jueves, 2 de diciembre de 2010

Capítulo 9


DANIELLE se despertó sola en la enorme Cama. En la oscuridad de la habitación había tal silencio que podía escuchar el latido de su corazón. -¿Kev?
No hubo repuesta.
-¿Kev? -repitió.
Sus ojos empezaron a acostumbrase a la oscuridad. La puerta que daba a la sala, estaba abierta. A través de ella, pudo ver a Kev de pie en el balcón. Suspiró de alivio, empezó a tirar de la colcha, pero se detuvo. A lo mejor necesitaba estar solo.
Ella no. Ella sólo quería estar con él, pero no había ninguna razón para que él sintiera lo mismo, especialmente después de lo que había pasado en la bañera. Le ardía la cara. A lo mejor estaba disgustado con ella. No podía creerse que hubiera sido tan atrevida. El sexo no le había interesado mucho nunca. La danza era una tiranía. No le dejaba la más mínima energía para otra cosa, pero entonces había aparecido Kevin Jonas... Y se había enamorado de él. ¿Cómo podía haber ocurrido? Sólo le conocía desde hacía un puñado de horas. Sí, pero habían vivido de todo en esas horas.
Danielle se sentó y se echó la colcha. No iba a preocuparse por lo que Kev pensara de ella. El tiempo era demasiado precioso como para perderlo.
Había una bata a los pies de la Cama. Se la puso, se ató el cinturón y cruzó el dormitorio en dirección a la sala, en dirección a Kev. Se detuvo cuando estaba casi en las puertas del balcón y se quedó mirándolo. Estaba de pie, con las piernas abiertas y las manos apoyadas en la barandilla. Llevaba puestos los pantalones aunque los tenía desabrochados, bastante bajos en las caderas. Su mirada recorrió los hombros musculosos y la espalda desnuda.
«Mi hermoso guerrero», pensó, y sonrió.
-¿Kevin? -dijo con suavidad.
-Salomé.
Quiso lanzarse a sus brazos, pero se había dado la vuelta y había algo en la rigidez de su postura que le hizo contenerse.
-¿Te he despertado? -preguntó.
-No, no, yo...
-Ven aquí -dijo con aspereza.
Le tendió los brazos y todo Cambió, el modo en que la miraba, la postura que tenía, el pesar que Danielle había sentido en el corazón. Se lanzó a sus brazos, y él la abrazó. Hacía frío, pero su piel estaba caliente. El aroma de las sales de baño lo envolvió y se mezcló con el aroma que ella amaba, el propio de él. Danielle se acurrucó. ¡Qué bien se sentía entre sus brazos!
-Hum -suspiró, y lo besó en el hombro-. ¿No tienes frío aquí de pie?
-Estoy bien -dijo con voz ronca-. Deja que te dé calor.
Kev desató el cinturón de la bata y metió sus manos por dentro. Danielle se apretó contra él y ronroneó como un gato.
-Qué bien -susurró Danielle.
Su intención realmente era sólo darle calor, pero su cuerpo iba a volver a dejarlo como un mentiroso. Cambió de postura con la esperanza de que ella no se diera cuenta.
Levantó la cara hacia él, y preguntó:
-¿Llevas mucho tiempo despierto?
-Un rato -dijo, encogiéndose de hombros.
-¿Qué te ha despertado?
Preguntas, pensó, preguntas sin respuesta. ¿Dónde estaba Asaad? ¿Habría encontrado ya su pista? Y la más importante de todas: ¿Cómo iba a hacer para proteger a su Salomé?
Pero a ella no le hacía falta escuchar ninguna de ellas. Habían encontrado un oasis de paz y no había ninguna necesidad de preocuparse todavía.
-Tenía sed -dijo-. Me levanté a beber agua. ¿Qué te ha despertado a ti?
El rubor ocupó sus mejillas, pero siguió mirándolo a los ojos.
-Te echaba de menos.
La besó. Después la envolvió con los brazos y apoyó la barbilla en su cabeza. A lo mejor estaba equivocado. A lo mejor era el momento de contarle algo de lo que estaba pensando.
-Se me ocurrió salir a echar un vistazo.
-¿Fuera? Deberías haberme avisado para que fuera contigo. Imagínate que te pasa algo.
-No -dijo feliz por el coraje de su respuesta-. Estamos seguros aquí.
-De momento.
Una parte de él quería mentir, pero las mentiras no la protegerían.
-Sí -dijo-. De momento. Quería echar un vistazo mientras todo el mundo duerme. Pensé que cuantos menos ojos hubiera mirando, mejor.
-¿Y qué has descubierto?
Dudó. Su bailarina merecía la verdad.
-Este sitio es como un reino místico. Un Shangrila. Creo que no ha tenido contacto con el mundo en cientos de años.
Se relajó dentro del abrazo.
-¿Por qué tengo la sensación de que eso no es bueno?
-Porque no hay nada aquí a lo que podamos recurrir -dijo sin rodeos-. Ni coches, ni teléfonos. Ni siquiera una radio.
-Tienes un móvil, y encontramos un GPS.
Había probado el móvil en el desierto, en la montaña, fuera del palacio hacía un momento. Sólo una solitaria línea había aparecido en la pantalla. Había marcado el número de su oficina para dar las coordenadas del GPS al contestador de la oficina, pero la solitaria línea de cobertura desapareció antes de que pudiera terminar.
-Bueno, podemos intentarlo otra vez por la mañana.
-Bien -dijo, y le sonrió.
Kev estaba mintiendo, lo notaba en su voz. Pero lo hacía para protegerla. Ésa era la clase de hombre que era. Era el hombre que había esperado..
No era que hubiera hecho un esfuerzo especial para mantenerse virgen, simplemente era que entre los estudios y el ballet, no había dedicado mucho tiempo a los chicos. Últimamente incluso menos. Ensayos y actuaciones le absorbían toda su energía y tiempo, además, los hombres con los que se había ido encontrando en su profesión, eran completamente repugnantes. En Las Vegas, donde había bailado para ganar dinero rápido y poderse pagar el irse a Nueva York, la mayoría de los hombres eran seres violentos acostumbrados a comprar todo lo que deseaban, En Manhattan, encontró hombres enamorados de su propia imagen.
La ciudad había sido lo que había conquistado su corazón. Era donde el ballet clásico vivía y respiraba. No había podido entrar en el Ballet de Nueva York, pero había conseguido un buen puesto en el Ballet de Manhattan.
Después había empezado una pesadilla, había sido rescatada por un extraño de hablar desagradable y había descubierto que no sólo quería que le enseñara todo lo relacionado con el sexo, sino que también quería mirarlo a los ojos y decirle que lo amaba.
Semejante locura. Era demasiado mayor como para creer en milagros. Kev no la amaba, pero eso no significaba que ella no pudiera amarlo. En ese momento, al día siguiente, siempre.
-Eh.
Parpadeó y lo miró.
-Vaya cara más larga, cariño -puso un dedo debajo de su barbilla y levantó su rostro-. No hay nada de qué preocuparse. Cuando se haga de día revisaremos todo -forzó una sonrisa.
-No tienes que protegerme de la verdad, Kev. Sé que estamos en una situación difícil.
-Lo estamos, pero ya se me ocurrirá alguna solución.
-Ya lo has hecho. Me salvaste la vida.
-Ya te he dicho que tú fuiste la que lo hizo, si no hubieras gritado, todavía estaría en aquel cuarto de baño.
-No -dijo, sonriendo-. Lo que he dicho antes era la verdad, te hubieras escapado, pero con un plan.
-Lo que yo he dicho también es la verdad. No te hubiera tenido a mi lado.
-Tus oportunidades hubieran mejorado.
-Error. Cien por cien equivocada. ¿Cómo has llegado a esa conclusión?
-Hubieras tardado menos solo.
-No es cierto. Has mantenido un paso que haría desplomarse a muchos tipos.
Una tímida sonrisa se dibujó en los labios de Danielle.
-¿De verdad?
-Claro que sí -inclinó la cabeza y le rozó la boca con los labios-. Te lo garantizo, Salomé. Y me gano la vida así.
-¿Así? -abrió los ojos de par en par-. ¿Quieres decir arriesgando tu vida continuamente?
-No. Bueno, a veces... Ahora... Hago trabajos que nadie quiere hacer. Mis hermanos y yo...
-¿Tienes hermanos?
-Dos. Estamos muy unidos. Nick, Joe y yo estuvimos en el ejército juntos. Después... trabajamos para una agencia del gobierno.
-¿El FBI?
-Nada con unas iniciales que te suenen -su tono se endureció-. He hecho cosas... Todos las hicimos.
-Cosas peligrosas.
-Sí, pero...
-Por tu país.
-Bueno, claro, pero...
-Alguien tiene que hacer esas cosas -dijo con suavidad- por los demás, Kevin.
La miró a los ojos. Se creía lo que decía. Era lo mismo que había creído él al principio. Demonios, todavía lo creía, en el fondo de su corazón sabía que era cierto. Lo que pasaba era que había terminado por cansarse. Las mentiras. El castillo de naipes en el que tratabas de vivir y que un buen día se te caía encima.
-Sí -dijo bruscamente-. Pero después de un tiempo empiezas a olvidarlo. Todos lo hicimos, Nick y Joe y yo. Entonces supimos que era el momento de irse, de volver a casa...
-A Dallas.
-Sí, y creamos Jonas, Jonas y Jonas, Especialistas en Manejo de Riesgos.
Danielle sonrió.
-0 sea, que sigues enamorado de lo emocionante.
Siempre lo había estado. Pero toda la emoción que necesitaba en ese momento estaba allí, entre sus brazos.
-Mi caballero con su brillante armadura -dijo ella riéndose. Tomó la cara de él entre las palmas de las manos, se puso de puntillas y lo besó-. ¿Cómo he podido tener la suerte de encontrarte en Baslaam?
Kev agarró las manos y se las llevó al pecho.
-Es una larga historia -dijo-. En resumen se puede decir que estaba allí por negocios, por mi padre.
-Entonces, ¿por qué Asaad quería que... te distrajera? ¿Por qué quería hacerte daño?
-Lo que quería era mi firma en un contrato, pero sabía que no firmaría. A lo mejor se imaginaba que si me agarraba cuando estuviera... -esbozó una sonrisa rápida-, distraído, hubiera sido más fácil de manejar. Sus hombres me hubieran dado una paliza y después me hubieran dejado claro que te harían... cosas a ti si yo no cooperaba.
Danielle no tuvo que preguntar qué cosas le hubieran hecho. En su lugar se concentró en lo que Kev había dicho sobre cooperar.
-Y, una vez que lo hicieras... Te habrían matado y se hubieran divertido conmigo.
Su voz se quebró. Kev cerró los ojos, tratando de contener la rabia que le crecía dentro y sabiendo que a ella lo que le hacían falta eran palabras tranquilizadoras y no enloquecidas promesas de matar a Asaad con sus propias manos.
-No tengas miedo, Salomé. No te tocará nunca, te lo juro.
-¿Cómo voy a tener miedo de nada -dijo suavemente- estando entre tus brazos?
Aquellas palabras fueron como -un cuchillo en el corazón de Kev. Le había hecho un juramento que era más un deseo que una promesa. Las cosas podían ponerse mal y, si lo hacían, sólo había un modo de salvarla del sultán. No quería pensar en eso. Lo que quería era llevarla a la Cama y hacerle el amor hasta que se olvidara de todo lo que no fuera él. Porque lo que sentía por ella era... era...
-¿Kev? Quiero... quiero darte las gracias por lo que me hiciste antes -se ruborizó-, en la bañera. Ha sido... ha sido muy generoso -¿generoso? Sonaba como un donativo benéfico-. Ha sido galante -lo último que se sentía era galante. Su cuerpo ardía-. Por eso he decidido dormir en el sofá.
-¿Qué?
-En el sofá de la sala. Voy a dormir en...
-No.
-Claro que sí. Sé por qué te has levantado de la Cama. No soy idiota.
-Me he levantado porque tenía sed.
-Te has levantado por mi culpa. Por eso voy a dormir en...
-¿De qué hablas? -primero le decía que lo deseaba, después le llamaba galante y a continuación insinuaba que carecía de autocontrol. No era cierto, tenía toneladas de autocontrol-. Dormirás conmigo en la Cama.
-No. Tienes que descansar.
-Yo decido qué necesito. Y vigila cómo me hablas, Salomé. Voy a perder la paciencia.
-Buenas noches, Kevin.
Cada vez que le llamaba de ese modo, le subía la temperatura por lo menos cinco grados.
-Me llamo -dijo, irritado- Kev.
-Que descanses.
-Salomé. Salomé, note atrevas a darme la espalda y largarte.
La miró con la boca abierta mientras se alejaba con la bata colgando de los hombros y el gesto de una reina que acaba de despedir a uno de sus súbditos. ¿Qué demonios pasaba? Hacía un minuto estaba entre sus brazos, dulce y sexy y, de pronto, estaba dándole palmaditas y diciéndole que se tomara las vitaminas.
-Maldita sea -gritó-. ¿Te crees que eres la única para la que todo esto es un problema?
-Yo no tengo ningún problema. Me hiciste eso tan generoso en la bañera y...
Tenso de ira fue tras ella, la agarró del hombro y le dio la vuelta.
-No te alejes así, ¡mujer!
-Por favor, cálmate, Kevin.
-¿Parezco así un hombre generoso?
-Era un cumplido.
-Bueno, pues no me gustan esa clase de cumplidos -gruñó, aunque algo dentro de él le decía que estaba haciendo el idiota-. Cumplidos es lo último que quiero de ti.
-¿De verdad?
-Sí, de verdad.
-Entonces, ¿qué quieres de mí, Kevin? -dijo con una sonrisa.
-Bruja -dijo con suavidad.
Ella sonrió. Se puso de puntillas, le pasó los brazos por el cuello y abrió la boca para dejar paso a su lengua mientras la levantaba del suelo y la llevaba en brazos a la Cama.
-Esta vez no voy a pararme -susurró.
-No te pares. No te pares nunca. No...
Kev se quitó los vaqueros y los arrojó a un lado, se reunió con su bailarina dorada y la besó una y otra vez. Aquello, pensó, aquello era lo que un hombre buscaba toda su vida, lo que él había buscado sin saberlo.
Danielle le agarraba el rostro y se lo llevaba a la boca. Se moría por sus besos, ¿cómo podía haber vivido sin ellos tanto tiempo?
-Tócame -susurró, arqueando su cuerpo hacia él y rodeando la cintura con sus largas piernas.
El monte de Venus rozaba su sexo en erección, y Kev gimió. Apretó los dientes sintiendo la descarga eléctrica de aquella dulce caricia a través de su sangre.
«Aguanta», se dijo, «échate para atrás».
Era su primera vez. Estaba listo. Estaba mucho más que listo, pero le quedaba algo de control. No mucho, pero sí lo bastante para saber que tenía que hacerlo bien. Hacer que fuera todo para ella.
Un rugido retumbó en su garganta. Ladeó la cabeza y chupó primero un dulce pezón y después el otro. Paseó la lengua alrededor de ellos hasta que Danielle se retorció de placer. Entonces fue bajando, besándola y dándole pequeños mordiscos en su bajada ponlas costillas, metiendo la lengua en el ombligo, frotando con la boca los dorados rizos en la unión de sus piernas.
-No -dijo ella- Kev...
-Sí -dijo él, agarrándola de las muñecas cuando trató de apartarlo-. Sí -dijo con voz profunda, y enterró la cara en aquellos suaves rizos, separando los labios y haciendo salir su centro del deseo, exponiéndolo a su vista y a su boca.
Lentamente pasó la lengua por el clítoris. Inhalando su aroma de mujer. Volvió a lamerlo una y otra vez hasta que un grito salvaje se escapó de la garganta de Danielle. Levantó la vista y la vio con la cabeza colgando entre los almohadones. Soltó las muñecas y deslizó las manos debajo de las nalgas, levantándola y volviendo a saborearla.
-Por favor -gimió ella ciega de deseo, agarrándolo de los hombros-. Por favor...
La penetró. Despacio. Sí, despacio a pesar de que su corazón parecía que se le iba a salir del pecho. Los labios de ella pronunciaron su nombre, y él se inclinó y le besó la boca, dejando que saboreara el sabor de su propia pasión. No iba a ser capaz de aguantar mucho más. La tensión de los músculos de la vagina se adaptaba perfectamente a su talla, los pequeños gritos de placer que surgían de su garganta, el sabor de su boca...
-¿Te hago daño? -dijo él-. No quiero hacerte daño...
Ella se movió. Volvió a moverse, y él supo que ya no había vuelta atrás.
En un rápido movimiento, Kev rompió la frágil barrera que protegía la inocencia de su Salomé. Ella gimió, abrió los ojos mientras él se quedaba quieto, esperando, mirándola hasta que vio lo que había deseado encontrar en su rostro. Brillo. Felicidad. Todo lo que se estaba desarrollando también en su corazón.
-Salomé, mi Salomé...
-Sí -dijo ella-. Oh, sí.
Podía sentir la oleada de energía pura que crecía dentro de él.
-Ahora -dijo, y ella gritó en éxtasis, Kev echó hacia atrás la cabeza y estalló en la profundidad, en la profundidad del dorado calor.

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