viernes, 3 de diciembre de 2010

Capítulo 13 - Final!!!!!


LOS planos del hotel estaban en el ayuntamiento. Kevin los había estudiado concienzudamente. La tarde anterior había ido al hotel y lo había revisado por sí mismo.
Jamás hubiera metido a un puñado de bailarinas en un sitio como ése. Ni siquiera estaba seguro de que pudiera llamarse hotel. El edificio era lo que un agente inmobiliario habría llamado victoriano. En realidad era viejo. Si había visto mejores tiempos, debía de haber sido hacía muchos años. La idea de su Salomé sola por la noche en aquella calle...
Bueno, no era su Salomé. No era nada suyo. Y si tenía claro algo de ella era que sabía cuidar de sí misma.
Lo único que le había interesado era averiguar la forma entrar en la habitación de Salomé sin pasar por la puerta principal. Había descubierto que había un callejón en la parte trasera del edificio donde estaban las escaleras de incendio que subían por toda la fachada. La ventana de la habitación de Salomé daba a la escalera. Perfecto para un intruso. Perfecto para él.
Algo se movió en la calle. Kev agarró unos prismáticos que tenía en el asiento. Había considerado la posibilidad de llevarse un sistema de visión nocturna, pero había bastante iluminación en la calle. Se llevó los prismáticos a los ojos, enfocó y sintió golpear el corazón. Sí. Era Salomé, Caminando deprisa por la acera. El pelo rubio, el paso orgulloso... era ella.
La vio subir las escaleras de entrada al hotel. Miró para atrás. Dejó los prismáticos en el asiento y se metió un royo de cuerda bajo la chaqueta. Se cerró la chaqueta, salió del Porsche y cruzó al trote la calle. Una mirada rápida para asegurarse de que no había nadie y se metió en el callejón. Se ocultó entre las sombras, miró al tercer piso... Se encendió la luz de la que sabía era su habitación. Kev respiró hondo, lanzó la cuerda a la escalera de incendios y empezó a subir.


Danielle cerró la puerta de la habitación y miró la nube de su aliento en el aire frío.
Siempre había pensado que Texas era un lugar cálido. Una tontería, ya lo sabía. Era un estado enorme con diversidad de climas. En esa época del año en Dallas hacía frío. Parecía incluso más frío en esa vieja habitación. Ginny y ella habían intentado por todos los medios conseguir algo más de calor, pero no lo habían conseguido. Sorprendentemente el agua caliente funcionaba. Un baño caliente era ideal para relajar los músculos después del duro trabajo en el escenario, además le sacaría el frío de los huesos.
Se quitó la chaqueta, entró en el baño, abrió el grifo y empezó a desnudarse. Desnuda, se recogió el pelo y echó gel en la bañera. El gel olía a lavanda. Así que no tenía por qué recordarle a Kev, pero era exactamente lo que estaba pasando. Pensando en Kev. En cómo se sentaba entre sus brazos dentro de una bañera de mármol. Cerró la puerta del baño, acercó una toalla y se metió en la bañera. Oh, sí. Era maravilloso sentarse y dejar que el calor hiciera su efecto mágico. No había nada como un baño caliente para relajarse al final de un día de estrés. Nada como un baño caliente con su amante para convertir un largo día en el preludio de una noche maravillosa.
«¡Para!», se dijo.
No iba a recorrer ese Camino otra vez. Todas esas semanas, diciéndose que Kev llamaría. Que iría a verla. Diciéndose que la amaba, que lo que había dicho el último día no era verdad. Le había costado mucho asumir la realidad y que las cosas no iban a volver a ser como antes. Kev no iba a ir a buscarla. Tampoco iba a llamar. Y que era mejor así. Nunca le había prometido nada. Nunca se había enamorado. Ella sí... Y todavía lo amaba.
Estar allí, donde él vivía y trabajaba, sabiendo que sólo tenía que marcar un número para oír su voz, la estaba matando. Una llamada, sólo una. No tendría que decir nada, excepto a su secretaria, y después escucharía la voz de Kev y añadiría ese recuerdo a los demás.
De pronto el baño pareció enfriarse. Danielle quitó el tapón, salió de la bañera, se envolvió en una toalla demasiado pequeña y abrió la puerta... A la oscuridad.
El corazón le dio un salto. ¿Cómo podía ser? Había dejado la luz de la habitación encendida. Incluso aunque se hubiera aflojado la bombilla, entraría algo de luz por la ventana; tenía siempre cuidado de cerrar bien la ventana, pero nunca echaba las cortinas hasta que Ginny se metía en la Cama. La habitación daba a una pared de ladrillos, nadie podía verla, pero algo de luz entraba desde el callejón.
¿Habría vuelto ya Ginny? ¿Habría echado las cortinas? ¿Se habría fundido la bombilla?
¿Podía haber sucedido todo eso a la vez?
-¿Ginny? -dijo Danielle, mitad ruego, mitad pregunta-. ¿Gin? Estás...
Algo se movió entre las sombras. Una figura alta. De hombros anchos. Un hombre. Danielle retrocedió aterrorizada. Una luz iluminó su rostro. Dio un grito y se tapó los ojos con la mano.
-Hola, Salomé -dijo una voz ruda.
-¿Kevin? -Danielle pasó del terror a la emoción en un segundo. ¡Estaba allí! Había ido a buscarla. Susurró su nombre, fue hacia él...
Y se quedó helada cuando el haz de luz bajó por su cuerpo, deteniéndose en sus pechos con insolencia y volviendo luego a la cara. Las preguntas se amontonaron y apagaron la felicidad que había sentido al oír su voz. ¿Cómo había entrado en la habitación? ¿Por qué estaba esperándola en la oscuridad?
-No pareces alegrarte mucho de verme.
-La luz -dijo-. No puedo ver.
El haz de luz iluminó el suelo. Parpadeó intentando acostumbrar la vista a la oscuridad. Ya podía ver a Kev, un contorno de tinta china contra el carbón del fondo desplazándose despacio hacia ella. Se le desbocó el corazón. Había deseado tanto verlo, y estaba ahí, pero ¿qué sabía realmente de él? Le había salvado la vida y le había hecho el amor. Al final, le había roto el corazón. Fuera de eso, era un extraño. Un peligroso extraño. Había trabajado para una agencia del gobierno, había dicho, una tan secreta que no hubiera reconocido las iniciales.
Hasta el aire crujía con la amenaza.
Estaba a poco centímetros. Dio un paso atrás y su espalda se encontró con la pared.
-No -dijo ella, odiándose por el temblor en la voz.
-No qué, Salomé -sus palabras fueron suaves como la seda, pero incluso la seda podía ser un arma mortal en las manos apropiadas-. Sigo esperando a que me digas lo que te alegras de verme.
-No puedo verte -mejor, temblaba de miedo, pero la voz parecía firme-. ¿Cómo has entrado en la habitación?
-La dirección debería hacer algo con esa escalera de incendios -dijo perezosamente-. Y esa ventana no cierra muy bien. ¿Qué tal has estado, nena? Déjame pensar, sé la respuesta: ocupada.
Su voz era dura. Recordó los días que había pasado en el hospital, pero ¿qué le importaba eso al hombre que tenía delante? Su Kevin había sido tierno, ése no conocía el significado de esa palabra.
-Kev -tragó con dificultad-. ¿Por qué... por qué te has colado en mi habitación? Si querías verme todo lo que tenías que hacer era...
-¿Por qué iba a querer verte? -dijo con frialdad-. Pasamos un buen rato, pero se acabó -la agarró de los hombros-. Es así, ¿verdad? Lo que había entre nosotros terminó el día que nos encontraron los hombres de Asaad -ella no respondió-. Respóndeme, maldita sea.
-¿Por qué haces esto? -dijo con los ojos inundados.
-Porque quiero respuestas.
-Kev, por favor, déjalo. Me haces daño.
-No dijiste eso la última vez que te toqué -Danielle se quedó sin respiración cuando dio un tirón de la toalla y le agarró el cuello con una mano-. ¿Recuerdas, Salomé? Más, más, Kevin, eso era lo que decías -rugió-. Más.
Le cubrió los pechos con las manos y le acarició los pezones con los pulgares. Danielle gritó, pero su cuerpo, su cuerpo traidor empezó a derretirse por las caricias.
-No -dijo ella-. Kev, te lo ruego...
-Bien. Ruégame. Eso es lo que quiero esta noche, Salomé -Kev inclinó la cabeza y unió su boca a la de ella separándole los labios. Su sabor le recorrió la sangre-. Sigue, ¡maldita sea! Ruégame. Dime lo que quieres.
Bajó las manos por su vientre, se enredó en sus rizos dorados que cubrían los más íntimos secretos de su cuerpo, secretos que sólo él conocía.
-¿Esto? ¿Esto es lo que quieres de mí? -se inclinó más y le lamió un pezón. Ella hizo un ruidito que lo mismo podía ser de desagrado que de placer. No lo sabía, tampoco le importaba, no le importaba...
Pero sí, le importaba.
-Salomé -susurró, y sus caricias Cambiaron, su corazón Cambió, sus manos abandonaron el cuello y cubrieron las mejillas-. Salomé -repitió, y según la besaba supo que lo que quería era pasar con ella el resto de su vida.
La amaba. La amaba a ella con el corazón, la mente, el alma.
Le daba miedo... pero lo que realmente le aterrorizaba era que ella no lo amara.
-Kevin -dijo ella con la voz rota-. Por favor, no me hagas esto. Lo que hubo... lo que tuvimos...
-¿Qué tuvimos, Salomé?
-Tú... tú mismo lo dijiste. Fue una fantasía. El peligro, la excitación...
-¿Eso fue todo?
No respondió. Apartó los ojos y rogó que fuera porque lo amaba.
-Salomé, ¿recuerdas lo que dije en el desierto? Te dije que dejaras de pensar -enmarcó su rostro con las manos-. Eso es lo que quiero que hagas ahora, cariño. No pienses, simplemente siente y cuéntame lo que hay en tu corazón -respiró hondo-. Dime que me quieres, Danielle -su voz tornó áspera-. Dime que me amas tanto como yo te amo.
Lo miró fijamente en silencio. Entonces, cuando Kev casi había perdido toda esperanza, hizo un ruido a medio Camino entre un gemido y una carcajada.
-Kevin dijo-. Oh, Kevin, mi amado.
El mundo, la rabia, la desilusión que Kev había arrastrado con él la mayor parte de su vida, se esfumó. Abrazó a Danielle y la besó. Tenía el mismo sabor que en sus sueños, dulce como la miel, sabrosa como la crema. Las lágrimas, enjugadas por sus pulgares, eran como lluvia de verano. Y cuando susurró su nombre, supo que la perdonaría por no haberlo buscado, que perdonaría todo con tal de no volverla a perder.
-Salomé -susurró.
La levantó en brazos, su boca en la de ella, la lengua entre sus labios, y la llevó hasta la Cama. La depositó con cuidado mientras no dejaba de besarla y se moría por quitarse la ropa y sumergirse dentro de ella.
-No me dejes -rogó-. Kevin, no me dejes nunca.
-Nunca -repitió él con violencia.
Tomó las manos de ella y las besó, se inclinó y la besó en el cuello, besó el Camino hasta los pechos, exultarte por el aroma mientras se metía los pezones en la boca. Cuando gritó de placer, Kev se quitó la chaqueta, la Camisa, la abrazó con fuerza gimiendo de placer al sentir el contacto con su piel desnuda.
-Dime que me has echado de menos -demandó él-, dime que has soñado conmigo haciéndote esto.
-Sí -gimió Danielle-, sí, sí. Te he echado de menos. He soñado contigo, Kev. Ven dentro de mí, por favor. Te quiero dentro. Necesito sentirte, necesito...,
Se arqueó contra él mientras Kev deslizaba la mano entre sus muslos. Estaba húmeda y caliente. Sólo para él, lo sabía, y entonces no pudo esperar más, se desabrochó el pantalón, pasó las manos por debajo de ella, la levantó y entró en ella...
El grito de Danielle al alcanzar el clímax atravesó la noche. Se agarró del cuello y se levantó con su cuerpo temblando alrededor de él, las uñas clavadas en su espalda. Kev recorrió el Camino del éxtasis con ella, permitiendo que la primera contracción de sus entrañas le llevaran hasta el límite de la locura.
Pronunciando su nombre, Salomé se derrumbó entre las almohadas. Kev echó la cabeza para atrás, gritó y entró con ella en el paraíso.


Danielle había oído que los franceses se referían al orgasmo como le petit mort. La pequeña muerte. La frase le había parecido elegante pero imposible. En ese momento, supo que era verdad. Podría haber muerto de placer en los brazos de su amante.
Transcurrieron unos largos segundos. De algún modo, consiguió hacer entrar el aire en los pulmones. Kev rodó a un lado con un brazo todavía alrededor de ella.
-Mi Salomé -dijo con suavidad, besándola en los ojos cerrados.
Su Salomé. Su corazón se derretía cuando la llamaba por ese nombre que sólo les pertenecía a los dos.
-Kev -dijo ella con la misma suavidad-. Me alegro tanto de que tengas razón.
-Tengo mucha razón -dijo, riendo blandamente.
-Sí, oh sí, sí que la tienes. Pero me alegro de que tú... tú...
-¿Te alegras de qué, cariño?
-Estés vivo.
¿Era su imaginación o se había separado un poco de ella?
-Sí, bueno... -se aclaró la garganta- yo también -pasó un segundo, volvió a aclararse la voz-. Si te importaba ¿por qué nunca...?
-Nunca, ¿qué?
-Nunca llamaste -dijo, tratando de disimular cómo se sentía, como un niño que lo había perdido todo porque sin ella así era. Se apoyó en un codo y la miró a la cara en sombras-. No me buscaste, Salomé -dijo con aspereza-. Y te necesitaba. Te anhelaba, pero tú no...
-Llamé -dijo Danielle, tapándole la boca con la mano-. Todos los días, todas las noches. Todo el tiempo que estuviste en el hospital.
-¿Sí?
-Casi perdí la cabeza por no estar contigo. Pero después de lo que me habías dicho, que no me querías...
-Estaba mintiendo, cariño. A ti y a mí. Hubiera dicho cualquier cosa para que te quedaras en la habitación -la besó-. Además tenía miedo de admitir que te amaba.
-Pensé... creí...
-¿Es por eso que no viniste a verme cuando estaba en el hospital?
-No podía ir -dudó-. Estaba enferma, Kev.
-¿Enferma? -se calló y la atrajo hacia él. Danielle pudo sentir la ligera aceleración de su corazón-. ¿Qué pasó? ¿Por qué me lo ocultaste?
-Una infección en el pie. No podía decírtelo, quiero decir, al principio estaba demasiado enferma y después, cuando estaba mejor... -un sollozo hizo que se detuviera-, sabía que tú no me querías.
La besó y casi podía sentir el amor fluyendo de su corazón al de ella.
-Te quería todo el tiempo, Salomé. Esas interminables semanas en el hospital... Tú eras en lo único en que pensaba.
-Entonces... entonces, por qué... -las lágrimas inundaron sus ojos-. Cuando supe que habías salido del hospital, empecé a tener esperanza. Cada vez que sonaba el teléfono, cada correo.. si alguien llamaba a la puerta, mi corazón decía, es él, es Kevin, ha venido. Y.. y tú nunca...
Empezó a llorar, Kev le acarició los labios con los suyos.
-Salomé -dijo con dulzura-, mi dulce Salomé, no podía ir a buscarte. Eras mi bailarina dorada. Mi Salomé. Mi amor eterno -soltó una risa rota-. Sólo había un problema, cariño, no sabía cómo te llamabas.
Danielle se echó hacia atrás y lo miró.
-¿Qué?
-Tu nombre real. No lo sabía. Por eso no fui a buscarte. No podía encontrarte. Volé a Dubai. Contraté un detective. Hice de todo... Incluyendo volver locos a mis hermanos -su sonrisa se desvaneció-. Y cuando ya había perdido la esperanza, mi padre me llevó a ver un espectáculo a...
-Al Music Hall. ¡Sabía que estabas allí! Lo sentí, Kev.
La besó largamente.
-Siento haberte asustado esta noche.
-Me emocioné cuando me di cuenta de que eras tú...
-Salomé, quiero decir, Danielle...
-No -lo besó-, Salomé -susurró-. Me gusta mucho más.
-No voy a volver a perderte.
-No te dejaría.
-Tengo que tenerte donde pueda verte -sus ojos se oscurecieron. Se inclinó sobre ella y la besó en el cuello-. En la Cama, conmigo.
-Mmmm.
-¿Alguna objeción?
-Mmm -dijo Danielle, y movió suavemente las caderas.
-Por supuesto -dijo él con voz profunda-. Puedo plantearlo de otra manera.
-¿Sí?
-Salomé, mi amada bailarina, ¿quieres casarte conmigo?
Danielle le respondió con un beso

1 comentario:

  1. Awwwwwwwwwwwwww!!!
    No puedo qreer qe nadie aiia qomentado!!!
    Eztuvo ermozizimo!!!!
    Ezpero lleguez a leer mi qomentario!!
    No ze zi ezte variaz vecez zubido
    xqe mi qompu eezta rara!!
    azi qe zi ezta variaz vecez zorry!!
    Erz una grane ezqritora!!
    Bezoz!
    xoxoxooxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoo

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..