miércoles, 1 de diciembre de 2010

Capítulo 8

UNA virgen? ¿La mujer que le habían llevado vestida como una hurí? ¿Que había llegado a Baslaam como juguete sexual de Asaad? No había error, sentía la frágil barrera que la protegía de la penetración completa. El sudor le empapaba la frente. Cada músculo de su cuerpo gritaba de tensión mientras luchaba contra el deseo de entrar más dentro de ella.
-Salomé -dijo con voz ronca-, ¿por qué no me lo has dicho?
-Lo intenté. Antes, cuando dijiste que no tenías preservativos, pero...
-Oh, qué imbécil he sido.
-Shh. No importa. Sólo... sólo... -se movió, un delicado movimiento de sus caderas pero suficiente para hacer que él cerrara los ojos y rugiera.
-No... no hagas eso, cariño. Sólo... sólo, estate quieta. Yo me saldré, y tú... -el aliento se le escapó entre los dientes, ella se había vuelto a mover, había empujado contra él con una sutileza que nunca se hubiera imaginado.
Lo deseaba. El ser consciente de ello lo llenó de una alegría que lo conmovió. Su bailarina dorada nunca había estado entre los brazos de un hombre.
Y le deseaba a él. Pero era virgen. Virgen. Un inusual regalo en ese mundo brutal.
¿Cómo podía entregarle su inocencia? No lo había pensado bien. El peligro. La adrenalina. No, ella no lo había pensado bien, además... Además él no deseaba ese regalo.
Era valiente y fuerte y guapa, su Salomé, y su virginidad pertenecía a otro, no a alguien como él. No a un hombre que conocía el mal mucho más de lo que le gustaba.
Si había hecho algo bueno en su vida, sería eso.
-¿Kev?
Aquel susurro estaba lleno de preguntas, pero sabía cuál era la única respuesta que tenía sentido. Despacio, muy despacio, empezó a retirarse de ella.
-No -dijo ella, y tensó los músculos alrededor de él.
El corazón parecía un tambor en el pecho, ¿podía un hombre morir de placer? ¿0 hacer lo correcto?
-Shh -murmuró él-. Está bien, cariño.
Un escalofrío recorrió su cuerpo al culminar la separación total de ella. Danielle gimió en protesta, y él acarició su boca con los labios.
-Salomé -dijo con suavidad-. Perdóname.
-No podías saberlo.
-Debería haberte escuchado, corazón, pero soy demasiado testarudo.
-Entonces, escúchame ahora -lo miró a los ojos-. No quiero que pares -le agarró la cara con las dos manos-. Quiero que me hagas el amor, Kev, te quiero dentro de mí.
Su ruego era un tormento. De alguna manera, se las arregló para negar con la cabeza.
-Crees que eso es lo que quieres, pero no es así.
-Maldito seas, Kevin -las palabras eran fuertes, pero las lágrimas inundaron sus ojos-. ¿No me deseas?
Kev la envolvió con el caftán y la abrazó. La abrazó fuerte y la meció.
-Más de lo que he deseado nada en mi vida.
-Entonces por qué...
-Porque soy todo lo que has dicho que era. Cada cosa que me has llamado -le alzó el rostro y le apartó el pelo de la cara-. Te mereces a alguien mejor.
-¡No! No digas eso. Tú...
-Deja que te abrace, nena. Venga. Apóyate en mí.
El tiempo transcurría despacio. Podía sentir cómo el cuerpo de ella se iba relajando. Finalmente suspiró.
-Entiendo. Las chicas hablan. Algunas dicen que la virginidad es una carga.
-¡De eso nada! -le dio una palmada en el hombro y la separó lo justo para poderle mirar a los ojos-. Es un regalo, Salomé. Por eso es... -siguió con voz áspera-. Por eso es por lo que sólo quiero tenerte entre mis brazos. Porque me gustaría poder retirar todas las cosas que te he dicho.
-Creíste a Asaad. No te lo reprocho. Lo que te dijo tenía lógica.
-Debería haber descubierto la verdad desde el principio. Arriesgaste la vida para advertirme -hizo una pausa-. ¿Qué pasó? -sintió que un estremecimiento recorría el cuerpo de ella y decidió esperar un poco antes de volver a preguntar-. No importa, nena. No debería haber preguntado.
-Está bien. Quiero contártelo. Puede ser que al contarlo parezca menos real -Danielle tragó-. Estaba con una compañía de danza de tour por Europa del Este. Un día, durante un ensayo, un par de chicas y yo salimos fuera del teatro a tomar el aire. Una furgoneta se detuvo y salieron de ella varios hombres. Nos agarraron y nos metieron en la parte trasera. Yo creí que iban a matamos, pero una de las chicas dijo que eran cazadores de esclavas y...
-Y -dijo Kev con gesto severo- tenía razón.
Danielle asintió.
-Asaad me compró. Iba a... iba a usarme, pero entonces apareciste tú. Me dijo que me dejaría libre si... si hacía cosas contigo. Sabía que estaba mintiendo, pero tú eras estadounidense y me imaginé...
-Te imaginaste que aparecería en un caballo blanco y te salvaría -dijo en tono jocoso-, hasta que descubriste que era una versión americana de Asaad.
-¡No! -negó con la cabeza-. No eres como él, Kevin. Me salvaste la vida. Si no hubieras venido a Baslaam, si no hubieras escapado y me hubieras llevado contigo...
-Creo que te equivocas, corazón. Tú escapaste, yo sólo te acompañé.
Ella sonrió, como él esperaba, y parte de la tristeza abandonó sus ojos. Era una mujer impresionante. Si se hubieran conocido en otra parte del mundo. Si se hubieran encontrado en un entorno que no le hubiera hecho ser consciente de que no se merecía una mujer como ella, podría ser que las cosas hubieran ido bien. En otro lugar, en otro momento, hubiera podido recurrir a las galanterías. Salomé era guapa y brillante, cualidades que no habría podido resistir. Habría sido una persecución total. Hubiera mandado flores, la hubiera llevado a cenar, besado en la puerta de su casa, susurrado que odiaba tener que irse, y ella le hubiera invitado a entrar. Se habrían acostado, y él le hubiera dicho todo lo que había que decir, las cosas que ella merecía escuchar. Después de unas semanas o a lo mejor un par de meses, se hubiera marchado. Todo era muy civilizado, y las mujeres que entraban y salían de su vida conocían las reglas. Salomé no, y hubiera sido un cerdo si hubiera sido él quien la hubiera introducido en el juego. Sólo deseaba que ella no se sintiera tan maravillosamente bien entre sus brazos.
La movió con cuidado. La caballerosidad no le dejaba ir más allá. Si no la hubiera movido, la evidencia de su rampante deseo hubiera sido demasiado obvia. La besó con suavidad.
-¿Sabes qué? -dijo, sonriendo.
-¿Qué?
-Si no como algo pronto, las costillas se me van a juntar con la espalda.
-Se me había olvidado que eras un muchacho tejano hasta la médula -dijo, riendo.
-No es broma, cariño. Me muero de hambre, ¿tú no?
Sus tripas respondieron con un rugido. Kev soltó una risita, se dio la vuelta y se puso los pantalones.
-Vamos, señorita. Veamos si somos capaces de encontrar algo de carne entre lo que ha preparado Shalla.
Salomé rió mientras se ponía de pie. Sonriendo también, mantuvo su mirada en el rostro de ella mientras le abotonaba el caftán, pero cuando los nudillos accidentalmente rozaron su piel, se le escapó un gemido. ¿Cómo iba a hacer para sobrevivir a esa noche?


Charlaron mientras comían sentados alrededor de una mesa de cristal en el balcón. Después, gradualmente, Salomé fue quedándose en silencio. Kev le agarró la mano.
-Eh -dijo con suavidad-. ¿Por qué estás triste?
Porque nada de eso iba a durar. Porque él sí era el guapo príncipe que había despertado a la princesa dormida. Porque podían no conseguir sobrevivir. Porque si iban a dejar este mundo, quería saber que había, aunque sólo fuera un momento, pertenecido a Kevin Jonas.
-¿Cariño?
Danielle le acarició la mano. Kev se llevó su mano a los labios, y la besó.
-Kev -respiró hondo-. Quiero preguntarte algo. Si no quieres hacerlo... si crees que me estoy pasando...
-Salomé. Pregúntame lo que quieras.
-Has dicho... has dicho que no quieres acostarte conmigo.
-No -se aclaró la garganta-. Lo que he dicho es que no podía acostarme contigo, nena. Claro que quiero.
-Pero hay... quiero decir que hay otras cosas...
Su rostro se tiñó de rojo mientras se quedaba sin voz. Él la miró, y ella pensó en todas esas otras cosas y supo que él nunca sería lo bastante fuerte como para controlarse.
-Salomé. Cariño, tienes razón, hay otras cosas. Pero no soy un santo. Si pongo la boca en... -sólo pensarlo iba a hacer que llegara al orgasmo-. Si hago esas otras cosas, me temo que... que yo...
-Podemos bañarnos juntos.
Pronunció las palabras tan rápidamente, que al principio no estuvo seguro de haber entendido lo que había dicho.
-¿Un baño? -por primera vez desde que tenía más de trece años, se le quebró la voz-. ¿Juntos?
-Sí. En esa enorme bañera. Tú en un extremo y yo en el otro. Mucha espuma, de modo que nadie pueda ver nada y... -Danielle se cubrió la cara con las manos-. Oh, ¡no me mires así! Lo siento, no debería haber...
Kev le agarró las manos y se las apartó de la cara.
-Es una gran idea -dijo, valiente.
-¿Lo es?
-Sí -dijo, tragando-. Báñate, yo te acompañaré.
-No es lo mismo.
«Claro que no lo es», pensó él, pero sólo sonrió.


Kev se sentó en una especie de diván que había en el cuarto de baño mientras Salomé se preparaba para bañarse. Se daría la vuelta cuando llegara el momento. Mientras tanto, no había ningún peligro en mirarla abrir los grifos o elegir unas sales de baño de entre la fila de tarros de cristal que había al lado de la bañera. Nadie podía recriminarle tampoco por mirarla recogerse el pelo.
-Perfecto -dijo ella.
Perfecto, pensó él, e hizo un gesto de dolor al sentir la presión de su cuerpo.
Estaba de espaldas a él. Sabía que se estaba desabrochando los botones del caftán. Se deslizó desde sus hombros al suelo. Era el momento de dejar de mirar, pero no lo hizo. Sus ojos estaban absortos en las hermosas líneas de su espalda.
-¿Kev? -dijo con suavidad-. La bañera es tan profunda... ¿Podrías ayudarme a entrar?
Él asintió en silencio. Era más seguro que hablar, pensó mientras iba hacia ella. Si mantenía desviada la mirada, si ella no se daba la vuelta... Pero se la dio.
Despacio, lo bastante despacio como para hacer que se le parara el corazón, se dio la vuelta y se puso de cara a el.
-¿Kev? -susurró.
Todas las preguntas que una mujer podía plantearle a un hombre estaban en sus ojos. Todas las respuestas que él podía dar latían en su sangre. Lentamente dejó que su mirada bajara hasta sus pechos. Su vientre. El nido de dorados rizos en la unión de sus muslos.
Recordó la sensación de aquellos rizos en la palma de la mano. ¿Cómo sería la sensación de tenerlos en la boca? Quería enterrar su rostro en ellos, sentir cómo su aroma inundaba sus pulmones. Abrirla y ver su rostro mientras la besaba...
-Salomé -dijo con suavidad-, estás tratando de seducirme.
-Lo intenté una vez -dijo ella-. Y no funcionó.
Y los dos sabían que estaba volviendo a intentarlo. Kev no sabía qué hacer, si reír o llorar. Ella nunca había estado con un hombre; él había estado con no sabía cuántas mujeres y ¿se creía que podía seducirlo? Era más duro que eso, y los hombres duros no eran cobardes. Pensó en lo que ella le había pedido antes, si no había otras cosas que pudieran hacer en lugar de lo que ambos deseaban. Las había. Cosas que les darían a los dos momentos de dulce placer sin matarlo y, a lo mejor, le concedían a él alguna relajación. Kev sonrió. Se quitó los pantalones y tomó en brazos a su bailarina y entró en la bañera.
Todo lo que tenía que hacer era ponerla de pie, asegurase de que estaba estable... De algún modo ella se las arregló para abrazarlo del cuello. De alguna manera, cuando se sumergió en la bañera ella acabó sentada en su regazo. Tenía que moverla. Sus nalgas eran tan cálidas, tan femeninas... Otro pequeño movimiento. Mejor. No gran cosa, pero sí algo mejor.
-Bueno -dijo Kev-. ¿Qué tal así?
-Maravilloso -dijo, suspirando.
¿Estaban hablando del agua? ¿0 de la tensa carne de Kev, hinchada y dolorosa contra la de ella?
-El agua es tan agradable -bueno, estaban hablando del agua. Al menos ella sí-. Es mágica.
Ella era lo mágico. La notaba tan suave entre sus brazos. Tan bien. Tenía la cabeza apoyada en su hombro, y los ojos, cerrados. Las puntas húmedas del pelo se apoyaban en sus pechos, y su boca... Su boca parecía un pétalo de flor.
Kev inclinó la cabeza y le acarició la boca con los labios.
-Cariño -susurró.
Ella levantó la barbilla. Separó los labios. Su boca se aferró a la de él.
-Voy a bañarte, Salomé.
Su voz era áspera y grave. Su corazón latía desbocado. Con cuidado la levantó de su regazo y la puso de pie entre sus piernas. Después se puso una de las manoplas que había en el borde de la bañera. La metió en el agua.
-Primero la cara -susurró-, y el cuello -ella cerró los ojos-, y después... y después -lentamente deslizó la manopla por los pechos. Sintió cómo ella temblaba. Él también temblaba mientras seguía hacia abajo por su vientre, más abajo... La manopla se escurrió de sus dedos. Inclinó la cabeza, la besó en los pechos mientras deslizaba la mano entre sus muslos. Ella se quejó, y él mantuvo la caricia centrándose en esa parte prohibida.
-Eso... -dijo ella, echando la cabeza para atrás-, eso...
-¿Sí? -dijo con voz ronca. Su cuerpo ardía-. ¿Qué tal, Salomé?
Ella suspiró, y él incrementó la fricción recordándose que lo hacía sólo por ella. Por ella. No por él, no por...
Su grito atravesó la noche. Ese placer salvaje y elemental lo atravesó también a él. Lo había hecho, se lo había regalado a ella. Un sentimiento tan profundo, tan intenso, que lo aterrorizó.
Rápidamente se puso de pie y tomó entro los brazos a su dorada bailarina. Salió de la bañera con ella colgada de su cuello, con sus bocas unidas. Con cuidado la puso de pie y la envolvió en una enorme toalla. Volvió a besarla y a levantarla en brazos. La sacó del baño y la llevó a la Cama donde la depositó con el mismo cuidado que si fuera el tesoro más precioso del universo.
-No me dejes -susurró ella.
Nunca, pensó él. Nunca volvería a dejarla.
-Shh -dijo, y la besó.
Cerró la puerta de la sala y después encajó una silla en ella. La puerta del dormitorio no tenía cerrojo, una silla cumpliría su función. Cuando llegó a la Cama, Salomé estaba dormida.
Se sentó a su lado, sonriendo mientras la miraba. Estaba boca arriba con el pelo extendido por las almohadas. Era el retrato de la inocencia. Y en algún sitio Asaad estaría buscándola.
La sonrisa de Kev se apagó. Con cuidado para no despertarla, la besó. Después se tumbó a su lado, echó la colcha por encima de los dos y la rodeó con sus brazos. Salomé suspiró y apoyó la cabeza en su hombro; Kev le agarró la mano y la besó. Después cerró los ojos y se durmió.

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