miércoles, 16 de febrero de 2011

Novela Jemi 01 - Desnuda en sus brazos


Nadie le había preguntado a Joseph Jonas si a un hombre se le podía encoger el estómago de ansiedad; pero si alguien lo hubiera hecho, se habría echado a reír y habría dicho que eso no era posible.
¿Además, por qué se lo iban a preguntar?
La ansiedad no estaba en su diccionario; aunque sabía lo que significaba sentir tensión, y que el pulso le latiera más deprisa. Al fin y al cabo, la expectación había sido parte de su vida durante mucho tiempo. No podía pensar en los años en las Fuerzas Especiales y después en operaciones secretas sin experimentar momentos de estrés; pero eso no era lo mismo.
¿Por qué un hombre iba a mostrarse tan nervioso cuando se había entrenado especialmente para enfrentarse al peligro?
Joseph aparcó su BMW en el aparcamiento detrás del edificio que no había visto en tres años. Que no había visto, y en el que no había pensado… ¡Pero qué mentira! Había tenido muchos sueños en los que se había despertado con el corazón acelerado y las sábanas revueltas y sudorosas.
Lo primero en lo que sus hermanos y él habían estado de acuerdo, incluso antes de planear siquiera el abrir juntos una empresa llamada Especialistas en Situaciones de Riesgo, había sido que de ninguna manera volverían a cruzar esas puertas de cristales tintados.
—Yo no —había dicho Nick en tono sombrío.
—Ni yo —había añadido Kev.
Y Joseph se había mostrado muy de acuerdo. No volvería a pasar por aquel condenado sitio hasta que a las ranas les creciera el pelo.
Apretó los dientes. De poco parecía haber valido esa promesa. Estaba en Washington D.C., hacía un tiempo frío y gris propio de aquel mes de noviembre, y en ese momento él cruzaba aquellas condenadas puertas y avanzaba por el suelo de baldosas hacia la mesa de seguridad.
Y lo peor era que todo estaba igual, como si nunca se hubiera marchado de allí. Incluso se llevó la mano automáticamente al bolsillo para sacar su tarjeta de identificación; pero, por supuesto, no tenía ninguna tarjeta en el bolsillo, tan sólo la carta que le había llevado hasta allí.
Dio su nombre al guardia de la puerta, quien primero lo comprobó en una lista y después en el monitor del ordenador.
—Adelante, por favor, señor Jonas.
Joseph atravesó la puerta de seguridad.
Primer control, pensaba Joseph mientras los aparatos electrónicos llevaban a cabo una exploración preliminar.
Un segundo guardia le entregó una placa de identificación para visitantes.
—Los ascensores están en frente, señor.
Sabía dónde estaban los malditos ascensores. Sabía, después de entrar y de apretar el botón, que las puertas tardarían dos segundos en cerrarse y el ascensor siete segundos en llegar al piso dieciséis. Sabía que había salido a lo que parecía el pasillo de cualquier edificio de oficinas, salvo porque el techo luminiscente estaba lleno de láseres y sólo Dios sabía de qué más, todos ellos vigilándolo de la cabeza a los pies; y que la puerta negra donde se leía Sólo Personal Autorizado se abriría cuando tocara un teclado numérico con el pulgar y fijara la mirada al frente para que otro láser le leyera la retina para verificar que era de verdad Joseph Jonas, el espía.
Ex espía, se recordó Joseph. Sin embargo, pasó el pulgar por el teclado numérico intrigado por ver qué pasaría; y para sorpresa suya, activó el escáner de la retina y unos segundos después la puerta negra se abrió, como lo había hecho años atrás.
Todo seguía igual, incluso la mujer vestida con traje gris tras la larga mesa de frente a la puerta. Se levantó tal y como había hecho tantas veces en el pasado.
—El director lo espera, señor Jonas.
Nada de «hola», ni de «¿qué tal le ha ido?». Sólo el mismo saludo brusco de siempre cuando había pasado por allí entre una misión y otra.
Joseph la siguió por un largo pasillo hasta una puerta cerrada. Ésa, sin embargo, se abrió simplemente al girar el pomo. Entró en un despacho grande de ventanas con cristales antibalas y con vistas a la circunvalación que rodeaba Washington.
El hombre sentado a la mesa de madera de cerezo levantó la cabeza, sonrió y se levantó de la silla. Era el único cambio en aquel sitio. El antiguo director para quien Joseph había trabajado había desaparecido. Su ayudante le había sustituido, se llamaba Shaw, y a Joseph nunca le había gustado.

—Joseph —dijo Shaw—. Me alegra verte de nuevo.
—Yo también me alegro de verlo —respondió Joseph.
Era mentira, pero las mentiras eran el alma de la Agencia.
—Siéntate, por favor. Ponte cómodo. ¿Has desayunado? ¿Te apetece un poco de café o de té?
—No quiero nada, gracias.
El director se recostó en su sillón de cuero giratorio y apoyó las manos sobre su incipiente barriga.
—Bueno, Joseph. Tengo entendido que te va muy bien.
Joseph asintió.
—Esa compañía tuya… especialistas en Situaciones de Riesgo, ¿verdad? He oído cosas magníficas sobre el trabajo que hacéis tus hermanos y tú —el director soltó una risilla de complicidad—. Un elogio para nosotros, creo yo. Es bueno saber que las técnicas que has aprendido aquí no se han echado a perder.
Joseph sonreía sin ganas.
—Nada de lo que aprendimos aquí se ha echado a perder. Siempre recordaremos todo.
—¿Ah, sí? —dijo el director, y de pronto la sonrisa falsa había desaparecido; se inclinó hacia delante, apoyó las manos sobre la mesa y taladró a Joseph con su mirada de ojos azules—. Eso espero. Espero que recuerdes la promesa que hiciste cuando entraste en la Agencia de honrar, defender y servir a tu país.
—Honrar y defender —Joseph respondió con frialdad, despreciando definitivamente los falsos cumplidos; había llegado el momento de ceñirse a lo básico—. Sí. Lo recuerdo. Tal vez usted recuerde que la interpretación de esa promesa por parte de la Agencia fue la principal razón por la que mis hermanos y yo dejamos nuestro empleo.
—Un ataque de conciencia de colegial —respondió el director con la misma frialdad—; mal encaminada y mal aplicada.
—He oído este sermón antes. Entenderá que no me interesa escucharlo de nuevo. Si me ha hecho venir para eso…
—Le he hecho venir porque necesito que sirva de nuevo a su país.
—No —dijo Joseph inmediatamente poniéndose de pie.
—Maldita sea, Jonas… —el director aspiró hondo—. Siéntese. Al menos escuche lo que quiero decirle.
Joseph miró al hombre que había sido el segundo de a bordo durante más de dos décadas. Pasado un momento se sentó de nuevo sin muchas ganas.
—Gracias —dijo el director.
Joseph se preguntó por qué le había costado tanto decir esa sencilla palabra.
—Tenemos un problema —continuó el director.
—Lo tendrán ustedes.
Eso provocó un sonido que podría haber pasado por una risa.
—Por favor. No empecemos con los juegos de palabras. Déjame decir lo que tengo que decir a mi manera.
Joseph se encogió de hombros. No tenía nada que perder. Porque dijera lo que dijera el director, en unos minutos saldría por esa puerta y en unos cuantos más se alejaría de aquel edificio.
Shaw se inclinó hacia delante.
—El FBI ha venido a mí por una, esto, situación muy delicada.
Joseph arqueó sus cejas oscuras. El FBI y la Agencia ni siquiera reconocían el uno la existencia del otro. Ni en público, ni en un congreso ni en ningún sitio de importancia.
—El nuevo director del FBI es un antiguo conocido mío y… bueno, como digo, se ha presentado una situación particular.
Silencio. Joseph juró que no sería él quien lo rompiera, pero su curiosidad pudo más; y después de todo, sentir curiosidad no significaba que fuera a implicarse en lo que fuera que estuviera ocurriendo allí.
—¿Qué situación? El director se aclaró la voz.
—El juramento de guardar silencio que hiciste con nosotros sigue vigente.
Joseph torció el gesto.
—Soy consciente de ello.
—Eso espero.
—Sugerir lo contrario es un insulto para mi honor, señor.
—Maldita sea, Jonas, dejémonos de tonterías. Era uno de nuestros mejores agentes. Ahora, sencillamente necesitamos su ayuda de nuevo.
—Ya se lo he dicho, no me interesa.
—¿Ha oído hablar de la familia Gennaro?
—Sí.
Todos los funcionarios de la ley habían oído hablar de ella. La familia Gennaro estaba metida en asuntos de drogas, prostitución y juego ilegal.
—¿Y conoce la acusación contra Anthony Gennaro?
Joseph asintió. Un par de meses antes, el fiscal federal de Manhattan había anunciado la acusación contra el jefe de la familia por cargos que iban desde asesinato hasta dejar levantada la tapa del váter. Si lo condenaban, Tony Gennaro se quedaría de por vida en la prisión, y el poder de la familia terminaría ahí.
—Los federales me dicen que tienen un caso excelente, con muchas pruebas —el director hizo una pausa—. Pero su as en todo esto es un testigo.
—No veo qué tiene eso que ver conmigo.
—El testigo no ha querido cooperar. Después de que inicialmente accediera a colaborar, se echó atrás. Ahora el Departamento de Justicia no sabe qué hacer. El testigo ha accedido finalmente a hablar —dijo el director con calma—, pero…
—Pero los Gennaro podrían llegar primero a él.
—Sí. O a lo mejor el testigo decide no testificar.
—Otra vez. El director asintió.
—Exactamente.
—Todavía no veo…
—El fiscal general y yo nos conocemos desde hace mucho, Joseph. Muchísimo tiempo…
El director vaciló un poco. Joseph nunca le había visto hacer eso antes.
—Le parece que los métodos habituales de protección de testigos no funcionarían en este caso. Y yo estoy de acuerdo.
—¿Quiere decir que no está dispuesto a meter a su testigo en la habitación de un hotel barato de Manhattan? —Joseph sonrió—. Tal vez hayan aprendido algo mientras he estado fuera.
—Lo que necesitan, lo que necesitamos, Jonas, es a un agente secreto profesional. A un hombre que haya estado en la línea de fuego, que sepa que no se debe confiar en nadie, y que no tema hacer lo que sea, lo que haga falta, para mantener la seguridad de este testigo.
Joseph se puso de pie.
—Tiene razón. Es exactamente el tipo de hombre que necesitan, pero no voy a ser yo.
El director se levantó también.
—He meditado mucho este asunto. Es usted el hombre adecuado, el único hombre, para esta misión.
—No.
—Diantres, Jonas, juró lealtad a su país.
—¿Qué parte del «no» no comprende, Shaw?
Nadie utilizaba jamás el nombre del director. Su nombre quedó suspendido en el silencio que siguió.
—Diría que ha sido agradable verlo de nuevo —le dijo él al llegar a la puerta del despacho—. ¿Pero por qué mentir sobre ello?
—¡Jamás lo condenarán si no prestas tu ayuda!
Joseph abrió la puerta. —¡Matarán al testigo! ¿Quieres cargar con eso en tu conciencia?
Joseph miró al hombre.
—Mi conciencia ni siquiera lo notará —respondió en tono desapasionado—. Usted debería saberlo mejor que nadie en este mundo.
—¡Jonas! ¡Jonas! ¡Vuelva aquí!
Joseph cerró la puerta de un portazo y se marchó de allí.


holap chicas... espero que hayan tenido un feliz dia de san valentin.... les cuento que durante una tres semanas le s voy a publivar pero voy a demorar... estamos en presentacion de proyectos en la u y despues examenes asi que va a ser imposible....
ah les cuento que ayer tambien fue el cumple de mi hermano jejeje 
todo ayer fue genial al igual que el segundo aniversario de before ther storm...
ahhhh
nick se ha cortado un poco el cabello pero aun asi se lo ve genial y super lindo....
jejejjee
saludos 
las mo chicas...
comenten plis...

3 comentarios:

  1. me encantoooo sue pronto eee jeje por cierto tu tienes face??

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  2. aaaaahhhhh!!
    me encaantooo tee queedoo supeeer geneall

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  3. Hola nena como estas??? soy elba montes una de las escritoras de protected love y estoy leyendo tu nueva historia, en lo personal me encanto tu blog es bellisimo, ya estoy terminando de leer en cunato termine te dejo otro pequeño coment.

    Un beso NENA

    gracias por pasar por mi nove un abrazote byeeeee

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..