lunes, 14 de marzo de 2011

Novela Jemi 08 - Desnuda en sus Brazos


—Colócate detrás cuando empiece a avanzar —le dijo él—. Quédate pegada y no hables. Quienquiera que esté al otro lado de la puerta no va a estar mucho rato ahí.
Parecía como si de verdad estuviera convencido. ¿Sería posible? Bien pensado, esa tarde cualquier cosa parecía posible.
Se fijó en la pistola que llevaba en la mano, en la intensidad de sus ojos, y pensó en la intensidad de su beso, y decidió que tal vez no quisiera saber la respuesta.
—Ahora —dijo él con un susurro ronco.
Apagó el interruptor de la pared y todo se quedó a oscuras. La repentina falta de luz, unida al ruido de la ducha, parecía el escenario de una película de terror.
Demi se estremeció. Estaba tan cerca de Joseph Jonas que le rozaba el cuerpo.
Para sorpresa suya, él echó el brazo hacia atrás y la agarró de la muñeca.
—Todo irá bien —dijo en voz baja.
Esperaba que fuera verdad.
Accedió al pasillo con ella detrás. Tal vez Joseph Jonas fuera el enemigo, pero al menos no era del todo desconocido.
Se movía sin hacer ruido, con la fluidez de una sombra a través de la profunda oscuridad. Se le ocurrió que esa ropa ceñida, toda negra y de aspecto cómodo, era lo que llevaría un hombre que no quiere ser visto. Ni visto ni oído. Eran los pies descalzos de ella los que arrancaban algún que otro leve chirrido del suelo de madera.
Si había alguien a la puerta, lo alertaría con el ruido de sus pasos, sobre todo teniendo en cuenta que el ruido de la ducha era cada vez más distante.
Demi trató de respirar más despacio para acallar el ruido de su respiración agitada; también levantó cada pie con más cuidado. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, y se dio cuenta de que estaban casi en la puerta, donde vio la silla que había colocado bajo el pomo.
Chas, chas, chas.
Jonas se paró en seco, y ella se pegó a él. Sin pensar, se abrazó a su cintura. Él se dio la vuelta, le rozó la mejilla con suavidad, entonces la empujó contra la pared y le puso el dedo en los labios.
Le dijo moviendo los labios que no se moviera. Ella asintió, para que viera que lo había entendido.
Quería decirle que tuviera cuidado.
Bruscamente, él pasó a la acción. Retiró la silla de la puerta, de modo que la puerta se abrió de un golpe, y un hombre se precipitó dentro del vestíbulo. Ella no le vio la Demi, sólo que era grande y que tenía en la mano una pistola igualmente enorme.
—¿Nos buscaba? —dijo Jonas en tono agradable.
Entonces levantó la pistola y golpeó al intruso en la cabeza con un golpe desagradable.
—Rápido —dijo Jonas, agarrándole la mano a Demi mientras el hombre caía al suelo.
—¿Pero… y si lo has matado?
—No habrá tanta suerte. Venga. Larguémonos.
Demi miró al extraño inconsciente y al otro extraño que tenía al lado y que quería arrastrarla con él ni sabía adonde. ¿Y si la historia que le había contado fuera al revés? ¿Y si el gobierno hubiera enviado a alguien a protegerla, y ese alguien estuviera en ese momento en el suelo?
—¡Maldita sea, Lovato! Muévete. Lo que sí que sabemos es que tendrá amigos.
Demi dejó de pensar y dejó que él tirara de ella por el pasillo y las interminables escaleras hasta el vestíbulo. Su intruso, el que tenía al lado, el número uno, la empujó sin ceremonia hacia un rincón.
—Espera aquí.
—Pero… pero…
Él la miró de un modo como si fuera a besarla de nuevo. Ella se dijo que estaría preparada esa vez, y que si lo intentaba, lo rechazaría. Se dijo que el corazón sólo le latía del nerviosismo de lo que estaba pasando.
Estaba equivocada.
El inclinó la cabeza, le rozó los labios, y ella, en lugar de pelear, se inclinó hacia él para besarlo también… y a punto estuvo de acariciarle la mejilla.
Pero él se apartó demasiado rápido de ella como para dejar que eso pasara.
En un instante, él había cruzado la puerta del portal y salido a la calle oscura. Ella oyó un grito ahogado. Un golpe. Entonces volvió y la agarró de la muñeca.
—Date prisa.
—¿Adonde? ¿Había otro hombre?
—Nada de preguntas, ¿recuerdas?
La calle estaba desierta, pero veía el tráfico en la esquina de la intersección. Ese era el momento de escapar…
A los talentos del intruso, tenía que añadirle el de leer el pensamiento. Maldijo entre dientes, la levantó en brazos y corrió hasta el mono volumen; abrió la puerta y la metió dentro.
—Muévete —rugió él.
Y eso fue lo que hizo. Se pegó en la rodilla con la palanca de cambios. Él se metió detrás de ella y metió la llave en el contacto. El motor arrancó y el vehículo se perdió en la noche.
Demi se dijo que debía mantener la calma. Había desaprovechado la oportunidad de huir, pero habría otras. Además, tal vez el hombre que estaba a su lado no estuviera loco. Tal vez no hubiera ido a matarla. Tal vez trabajara de verdad para alguna agencia del gobierno que quisiera protegerla.
O tal vez todo aquello no fuera más que una pesadilla.
Pero en las pesadillas a uno no le castañeteaban los dientes de ese modo, ni se le quedaban los pies helados como los tenía ella. Y uno no iba a toda velocidad por el túnel Queens Midtown, por donde accedieron a la autopista de Long Island, con un extraño a su lado; un extraño que había forzado la cerradura de su piso, que la había abrazado desnuda y tocado con insolente arrogancia…
Un hombre que la había besado hasta someterla.
Se estremeció. Su raptor la miró con preocupación.
—¿Tienes frío?
—¿Te importaría si lo tuviera? —respondió ella.
Las luces de un coche que venía en sentido contrario le iluminaron la cara un momento. Tenía una cara de ángulos marcados y pómulos altos, y una boca sensual de expresión casi cruel. Esos huesos, esa boca, esos ojos reflexivos le daban un aspecto primitivo, sorprendentemente salvaje.
Salvaje y bello. No podía negarse que era el hombre más bello que había visto en su vida.
Un recuerdo lejano apareció como un flash en su pensamiento, algo susurrado por una vecina que a veces había cuidado de ella cuando era pequeña y su madre se iba a trabajar.
—Cuidado con el diablo —le había dicho la mujer con su deje sureño—. Está entre nosotros disfrazado.
—¿Entonces, cómo lo puedo reconocer? —le había preguntado Demi a sus cinco añitos.
—Por su horrible cara —le había respondido la mujer—. O por su belleza. Cada uno vemos la cara que queremos ver.
Demi se estremeció al recordar la conversación que había ocurrido tantos años atrás.
—Maldición —dijo Jonas con impaciencia—. Cuando te haga una pregunta, contéstame directamente —primero se quitó una manga de la cazadora y luego otra, pero sin apartar los ojos de la carretera—. Vamos, ponte esto.
—No lo necesito.
—Si pillas una neumonía —dijo Jonas—, no me servirás para nada. Ponte la cazadora.
Al menos no iba a matarla inmediatamente. Demi se sentó hacia delante y metió los brazos en la cazadora. El cuero era suave; olía a noche y a lluvia, a hombre.
A ese hombre.
Sintió que se le atenazaba la garganta al recordar cómo la había arrastrado de la ducha; la fuerza de su cuerpo contra el de ella, la calculada caricia de su pecho…
Se volvió hacia él.
—¿Quién eres?
—Ya te he dicho cómo me llamo.
—¡Ya sabes a lo que me refiero! ¿Quién te ha enviado?¿Adónde me llevas?
El la miró y sonrió.
—¿Tantas preguntas? —dijo en tono pausado con un leve deje sureño.
—Y más —ella trató de disimular su miedo—. Pero puedes empezar con esas.
—Ya he dicho que trabajo para una agencia gubernamental de la que nunca has oído hablar. Te voy a llevar adonde pueda mantenerte con vida hasta el juicio de Gennaro.
—No voy a testificar. Ya se lo dije al FBI.
—Discute eso con ellos, no conmigo —miró por el retrovisor y cambió de carril—. Mira, si quisiera hacerte daño, ya te lo habría hecho.
Era una respuesta razonable. Desgraciadamente, desde que Anthony Gennaro había entrado en su vida no le había ocurrido nada razonable. ¿Por qué tenía que empezar a creer en la razón precisamente en ese momento?
—¿Y dónde está ese sitio en el que te parece que puedo estar a salvo?
Tomó una carretera donde había casas y camionetas aparcadas a los lados.
—Pronto lo verás.
No era una respuesta pensada para ofrecer consuelo; o tal vez había visto demasiadas películas sobre lo que ocurría por la noche en carreteras como ésa.
—Este no parece un sitio muy seguro.
—Lleva a la entrada trasera del aeropuerto Kennedy.
—¿Y tú crees… ? ¡No pienso montarme en un avión contigo!
—¿En lugar de discutir, qué te parece si miras por la luna trasera y me dices lo que ves?
—¿Por ejemplo?
—Un coche que viene demasiado deprisa. O un coche que viene tras de nosotros y no se despega. Sorpréndenos a los dos.
Entonces se venció hacia un lado, sacó un móvil del bolsillo trasero de sus pantalones y lo abrió. Las conversaciones que llevó a cabo terminaban todas con la misma palabra.
—Gracias.
—¿Gracias por qué? —preguntó Demi.
Él no respondió.
La carretera les llevó hasta un coche de policía que esperaba junto a una cancela cerrada. Un policía de uniforme estaba de pie junto a un coche, cruzado de brazos.
Demi abrió la puerta del monovolumen y casi cayó a sus pies. 
—¡Gracias a Dios! ¡Agente, este hombre…!
Demi se quedó boquiabierta al ver que el hombre y su secuestrador se daban la mano.
—¿Esta es la sospechosa? —preguntó el policía.
—No soy la sospechosa. Soy…
—Sí —respondió Joseph—. Tengo que salir de la ciudad lo más rápidamente posible.
—¡Oficial! —gritó Demi—. No soy una sospechosa. Soy su…
—Bueno —dijo Joseph Jonas con una sonrisa—. Eso también lo es —añadió mientras le echaba el brazo a la cintura—. Cariño, no digas nada que a este hombre no pueda interesarle, ya sabes a lo que me refiero. Si lo haces, le pondrás en una posición muy difícil.
Ambos hombres se echaron a reír.
—No —suplicó Demi—. Por favor, oficial, tiene que escucharme…
—Cariño —dijo Jonas en tono de advertencia.
Y antes de que ella pudiera decir nada más, la abrazó y la besó apasionadamente.
El policía se echó a reír, y Demi emitió un gemido entrecortado. Trató de gritar. Pero se conformó con hincarle los dientes en el brazo a su secuestrador. Él gimió, le metió la mano por debajo de la melena y apretó sus labios contra los suyos.
Ella se dijo con desesperación que debía morderlo en ese momento, morderlo de nuevo como acababa de hacer, pero más fuerte…
Y entonces su labios la besaron con mayor suavidad. Una pausada oleada de debilidad se apoderó de ella. Estaba exhausta, muerta de miedo, y sin embargo su manera de abrazarla le incitaba a dejar caer la cabeza sobre su hombro y dejarle que hiciera lo que quisiera.
—Eso es —susurró él—. Deja de luchar contra mí. Será mucho mejor. Pensó en el hombre que habían dejado tirado en el suelo de su apartamento, en la pistola que Joseph llevaba en el cinturón…
Y supo que lo que él le decía era una promesa y no una amenaza.
El coche de la policía los condujo hasta un pequeño y elegante jet privado, que como un ave predadora se posaba sobre la pista. Los dos hombres se dieron la mano de nuevo, y al momento ella estaba de nuevo en brazos de su raptor.
La llevó hasta el avión, le hizo una señal con el pulgar al piloto para que esperaba y la depositó sobre un asiento de cuero en el interior del aparato.
—Abróchate el cinturón —le dijo con brusquedad.
Ella no se movió. Él torció el gesto y fue a abrocharle el cinturón.
—¿Recuerdas lo que te he dicho? Tienes que hacer lo que te diga, y nos llevaremos bien.
Un sollozo de desesperación y rabia le subió por la garganta. Sin pensar, Demi le dio un bofetón.
Él echó la cabeza hacia atrás. Por un momento. Demi pensó que él se lo devolvería, pero lo cierto era que no le importaba. Estaba cansada de que la tratara como si sólo existiera para hacer lo que él le dijera.
Se inclinó un poco hacia ella y le agarró el mentón con su mano grande.
—¿Quieres jugar, nena? —le susurró en tono ronco—. Bien. Podremos jugar a muchas cosas cuando lleguemos al sitio adonde vamos.
 chicas gracias por sus comentarios las amo....
:-)

3 comentarios:

  1. pobre Demii!!!
    puff
    me encantooo
    jejeje sube prontooo!!

    ResponderEliminar
  2. Very enlightening and beneficial to someone whose been out of the circuit for a long time.

    online pharmacy

    ResponderEliminar

Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..