miércoles, 1 de diciembre de 2010

Capítulo 7


SHALLA los condujo hasta una suite.
Después de dos días en una celda y una noche a través del desierto, a Danielle ya le hubiera parecido un paraíso cuatro paredes limpias y una ventana, pero aquello parecía el sitio ganador de un concurso de escondites románticos.
-Oh -dijo sin aliento.
Kev la tomó de la mano mientras recorrían las habitaciones.
-Me has quitado la palabra de la boca, cariño.
¿Cariño? Lo miró como si se hubiera vuelto loco. El sonrió, se llevó su mano a la boca y la besó. La sala era elegante, brillante, con jarrones de cristal llenos de flores. El centro del dormitorio era una enorme Cama cubierta de seda crema y carmesí. Incluso el cuarto de baño era espectacular, con paredes pintadas al fresco, suelo de mármol blanco, grifos de cisnes dorados... y una bañera de mármol negro del tamaño de un lago.
-Espero que sea de su agrado, señor.
Kev asintió como si hubiera esperado semejante lujo en el último extremo de ningún sitio.
-Está bien, gracias.
Danielle carraspeó.
-En realidad... me estaba preguntando si habría un segundo dormitorio en algún sitio...
Kev apretó los dedos alrededor de la mano de ella.
-Está bien así, mi amor. Supongo que Shalla ya está al corriente de nuestro secreto.
-Nuestro... -dijo Danielle, parpadeando.
-Seguro que no somos los primeros amantes que se fugan y encuentran cobijo aquí, ¿verdad, Shalla?
La mujer del pelo plateado sonrió.
-Tiene usted razón, señor, y estamos encantados con su presencia. Arreglaré todo para que les traigan comida y ropa.
-La señora y yo estamos abrumados pos su generosidad, ¿verdad, cariño?
Sólo una loca no habría estado de acuerdo.
-Abrumados -repitió Danielle.
La sonrisa de Kev desapareció de su rostro en cuanto se cerró la puerta.
-Al fin solos -dijo lleno de placer, pero con los ojos aún en alerta.
-¿Amantes? ¿Amantes en fuga? Estás lo...
La abrazó y la besó.
-Ni una palabra más -susurró-, hasta que revise todo.
-Quieres decir, estás pensando que... -se mordió el labio-. Oh.
-Sí -dijo con una sonrisa glacial-. Oh.
Lo siguió de habitación en habitación, mirándolo mientras examinaba los muebles, las lámparas, incluso las molduras.
-Nada de bichos, nada de cámaras. Estamos bien.
-Crees que Shalla miente cuando dice que esto es un santuario.
-Creo que somos unos estúpidos si damos las cosas por sentadas.
-Tienes razón. Debería haber pensado... ¿Qué haces?
-Desnudándome. Quiero bañarme.
-Bueno, sí, yo también, pero...
-Pero -dijo tranquilamente- quieres ir primero -le dedicó una sonrisa-. Ningún problema, Salomé. La bañera es lo bastante grande para los dos.
-No voy a bañarme con... -se quedó sin respiración al ver que seguía quitándose la ropa-. ¿Por qué haces eso?
-¿Hacer qué? -hablaba con calma, pero se notaba tensión en su voz.
-Desnudarte como si yo no estuviera aquí, no es... no es muy educado.
-Dame un respiro, nena. Te he tenido debajo de mí, te he metido la mano entre las piernas. ¿Piensas que voy a creerme que ver cómo me desnudo es demasiado para una dama como tú?
-¡Eres repugnante!
Tenía razón. Se estaba extralimitando ofendiéndola, y maldita sea si sabía por qué lo estaba haciendo... A no ser que estuviera molesto por su actuación, por el modo en que pretendía hacerse la inocente cuando le convenía y después desmelenarse entre sus brazos cuando parecía mejor opción. Había sólo un modo de hacer desaparecer esa tensión que había entre los dos, y desde luego no iba a detenerse a hablarlo con ella.
-Venga -dijo mientras tiraba al suelo la Camiseta-. Desabróchate la Camisa y... -levantó las cejas al ver que ella estaba mirando su brazo-. Es un tatuaje, un águila. ¿No lo habías visto antes?
Lo miró a los ojos, y dijo:
-No.
-Mira más cerca. No muerde -esbozó una sonrisa sexy-. Podría, pero si lo hiciera, te gustaría.
Se acercó a ella flexionando deliberadamente el brazo de modo que ella pudiera ver el tatuaje y apreciar el bíceps con todo detalle. El águila, con las alas abiertas y las garras extendidas, le quedaba perfecta.
-Bueno -dijo en tono áspero-. ¿Qué te parece?
Danielle apartó la vista de él y luego volvió a mirar el tatuaje. El águila era bonita, un depredador eficaz. Al mirarla se imaginó cómo se sentirían sus presas al verla caer desde el cielo. Supo con certeza que lo que iba a continuación era inevitable.
-Salomé.
Levantó la cabeza. Kev dio un paso adelante, enterró los dedos de una mano en el pelo dorado, le sujetó la cabeza y la besó.
-No -susurró, pero al mismo tiempo se apretaba contra él, pasándole los brazos por detrás del cuello y separando los labios para que pudiera deslizar la lengua dentro de su boca.
-Así -dijo él, atrayéndola más y apretándose contra ella de modo que pudiera notar cuánto la deseaba-. Así.
Danielle echó la cabeza para atrás, y él descendió besándola por la garganta, mordiendo suavemente la suave piel y luego volviéndola a besar. Bajó las manos por sus brazos y después la abrazó con fiereza.
-Dilo -susurró-. Dímelo, Salomé. Dime que era esto lo que estabas deseando.
Danielle temblaba. Tenía razón. Lo deseaba. Lo anhelaba desde la primera caricia. Era su caballero, y ella era... Era su Salomé. Era la mujer que él deseaba. Una seductora que vivía de los placeres de la carne, que podía acostarse con él y no mirar atrás.
¿Quería ella que un hombre así se llevara su virginidad?
-No, Kev -se retorció contra él, pero él no paró. Sus manos por debajo de la Camisa, acariciando sus nalgas- . Para -dijo con voz cortante-. No quiero hacer esto.
Al principio pensó que no le había oído o que no había querido oírla. Después de lo que le pareció una eternidad, bajó los brazos.
-Juegas a un juego peligroso, Salomé.
Su mirada era tan fría y dura como el vidrio. Por primera vez desde que la había tirado desde el Hummer, Danielle sintió una serpiente de temor en su vientre, pero sabía que era mejor no demostrarlo. Si no era lo bastante fuerte para hacer frente al ataque de un águila, tenía que tener el valor suficiente para asumirlo.
-He cometido un error.
-Ya lo creo.
-Me he dado cuenta de que... de que no quiero hacer esto. Quiero...
Gritó cuando la agarró de las muñecas y se la llevó tras él.
-Sé exactamente lo que quieres -rugió-. Que me suba por las paredes porque me has calentado tanto, que mi cerebro se ha hecho papilla.
-¡Te equivocas! Y me haces daño -trató de soltarse desesperadamente-. ¡Suéltame! Si no me sueltas...
-¿Qué? ¿Gritarás? -rió a carcajadas-. No importa lo que Shalla escuche proveniente de esta habitación, no hará nada. No ha Cambiado nada en esta parte del mundo en miles de años, Salomé. Aquí no han oído hablar de los derechos de las mujeres -su sonrisa se ensombreció, y acercó la cara al rostro de ella hasta que los separaban unos pocos centímetros-. Yo tengo el mando. Tú eres desechable. ¿Lo entiendes?
El rostro de Salomé se había quedado sin color. Estaba tratando de mantenerse de pie por todos los medios, pero estaba temblando como una hoja.
Demonios, pensó, y se apartó de ella dejando caer las manos con un gesto exagerado, como si se hubiera dado cuenta de que estaba tocando algo que nuca debería haber tocado.
-Estoy harto de esto, Salomé. Báñate, haz lo que te dé la gana. Pero cuídate de mantenerte lejos de mí, porque si vuelves a jugar conmigo, te prometo que entonces ganaré.
Un sollozo le estalló en la garganta mientras pasaba volando al lado de él.
Kev casi se echó a reír. Cualquiera que hubiera visto aquella escena pensaría que era una virgen huyendo para salvar su vida y que él, sin ninguna duda, era el villano.
La puerta del baño se cerró de un portazo. El pestillo sonó como el cargador de un rifle. ¿A quién le importaba? Era un gesto sin sentido. ¿De verdad se creía que un cerrojo podía protegerla si Cambiaba de idea?
Kev cruzó los brazos y miró la puerta. ¿Cómo era que no se oía el sonido del agua en la bañera? Porque, pensó con desagrado, seguramente estaba apoyada en la pared partiéndose de risa después de su último número. Se apartó de la puerta del baño y recorrió la habitación como un tigre enjaulado. Seguía sin oírse el agua. Ella estaba ahí dentro, riéndose por su última victoria, y él estaba ahí fuera, gastando la alfombra.
Debía de estar cansada de disfrutar a sus expensas. Había abierto el agua y se estaría quitando la ropa. La Camisa, después el tanga. Se recogería el pelo que colgaría en doradas ondas encima de sus pechos. De pronto la habitación parecía sin aire.
Si creía al sultán, había salvado su bonito cuello del hacha. La había sacado de Baslaam. ¿Y así le daba las gracias?
Provocándolo hasta tenerlo tan desesperado como a un adolescente con una mano en la entrepierna de su compañera y la otra en su...
Kev rugió de ira y lanzó el hombro contra la puerta. Una vez, dos.
La madera cedió e irrumpió en el cuarto de baño. Danielle se lanzó sobre él como un gato salvaje. Kev la esquivó. Agachó la cabeza y lanzó un grito apagado cuando el codo de ella le golpeó en el estómago. Era rápida y fuerte, y a lo mejor podría haberse enfrentado a otro hombre... Pero no a él.
Estaba loco de ira, de frustración, de necesidad. En algún rincón oscuro de su mente supo que había cruzado la delgada línea entre la civilización y las cavernas, pero no le importó.
Nada podía detenerlo, finalizaría lo que había empezado.
-¡Te mataré! -dijo ella, jadeando-. Hazme algo y te...
Agarró sus muñecas con una mano y las levantó por encima de su cabeza, utilizando su propio cuerpo para sujetarla contra la pared. Enterró una mano en su pelo, agarró un buen mechón con el puño y la besó sin piedad, mordisqueándola, metiendo la lengua entre sus labios cuando abría la boca para respirar. Ella se resistía con fuerza, le clavó los dientes en un labio haciéndole sangrar, pero no le importó. Esa noche, por fin, iba a tener lo que ella le había prometido.
Gritó mientras él metía la rodilla entre sus muslos, levantándola del suelo de modo que la imponente cresta que señalaba su erección, presionara contra el corazón de su feminidad.
-¿Te acuerdas de lo que te pregunté la primera vez? Te lo vuelvo a preguntar. ¿Cómo quieres que sea? Puedo hacerlo bueno para ti o puedo poseerte rápido, subirme la cremallera y largarme.
Un escalofrío recorrió toda la longitud de su cuerpo.
-0h, Kevin... Kevin...
Había algo en la forma de pronunciar su nombre que no había oído nunca en la voz de una mujer. Algo que decía que su temor ocultaba otro sentimiento, uno contra el que no estaba preparada. Incluso a pesar de ser presa de la furia, pudo escucharlo.
-Salomé -susurró... y ella tembló y levantó su rostro hacia él.
-Kev -dijo de nuevo, y se acercó más a ella y la besó.
La besó con una mezcla de hambre y ternura. Volvió a decir su nombre, después la tomó entre sus brazos y la llevó a la Cama. La dejó sobre las almohadas. En sus ojos había lágrimas, pero en esa ocasión brillaban como estrellas. Su boca estaba roja e hinchada por sus besos.
Kev le había mentido. Nunca la habría hecho suya a la fuerza. Deseaba aquello, necesitaba escucharla pidiéndole que la poseyera. Quemándose por él como él ardía por ella.
-Dime -dijo como había hecho antes... Excepto que esa vez ya conocía la respuesta.
-Kevin -dijo, dibujando una sonrisa en sus labios-. Por favor, hazme el amor.
Se echó a su lado y buscó los botones de la Camisa. Desabrochó uno. Después otro, pero tenía los dedos torpes y rugió de frustración, agarró los extremos del tejido de algodón, dio un tirón y la abrió, haciendo aparecer los pechos desnudos.
-Eres preciosa -dijo, inclinándose sobre ella y besando su dorada piel, lamiendo uno de los pezones de melocotón y después introduciéndolo en su boca.
Ella dio un pequeño grito y se arqueó hacia él.
-Tan hermosa -dijo, y deslizó una de sus manos dentro del tanga.
Estaba caliente. Húmeda. Para él, sólo para él. Ella gimió, pronunciando su nombre cuando él encontró su hinchado capullo entre los dulces pliegues y lo acarició.
Los ojos de Danielle se oscurecieron por el placer, y él se encontraba cercano a perder el control.
«Afloja un poco», se dijo, pero su cuerpo actuaba ya por su cuenta. No podía esperar.
Lo haría rápido la primera vez, sólo desabrocharse los vaqueros, entrar en ella, llevarla a la cima y llegar con ella hasta el sol. Después le haría el amor despacio, descubriría todo lo que la excitaba, le miraría a la cara mientras llegaba al orgasmo y después se vaciaría dentro de ella...
De pronto, su cabeza volvió a la realidad mientras una terrible verdad se materializaba.
No tenía preservativos.
-¿Kev? Kev, ¿qué pasa?
La miró a los ojos, lagos azules a la luz de la tarde. Y se planteó cómo sería entrar en ella sin protección. Deslizarse dentro de todo ese calor. Montarla bocarriba. Sólo el pensarlo lo llevó peligrosamente cerca del límite. Con cuidado, ignorando los gemidos de ella, se apartó.
-No podemos hacerlo -dijo bruscamente.
-Pero creía que... que los dos queríamos...
Se inclinó y la besó con fuerza.
-Sí, corazón, pero no tengo preservativos.
-Ah, preser... -se ruborizó-. Oh.
-Sí -durante un segundo se sintió como si volviera a tener diecisiete años, un muchacho en continua erección y siempre con una goma en la cartera.
-Pero tú no... -dudó. Se le notaba en la garganta que le costaba tragar, como si lo íntimo de la conversación la avergonzara-, no lo necesitas. Es... es seguro.
¿Seguro? De ninguna manera.
-Tomo la píldora, Kev. Porque... porque tengo el ciclo irregular. Le ocurre a algunas bailarinas -Kev sintió que se le hacía un nudo en el estómago. ¿Porqué una conversión tan enrevesada cuando los dos sabían por qué tomaba la píldora?-. Es por culpa del ejercicio.
Oh, sí. Seguramente hacía un montón de ejercicio.
-No es una de esas píldoras que tienes que tomarlas todos los días, así que...
-Eso está bien -dijo con frialdad, dando la bienvenida a su rabia que era más segura que lo que sentía un par de minutos antes. Sonriendo, se alejó de ella-. Gracias, pero hay algo más que considerar que el embarazo...
-Quieres decir... que... ¿estás hablando de enfermedades?
Quería zarandearla hasta que le sonaran los dientes. Parecía tan inocente como una colegiala. ¿Cómo se le había olvidado lo buena actriz que era?
-Sí -dijo con frialdad-. De eso exactamente.
-Yo no... quiero decir... no puedo... -su rubor se hizo más profundo-. ¿Kev? Yo no...
-Sí. Estoy seguro de que no. Probablemente tendrás un certificado del Departamento de Sanidad que lo demuestra -sonrió, mostrando los dientes.
El rostro de Danielle pasó del rojo al blanco en un instante.
-Eres un canalla.
-Cambia ya de expresión. Estoy cansado. Vete a bañarte. Veré qué hay de la comida de la que ha hablado Shalla.
-Prefiero morirme de hambre antes que comer con...
Pero Danielle estaba hablando sola. Kev ya se había marchado de la habitación.


Vete a bañarte. ¿Era eso lo que había dicho?
Kevin Jonas no podía decir nada que no fuera una orden. Además, prefería estar llena de mugre antes que meterse en esa obscena bañera. El lavabo, agua caliente, jabón y una toalla serían suficientes.
Limpia y casi en carne viva de tanto frotarse, como si fuera posible quitarse las huellas de las manos de un hombre, Danielle abrió un armario que había en el baño y lo encontró lleno de túnicas de seda -caftanes, supuso-, de todos los colores del arco iris. Eligió uno a ciegas, se lo puso sobre la piel desnuda y se lo abrochó desde el cuello hasta los pies. Había también babuchas a juego, pero cuando trató de meter los pies dentro de ellas, se retorció de dolor. Los dedos de su pie derecho estaban sensibles. Mejor andar descalza que arriesgarse a una lesión que podría afectar a su baile, pensó... y casi se echó a reír. Volver a bailar era la última de sus preocupaciones. Primero tenía que salir viva de allí. La mataba admitirlo, pero sabía que nunca lo conseguiría sola.
Si Kev la había abandonado... No. No podía preocuparse por eso. ¿No había algún antiguo refrán sobre preocuparse antes de tiempo?
En una pequeña caja lacada encontró pasadores de marfil para el pelo. Danielle se recogió el pelo en un moño flojo y se lo sujetó con un pasador.
La puerta del baño seguía sujeta por las bisagras aunque se mantenía de milagro en el marco. La abrió con cautela. La habitación estaba vacía. También la Balita. Alguien había estado allí, de todos modos. La habitación brillaba por las velas y había una gran mesa llena de comida y bebida. Danielle llenó de agua una copa de cristal y le dio un sorbo mientras salía a un balcón.
La luna brillaba como un Camafeo en medio del terciopelo negro del cielo iluminado con mil millones de estrellas. Los jardines se extendían en todas las direcciones, las flores llenaban de su aroma el aire de la noche. Debajo del balcón, las antorchas iluminaban una piscina azul celeste.
El lugar era maravilloso, pero hasta el decorado de un ballet parecía más real. Kevin Jonas no era un príncipe ni ella una princesa esperando a que la despertaran con un beso. Las cosas que allí lo hacían tan atractivo, por la testosterona que generaba la necesidad de sobrevivir, serían horribles en cualquier otro sitio. Se sentía avergonzada sólo de pensarlo, pero la verdad era que acostarse con él hubiera sido... hubiera sido lo mismo que irse a vivir a un suburbio.
Kev no tenía ninguna de las cualidades que siempre le habían gustado en un hombre.
Danielle aguantó la respiración. Dio un paso atrás y se ocultó entre las sombras. Kev se dirigía a la piscina, Caminando como si fuera el dueño del mundo. ¿Qué estaba haciendo?
Sin prisa se quitó la Camiseta. ¿No se le había ocurrido que alguien podía estar mirando? Que ella... Se le quedó la boca seca cuando se quitó los pantalones.
¡Qué hermoso era! El rostro duro, peligroso. El pelo negro, largo y en ondas que le caía por debajo de la nuca. Los hombros anchos y el amplio pecho, el vientre liso...
Bajó un poco más la mirada. Seguía excitado. Increíblemente excitado.
El deseo la inundó. No tenía sentido mentirse a sí misma. Nunca lo hubiera admitido ante él, pero ¿cómo podía una mujer ver a ese hombre y no desearlo?
Se acercó al borde de la piscina y se lanzó al agua. El agua apenas se movió. Pasó un segundo y su cabeza salió a la superficie. Hizo un largo, se dio la vuelta y volvió a recorrerlo, una y otra vez hasta que perdió la cuenta. Al final, salió del agua y miró a la terraza. A Danielle se le paró el corazón. Luego se dio cuenta de que no podía verla. Pero ella sí podía verlo a él.
Todo ese ejercicio no había conseguido mitigar la frustración de Kev. ¿No sería estupendo encontrar la manera de empeorarla? La había acusado de provocarlo, pero no lo había hecho, porque si lo hubiera hecho, si de verdad hubiera querido volverlo loco...
«No lo hagas, Danielle», escuchó una voz dentro de ella. «Danielle, no».
Lo miró mientras se ponía los pantalones, cruzaba los brazos y miraba al balcón a pesar de que no podía verla. Danielle respiró hondo, cerró los ojos y dejó que la música sonara en su mente. Era un bolero. Le encantaba escucharlo, pero nunca lo había bailado.
No era sorprendente dado que ella bailaba ballet, pero lo que bailaría esa noche no sería ballet, sería una danza de nueva creación, pensada para mostrar a un hombre que la había despreciado lo que se estaba perdiendo.
Lentamente salió de las sombras a la zona iluminada por la luna. Miró hacia abajo y apreció cómo Cambió la expresión de Kev al verla.
Algo caliente y salvaje le recorrió la sangre, cerró los ojos, levantó la cabeza, empezó a balancearse y se sumergió en una música que sólo había en su cabeza. Arqueó el cuerpo y levantó los brazos hacia la luna, y el ritmo de su corazón y el de la música se fundieron.
El ritmo se fue acelerando. Se llevó las manos al primer botón del caftán. Despacio, sin dejar de moverse, desabrochó los botones hasta que la túnica colgaba abierta de los hombros, exponiendo a la noche su cuerpo desnudo...
El ritmo primigenio de la música inundaba sus sentidos. Danielle se quitó el pasador del pelo y lo dejó caer en ondas doradas sobre sus hombros. Se llevó las manos a los pechos y se los acarició, fue bajando las palmas de las manos por las curvas de su cuerpo, por el vientre hasta los muslos.
Se quedó completamente quieta, despacio, mientras la última nota de su cabeza se perdía en la noche, dejó caer el caftán al suelo. Desnuda, alzó los brazos a la luna, y fue consciente de que no había bailado para atormentar al hombre que la estaba mirando, había bailado para seducirlo.
El silencio se hizo en la brisa de la noche. Entonces escuchó a Kev pronunciar su nombre.
-Salomé.
Abrió los ojos y miró hacia abajo. Demasiado tarde. Kev ya estaba en marcha, desapareciendo de su vista al rodear la piscina.
Iba a buscarla. La puerta de la sala se abrió. Ella se giró en dirección al sonido y lo vio entrar en la habitación. Casi podía notar su calor, el aroma de su masculinidad.
Al mismo tiempo, estaba asustada. Se llevó las manos a los pechos y el sexo en un gesto ancestral de protección.
-Espera -susurró-. Kev...
Cerró la puerta de un portazo y fue hacia ella, apartando de una patada una silla que se interponía en su Camino. Cuando llegó hasta ella, la tomó entre sus brazos.
-Se acabó esperar, Salomé -dijo con fiereza mientras la tumbaba en la alfombra de seda.
-Kev -dijo-. Kev...
Pera ya no podía oírla. La besó, metió la rodilla entre sus muslos, la agarró de las muñecas y le puso los brazos por encima de la cabeza.
-Mírame -dijo-. Quiero verte la cara mientras te poseo.
Entró en ella de una vez, Danielle gritó y un escalofrío recorrió su cuerpo, después se quedó completamente quieta.
«Demonios», pensó Kev. ¿Podía ser cierto? Su Salomé era virgen

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