sábado, 19 de marzo de 2011

Novela Jemi 14 - Desnuda en sus Brazos


La puerta de la habitación se abrió de repente. Al hacerlo, un relámpago iluminó a Joseph, que estaba a la puerta.
—Demi —dijo en tono ronco.
Al oír su voz, al ver al bello depredador animado no por la rabia sino por el deseo, supo que estaba perdida.
—Joseph —suspiró ella.
Sus miradas se encontraron, y ella echó a correr hacia él. Joseph la acogió entre sus brazos, le agarró la cara con las dos manos y empezó a besarla sin parar mientras la empujaba contra la pared.
—Dime lo que quieres —rugió él.
—A ti —dijo ella—. A ti, a ti…
Él gimió, la besó de nuevo y ella abrió la boca para dar paso a su lengua curiosa. Mordisqueó la carne suave de su labio inferior, le mordisqueó en el cuello, y ella gimió y se restregó contra él, deseándolo, deseando aquello más de lo que había deseado nada en su vida.
Metió la mano entre los dos, la colocó sobre su erección y sintió cómo se tensaba bajo la tela vaquera. Él le dijo algo urgente, en voz baja, le dijo lo que le iba a hacer con toda brusquedad, con palabras que le hicieron levantar la cara para recibir otro beso ardiente y apasionado. Entonces se bajó la cremallera de los pantalones, le bajó los pantalones del chándal, la levantó en brazos y se hundió en ella.
Sus gritos de placer, las contracciones casi instantáneas de sus músculos que se contraían alrededor de su miembro estuvieron a punto de destruir su control. El sudor perlaba su piel, mientras la sujetaba contra la pared; y sin dejar de embestirla metió la mano entre sus cuerpos y empezó a acariciarla hasta que ella gimió su nombre sin cesar y alcanzó el orgasmo entre sus brazos.
Entonces, sólo entonces, Joseph se dejó llevar. Alcanzó el orgasmo en un largo torrente de éxtasis; echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca con placer. Entonces se vació dentro de ella hasta que la lógica le dijo que no le quedaba ni una sola gota más.
Pero qué le importaba la lógica.
—Demi —susurró.
La sujetó y la llevó hasta la cama sin apartarse de ella; todavía su miembro duro la penetraba. Todavía la deseaba. La habitación estaba en silencio salvo por los leves gemidos de Demi mientras Joseph le hacía el amor. Salía de ella despacio, tan despacio que temblaba. Ella fue a abrazarlo, pero él le tomó las manos y la besó en las palmas; entonces la besó en la boca y le dijo que tenían todo el tiempo del mundo.
Tenían todo el tiempo posible para explorar, para saborear su boca de miel. Su piel. Y su cuello justo en el punto en el que se juntaban con el hombro; eso la hacía estremecerse, ronronear como una gata, y él lo repitió, la mordisqueó con suavidad para después calmar el leve dolor con su lengua.
Y mientras tanto, le agarraba los pechos con las manos y le pasaba los pulgares por los pezones. Él gimió ante la rápida respuesta de ella por el leve tormento, y finalmente bajó la boca para saborear su dulzura. Para saborear sus pezones, pálidos y rosados, deseosos de sentir el calor de su boca.
Dios, qué pechos tan bonitos tenía. Le encantaba su tacto sedoso. O cómo cabían perfectamente en sus manos. O el modo en que ella arqueaba la espalda cuando él le succionaba los pezones con deseo. Y qué ruidos hacía.
Eran lo bastante provocativos como para conseguir llevarlo al límite; pero no pensaba permitir que eso ocurriera otra vez. En esa ocasión quería aguantar un poco más. Besarla y saborearla por todas partes. Entonces, sólo entonces, se arrodillaría entre sus muslos para poseerla de nuevo. Lentamente, se deslizó por su cuerpo, y la besó y chupó, aspirando su aroma limpio y acariciando su vientre con las manos y la lengua mientras ella se retorcía de excitación.
—Joseph…
Su susurro fue tan sentido, tan inocente y tan dulce, que él se estremeció de placer.
—Sí, cariño —respondió él en el mismo tono mientras deslizaba los dedos por el vello negro que escondía su corazón femenino.
Entonces la tocó. Un grito salvaje que parecía nacer de lo más profundo de su ser estalló en su garganta. Él la miró a la cara y vio el shock, el placer que le abría los ojos como platos, y algo fiero y primitivo le corrió por la sangre.
—¿Te gusta esto? —dijo con emoción.
—Oh, Dios —susurró ella—. Joseph, Joseph…
Él le separó el sexo con los dedos y vio lo bella que era, los pétalos de sus labios, la baya rosada de su clítoris. La agarró del trasero, la levantó hacia él y la acarició con su lengua. Su grito rompió el silencio de la habitación, y le hundió las manos en el cabello.
Tenía un sabor exquisito del que él se empapó, y cuando alcanzó el orgasmo en su boca, él pensó que le estallaría el corazón de placer. Levantó la cabeza, deseoso de ver su cara en ese momento, de ver sus ojos, así de oscuros, y su cabello revuelto sobre las almohadas. Al ver su piel sofocada y húmeda, deseó más de ella, mucho más…
Ella fue hacia él. —Joseph —le tembló la voz—. Ven a mí. Quiero sentirte dentro.
Él se volvió para abrir el cajón de la mesilla, rezando para que hubiera tenido la precaución de guardar algún preservativo aunque nunca había estado allí con una mujer hasta ese día. Sí. Afortunadamente encontró los pequeños paquetes. Abrió uno y se lo puso, y decidió no pensar en que la primera vez no había utilizado nada.
La besó ardientemente, le dijo que era muy bella y empezó a penetrarla con la lentitud que la fiebre que sentía le permitía. Quería que aquel momento durara para siempre, el calor de ella rodeándolo, la suavidad de su cuerpo, o los grititos que ella emitía al tiempo que la penetraba.
Cuando estuvo bien dentro de ella, empezó a moverse. Lo hizo despacio, y cada movimiento era más de lo que podía soportar. Sentía los latidos de su corazón y los de ella; las contracciones de su cuerpo mientras se elevaba hacia sus embestidas. El mundo se resquebrajaba a su alrededor. No podía pensar. Sólo existía aquello…
Demi gimió y se agarró a él con fuerza.
—No puedo —dijo ella—. No puedo…
—No tengas miedo —susurró él—. Estoy aquí. Estoy aquí contigo. No te dejaré caer.
Sintió que ocurría. Las pulsaciones de su vientre. Y al gemir él se dejó llevar y voló con ella al universo iluminado de estrellas.
Demi se despertó. Estaba en una cama, en una habitación, donde había un balcón abierto por donde entraba la brisa del mar y le acariciaba la piel. La piel desnuda. En su mente se sucedió una confusión de pensamientos, empezando por lo que había empezado en su apartamento y lo que había terminado allí mismo, en esa habitación…
En esa cama. Se sentó en la cama. ¿Dónde estaba él? ¿Dónde estaba el extraño que le había hecho el amor? Miró a su alrededor y vio que estaba sola. Pero su alivio no duraría mucho. No estaba allí, pero sabía que tendría que enfrentarse a él. ¿Y cómo iba a conseguirlo?
Estaban en el siglo XXI, y las mujeres se acostaban con hombres a los que acababan de conocer. Pero ella no. Jamás lo había hecho. Atendiendo a su madre enferma, trabajando cuando salía del colegio desde los catorce años, y después trabajando también durante sus años de facultad no había tenido mucho tiempo para salir con chicos.
Había hecho el amor dos veces en toda su vida, y siempre con el mismo hombre. Él era el director de la biblioteca de la universidad donde había trabajado después de licenciarse. Era un tipo agradable, bueno y de modales suaves.
La primera vez había sido extraño. Se había desvestido a un lado de la cama y él al otro, y se habían metido bajo la colcha con las luces apagadas. Tras un par de besos y un par de caricias, había ocurrido el acontecimiento principal.
Había sido una terrible decepción. Volviendo la vista atrás se preguntaba si lo habrían intentado de nuevo porque necesitaban demostrar que el sexo podía ser mejor que eso. Pero el segundo intento había sido penoso. Peor que el primero. Y no sabía quién había estado más avergonzado, si él o ella.
Demi cerró los ojos con vergüenza mientras recordaba todo lo que habían hecho la noche anterior. ¡Habían hecho el amor contra la pared! Ni siquiera había sabido que eso se pudiera hacer, ni otras cosas, como que un hombre pudiera ponerle la boca en…
Pero no había sido cualquier hombre. Había sido Joseph, su moreno y peligroso raptor.
Demi cerró los ojos. Tal vez eso fuera lo peor, que ni siquiera lo conocía. No sabía nada de él, ni dónde vivía, ni de dónde era. Ni lo que hacía aparte de entrar forzando la cerradura en las casas de la gente para raptarla. Lo único que sabía era que era un amante increíble. Exigente, y sin embargo con entrega. Potente y gentil. Le había enseñado cosas de su propio cuerpo…
Sólo de pensar en esas cosas sintió calor en el vientre. Jamás había soñado que el sexo pudiera ser así. Que uno pudiera hacerse añicos como el cristal en los brazos de su amante. Salvo que Joseph no era su amante.
Era un extraño peligroso, y la tenía presa en una isla. Y en ese momento tenía que enfrentarse a él. Demi se sentó en la cama y retiró la colcha. Cuanto antes terminara con eso, mejor. Había vuelto la luz. De modo que Demi se dio una ducha de agua caliente. Joseph debía de haberse dado ya una, porque el espejo estaba un poco empañado y el jabón húmedo.
Se enjabonó de arriba abajo, limpiándose el olor a sexo y a Joseph.El le había dejado en el lavabo un cepillo de dientes nuevo. Eso no le sorprendió.Un hombre que hacía el amor con tanta pericia y habilidad tendría cepillos nuevos a mano para todas las mujeres que pasaban por su vida; del mismo modo que tenía los preservativos en el cajón de la mesilla. Trató de no pensar en la primera vez que lo habían hecho, porque no habían utilizado preservativo. ¿Cómo era posible que no hubiera pensado en tener cuidado? La respuesta, por supuesto, era que en ese momento ella no había estado pensando en absoluto.
No vio su ropa. En su lugar vio un par de vaqueros cortos y una camiseta. Ambas cosas eran de Joseph, a juzgar por la talla. Tuvo que sujetarse los pantalones cortos con un imperdible que encontró en el tocador, y la camiseta le llegaba por debajo de las rodillas.
Pensó en quitarse los pantalones hasta que recordó que no llevaba braguitas. Su imaginación le hizo preguntarse cómo sería ir así, sólo con la camiseta y sabiendo que debajo estaba desnuda.
Joseph no lo sabría, si ella no se lo decía; no lo sabría si ella no se rozaba con él un par de veces, o se agachaba para recoger algo del suelo…
En un segundo sintió una suavidad, una tensión en su sexo que le decía que estaba lista para la acción. Para Joseph. Para sentirlo muy dentro de ella. Demi frunció el ceño, aspiró hondo y bajó las escaleras. La casa era preciosa, grande y antigua. En los techos altos había ventiladores, y coloridas alfombras de seda sobre los suelos de parqué. Los muebles escandinavos, cuyo estilo moderno era en parte opuesto al de las alfombras antiguas y otros elementos, concordaban sin embargo a la perfección con todo lo demás.
Sin embargo en las habitaciones parecía faltar algo, tal vez un toque personal. Parecía como si nadie viviera allí.
—Aquí no vive nadie. Demi se dio la vuelta y vio a Joseph en el vano rematado con arco del salón. Llevaba también pantalones cortos vaqueros y sandalias, además de una descolorida camiseta de los Dallas Cowboys con las mangas cortadas.
Le costó sonreír, pero consiguió esbozar una tímida sonrisa.
—¿Lo he dicho en voz alta…?
—Pues sí, y tenías razón. Aquí no vive nadie.
Ella asintió, contenta de que por lo menos estuvieran hablando con cierta normalidad.
—Ah —dijo ella alegremente—. Supongo que anoche no te entendí bien.
Él sonrió un poco.
—Bueno, creo que anoche me entendiste a la perfección.
Su tono de voz destilaba sexo puro. Demi sintió el calor en la cara.
—Quería decir —dijo con cautela— que pensaba que habías dicho que ésta era tu casa.
—Eso fue lo que dije. La compré hace unos meses y la amueblé —sonrió de nuevo—. Bueno, contraté a un decorador para que lo hiciera. El mismo que me decoró el apartamento en Dallas. De momento, sólo he venido un par de fines de semana.
Demi pensó en lo que le estaba diciendo. ¿Entonces, no sólo tenía esa casa, sino que también tenía un apartamento en Dallas?
—¿Demi?
—¿Sí?
—¿Qué más quieres saber de mí?
Ella lo miró a la cara. No sonreía ya, sino que la miraba con una intensidad que podría haberle traspasado hasta los huesos.
—No sé lo que quieres decir.
—Pues claro que lo sabes —respondió él en tono suave—. Anoche te acostaste conmigo, y esta mañana te has despertado pensando que fue un error.
Le estaba diciendo exactamente lo que ella había estado a punto de decir. Salvo que no había sido un error. Dormir con él había sido… había sido increíble.
¿Acaso para él no?
—Y lo peor de todo es que te has dado cuenta de que no sabes nada de mí.
Demi asintió, viendo que era lo menos peligroso.
—Bueno —continuó él en tono ronco—. Tienes razón. No me conoces. Yo tampoco te conozco a ti, o tal vez debería decir que lo que sabemos el uno del otro no es muy halagüeño —hizo una pausa—. Seguramente pensarás que soy un tipo frío, un canalla a quien no le importa tratar a las mujeres como a perros. Y yo lo único que sé de ti es que tu gusto con los hombres no es muy bueno que digamos.
¡Dios, era insufrible aquel hombre! Tan arrogante, tan… ¿Cómo había podido ser lo suficientemente tonta como para meterse en la cama con él?
—Tienes razón —dijo ella en tono sereno— en cuanto al mal gusto que tengo para los hombres; de otro modo no me habría metido en la cama contigo anoche.
Él cruzó la habitación tan deprisa, que ella no tuvo tiempo de apartarse.
—¡No me estás escuchando, maldita sea! —la agarró por los hombros, la zarandeó y la levantó hasta ponerla de puntillas—. Te estoy tratando de decir que es verdad, que no sabemos nada el uno del otro.
—Y yo te he dicho que tenías razón.
—No me has dejado terminar —aspiró hondo—. Tal vez, sólo tal vez, lo que pensamos ahora no es cierto.
¿Acaso Joseph pensaba que todo mejoraría con sus juegos de palabras?
—Lo que yo sé de ti sí es verdad. Eres lo que acabas de decir que eres, un tipo frío, un canalla… él la silenció pegando sus labios a los suyos y agarrándole la cabeza al mismo tiempo para poder hacerlo. Ella trató de mover la cara a un lado o al otro, pero él le agarraba la cabeza con fuerza, y se negó a dejarla escapar.
—Canalla… —dijo ella en sus labios—. Sinvergüen…
—Cállate y bésame —le susurró él.
Demi le echó los brazos al cuello y lo besó con toda la pasión que durante tanto tiempo llevaba prisionera en su corazón. Joseph la levantó en brazos y la llevó a la cocina, donde la sentó en un taburete.
—¿Sabes lo que va a pasar ahora? —le dijo en voz baja después de volverla a besar.
Ella esbozó una sonrisa picara.
—Todavía no. Primero tenemos que comer, o desayunar o lo que sea. Ninguno de los dos hemos comido en años.
Demi se echó a reír, y eso le gustó. Era la primera vez que la oía reírse, y le gustó.
 espero que les guste muchop.....
capi dedicado a sara....
:-)

6 comentarios:

  1. Esta es como lo de cautiva en su cama... pero esta muy bien me gusta que la esta un poco cambiada... pero casi tiene el mismo tema... y por cierto acabo de hacer un blog en el que voy a publicar noves... NILEY... lo acabo de hacer HOY... bueno no se te olvide http://novesdevaleee.blogspot.com/

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  2. me encantoooo
    jejejejjeje
    sube pronto
    wow jejeje Joe le gusto que se reiera
    jejeje eso es un progreso

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  3. cada vez se pone mejor siguela!! rapido...xd
    chauu :D

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  4. No has subido el otro capii!! subelo ya tienes una lectora fiel! xD

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  5. aaaaaaaaaaa esta mas hermoso que nunca...0 )...0 ), me encanta, sube el otro pronto...........0 )

    Ah y ya esta confirmado que Miley viene de gira y el primer pais es el nuestro ECUADOR ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh que emocion.......... April 29: Quito Ecuador en el Estadio Olimpico Atahualpa.......ahhhhhhhhhhh que emocion...0 )..0 )

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  6. OMG!!! te quedo super el cap.... te juro q cada ves q lo leo me emociona y me re gusta y quisiera q hagas una maraton siii?? :D un besito grande.... tkmmmmmm y espero q t acuerdes q leo tus noves.. y estan muy buenas... :D bye cuidat.. :D

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..