martes, 8 de marzo de 2011

Novela Jemi 04 - Desnuda en sus brazos


Cualquier hombre que tuviera dinero suficiente podría tener a Demi Lovato. Una mujer tenía derecho a hacer lo que quisiera con su cuerpo, pero si decidía ofrecérselo al mejor postor, no era una mujer que él quisiera en su cama.
Entró en el baño. El lavabo estaba desconchado y manchado; encima había un estante igualmente estropeado que sostenía pequeñas ampollas y botes. Abrió uno al azar y se lo llevó a la nariz. ¿Lilas? No le emocionaban demasiado ni las flores ni el perfume; le gustaba que una mujer oliera a mujer, sobre todo cuando estaba excitada y deseosa de ser poseída; pero aquel perfume no estaba mal.
Entre el baño y la cocina había un pequeño ropero. Lo abrió y pasó la mano por una escasa colección de faldas, suéteres y vestidos de colores apagados. En el fondo del armario había media docena de pares de zapatos colocados ordenadamente: las zapatillas de esa mañana, tacones normales… no vio ningún par de tacón de aguja.
Qué pena.
Las interminables piernas de la señorita estarían más que sexys con unas sandalias de tacón alto. Tacones, uno de esos sujetadores de encaje a juego con unas braguitas y su melena morena serían suficientes para…
Joseph frunció el ceño y cerró la puerta del armario. Qué ridiculez. ¿Pero a quién le importaba cómo estaría ella medio desnuda? A nadie salvo a su amante, a su ex amante. Y lo que le hubiera atraído a Tony Gennaro jamás…
Clic.
Joseph se quedó helado.
Alguien acababa de girar la llave en la cerradura de la entrada. Apagó la linterna y miró a su alrededor en busca de un lugar donde esconderse. El armario era el mejor sitio. Era profundo, aunque estrecho como un ataúd. Además, tampoco tenía mucho donde elegir.
Rápidamente, se metió dentro y cerró la puerta, pero no del todo. Sacó suavemente la pistola de la parte de atrás del cinturón y la pegó a su muslo.
La puerta del apartamento se abrió; el tintineo del improvisado sistema de seguridad de Demi Lovato le dijo que tenía compañía. La señora de la casa estaba trabajando. Los federales habían desaparecido. De modo que sólo había dos posibilidades. Su invitado era o bien un ladrón con muy poca suerte, o un asesino a sueldo de Tony Gennaro.
Cada vez que Demi abría la puerta pensaba en lo mala que era la cerradura. Le había pedido al encargado del edificio que la cambiara, y él se había rascado la cabeza y le había dicho que sí, que la cambiaría un día. Pero todavía no lo había hecho. De momento, afortunadamente, no le había pasado nada.
Decidió en ese momento que ella misma se ocuparía de ello a la mañana siguiente, sin más demora. Tenía el día libre. Desgraciadamente, ya era muy tarde para llamar a un cerrajero; sobre todo porque sin haberlo previsto, tenía tiempo libre.
Hacía media hora el señor Levine había recibido una llamada. Su hermana estaba enferma, y tenía que ir a New Jersey. Demi se había ofrecido para quedarse en la tienda, pero él le había dicho que no; se lo agradecía pero pensaba que llevaba demasiado poco tiempo en el negocio, y que aún no conocía bien su sistema de alarma.
Demi sonrió con pesar mientras echaba el cerrojo de la puerta por dentro.
Sabía lo suficiente como para saber que el hombre no poseía ningún sistema de seguridad. Claro que no se lo había dicho a él. Había sido bueno y amable con ella, contratándola a pesar de que ella le había reconocido que no había vendido nada en su vida.
Incluso entonces, preocupado por su hermana, se había tomado el tiempo necesario para asegurarle que no le descontaría aquellas horas del sueldo.
—No es culpa suya el que no haya trabajado toda una tarde entera, señorita Smith —le había dicho el hombre—. No se vaya a preocupar por nada.
Había estado a punto de meter la pata cuando el hombre la había llamado así. Todavía no se había acostumbrado a ser Carol Smith. Con el cabello recogido, sin maquillaje, era una mujer joven, sola en la Gran Manzana.
Lo cierto era que jamás había conocido a nadie llamado Smith. Le daba la sensación de que el señor Levine sospechaba eso. Le había pedido su tarjeta de la seguridad social, que ella había prometido llevarle pero que nunca le había llevado; y él nunca se lo había vuelto a mencionar.
—Tengo una hija más o menos de tu edad —le había dicho cuando la había contratado—. Vive en Inglaterra y me gusta pensar que la gente allí cuidará de ella.
En otras palabras, era un viejo que añoraba a su hija; y ella se estaba aprovechando de ello.
Pero ella no iba a pensar en ello, iba a hacer lo que tenía que hacer para sobrevivir.
Anthony Gennaro quería que volviera con él. El FBI quería que entrara en el programa de protección de testigos. Y lo único que ella deseaba era que su vida volviera a ser normal.
Eso significaba no volver a ver a Gennaro en su vida, además de no testificar contra él. Independientemente de lo que fuera él, a ella no le había hecho ningún daño. Al menos no del daño que importaba.
Y, como le había dicho a los agentes que la habían entrevistado después de salir de su mansión, ella no sabía nada.
«Sí que sabes cosas», le habían dicho. «Sólo que no eres consciente de lo que es. Por eso queremos ponerte en el programa de protección de testigos. Podemos darte seguridad mientras te ayudamos a recordar». Cuando se había negado a cooperar, se habían enfadado con ella. Le habían dicho que Gennaro jamás dejaría de buscarla; y la habían amenazado con enviarla a la cárcel.
Había sido entonces cuando había decidido desaparecer del motel de Long Island donde había pasado las dos últimas noches. ¿Y qué mejor manera de desaparecer que mudarse a Manhattan, donde uno podía perderse?
Se quitó la gabardina, la gorra y las gafas de sol. Después el suéter y la falda. Entonces se desprendió de los zapatos y caminó hasta la otra punta del apartamento, deteniéndose un momento delante del ropero antes de recordar que tenía la bata colgada detrás de la puerta del baño.
El baño era pequeño y mal iluminado. Le salvaba la ducha con mamparas y que el agua salía con fuerza y muy caliente.
Demi encendió la luz, se quitó el pasador del pelo, abrió la puerta de la ducha y el grifo del agua caliente. Mientras dejaba que se calentara un poco el agua, terminó de desvestirse y dejó la ropa con cuidado sobre el…
¿Qué era aquello?
El corazón empezó a latirle con fuerza en el pecho. Algo se estaba moviendo. Lo oía. Era un ruido muy leve. ¿Serían pasos? ¿Tendría razón el FBI? ¿Enviaría Gennaro a sus hombres para que le dieran caza?
Un ratoncito gris salió corriendo de debajo del lavabo y desapareció por debajo de la puerta.
Demi soltó una risilla débil. ¡Un ratón! Se estaba dejando dominar por el miedo.
Pero eso se iba a acabar.
Sin embargo… sentía un frío que le encogía el corazón. Por un instante, había estado segura de que no estaba sola en el apartamento, de que había alguien allí observándola, esperando… ¡Qué ridiculez!
Demi entró en la ducha y cerró la puerta, para seguidamente levantar la cara al chorro caliente. El agua y el vapor ejercerían su mágico efecto para disipar el miedo que se arraigaba en su interior.
No había llegado tan lejos para derrumbarse. La supervivencia era lo único que importaba ya.
Con resolución, tomó un bote de champú del estante de la ducha, vertió un poco en la palma de su mano y empezó a lavarse el pelo.

4 comentarios:

  1. mee encaantooo tee queedoo supeer
    geneeall

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  2. JEMI es genial.....los amo...........me encanta, siguela pronto......0 )

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  3. aaa jejeje pronto se van a encontrar no??
    me encanto sube pronto
    haber que pasa jejejeje

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  4. wau!! estupendo el capitulo.. ya quiero q se encuentren jeje Jemi for ever :d un beso seguila pronto...

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..