sábado, 25 de diciembre de 2010

Novela Niley 08 Cautiva en su cama!!!!

EL albornoz cayó hasta el final de la espalda y ahí se detuvo.
Incluso desde esa perspectiva, Nick podía ver que era muy bonita. Su piel era oro pálido, el pelo una cascada de chocolate con toques castaños a causa de la luz que entraba por la ventana.
Podría haber sido una pintura de Monet o de Renoir: Mujer vistiéndose. Un lienzo que admirarían miles de personas en cualquier gran museo.
Tenía una pequeña marca de nacimiento en un hombro, y otra, cinco o seis centímetros más abajo. Le gustaría apoyar la boca en la primera y recorrer con besos el camino hasta la segunda.
Recorrer con besos su espalda hasta la delicada hendidura de su base. ¿Qué sabor encontraría si llegaba con su lengua hasta allí?
¿Qué haría ella si se acercara en ese momento, la agarrara de los hombros y la besaba en el cuello? ¿Se recostaría en él? ¿Cerraría los ojos mientras le quitaba del todo el albornoz, descubría sus nalgas y se apretaba contra ella para que pudiera notar la potencia de su erección?
¡Diablos! No era un mirón. Desnudar a una mujer era un placer para un hombre. Lo mismo que mirarla a la cara mientras se desnudaba. Aquello era un trabajo. No tenía otra opción que mirarla...
Nick respiró hondo. ¿A quién quería engañar? Mirarla lo estaba encendiendo. ¿Cuánto hacía que no estaba con una mujer? Demasiado, era evidente...
Miley buscó algo en la cama. El movimiento hizo que su cuerpo se arqueara, apuntándolo con las nalgas. Ah, ¡se iba a volver loco! Pero tenía que mirarla. No había hecho un registro exhaustivo y podía tener un arma escondida. Bien, había encontrado lo que estaba buscando.
Se enderezó y se puso las bragas, utilizando el albornoz como pantalla.
Lista.
«No tan lista», murmuró una voz interior. Daba igual lo que hiciera, al final tendría que quitarse el albornoz. Cruzó los brazos. Volvió a mirarla.
Era evidente que estaba disfrutando, mirándola. Era una mujer nacida para excitar a un hombre. Podía cerrar los ojos y ver su rostro de aspecto inocente, sus pechos redondos, la suave piel que bajaba hasta la exquisita espiral de oscuros rizos que había vislumbrado antes.
Casi sintió pena por Hamilton. ¿Quién podía resistirse a semejante hechicera?
Ella se había quedado completamente en silencio. Cada centímetro de su cuerpo estaba en tensión. Era el momento de la verdad. Tenía que dejar caer del todo el albornoz para poder terminar de vestirse.
-Al menos podrías darte la vuelta -dijo ella.
-No -dijo fríamente.
Murmuró algo que Nick no pudo oír. Nick reprimió una risita; tenía que reconocer que tenía agallas. Pasaron un par de segundos y dejó caer el albornoz. Se le secó la boca. Se había puesto una de esas bragas de algodón blanco.
Las mujeres que conocía usaban seda y encajes. A él eso le gustaba. El tacto suave del tejido. La transparencia del encaje. Le gustaba el negro y el escarlata, colores que contrastaban con la delicadeza de la piel.
El algodón era para las camisetas y los pantalones y... ¿cómo podía estar tan sexy con esas bragas de algodón? ¿Sería su sencillez, la certeza de que lo que ocultaban eran lo más dulces secretos de su cuerpo?
¿Qué pasaría si se acercara por detrás, le mordiera suavemente en el hombro y deslizara la mano dentro de aquel algodón, envolviera con los palmas la suave piel de las nalgas mientras los dedos buscaban los delicados pétalos que envolvían su feminidad?
Maldición, si seguía así acabaría teniendo un problema.
Buscó algo más en la cama. Un sujetador. Se lo puso y lo abrochó. Bien. Podía volver a respirar. Después se pondría la camiseta... En lugar de eso se llevó las manos a las copas y, aunque no podía ver lo que hacía, se lo podía imaginar. Estaba haciendo eso que hacen las mujeres. Colocarse los pechos dentro del sujetador. Tocar la suave piel que él anhelaba acariciar, degustar... Se puso de pie de un brinco.
-Deprisa -dijo con frialdad-. Recoge el resto de tu equipaje, y pronto.
Se puso unos pantalones blancos de algodón, una Camiseta gris claro, unos zapatos y se dio la vuelta completamente vestida. Tubo que apretar los dientes para no ir hacia ella y tumbarla en la Cama. Era la situación, tenía que ser eso. Peligro, riesgos, lo desconocido... Añade una mujer de buen ver y acabarás bien caliente.
Algo de color había vuelto a la cara de Miley. La prefería asustada, sería más fácil de manejar y más rápido averiguar lo que quería saber.
-Ven aquí.
-Pero has dicho... -dijo, señalando la maleta.
-Sé lo que he dicho. Ven.
Fue hacia él despacio, mirándolo a los ojos. ¡Vaya ojos enormes, del color del café, aunque había algunas trazas de verde y oro en el iris!
-Apoya las palmas de las manos en la pared y abre las piernas.
-¿Qué?
-¿Tienes algún problema de audición? Apoya las manos y abre las piernas.
La boca empezó a temblarle. Nick estuvo a punto de decirle que lo olvidara: la había visto desnuda, sabía de sobra que no llevaba una pistola...
Pero aquello no era por las armas, era por mantener el control.
-Venga -conminó.
Se dio la vuelta. Apoyó las manos en la pared. Dio un paso atrás... y, claro, separó las piernas.
Nick se acercó. Le agarró los pechos. Se aseguró de tocarla de un modo impersonal, pero ella saltó como si la hubiera rozado con un hierro al rojo.
-Estate quieta.
-¡No! -se volvió hacia él-. No puedes hacer esto. No tienes derecho.
-Te equivocas, nena, tengo todo el derecho.
-¡Y una mierda!



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