sábado, 18 de diciembre de 2010

Noevla Niley 06 - Cautiva en su cama!!!!



-Miley, hacerse la tonta no ayuda. Te he hecho una pregunta. ¿Dónde está?
-No me estoy haciendo la tonta. No entiendo la pregunta -con cuidado, intentando no hacer nada que le hiciera acercarse a ella, se incorporó ligeramente.
-Será todo más fácil si me lo cuentas.
¿Más fácil? Casi se echó a reír. Una vez que supiera lo que quería, dejaría de ser útil.
-Te lo he dicho -dijo ella con cuidado-. No sé de qué estás hablando.
Fue hacia ella. ¡Era enorme! Y ella estaba allí, tirada en el suelo. Tenía que considerar sus posibilidades. Ser pasiva era una cosa; sumisa, otra. Despacio, con lo ojos fijos en él, se levantó.
-Tengo que vestirme.
La recorrió con la mirada, deteniéndose en la protuberancia de los pechos. Decidió mostrarse un poco más asertiva.
-¿No me has oído? Quiero vestirme, tengo frío.
-Estamos en Colombia, prácticamente en el Ecuador. Nunca hace frío.
-Acabo de ducharme. El agua estaba fría y las toallas húmedas, y yo...
-Húmedas -dijo.
Su voz había Cambiado. Era más grave. Contuvo la respiración. Mencionar la ducha no había sido una buena idea. Era evidente por su tono y por la forma en que la miraba. Miley bajó la vista y vio la marca de sus pezones a través del albornoz. Sintió miedo. Tenía que cambiar de estrategia, personalizar al enemigo. Su entrenamiento había sido corto, pero había aprendido algunas cosas.
-No me... no me has dicho cómo te llamas.
-¿Importa?
-Sí, importa.
Era mejor olvidar la sumisión, la pasividad. Miley se echó el pelo hacia atrás.
-Irrumpes en mi habitación, revuelves mis cosas, me acusas de... de cualquiera sabe qué...
-Y tú -dijo con suavidad- ni siquiera preguntas por qué. Interesante, ¿no crees?
Ya podía verlo con claridad. Era flaco. Sus hombros, embutidos en una camiseta de algodón, eran anchos; su vientre, liso; sus caderas, estrechas; y sus piernas, metidas en unos vaqueros, largas. Tenía un cuerpo de anuncio de coche caro.
Lo miró a la cara. Era difícil no reaccionar. Había esperado un monstruo y se encontró con una belleza masculina. Espeso pelo negro. Profundos ojos verdes. Una nariz elegante, una boca cincelada y un mentón ligeramente dividido.
Contuvo una carcajada histérica. Nada de asesinos feos, ella se merecía un hombre que pudiera romper corazones tan bien como cuellos. Tenía que pensar en algo, y rápido.
-Tienes a Hamilton realmente embobado.
-¿A quién?
-¿Qué te he dicho, nena? No te hagas la tonta. Acabaré enfadándome -dibujó una ligera sonrisa-. A mí no me engañas. Sé cómo eres. Te escapaste con algo para hacer más fácil el viaje.
Le dio un salto el corazón. Había sido muy cuidadosa al copiar la lista y al dejar el original donde estaba. A lo mejor no lo sabía y simplemente estaba pescando.
-Te equivocas -dijo con una voz tan tranquila que ella misma se sorprendió-. No me he llevado nada. Huí de Liam porque... porque él... no me hubiera dejado romper.
-Ah, de pronto supiste los años que tiene Liam.
-¿Esperas que lo admita todo? Irrumpes en mi habitación, me atacas...
-Miley, Miley, ¿qué voy a hacer contigo? Mientes. Si te hubieras querido librar de tu novio, ya estarías en los Estados Unidos. Habrías tomado el primer avión a casa.
Piensa, se dijo, frenética. Piensa.
-Habría hecho vigilar los aeropuertos.
-Es un coronel, no es Dios.
-Trata de decírselo a él.
-Para ser sincero, Miley, no me importa lo más mínimo lo que sientas por ese hombre. Quiero lo que has robado. ¿Vas a decirme dónde está?
-¿Dónde está qué? -dijo con calma.
-Bien. Lo haremos por las malas. Vístete. Y deprisa. Quiero acabar con esto -ella no quería. 



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