sábado, 18 de diciembre de 2010

Novela Niley 05 - Cautiva en su cama!!!!


Nick recorrió un sendero lleno de basura y entró. Tocó la campanilla que había en el mostrador de recepción. Después de un minuto, se abrió una puerta y un tipo se acercó frotándose los ojos, con la camisa medio desabrochada y la cara deformada por un bostezo gigantesco.
-¿Quiere una habitación el señor?
Nick le dedicó su mejor sonrisa.
-Tengo una reservada -dijo.
Bueno, era su novia quien la tenía, dijo poniendo la foto de Miley encima del mostrador, el problema era que no recordaba el número. Ah, y tampoco tenía la llave y quería darle una sorpresa. Su actuación fue recibida con una mirada sin pestañear.
Sacó algunos billetes del bolsillo y los puso en el mostrador. El chico agarró los billetes y le dio una llave marcada con el número 204.
Nick subió las escaleras. Recorrió un largo pasillo hasta la puerta correspondiente y acercó la oreja a la madera. No oyó nada. Con cuidado, introdujo la llave en la cerradura. La giró. Abrió la puerta. Miley no estaba, pero sí algunos objetos de mujer. Un bolso. Una maleta pequeña abierta encima de una silla. Ropa tirada encima de la cama.
Podía sentir su aroma. Ya lo había notado en su habitación en la villa. Una fragancia suavemente femenina que recordaba a un campo lleno de flores bajo un cielo azul claro.
Nick cerró la puerta. No había mucho en la maleta. Ningún paquete de coca. Sólo un par de camisetas aún con las etiquetas colgando. Lo mismo que unos pantalones blancos de algodón. Algo de ropa interior. Lencería, lo habría llamado ella probablemente: unas bragas y un sujetador blancos.
¿Era así como le gustaba verla a Hamilton? ¿0 era así como le gustaba a ella que la viera?
Si fuera su mujer, la habría tenido entre seda. Rosa, marfil. Tonos pastel que contrastaran con el pelo y los ojos oscuros. Tangas de seda para poder apreciar la curva de sus caderas. Sujetadores de seda, de la clase que levantan los pechos de una mujer presentándolos como una ofrenda para su amante. 0 de esos medio transparentes que dejan ver la sombra de los pezones.
Nick sintió su propia erección. Era justo lo que necesitaba. Una colección de fantasías sobre una mujer que había huido dejando a su amante con la duda de si estaba viva o muerta. No le gustaba Hamilton, su arrogancia, su sinceridad forzada, pero ningún hombre merecía que le hicieran eso.
Rápidamente deshizo la cama para revisarla, revisó bajo el colchón, el suelo. Abrió los armarios. Vacíos. Lo mismo que el cajón de la mesilla.
Si Miley tenía droga, o estaba en su coche o la llevaba encima. Revisaría el coche y se sentaría en su Escalarle a esperar...
Escuchó pisadas acercándose por el pasillo. Cerró la puerta con llave y se aplastó contra la pared. Las pisadas se acercaron más. Se detuvieron. Una llave abrió la cerradura. La puerta se abrió. Nick, como una pantera, cerró la puerta, echó el cerrojo y agarró a su presa entre los brazos antes de que pudiera reaccionar.







Miley se quedó sin respiración.
Un fuerte brazo de hombre la sujetaba y la levantaba del suelo. Trató de gritar pero una mano le tapó la boca. Le dijo algo al oído, pero estaba demasiado aterrorizada para entenderlo.
Recorrieron tambaleándose la habitación, luchando, consiguió clavarle el codo en el estómago. Nada. Volvió a intentarlo. Dos codazos más, pero aunque se quejó, consiguió mantenerla sujeta.
Dio una patada a la mesa, que cayó con un gran estruendo. Una lamparita se hizo pedazos, pero no fue suficiente para que apareciera nadie en su ayuda. Otra patada. Esa vez consiguió golpearlo en la espinilla con el tacón. De nuevo un quejido de dolor.
Lo único que consiguió fue que el brazo que la sujetaba, la apretara con más fuerza.
-Maldita sea -gruñó el hombre, y aquello hizo que su pánico se disparara.
Su acento era norteamericano. Así que no había ninguna posibilidad de que fuera un ladronzuelo. Era el hombre que habían enviado a matarla.
Miley mordió la mano. El hombre maldijo de nuevo. Volvió a morderlo, sabía a sangre. Él le puso la rodilla en la base de la columna y tiró de ella de modo que el cuerpo se le arqueara. Le tapó con la mano la boca y la nariz.
-¡Para! No quiero hacerte daño.
No. No iba a hacerle daño, por eso la había seguido desde Cartagena, se había colado en su habitación, escondido tras la puerta y atacado. Sus movimientos eran los de un asesino profesional. Si se creía que diciéndole eso iba a estarse quieta, se equivocaba. Su lucha se volvió más furiosa. El hombre apretó más. La habitación empezó a volverse gris. Luchó por conseguir respirar y logró una preciosa respiración antes de que volviera a cortarle el aire.
-Tú eliges, nena -le dijo al oído-. ¿Quieres vivir o morir? Puedo adaptarme.
Mentía. La mataría, daba igual cómo, pero la mataría. De todos modos, si le seguía el juego, a lo mejor ganaba algo de tiempo.
Miley asintió.
-Chica lista -dijo, y la soltó.
Cayó al suelo como una marioneta a la que cortan los hilos y se golpeó contra la pared con la cabeza. Respirar era lo único que le importaba. Después de un momento, cuando dejó de jadear, miró al hombre que la había agarrado.
Nick fue hasta la ventana y se quedó de pie con los brazos cruzados y las piernas separadas. No podía verlo muy bien, pero era evidente su fortaleza y su tamaño.
-¿Estás bien?
¿Que si estaba bien? Le dieron ganas de echarse a reír. Casi la había matado. Aunque no lo había hecho.
No respondió. Lo miró con detenimiento unos segundos, entonces él fue hasta un lavabo que había en un rincón, llenó un vaso con agua y se lo tendió.
-Bébetelo.
Tuvo ganas de decirle qué podía hacer con el vaso, pero eso sólo serviría para empeorar las cosas. Aceptó el vaso, se lo bebió y se lo devolvió. Jugaría a ser pasiva. A lo mejor eso le dejaba un resquicio.
Sus dedos rozaron los de ella al tomar el vaso. Su piel era cálida, casi caliente. Estaba congelada, pero era lo normal cuando sales de una subida de adrenalina. Además todo lo que llevaba era un fino albornoz de algodón. ¿Sabría él eso? Seguramente sí, después de lo fuerte que la había sujetado. Miley sintió un escalofrío y se cerró un poco más el albornoz. Ese hombre sería capaz de cualquier cosa.
-Bueno -dijo él con tono suave, casi perezoso-. ¿Quieres decirme algo?
Levantó la vista. Estaba de nuevo frente a la ventana. Era sólo un contorno.
-¿Qué quieres que te diga?
-Venga, Miley. No perdamos el tiempo. ¿Por qué fingiste tu propio secuestro?
-Fingir mi qué... -negó con la cabeza-. No sé de qué me hablas.
-De la preocupación de tu novio.
Liam. Sí. Se habría sorprendido si no se hubiera preocupado.
-Creyó que te había pasado algo, y lo que había sucedido era que habías decidido huir de él. La única pregunta ahora es ¿dónde está?
Se le paró el corazón. Intentó no reaccionar para que su cuerpo no mostrara nada.

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