lunes, 21 de marzo de 2011

Novela Jemi 16 - Desnuda en sus brazos


El instinto le decía que no acordarse del preservativo tenía menos que ver con el olvido y más con otra cosa. Había tratado de no razonar, pero no podía. Además, en ese momento, lo que debía era infundirle seguridad.
—Estoy sano, Demi. Tienes todo el derecho a saber eso.
—Yo también estoy sana. Y… y este es mi momento seguro del mes —Demi soltó una pequeña risilla y apoyó la cara en su hombro—. ¡No me mires así!
—No puedo evitarlo. Pensaba que las mujeres habían dejado de sonrojarse hace cien años.
—Ojalá no me sonrojara. Es horrible.
—Es maravilloso —le agarró la cara entre sus manos, se la levantó y la besó, encantado con el modo en que ella se inclinaba hacia él, como si él fuera lo único que necesitaba en el mundo.
Al ver que el beso se prolongaba, se apartó de ella, sabiendo que si no lo hacía, no saldrían del cuarto en varias horas. Necesitaban comer, necesitaban energía. No sólo para hacerle el amor de nuevo, sino también por si acaso pasaba algo.
Maldita sea, tenía que dar una vuelta por la casa, ir a hablar con John. Casi se le había olvidado el peligro que corría ella. Y sin duda corría peligro; esos dos matones de Nueva York no habían ido a hacerle una visita de cortesía.
Ése era el problema de mezclar los negocios con el placer. Que uno perdía el norte. Que se le iba a uno la atención. Y si algo le pasaba a esa mujer, si dejaba que le pasara algo a ella…
—Bueno —dijo con brusquedad—, ponte mi albornoz y bajaremos a preparar la cena.
Y mientras preparaban la cena en lo que debería haber sido un silencio agradable, Demi sintió que ocurría algo. Una tensión repentina se había asentado. Algo iba mal, pero no entendía el qué.
Se había hecho de noche cuando terminaron de prepararlo todo. Salió con Joseph a la terraza. El enorme espacio de suelos de baldosas azules que se extendía hasta la piscina, suavemente iluminada con luces bajo el agua, le pareció de una belleza increíble. Las plantas exuberantes cargaban el aire con el perfume de sus flores; el leve gorgoteo de una piscina de hidromasaje en un rincón se confundía con el susurro y el restallar de las olas.
Demi se volvió hacia Joseph, deseando decirle lo mucho que le gustaba aquel lugar, pero él no la miraba en ese momento. Estaba ocupado tratando de encender el grill; más ocupado de lo que cualquier hombre pudiera estarlo haciendo algo tan sencillo.
Se le encogió el corazón. Quería preguntarle qué pasaba. ¿Le estaría pesando haber hecho el amor?
—¿Joseph? —susurró.
Él se volvió hacia ella, con la cara desnuda de expresión.
—¿Te parece bien un merlot?
—¿Cómo?
—De beber. Pensé en abrir una botella.
El se quedó pensativo un momento, como si tuviera la cabeza en otro sitio.
—¿Demi?
—Sí —dijo ella alegremente—. Me parece bien un merlot.
Joseph entró en la casa, volvió con una botella, un sacacorchos y dos vasos. El vino brillaba como los granates cuando él sirvió las copas, y bajó por su garganta con suavidad, pero Demi no podría haber adivinado su sabor. Tampoco la ensalada le supo a nada, aunque Joseph le dijo que el aliño era magnífico.
—¿Qué te pasa, por qué no estás comiendo? —dijo él después de un rato en silencio.
Ella alzó la vista.
—Supongo que no tengo tanta hambre como pensaba.
Él asintió.
—A mí me pasa lo mismo…
Su voz se fue apagando. Demi lo miraba con expresión sombría. Y sabía cuál era la razón; que la estaba tratando con la deferencia con que se trataba a un extraño. Y ellos dos no eran extraños; después de lo que habían compartido, el peligro, las discusiones, la rabia, las risas; después de todas las horas que habían pasado el uno en brazos del otro.
Tiró la servilleta en la mesa y retiró la silla. Su copa se cayó al suelo y se rompió. ¿Pero qué importaba una copa rota si acababa de romperle el corazón a Demi?
—Cielo —dijo mientras la estrechaba entre sus brazos—. Cariño, perdóname.
Ella negó con la cabeza, y sus bucles sedosos le acariciaron los ojos.
—No hay nada que perdonar —le dijo ella, pero el temblor de su voz la delató.
—Sí, sí que hay algo que perdonar —la agarró del mentón—. Estoy tratando de… estoy intentando guardar una distancia profesional —le dijo con nerviosismo—. ¿Lo entiendes?
—No digas nada más, Joseph. Sé que yo soy una… una misión. No tienes por qué…
Entonces él la besó. Fue un beso profundo, ardiente. Le agarró la cara con las manos para que ella no pudiera moverse; y abrió la boca y con gesto exigente quiso demostrarle lo mucho que deseaba besarla. Cuando finalmente ella emitió un leve sonido y le puso las manos en el pecho, él varió el ritmo del beso, lo hizo más suave y la tomó suavemente entre sus brazos.
—Sí —le dijo Joseph—. Sí, eras una misión para mí. Mi cometido era y es protegerte. ¿Pero cómo voy a protegerte si me he olvidado de quién soy? Se supone que soy Joseph Jonas. Especialista en riesgos, agente secreto, llámalo como quieras. Y jamás me he distraído de mis cometidos. Y así es cómo debe ser en este trabajo —su voz se suavizó y volvió a besarla—. Y entonces viniste tú y me convertí en otra persona. Demi sonrió.
—Me gusta esa otra persona. Mucho.
—Sí. Y a mí también —torció la boca—. Pero si no estoy alerta, cariño, si pierdo concentración, se me podría pasar algo. Y te podría pasar algo a ti. Y si eso pasara, Dios, si pasara…
Ella le agarró la cara entre las manos, tiró de él y lo besó en los labios.
—No me pasará nada, Joseph. Si tú estás conmigo para cuidar de mí, no me pasará nada.
Él apretó la mandíbula.
—No subestimes a Gennaro. El que me haya ocupado de esos tipos en Nueva York no significa…
Ella le agarró la cara con fuerza, como si él fuera a marcharse.
—Joseph. Anthony Gennaro jamás me amenazó.
—¿Cómo que no? Por eso es por lo que el FBI quería meterte en el programa de protección de testigos.
—Los agentes federales que vinieron a verme insistieron en que yo sabía cosas de… de los negocios de Gennaro. Que él me mataría por eso.
—¿Es así como le llamas al crimen? ¿Un negocio?
—De acuerdo —Demi subió la voz—. Es un criminal. Pero yo no sé nada de esa parte de su vida. Y jamás me haría daño. Sé que no lo haría.
Joseph se puso serio. Agarró a Demi de las muñecas y le bajó los brazos.
—No hablemos de él, ¿de acuerdo? Tu relación con él pertenece al pasado. Haznos un favor a los dos dejándola allí.
—Maldito seas —dijo ella, levantando la voz de rabia—. Escúchame. Yo no fui su amante. No fui su señorita de compañía, ni su novia. Yo era la librera que él contrató para catalogar una colección de libros que había comprado en una subasta de Sotheby's. Entró en mi despacho de la universidad y me ofreció el trabajo. Yo no sabía nada de él, sólo que me estaba ofreciendo una oportunidad única en la vida.
—De librera.
El desprecio en la voz de Joseph le dolió, pero lo ignoró.
—Exactamente. Trabajaba para él. No me acostaba con él, por amor de Dios. No podría haberlo hecho. No quería, porque… porque…
—¿Por qué?
Demi aspiró hondo. El ser demasiado sincera era un peligro.
—Porque no era eso lo que él quería de mí. Porque no soy de esa clase de mujer. Hasta que te he conocido a ti, sólo había estado con un hombre, y aquello… aquello no se parece en nada a lo que siento contigo, a lo que tú me haces sentir…
Joseph murmuró una imprecación entre dientes, la abrazó y la estrechó entre sus brazos. Pero ella volvió la cara.
—Si no me puedes aceptar como soy —susurró con emoción—, si voy a ver la duda en tus ojos cada vez que hagamos el amor, entonces lo que pasó anoche, lo que ha pasado hoy, fue y ha sido un error.
Jamás le habían dado un ultimátum con tanta dignidad. Y le encantaba. Le encantaba el ángulo de la barbilla de Demi, el orgullo en sus ojos. Le encantaba…
—¿Joseph?
—Tienes razón —respondió en tono suave—. No tenía derecho a cuestionar lo que digas ni a dudar de ti —sonrió—. Lo siento, cariño. No volverá a ocurrir.
Ella se relajó un poco.
—Jamás te mentiría, Joseph. Sobre nada.
A Joseph le encantaba su manera de pronunciar su nombre; o cómo lo miraba a los ojos.
—¿Entonces contestarás a cualquier pregunta que te haga? —le dijo él con dulzura—. ¿Me dirás la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
Él sonrió, para que ella entendiera que estaba de broma. Pasados unos segundos, ella sonrió también.
—Bueno…. —le metió las manos por debajo de la camiseta y le acarició el pecho—. ¿Qué quieres saber?
Él bajó la cabeza y le mordisqueó el labio con delicadeza.
—Para empezar —le dijo él en tono suave—, ¿cómo es posible que seas tan preciosa? ¿Y tan valiente? —sonrió—. La mayoría de las mujeres se desmayarían si un extraño entrara en su ducha.
Demi se echó a reír.
—¿Lo has hecho antes?
—Confía en mí —dijo Joseph con solemnidad—. Jamás he sacado a ninguna mujer de la ducha hasta que te conocí a ti —le puso las manos en la cintura—. Y cuando ese asesino entró por la puerta tan bruscamente, ni siquiera te inmutaste.
—Tú estabas allí conmigo.
Lo dijo con tanta convicción que se le llenó el corazón de orgullo.
—Lo siento —dijo él—. No por haber estado contigo. De eso me alegro mucho —la besó suavemente—. Siento haber sido tan brusco y duro contigo, cielo.
—Estabas haciendo tu trabajo.
—No —se aclaró la voz—. Te estaba juzgando. Y no tenía ningún derecho a hacer eso —vaciló—. He visto cosas horribles en esta vida, Demi; hombres con las manos tan manchadas de sangre que no podían limpiárselas.
—¿Fuiste soldado?
—Sí —él vaciló.
Jamás hablaba de lo que consideraba su vida anterior, excepto con sus hermanos, que también habían vivido esa vida. —En las Fuerzas Especiales —añadió en tono brusco—. Así fue como nos conocimos John y yo. Nuestra unidad estaba en… en un sitio a miles de kilómetros de aquí.
—¿Y le salvaste la vida?
Maldición. ¿Por qué le habría contado eso? Sí, sólo para asegurarse de que ella entendía bien que no podía acudir a John para pedir ayuda; pero en ese momento no sabía qué explicación darle. Una corta, entonces. No quería asustarla, y no deseaba hablar de él ni de los días que había pasado aferrándose a la vida después de haber vuelto a por John…
—No fue nada de mucha importancia. Había puesto un explosivo en un edificio. Sólo teníamos unos segundos para salir y John, bueno, recibió un tiro. Cayó al suelo y…
—Y volviste por él —dijo Demi en voz baja.
Y también recibió otro tiro como John, fue capturado y se pasó diez días sufriendo torturas antes de cargarse a su guardián y salir de allí con John. Eso no se lo pensaba contar.
—Sí, así éramos todos en las Fuerzas Especiales de Seguridad. Después fui contratado por una agencia del gobierno. Estuve allí un par de años, y cuando lo dejé, no volví a mirar atrás, Demi. Hasta ahora. Hasta que el tipo que lo dirige me pidió que aceptara esta misión.
—Soy yo —dijo en voz baja.
—Ya no. Tú ya no eres una misión, cielo. Eres…
Lo más importante de su vida. Eso era lo que había estado a punto de decir. Pero era una locura.
—Eres especial para mí —vaciló, sin saber si decirle lo que sentía pero no queriendo volver a hacerle daño—. Demi, pasé mucho tiempo tratando con gentuza como Gennaro, con hombres que matan lo que no pueden corromper. Tal vez por eso es por lo que no soportaba pensar que tú fueras parte de su vida. ¿Lo entiendes? Demi asintió. Estaba pálida, ¿y cómo no iba a estarlo? ¡Era un imbécil! Esa mujer era su amante, sólo habían pasado dos noches juntos, y le estaba hablando en tono moralista.
—Cariño. Perdóname —soltó una leve risilla—. Menuda conversación para la cena…
—No. No te disculpes. Me alegro que me lo hayas explicado. Quiero saberlo todo de ti, Joseph. Todo.
Él le sonrió.
—Sí —su voz se volvió ronca mientras le tiraba del cinturón del albornoz—. Yo también —paseó la mirada por su cuerpo y sintió que se excitaba al instante—. ¿Te he dicho alguna vez lo preciosa que eres?
Ella sonrió y pareció como si le volviera el color a las mejillas.
Suavemente, él la besó en el cuello.
—Preciosa. Y deliciosa… por todas partes —dijo mientras le acariciaba los pechos, para seguidamente succionárselos con fruición.
Ella soltó uno de esos gemidos de placer que tanto le gustaban a él.
—Esto no lo necesitas… —dijo Joseph mientras le quitaba el albornoz.
—Joseph…
—Shhhh, cariño. Deja que te haga el amor. No. No hagas nada. Sólo deja que te toque y que te mire a la cara. Quiero ver lo que te gusta.
Le gustaba todo de él, todo lo que le hacía.
—Abre las piernas para mí —añadió en tono ronco y sensual—. Sí, así…
Ella susurró su nombre, pero él no le contestó. La miraba fija, ardientemente; y sólo de verlo así ella temblaba ya de deseo.
—¿Te gusta esto? —le susurró él.
Le buscó el clítoris con los dedos y se lo acarició. Con la otra mano le acariciaba un pezón. Luego con la boca. Él estaba totalmente vestido, y ella desnuda, a su merced. Desnuda y encantada de lo que le estaba haciendo, de sentir sus manos, su boca…
Amándolo. Amando a aquel extraño apasionado y peligroso. «Te amo, Joseph», pensaba alocadamente.
La levantó en brazos y la llevó hasta una tumbona que había junto a la piscina. Entonces, sin dejar de mirarla, se quitó la ropa y dejó al descubierto su cuerpo bien esculpido.
Demi le echó los brazos.
Él se colocó sobre ella, la cubrió con su cuerpo; entonces le tomó la mano y se la colocó sobre su sedosa erección. Aguantó la respiración cuando ella lo guió hacia ella, levantó las caderas y dejó que la penetrara.
—Joseph —sollozó mientras empezaba a moverse—. Joseph…
Las sensaciones se sucedieron como un torrente. Joseph gimió y susurró su nombre mientras la llevaba con él a los fuegos nocturnos que abrasaban la noche tropical.

4 comentarios:

  1. Wow!! PEro como lo dejaste asi mama!! XD ..

    pd: soy tu lectora fiel.. e.e... xd BUENISIMA COMO SIEMPRE!! y espero el proximo!! :P

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  2. me encantooo
    jejejeje
    sube pronto
    algo oculta Demi sobre Gennaro
    ya veras te lo digo yo!!

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  3. amo a Joseph!!! lo AMO estan SEXY aHHHHHHH!!!!!! quiero leer mas

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  4. Sube Ya!! :( me eh dado cuenta que subes mas tarde.... :( y ahora?? :D

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..