo, le había salvado la vida.
«Gracias», hubiera dicho. «Ah, y por cierto, tenías razón; todo el asunto ése al otro lado del mundo sólo fue una tontería». No lo había hecho. Todavía le quedaba algo de orgullo.
Al menos la semana de tormento se había terminado. Por la mañana, se subiría al autobús, cerraría los ojos y, cuando volviera a abrirlos, Dallas sería sólo un recuerdo. Lo mismo que Kev.
Danielle sumergió los dedos en un tarro de crema limpiadora y la extendió por la cara. No tenía sentido pensar en él. Estaba de vuelta en el mundo real lo mismo que él, y aunque había soñado miles de veces con que él la llamaba, ¿por qué iba a hacerlo? Le había dejado brutalmente claro que su relación no significaba nada para él. Sabía que había sido deliberadamente directo para que ella obedeciera sus órdenes, pero la esencia de lo que le había dicho era la pura verdad. Lo que había pasado entre ellos había sido un cuento de hadas, y los cuentos de hadas nunca terminaban.
Estaba sudada y exhausta. Los músculos le ardían, e incluso antes de desabrocharse las zapatillas sabía que habría sangre en ellas. Era una de las cosas que pasaban cuando bailabas en pointe. Normalmente no le prestaba mucha atención, pero después de lo que le había pasado hacía unas semanas, sabía bastante de precauciones.
Se había desmayado en el helicóptero que la llevaba a Dubai. Un momento estaba llorando, diciendo incoherencias sobre que le dejaran irse con Kev, y al siguiente todo se volvió gris. Volvió en sí días después en una Cama de hospital con antibióticos intravenosos, una infección en el pie izquierdo y una fiebre tan alta, que estaba inconsciente la mitad del tiempo. Cuando finalmente despertó, lo primero que oyó fue la voz del médico diciendo que había tenido mucha suerte, que un par de días más sin antibióticos y hubiera perdido el pie, incluso la vida.
Lo primero que dijo fue una pregunta sobre Kev:
-¿Está vivo? -había murmurado.
Cómo se encogió de hombros el médico, fue muy elocuente. No sabía nada de nadie llamado Kev. Nadie sabía de quién estaba hablando. No tenía teléfono.
-Nada de estrés -le habían dicho las enfermeras, pero había sobornado a un auxiliar y había conseguido un móvil.
Llamó a la embajada; había conseguido mantener una conversación rápida con el cónsul.
Estaba impaciente, se iba de vacaciones, le dijo. Danielle rogó y organizó un lío tan patético, que finalmente accedió a informarse de qué le había pasado a un hombre llamado Kevin Jonas.
Una hora después le devolvió la llamada y le dijo que estaba vivo, que lo habían trasladado en avión y estaba en Dallas, y que no podía contarle mucho más. Danielle llamó a información de Dallas, consiguió el número de una lista interminable de hospitales y al final dio con el que estaba. Sí, tenían un paciente llamado Kevin Jonas. Su estado era grave pero estable. No, no podían decirle nada más. Llamó todos los días y oyó cómo el estado de Kev había pasado de estable a satisfactorio. Siguió llamando cuando a ella le dieron el alta. Desde París, donde tuvo un lacrimoso reencuentro con la compañía de danza. Desde Londres y desde Seattle después de volver a bailar. Y un día, la operadora con la que había hablado casi todos los días, le dijo:
-El señor Jonas ha sido dado de alta, ya está bien -después había bajado la voz y había dicho-: Sabe, querida, podría saber más de él llamando a la familia Jonas directamente.
¿Contactar con la familia Jonas? ¿Y qué decía? ¿Que se había acostado con Kev? ¿Que se había vuelto loca creyendo que estaba enamorada de él? Porque él tenía razón, no había sido amor, había sido sólo un capricho.
La puerta del Camerino se abrió, y el resto de las chicas entró riendo y hablando.
-Lee, te lo has perdido -dijo Ginny, dejándose caer en el taburete de al lado de Danielle-. ¡Hemos salido a saludar tres veces!
Danielle se quitó el tutú y se puso unos vaqueros y un suéter.
-Lo sé, he oído los aplausos.
-Además ha sucedido algo de lo más sorprendente -Ginny se acercó con los ojos brillantes de emoción-. ¡Un periodista quiere conocerme!
-Gin, eso es fantástico.
-¿Verdad? Dice que está haciendo un reportaje sobre profesiones poco habituales para la sección dominical de un periódico. No sé cómo he tenido tanta suerte, me refiero a que me haya elegido a mí, pero estoy emocionada.
-¿Cuándo es la entrevista? Nos vamos mañana...
-Me ha dicho que cenemos en... -Ginny miró un enorme reloj que había en la pared-, ¡en diez minutos!
-Pues harías mejor en darte prisa -dijo Danielle, recogiéndose el pelo en una coleta.
Ginny se miró al espejo mientras se echaba crema en la cara.
-Nos vemos luego en el bar del hotel. Va a ir todo el mundo. Ya sabes, lo típico de la última noche en una ciudad.
-Voy a pasar.
-¡Oh, Lee! Venga, cariño. Tienes que salir -Ginny miró a Danielle a través del espejo-. Ya sé que has pasado por algo que ha debido de ser horrible, que te secuestraran y después el hospital, pero tienes que reponerte.
Danielle lo sabía. No había vuelto a hacer nada excepto bailar. Las chicas que habían sido raptadas con ella habían sido halladas por la policía local casi inmediatamente. Danielle sólo había contado que había sido vendida al sultán de Baslaam y rescatada por un estadounidense que estaba allí por negocios. Más o menos, lo que realmente había ocurrido.
-Tienes razón, Gin, pero esta noche estoy machacada.
-¿Tu pie?
-Ajá -dijo Danielle, era más fácil eso que reconocer la verdad.
Amaba a Kev. Era un hombre valiente y sin corazón... pero lo amaría siempre.
Cuanto antes de marchara de Dallas, mejor.


Kev estaba dentro de su coche aparcado delante del hotel donde se alojaba la compañía de baile. Había pasado allí bastante tiempo esperando la llamada del detective. Cuanto más esperaba, más claro tenía que quería hacer eso. Miró el reloj.
-Venga -murmuró-. ¿Por qué tarda tanto?
Tenía el estómago hecho un nudo. Sólo podía pensar en que iba a encontrarse con una desconocida llamada Danielle. Danielle Delease. Ése era su nombre. Nacida en Boston, vivía en Manhattan, el ballet era su vida y llevaba de tour con su compañía los últimos seis meses.
El detective había llamado al final de la tarde con toda esa información. Hasta el número de la habitación del hotel. Había añadido que compartía el cuarto con alguien.
Por un momento el mundo se había vuelto oscuro.
-Otra bailarina de la compañía -había dicho el detective-. Virginia Adams. Parecía que eran buenas amigas.
Kev había respirado, aliviado. Otra chica. Bien, aunque suponía un problema logístico no era irresoluble. Media hora y a Kev se le había ocurrido el modo de resolverlo. Rich Williams, un tipo que jugaba con él al fútbol en la universidad y que trabajaba en el Dallas Register.
Una llamada. El clásico «¿cómo te va?» y «¿te acuerdas cuando...?». Y finalmente una petición.
-¿Quieres que entreviste a una bailarina de la compañía de danza? -había preguntado Rich.
-Esta noche, después de la actuación.
-Ajá -asintió Rich-. Me estoy acordando de los días en que no necesitabas ayuda para marcar.
-Muy gracioso -había replicado seco.
-Bueno, tienes suerte. Estoy haciendo un reportaje sobre trabajos poco frecuentes. No será un problema añadir una bailarina a la lista.
-Estupendo. Llévatela a cenar. A mi cargo. Tenla ocupada un par de horas.
-¿Mantenerla...? ¿Quieres decir que la nena a la que voy a entrevistar es en la que tienes puesto el ojo?
-No, es su compañera de cuarto -había dicho Kev, era la verdad, aunque la había decorado de esa complicidad entre colegas que siempre funcionaba-. Ya sabes cómo son las mujeres, viajan por parejas.
Todo estaba arreglado. Entonces, ¿por qué no llamaba el detective? Quería terminar con aquello. Sabía quién era Salomé. No sólo su nombre. Ella. La mujer. Unaa de las bromas que solían hacer los tres hermanos era que la mayor parte de las mujeres que conocían no se podía decir que fueran reales.
-Quita el maquillaje -solía decir Nick-, las extensiones del pelo, la ropa y ¿qué demonios te queda?
-Una nena desnuda -respondía Joe solemnemente, y los tres reían.
Resultaba que aquella broma ya no le hacía gracia. Lo que quedaba, pensó Kev, sin todo ese frufrú, era una mujer que no existía. Una mujer que se había inventado a sí misma para adaptarse a la situación. Una mujer que había dicho que lo amaba. Menuda mentira.
Su vida era la fantasía. Lo había podido ver la noche anterior. La música. Las actuaciones. Los disfraces. Un día era una virginal princesa y al siguiente una hechicera. Era como una de esas bailarinas de juguete que reviven cuando se abre la caja de música. Y de pronto, sin preparación, se había visto en la obligación de representar el papel de su vida. Una mujer en peligro con un hombre completamente diferente de los hombres de su mundo. Acostarse con él había sido su paseo por el lado salvaje.
Era el momento de pasar página, y la forma de hacerlo era plantar cara a Salomé. Maldición, plantar cara a Danielle. Tenía que recordar quién era realmente.
Había considerado esperarla fuera del teatro, pero después se había dado cuenta de que estaría rodeada de gente. No quería que la última escena de su pequeño drama transcurriera con público. Mejor ir al hotel. Alcanzarla en cuanto llegara. Excepto si iba con alguien. Amigas... o un tipo. A lo mejor, perdida la inocencia, estaba muy ocupada descubriendo la vida. Sólo porque él permaneciera las noches despierto, recordando cómo había sido, no significaba que ella también lo hiciera. El sabor. El sexo que había pasado en un abrir y cerrar de ojos de la ternura dolorosa a la excitación salvaje. Habían pasado semanas y él no había olvidado sus susurros. La sensación de sus manos en su cuerpo. El calor cuando entraba en ella. La forma en que ella temblaba cuando llegaba al orgasmo.
Kev golpeó el volante con el puño. ¿Por qué no sonaba el maldito teléfono?
Al final, había decidido pillarla con la guardia baja. Eso era hacer las cosas como sabía. Vestido con ropa oscura. Utilizando la noche como cobertura. Deslizarse en su cuarto, esperarla, dejarle bien claro que no podía volverlo loco y luego desaparecer.
Sonó el móvil. Kev respiró hondo y atendió la llamada.
-Estoy fuera del teatro -dijo el detective-. La compañera de habitación va hacia el este con un hombre de talla media, poco pelo.
Kev asintió, Rich había hecho su parte.
-¿Y ella?
-Se dirige hacia el oeste, en dirección al hotel.
-¿Sola? -preguntó Kev, apretando la mandíbula. -Sí.
Perfecto. Kev colgó el teléfono, lo tiró al asiento del acompañante y se acomodó para esperar.

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