miércoles, 16 de marzo de 2011

Novela Jemi 11 - Desnuda en sus Brazos


—¿Qué pasa ahora? —preguntó ella.
—Voy a cachearte, cariño.
—¿Cómo…? —se puso muy colorada—. ¡No me vas a cachear!
Él sonrió. —¿Quieres apostar?
Sus pupilas se dilataron, casi ocultando el color avellana, verde y dorado de sus iris.
—Pero tú sabes que no oculto nada. Tú… tú me has visto…
—Desnuda —terminó de decir él con voz ronca—. Sí, así es. Pero eso fue hace horas. Desde entonces, ha podido pasar cualquier cosa.
No era mentira, aunque tampoco fuera precisamente la verdad. Había conocido a prisioneros a los que al cachearlos se les había encontrado cosas en los sitios más insospechados.
Pero ella no era una prisionera. No de verdad. ¿Y dónde había podido encontrar un arma desde que había salido de la ducha?
Pero había que cumplir las normas; que tal vez fueran lo único que le mantenían a uno vivo.
Le dio la vuelta para que de nuevo estuviera de frente a la mampara, le agarró de las muñecas y se las colocó por encima de la cabeza.
—Separa los pies, nena.
Pero las reglas no tenían nada que ver con el tacto de su piel al meterle la mano por debajo de la camiseta y pasársela por las costillas. Subió la mano más, alrededor de un pecho y después el otro, y le pasó el pulgar sobre los duros pezones.
Repentinamente su respiración se volvió entrecortada, y suspiró suavemente antes de emitir un leve gemido involuntario que hizo que Joseph se estremeciera y se excitara de inmediato.
—Nada —dijo con una voz que no le parecía la suya.
Pero no era cierto. Sí que había algo allí: el tacto de sus pechos, la reacción instantánea de sus pezones y aquel gemido tan leve…
Deslizó la mano hacia abajo. Le extendió la palma por el vientre; sobre su vientre suave y firme. Y bajó la mano un poco más, hasta colocarla entre sus muslos. Entonces percibió su respiración agitada.
Joseph gimió, mientras el sudor se resbalaba por su frente. Aquello lo estaba matando.
Y lo único que tenía que hacer para aliviar aquella tensión era bajarle las braguitas, bajarse la cremallera, echarle un brazo a la cintura y hundirse entre sus piernas para moverse dentro de ella y sentir su calor satinado acariciando su miembro erecto.
El avión se movió un poco y al momento pareció tomar altura de nuevo.
Demi se cayó hacia atrás. Él cerró los ojos y apretó los dientes, deleitándose un momento con la suavidad de su cuerpo sobre su pene hinchado.
¿Pero qué demonios le estaba pasando? ¿Acaso había perdido la cabeza?
—De acuerdo —dijo con brusquedad—. Estás limpia.
Pasó delante de ella y abrió la puerta del servicio. Pero ella no se movió. No hizo nada. Entonces se volvió hacia él, estaba muy pálida y tenía los ojos muy abiertos.
—¿Cómo eres capaz de soportar lo que haces? —dijo con un débil susurro.
Era una frase inteligente. Y tal vez se hubiera encogido de vergüenza de no haber sido por su leve gemido. De no haber sentido el temblor de su cuerpo al tocarla.
¿Sería posible que una mujer fingiera hasta tal punto? Se la imaginó en los brazos de Tony Gennaro, y se dijo que sin duda la respuesta era afirmativa.
—Dijiste que tenías que pasar al servicio —dijo bruscamente—. Te sugiero que lo hagas.
A ella le temblaron un poco los labios. Sí, era muy buena. Buenísima. Y el intentar cerrarle la puerta corredera en la cara fue también un toque muy dramático.
—Lo siento, nena. ¿Te acuerdas de lo que te he dicho? La puerta se queda abierta —esbozó una sonrisa insolente—. Seré todo un caballero. No apartaré los ojos del techo.
—¡No sabrías ser un caballero ni aunque tu vida dependiera de ello! —respondió ella mientras entornaba la puerta todo lo posible.
A los cinco minutos salió. Debía de haberse lavado la cara con ahínco, porque le brillaba como una manzana. Tenía el pelo húmedo, y Joseph pensó que sin duda se habría peinado con los dedos para tratar de domar un poco la melena.
—¿Mejor? —dijo él en tono cortés.
Ella le dirigió una mirada más venenosa que cuando había entrado en el baño.
—Eres despreciable —le dijo con frialdad—. ¿Lo sabías?
—Algunas personas me lo han dicho, sí.
Pasó a su lado. Joseph esperó a que se sentara para abrocharle de nuevo el cinturón. Entonces le ató las muñecas otra vez.
—Esto es para demostrar lo duro y fuerte que eres, ¿no?
Otra frase inteligente. Pero lo que no sabía ella era que él había sido instruido por expertos mucho mejores que ella a la hora de hacer que uno se sintiera culpable.
—Estás bajo mi custodia. Es por tu propio bien.
—Estoy segura de que eso es lo que dicen todos los torturadores —añadió ella en tono seco—. Haga lo que tenga intención de hacer, señor Jonas. Pero no me diga por qué lo hace.
—Será un placer —respondió el de mala gana mientras terminaba de sujetarle las muñecas.
—En diez minutos tomamos tierra.
Demi levantó la cabeza y se sorprendió al ver a Joseph Jonas allí de pie junto a ella. ¿Cómo era posible que ese hombre se moviera con tanto sigilo?
—¿Hambre?
—No —le dijo ella en tono frío—. No tengo hambre.
—Bien —sonrió sin humor—. Porque se me olvidó pedir catering.
—Qué gracioso es, señor Jonas.
—Joseph —otra de sus gélidas sonrisas—. Deberíamos dejar las formalidades ya, señorita Lovato. ¿No te parece?
—Las formalidades me parecen lo mejor… ¿Qué está haciendo?
—Ya te he dicho que vamos a aterrizar enseguida. Te estoy desatando.
El avión había perdido altitud, pero aunque la negrura de la noche había dado paso al tono plomizo que precedía al alba, no había luz suficiente aún para ver nada de lo que había debajo. Deseaba desesperadamente saber si iban al campo, o a una ciudad.
El se sentó en el asiento a su lado.
—La casa está a unos minutos de la pista de aterrizaje.
Ella no quería preguntarle nada más para no darle la satisfacción. Pero de todos modos lo hizo.
—¿Qué casa?
—Mi casa —él bostezó.
—¿Vives en Florida?
¿Pero por qué no cerraba la boca de una vez?
—Vivo en Dallas. Compré esta casa hará unos meses. Y todavía no he pasado mucho tiempo aquí.
En realidad no había pasado nada de tiempo allí, salvo un par de fines de semana. Había visto la isla cuando había estado allí en viaje de negocios, le había gustado y la había comprado como una inversión, tal vez para tener un sitio donde pasar los fines de semana, pero no había pensado nada más. —¿Ése es el aeropuerto?
Joseph se inclinó hacia la ventana. Las luces iluminaban el asfalto que se extendía hacia el horizonte delante de ellos.
—Mi aeropuerto. Sí.
Ella se volvió hacia él.
—¿Tu aeropuerto?
—Es una isla privada. Se llama Isla de Palmas.
Demi lo miró sorprendida. Entonces volvió la cabeza y pegó la frente a la ventanilla con interés.
Las ruedas del avión tocaron la pista. Cuando el avión había completado el recorrido de la misma, se detuvo. Joseph se puso de pie.
—Vayámonos.

6 comentarios:

  1. Siguela PUEDes PONEr otro!!!!!! :D!!

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  2. OMG, por favor sube otro cap pronto pronto pronto.........esta hermosa y me muero por saber que pasara........0 )..0 )..0 )

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  3. YA sUBE Otro !! NO quiero esperar hsata mañaana!
    sube otro.. :)

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  4. Son muy cortos los capitulos te dejan con intriga! :( sube otro :D

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  5. wauu!!! muy buenos los cap.. seguilos pronto un besooo... ♥ :D
    P/D: x favor haslos mas larguitos... :D xoxoxo

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  6. ya quiero leer el siguiente... me encanta como es Joe es tan... tan... tan... arrogante, patan pero es taaaaaannn Sexy.... amo tu nove please siguela

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..