sábado, 12 de febrero de 2011

Novela Jemi - Desnuda en sus brazos - Prologo


Era un hombre fuerte, de un metro ochenta de estatura, y estaba muy, muy enfadado. Tenía el pelo negro como el azabache, los pómulos altos de su madre medio comanche y el mentón fuerte de su padre texano. Esa noche la bravura de su familia materna le corría por las venas con fuerza.
Estaba de pie en medio de una habitación donde la oscuridad quedaba interrumpida por la luz lechosa de la luna. Las sombras huían a los rincones, otorgándole al espacio una frialdad funesta; y el susurrar del viento entre los árboles en el exterior de la casa se añadía a la sensación de desasosiego.
Los inquietos movimientos de la mujer que dormía en la gran cama con dosel eran fruto de todo ello.
Estaba sola, la mujer a la que él había creído amar. Esa mujer a la que conocía. A la que conocía íntimamente.
La delicadeza de su aroma, como un susurro de lilas en primavera, estaba impresa en su mente, así como su cabello negro deslizándose sobre su piel, y el sabor de sus pezones, calientes y dulces en su lengua.
Apretó la mandíbula. Ah, sí. La conocía. Al menos, eso era lo que había pensado.
Pasó un rato. La mujer murmuró algo en sueños y movió la cabeza con agitación de un lado al otro. ¿Estaría soñando con él? ¿Con cómo se había burlado de él? Razón de más para ir allí esa noche.
Superación del conflicto. La palabrería de los psiquiatras del siglo XXI que no tenían ni la más remota idea de lo que en realidad significaba.
Joseph sí. Y cerraría aquel capítulo cuando hiciera suya a la mujer que estaba en esa cama una última vez. Quería tomarla, sabiendo lo que era; sabiendo que lo había utilizado; que todo lo que habían compartido había sido una mentira.
La despertaría de su sueño. La desnudaría. Le sujetaría las manos sobre la cabeza, y se aseguraría de que lo mirara a los ojos mientras la tomaba, para que viera que no significaba nada para él, que practicar el sexo con ella era una liberación física y nada más.
Había habido docenas de mujeres antes que ella y habría docenas más. Nada de ella, o lo que habían hecho el uno en brazos del otro, era memorable.
El lo entendía bien. Pero tenía que estar seguro de que ella también lo entendía.
Joseph se inclinó sobre la cama. Agarró el borde del edredón que la cubría y lo retiró.
Ella llevaba puesto un camisón, seguramente de seda. A ella le gustaba la seda. Y también a él. Le gustaba el tacto de la seda, y cómo se había deslizado sobre su piel todas esas veces en las que ella le había hecho el amor con su cuerpo, con sus manos y su boca.
La miró. No podía negar que era preciosa. Tenía un cuerpo magnífico. Un cuerpo largo y formado. Concebido para el sexo.
Adivinó la forma de sus pechos bajo la tela fina, redondeados como manzanas, coronados con pezones pálidos y tan sensibles al tacto que sabía que, si agachaba la cabeza y pasaba suavemente la punta de la lengua por su delicada consistencia, arrancaría de su garganta un gemido gutural.
Bajó la vista un poco más, hasta su monte de Venus, una oscura sombra visible a través del camisón; del color de la miel oscura. Los gemidos que ella había emitido cuando él se lo había acariciado, cuando había separado sus labios con la punta de los dedos, cuando había pegado allí su boca, buscando la yema escondida que lo esperaba. La había lamido, había succionado con la boca mientras ella se arqueaba hacia él y sollozaba su nombre.
Mentiras todo ello. No se sorprendía. Era una mujer a quien le encantaban los libros y las fantasías que encerraban.
Pero él era un guerrero, y su supervivencia se basaba en la realidad. ¿Cómo había podido olvidarse de eso?
¿Y cómo era posible que sólo con mirarla se excitara? El hecho de que aún la deseara le fastidiaba mucho.
Se dijo que era normal; que era sencillamente natural.
Y tal vez fuera por eso mismo por lo que tenía que hacerlo. Sería un último encuentro, sobre todo en esa cama. Una última vez para saborearla; para hundirse entre sus muslos de seda. Sin duda eso calmaría un poco su rabia.
Había llegado el momento, se decía mientras le rozaba suavemente los pezones.
—Demi.
Su voz era tensa. Ella se quejó en sueños, pero no se despertó. Él repitió su nombre, la tocó otra vez. Ella abrió los ojos, y él vio el pánico repentino en su mirada.
Justo antes de que pudiera gritar, él se quitó el pasamontañas negro para que ella pudiera verle la cara.
Su expresión de pánico dio paso a algo que él no logró identificar.
—¿Joseph? —susurró ella.
—Sí, cariño.
—¿Pero… cómo has entrado?
Su sonrisa fue pausada y escalofriante.
—¿De verdad crees que este sistema de seguridad me impediría entrar?
Ella pareció darse cuenta en ese momento de que estaba casi desnuda. Fue a taparse con el edredón, pero él negó con la cabeza.
—No vas a necesitarlo.
—Joseph. Sé que estás enfadado.
—¿Es así como crees que estoy? —sonrió con el mismo gesto que había aterrorizado a algunas personas mucho tiempo atrás—. Quítate ese camisón.
—¡No! ¡Joseph, por favor! No puedes…
Se inclinó, posó sus labios sobre los de ella y la besó salvajemente, aunque ella forcejeara. Entonces agarró del escote del fino camisón y se lo arrancó.
—Estás equivocada —dijo él—. Esta noche puedo hacer lo que quiera, Demi. Y te prometo que lo haré.
 chicas opinad... y diganme si les sigo o no...
a les publicare argumento de niley....
wiiii .... saludos a todos...


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