miércoles, 23 de marzo de 2011

Novela Jemi 18 - Desnuda en sus brazos


Las sombras del techo eran delicadas como un encaje. Joseph las miraba fijamente junto a Demi, que dormía entre sus brazos, mientras pensaba con una sonrisa en los labios en el día que había pasado en Miami Beach. Todo había sido perfecto, desde el evidente deleite de Demi durante las compras, hasta la siesta en el camarote del velero pasando por la cena romántica y la vuelta a casa bajo un cielo tachonado de estrellas…
Perfecto, pensaba de nuevo mientras la besaba en la cabeza.
Su sonrisa se desvaneció. El día le había recordado que más allá del refugio de la isla estaba el resto del mundo, un mundo al que tendrían que volver algún día.
En realidad no se había olvidado de ese mundo, ni de la razón por la que se escondían de él. Cada noche, antes de irse a al cama, comprobaba el perímetro de la casa; el dispositivo de seguridad y las cerraduras en puertas y ventanas. Había advertido a John de la posibilidad de que surgiera algún problema y el ex soltado de las Fuerzas Especiales estaba alerta.
Joseph había tomado precauciones para que nadie supiera que estaban allí en Isla de Palmas; y estaba más que seguro de que nadie los había seguido cuando habían salido de Nueva York. El piloto había presentado un plan de vuelo que no tenía nada que ver con la realidad. Sin embargo, sólo un tonto se confiaría. La autocomplacencia llevaba al descuido, y de ahí al peligro.
Le echó el brazo a Demi por encima y la estrechó contra su cuerpo. Si algo le ocurriera…
Seguramente ése era el momento para llamar a Shaw y averiguar qué planes habían hecho para salvaguardar el regreso de Demi.
Shaw no dejaba de llamarle, de dejarle mensajes en su móvil cada vez más airados. En su última llamada le había exigido muy enfadado que le dijera dónde estaba, y le había preguntado si acaso olvidaba que trabajaba para él.
Pero Joseph se dijo que no trabajaba para él; él mismo había abandonado ese trabajo hacía ya varios años. ¿Y qué iba a hacer Shaw, echarle de un trabajo donde ya no trabajaba?
No había hablado con Shaw desde la noche que se había llevado a Demi de Nueva York, y entonces sólo le había dejado un mensaje en su teléfono: «tengo el paquete, y me lo llevo a un sitio más seguro», le había dicho.
Sabía que había llegado el momento de hacer otra llamada. No porque Shaw lo exigiera, a Joseph eso no le importaba. La llamada le daría la información que requería para mantener a Demi a salvo.
¿Se habría retirado Gennaro después del fracaso de sus dos matones, o seguiría detrás de Demi? ¿Y cuándo se iba a celebrar el juicio? Tampoco sabía qué planes de seguridad habían hecho los federales.
Sabía, instintivamente, que fueran cuales fueran esos planes, no serían suficientes. El tendría que hacer otros adicionales.
Proteger a un testigo no era lo mismo que proteger a la mujer que uno… a la mujer por la que uno se preocupaba.
Y en medio de todo ello, seguía la única y persistente pregunta que no era capaz de quitarse de la cabeza: ¿Por qué Gennaro quería quitarse de en medio a Demi? Ella decía que no sabía nada de su organización.
Y eso sería verdad, ¿o no? ¿O no… ?
¡Dios, qué malo era!
Joseph retiró el brazo que le tenía echado por los hombros a Demi, se puso unos vaqueros y una sudadera, bajó a su despacho, encendió un fuego en la chimenea de piedra y se sirvió una copa de Courvoisier antes de acomodarse en un asiento de cuero.
Sabía muy bien que su renuencia a hablar con Shaw no tenía nada que ver con que el hombre no le gustara, sino con los sentimientos que tenía hacia Demi. No quería llevarla a Nueva York ni un segundo antes de lo necesario; no quería devolverla a la realidad, al peligro, no quería apartarla de aquel mundo privado que habían creado.
Decidió sacar el móvil y ver los mensajes que tenía. Había varias llamadas y mensajes de sus hermanos, y Joseph sonrió. Entonces vio que tenía tres de Shaw. El tercero le llamó la atención: Jonas, llámame lo antes posible. Nivel Rojo.
Una subida de adrenalina le corrió por la sangre. Apretó el botón donde tenía grabado el número privado de Shaw, que respondió a la segunda llamada, tan alerta como si fueran las doce del día en lugar de la madrugada.
—¿Jonas?
—Shaw. ¿Qué quieres?
—Ya era hora de que llamaras. ¿Pero qué demonios crees que estás haciendo? ¿Jugando al llanero solitario?
—Ve al grano, Shaw. ¿A qué viene lo de «nivel rojo»?
—¿Sigues teniendo el paquete?
—¡Sí, maldita sea! Conteste a mi pregunta. ¿Por qué «nivel rojo»?
—Las cosas se están moviendo aquí, Jonas. Hay un rastro del paquete. Ha sido localizado hasta Florida.
—¿Cómo demonios…?
—Aún no han dado con la localización exacta, pero están cerca.
—Moveré al paquete.
—¡No! —respondió Shaw en tono de advertencia—. ¡No hagas eso! No sé quiénes son, ni su localización exacta; mover el paquete sería un error.
El director tenía razón, y Joseph asintió.
—De acuerdo —se pasó la mano por la cabeza—. Pero no puedo entender cómo han logrado rastrear el paquete hasta Florida.
—Tal vez a través del oficial de policía en el aeropuerto Kennedy.
—Es de total confianza.
—Pero está desaparecido —dijo Shaw con brusquedad—. Hace casi una semana que no lo ha visto nadie.
Joseph apretó la mandíbula. No quería ni pensar en lo que podría haberle ocurrido a su antiguo compañero.
—Tengo un plan —dijo Shaw.
—¿Qué es?
—Dime dónde estás exactamente. Te enviaré asistencia por aire.
—No. Maldita sea, los federales…
—Los federales no. Gente de la agencia. Los hombres en los que podemos confiar para que realicen un trabajo sin dar explicaciones.
En otras palabras, hombres que creían en la causa descrita por la Agencia y que harían lo que se les dijera.
Hombres como él había sido en el pasado. —¿Joseph?
Se dio la vuelta. Demi estaba a la puerta, envuelta en su albornoz. Le pareció menuda, vulnerable, y sintió un orgullo en el pecho que no podía compararse con ningún otro sentimiento. Le tendió los brazos, y ella fue hacia él y se acomodó.
—Estamos en una isla —le dijo a Shaw—. En un lugar llamado Isla de Palmas.
—Isla de Palmas —repitió Shaw—. ¿Nombre del hotel?
—Es una isla privada —Joseph sonrió a pesar de sí mismo—. Pero no está en tu ordenador, Shaw; yo mismo me ocupé de que no figurara.
—¿Hay pista de aterrizaje? —preguntó Shaw en tono frío—. ¿Un muelle para amarrar un barco? ¿Qué dispositivos de seguridad tienes?
—Hay una pista de aterrizaje. No hay muelle, pero sí una cala protegida en la cara oeste de la isla. Una pequeña embarcación puede entrar y salir sin problemas. La seguridad, la estándar. Diles a tus hombres que me llamen cuando estén a unos cientos de kilómetros de aquí y la desconectaré.
—Eso no está bien. Demasiado precipitado. Hazlo en cuanto terminemos esta llamada.
—Sí, de acuerdo.
—¿Tienes armas? ¿Hay alguien que pueda echarte una mano?
Joseph experimentó una leve sensación de desasosiego en forma de escalofrío en la espalda. No había tiempo para prestarle más que una atención superficial, pero la suficiente para que le dijera una mentira.
—No —dijo, como si las pocas pistolas que había guardado en una caja de caudales en la pared cuando había comprado la casa no existieran, o como si el hombre que le debía la vida no estuviera viviendo en una casita a menos de un kilómetro de la casa.
—En ese caso, salvaguarda al paquete lo mejor posible, Jonas, hasta que llegue la ayuda; será alrededor de media mañana.
Shaw colgó. Joseph cerró el teléfono.
—¿Qué pasa? —le preguntó Demi en voz baja.
—Nada.
¿Por qué preocuparla sin necesidad? No había razón para pensar que los hombres de Gennaro la hubieran localizado, y la caballería no llegaría al rescate antes de cinco o seis horas.
—¿Por qué no estás en la cama?
—Joseph, no me trates como a una niña —respondió ella en tono seco—. ¿Con quién hablabas?
Joseph suspiró.
—Con el director de la Agencia para quien yo trabajaba —vaciló—. Cree que los hombres de Gennaro podrían estar en Florida, buscándonos.
Demi negó con la cabeza.
—¿Pero por qué? Aún no lo comprendo. No hay razón por la que él quisiera hacerme daño, Joseph… ninguna en absoluto.
—Cariño, vamos, ya sé que piensas que ese hombre tiene buen corazón, pero… ¿Qué pasa?
Demi se fijó en la pantalla de la televisión.
—Ese hombre —dijo en tono suave.
Joseph miró la pantalla. ¿Maldita sea, pero qué estaba pasando? Una presentadora muy repeinada estaba entrevistando a Shaw; a un Shaw más joven, pero era él, como referencia a una noticia relacionada con el Ministerio de Defensa.
¡Qué casualidad!
—Es Shaw —dijo Joseph, tomando el mando a distancia y subiendo el volumen—. ¿Cariño, qué ocurre? —le preguntó al ver que Demi miraba la pantalla fijamente.
—Nada. Sólo es que… —miró a Joseph—. Lo he visto antes. En realidad, lo conozco en persona. Joseph volvió a sentir el mismo malestar, aquel escalofrío.

para mi lectora anonima...
com muchop cariño....
gracias por comentar....
besitos!!!!

3 comentarios:

  1. akjsakjskajskajs :D xd

    oye pero no la dejes asi!!! :( SUBE OTRO CAPII!! :) saludiños y te exijo otro :Z

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  2. holaa!!! cariñoo :D jeje esta muy buena la nove... seguila y no la dejes asii... plisss!!!

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  3. me encanto
    pero como es que conoce a Shaw o como se escriba XP
    jejeje

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..