martes, 22 de marzo de 2011

Novela Jemi 17 - Desnuda en sus brazos


Días cálidos, soleados. Noches frescas y estrelladas. Y siempre, ya fuera de día o de noche, Joseph entre sus brazos.
Lo que había empezado como una pesadilla se había convertido en un sueño. Demi volvió su cara hacia el cielo mientras el agua de las olas le rozaba los dedos de los pies. Pensó que prefería no pensar en ello como en un sueño; porque de los sueños uno acababa despertándose. Era una realidad.
En lugar de ser un asesino, había resultado ser el hombre al que llevaba toda su vida esperando.
Demi pensó en el modo de describirlo.
Era fuerte, listo. Le gustaba protegerla, y era bello; aunque a ella le daba la impresión de que se enfadaría si ella utilizara alguna vez esa palabra delante de él.
Y además de todo eso era divertido. La hacía reír, lo cual era en sí un pequeño milagro. Hacía mucho, meses ya, que no se había reído.
Y le daba la impresión de que él había vivido épocas en las que tampoco se había reído mucho.
Demi sentía que su amante había visto más del lado oscuro de la naturaleza humana de lo que debería ver cualquiera.
Que pudiera pilotar un avión le había sorprendido. Resultaba también que sabía navegar. Tenía un velero, que según él le habían vendido con la casa. La primera vez que habían salido con el barco, había pasado todo el tiempo abrazado a ella, al timón. Después le había enseñado a manejar el barco, y a ella le había encantado aprender. Pero lo que más le gustaba era hacer el amor sobre la cubierta de madera de teca, desnudos bajo el sol de Florida.
Joseph le había sugerido navegar hasta Miami Beach para poder comprarle algo de ropa. Pero ella le había dicho… sólo de recordarlo se sonrojaba; le había dicho que sólo lo necesitaba a él.
¿Además, para qué quería llevar nada estando con Joseph? La ropa habría sido un impedimento para su manos, que no paraban de acariciarla, de tocarla; los pechos, el vientre; mirándola con aquellos ojos verdes tan ardientes.
¿Tan extraño era que se hubiera convertido en una mujer insaciable con su amante?
Demi se abrazó las piernas y pensó en lo que su madre le había dicho en una ocasión cuando ella era una adolescente. El sexo podía ser peligroso. Y también maravilloso. Por eso había que esperar a ser más mayor para tomar decisiones más responsables.
Demi se dijo que el sexo era maravilloso si una estaba con el hombre adecuado. Su madre no había estado con el hombre adecuado, pero ella sí. Joseph era el hombre adecuado. El único hombre.
Cada día, cada noche, se enamoraba más de él.
Lo que deseaba saber de todo corazón era qué sentía él por ella. Sabía que era algo más que una atracción física. Lo notaba en cómo la abrazaba tras hacer el amor; o en cómo le decía aquellos apelativos cariñosos.
—Buenos días, cariño.
Demi volvió la cabeza y vio que su amante caminaba hacia ella. Y le sonreía como sólo le sonreía a ella.
—Buenos días.
Le tendió la mano y él tiró de ella y le dio un beso con sabor a pasta de dientes. —Me he despertado en la cama vacía. ¿Por qué me has dejado?
—No sé. Sentí el sol en la cara, oí el ruido de las olas y… —sonrió y se abrazó a él—. No me canso de tu isla. Es tan preciosa.
—Eres tú quien eres preciosa —le dijo en tono suave.
La besó de nuevo, esa vez con un beso más pausado y largo, y Demi sintió que se derretía por dentro.
—Tengo una idea —dijo Joseph.
—¿Mmm?
—Desayunaremos rápidamente. Luego, iremos en el velero hasta el continente.
—Pero a mí no me hace falta…
—Me encantó lo que me dijiste, nena. Pero quiero llevarte por ahí. Enseñarte South Beach —sonrió—. Por favor, Demi. Déjame llevarte.
Sabía que él se lo estaba diciendo de corazón. Y lo cierto era que la idea de ir a South Beach con él la emocionó.
Miami Beach, South Beach; era otro mundo. Mujeres diez se paseaban con hombres igualmente impresionantes a su lado; aunque ninguno le pareció tan apuesto como Joseph.
Los cafés de las aceras competían en elegancia, los hoteles eran fantásticos, y sólo se veían Ferraris, Lexus y Mercedes.
Y tiendas.
Ah, y qué tiendas. Fendi, Gucci, Christian Dior y otros exponentes del diseño y la alta costura. Sin duda algo por lo que había que pagar cantidades elevadas.
—No —dijo Demi deteniéndose al ver el primer discreto cartel.
—¿No qué? —respondió Joseph mientras miraba hacia la ventana—. ¿No te gusta ese diseñador? Ella estuvo a punto de echarse a reír.
—No es eso; pero no puedo permitirme venir a estos sitios.
—Bueno, no. No puedes —dijo en tono muy razonable—. ¿Cómo ibas a poder si no tienes cartera? —se acercó un poco más a ella—. No es muy fácil tener cartera cuando un hombre te saca de la ducha desnuda.
—¡Shhhh! ¡Te va a oír todo el mundo! —horrorizada, miró a su alrededor—. Ahora no hables de eso. Además, aunque llevara encima mi cartera nunca podría…
—Sí —añadió él—, pero yo sí que puedo. Y me daría mucho placer comprarte algo especial, ¿de acuerdo?
—Joseph…
—Conozco ese tono de voz, cariño. Míralo de este modo. He hecho una reserva en el que se supone que es el sitio más romántico de la playa —sonrió—. Estás preciosa tal y como estás. ¿Pero yo qué sé? Soy un hombre.
Demi se miró los pantalones de algodón. Le quedaban muy grandes, y estaban también gastados. Además, hacía calor. Y los zapatos… John le había dejado una chanclas de goma descoloridas del sol que encima le quedaban grandes.
Desde luego no iba vestida para una cena romántica.
—¿Demi? ¿Podemos entrar ya?
Ella asintió. Le dio la mano y pensó que no les dejarían pasar con la pinta que llevaban.
Pero se equivocó totalmente.
Evidentemente, los empleados de las tiendas eran capaces de ver más allá de las apariencias. Saludaron a Joseph del mismo modo en cada tienda, con las mismas sonrisas respetuosas y la misma atención. Luego, él señalaba cosas que creía le quedarían bien.
—Nos probaremos esto —le había dicho a la dependiente que se había acercado—, y también eso; y aquello de allí. Él no le preguntó si alguna cosa le parecía bien, o si le gustaba. Asumía que podía decirle cómo serían las cosas y que ella lo aceptaría.
Lo más sorprendente era que él tenía razón. Su Joseph no era un hombre con quien discutiera una mujer, sobre todo si lo amaba, si lo amaba con toda su alma…
—¿En qué estás pensando? —le preguntó él en voz baja.
Y Demi se sonrojó, y dijo que no había estado pensando en nada en particular.
—Mentirosa —le había dicho él en tono todavía más bajo, y cuando le pegó los labios al oído le dijo que encontraría el modo de forzarla para que le dijera la verdad cuando estuvieran a solas.
Al final se habían recorrido todas las tiendas. Ella se había probado de todo: zapatos, bolsos, vestidos, pantalones, tops… hasta que finalmente, en la última tienda, Joseph dijo sí a unos espectaculares pantalones cortos blancos y a un top de seda blanco y sandalias a juego, y le dijo que se pusiera la ropa y tirara los pantalones de algodón y la camiseta.
—La señorita se llevará esta ropa puesta —le dijo a la dependienta.
Demi fue hacia el probador, entonces se dio la vuelta. Joseph arqueó las cejas.
—Ropa interior —le dijo, moviendo los labios para que él la entendiera—. Necesito un sujetador, y braguitas —le susurró, sonrojándose un poco.
—No lo necesitas.
Joseph lo dijo con una voz tan sensual, que ella sintió deseos de arrastrarlo hasta el probador.
—Ya le he dicho a la dependienta que se ocupe de ello.
Compraron un sujetador de encaje con tanga a juego. Demi se puso el conjunto, y entonces se imaginó a Joseph quitándoselo. Ah, sí… sin duda aquél era un sueño que no quería que terminara jamás.
El café donde almorzaron tenía vistas a la playa. Había olas muy grandes ese día; alguien gritó que había delfines, y con deleite contemplaron los elegantes cuerpos grises saltando sobre las olas. Demi sacudió la cabeza fingiendo exasperación, y diciendo que Joseph lo había preparado todo para ella.
—Lo haría si pudiera —le respondió él sonriendo—, sólo para verte reír así.
Era cierto. Habría vuelto el mundo del revés sólo para ver esa expresión en su Demi.
Le encantaba verla reír, sus sonrisas, o cómo suspiraba con placer mientras comía la ensalada Nigoise o emitía sonidos de aprobación al probar el pinot grigio que había seleccionado de la carta de los vinos.
—¿Es el nombre del vino o de la uva? —le había preguntado ella después de probarlo.
Y a él le encantó que a ella no le importara reconocer que no lo sabía, y también su interés genuino.
Y le encantaba la cara que ponía cada vez que él había señalado alguna prenda o algún bolso en un escaparate, y su manera de abrir los ojos como platos cuando lo había añadido al montón cada vez más grande de las cosas que quería que ella se pusiera.
Incluso él, que jamás había salido de compras con una mujer en su vida, se dio cuenta de que nadie le había comprado jamás regalos caros.
De haber sido su amante, Tony Gennaro lo habría hecho… ¡Ya estaba otra vez pensando en eso! Ella le había dicho que no había sido amante de Tony Gennaro y él la creía.
—¿Les apetece tomar postre? —les preguntó el camarero. El postre que quería Joseph lo tenía sentado enfrente, pero supuso que eso no podría decirlo.
—Sí —Joseph se aclaró la voz—. ¿Demi?
Ella escogió algo de la carta de postres, pero sólo, según dijo, para que él lo compartiera con ella; y él dijo que sí, que lo compartirían.
Compartir lo que tenía en mente le parecía perfecto.
El camarero llevó el café y un postre de chocolate que parecía una obra de arte.
—Delicioso —suspiró Demi.
—Absolutamente delicioso —concedió Joseph, pero la miraba a ella.
Cuando salieron del café, ella se quitó las sandalias nuevas, él sus mocasines, y caminaron por la playa agarrados de la mano, cada uno disfrutando simplemente de la compañía del otro. A media tarde, cuando ella se sintió un poco cansada, Joseph le echó el brazo a la cintura.
—Volvamos al barco y echemos una siesta antes de la cena.
Pero en cuanto llegaron al barco y estuvieron bajo la cubierta, escondidos del mundo, con el suave balanceo del velero amarrado y la proximidad de sus cuerpos calientes por el sol, la siesta se les antojó menos deseable.
—Quiero hacerte el amor —le dijo Joseph en tono suave.
—Sí —respondió Demi—. Oh, sí.
Se desvistieron, se abrazaron e hicieron el amor despacio, muy despacio. Entonces, sin soltarse, se acurrucaron en la litera y se durmieron.
Los pantalones cortos, las sandalias y aquel top excesivamente caro no era lo que uno vestía para acudir a una cena romántica.
Demi salió de la ducha, al camarote lleno de pronto de cajas y bolsas. Todas las marcas que había visto esa mañana estaban allí impresas en las cajas y envoltorios.
—¿Qué es todo esto? —preguntó ella, mirándolo.
Él puso cara de inocente.
—No tengo ni idea. Será mejor que lo abras.
Las cajas contenían todo lo que se había probado en las tiendas; desde ropa, bolsos y zapatos, hasta más conjuntos de ropa interior, en todos los colores del arco iris. Incluso había cosas que no se había probado, como un colgante dorado con un brillante en el centro, o unos aros pequeños y elegantes.
Estaba confundida.
—¿Cómo han podido pensar esos dependientes que querías todo esto?
Joseph le agarró la cara con las dos manos.
—Porque eso fue lo que les dije —dijo él en voz baja—. Estabas preciosa con todo, cariño. ¿Cómo iba a elegir solamente una cosa?
Ella lo miró con los ojos como platos.
—Joseph. No puedo permitir que hagas esto.
—¿Por qué no?
—Porque… es demasiado. Demasiado caro…
Él la besó en los labios con ternura.
—Shhhh, quería hacerlo, Demi —sonrió—. Además, en ninguna de esas tiendas se puede devolver nada.
Demi lo miró con suspicacia.
—Ya. No te cambian nada, ¿no?
Él sonreía cada vez más.
—Por favor, haz esto por mí, cariño. Me hará feliz.
—Es un chantaje de lo más ridículo, Joseph —le dijo, pero sonreía mientras le echaba los brazos al cuello y lo besaba.
Él tenía razón. El restaurante era muy romántico. Su mesa, iluminada con velas y frente a las oscuras aguas del océano, era perfecta. La comida fue tan incomparable como el vino, aunque Demi no recordara después ni lo que habían comido ni bebido.
Sólo tenía ojos para Joseph, vestido con unos pantalones de lino color crema y una camisa de manga larga sin cuello. A la luz de las velas, él tampoco dejaba de mirarla.
Volvieron a casa con un cielo limpio y cuajado de estrellas, Demi abrazada a Joseph, con el suspiro del viento y el susurro de las olas como acompañamiento.
Joseph aumentó la velocidad del velero, y en poco tiempo llegaron a la isla. Caminaron hasta la casa y se dieron un beso largo y apasionado en el porche. Entonces él la tomó en brazos, entró con ella en la silenciosa casa y la subió hasta su cama.
—Joseph… —susurró ella mientras hacían el amor—. Joseph…
Él la besó. La llevó a las nubes y la entretuvo allí hasta que ella le rogó que tuviera compasión.
Cuando terminaron, cuando él estaba agotado y ella temblaba entre sus brazos, Joseph supo que había encontrado lo único que de verdad deseaba en ese mundo.
La mujer que lo complementaba.
Y en ese momento entendió que jamás permitiría que se marchara de su lado.

6 comentarios:

  1. aaaaaahh!!
    mee encaantooo
    tee quedooo geneaaal el capiii

    ResponderEliminar
  2. Wow! exelente! totaalmente solo kiero perdirte una cosa xd.... NO TERMINES NUNCA ESTA NOVELA NNO PODRIA IMAGINARMELO !O.o! eemm... kiero otro! xd

    ResponderEliminar
  3. No quiero pensar que demi despues lo engaña!! :O! algo trama y quiero saberlo tienes que subir!! me encanto

    ResponderEliminar
  4. Sube porfa eh pasado toda estas veces para ver si subes otro ahora :D"" !! porfavor :)

    ResponderEliminar
  5. aaaaaa
    cuanta felicidad
    wow
    seguro que algo pasa y se arruina ¬¬
    jejeje sube pronto
    me encanto!!!

    ResponderEliminar
  6. Hola de nuevo xd!! Es q ... Quiero otro ... :$ ..... SUbe!!

    ResponderEliminar

Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..