martes, 22 de marzo de 2011

Novela Taylena 16 - A las Ordenes Del Jeque


—Y, dime, ¿por qué pasas tanto tiempo a disposición de tu hermano?
Ella notó el breve gesto de contrariedad en la cara de Taylor. Evidentemente, su perfecto inglés no había comprendido aquella frase.
—¿Por qué actúas como su mensajero, su emisario? Me sorprende que seas su sirviente... —dijo ella.
—No soy el sirviente de nadie —la interrumpió—. Pero hice una promesa a la madre de Justin, mi madre, de que cuidaría de mi hermano. Su padre murió cuando tenía dieciocho años, justamente después de que terminase el colegio en el que estuvisteis ambos, y nuestra madre sólo vivió un par de años más.
El no había sospechado que cuidar a su medio hermano sería un trabajo a tiempo completo, reflexionó Taylor. El coche paró en el lugar donde habían acordado recoger los caballos.
Desde siempre Justin había sido un niño mimado, y se había convertido en un joven débil y egoísta. Siempre había llevado flojas las riendas de su país, pero el último problema había sido el peor que había provocado. El muy tonto no sabía lo que significaba tener que refrenarse, y era incapaz de escuchar los consejos que le daban.
Selena Gómez quizás pensara que casarse con Justin fuera un gran beneficio, y sin embargo, Taylor dudaba que su matrimonio fuera feliz. Pero al parecer ella pensaba que la riqueza compensaría la falta de afecto que tendría que aguantar.
Y por supuesto estaba el tema de la seguridad de su hermano. Había sido su primera preocupación cuando había oído la noticia de la revuelta en la ciudad.
¿Era posible que...?
Un movimiento llamó su atención y lo distrajo de sus pensamientos. La vio mover el picaporte. Asif, el chófer, se había bajado para hablar con los hombres que habían llevado los caballos, y había dejado la puerta sin cerrojo.
—Oh, no...
Taylor agarró el brazo de Selena y tiró de ella nuevamente hacia el coche. Ella lo miró con furia.
—¿Qué diablos estás haciendo? —exclamó ella, retorciendo su brazo para intentar soltarse. Pero no lo consiguió. Sólo logró agitarse y enrojecer su muñeca con el roce.
Cuando Taylor vio aquel enrojecimiento, se sintió molesto y contestó irritado.
—¡Yo diría más bien qué es lo que estás haciendo tú! ¿Quién te ha dado permiso para salir del coche?
Selena estaba respirando agitadamente. El movimiento de sus pechos era muy erótico. Taylor sintió calor en su bajo vientre, y sintió la dureza de su excitación. La lucha interna consigo mismo casi le hizo soltar la muñeca de Selena.
La situación ya era de por sí arriesgada. Si corrían los rumores de que el Jeque Taylor Lautner había sido visto sin carabina con una mujer occidental, y peor aún, con la prometida de su medio hermano, podría haber graves repercusiones. Tenían que tomar precauciones, el tipo de precauciones con el que ella no estaría de acuerdo.
La sujetó fuertemente, y con la otra mano sacó algo del bolsillo. Ella lo miró con desconfianza, detenidamente, achicando los ojos.
—Toma, ponte esto...
El paquete que le dio se abrió al tirarlo. Cayó encima del regazo de Selena. Era algo negro. Parecía un velo musulmán.
—¿Qué...? ¿Es esto lo que creo que es? —preguntó ella, disgustada.
Su opinión quedó clara con el tono de furia de su voz, pero Taylor ignoró la rebelión que implicaba, y en cambio respondió a su pregunta literalmente.
—Si crees que es una túnica, una abaya con hijab, un pañuelo y velo, sí, eso es lo que es exactamente. Te aconsejo que te los pongas ahora, antes de que bajes del coche.
—¡Ponérmelos! ¿Estás bromeando? ¿Cómo te atreves a pedírmelo? Es un insulto...
—Sólo si ves el abaya y el velo desde el punto de vista occidental, como una imposición —le dijo Taylor—. También puede ser una forma de protección. No estás en Londres ni en ninguna ciudad occidental, señorita Gómez. Los hombres que hay allí fuera no son los sofisticados banqueros ni miembros de la Unión Europea. Son hombres de las tribus del desierto que están orgullosos de su forma de vida, de sus tradiciones. Para ellos el abaya es una forma de protección, y para ti va a ser lo mismo. Si tienes algo de sentido común, harás lo que te digo.
Al ver que ella todavía no estaba convencida, Taylor resopló.
—No tenemos demasiado tiempo que perder.
—Entonces...
—¡No saldrás de este coche a no ser que te pongas eso! Así que, decídete, Selena, antes de que sea yo quien tome la decisión por ti.
Selena levantó la mano para mostrarle que él todavía la tenía sujeta.
—Vas a tener que soltarme primero.
El pensó que aquélla podía ser otra pequeña rebelión de Selena, pero entonces ella suspiró e hizo un gesto de aplacamiento alzando la mano.—Te prometo... Te doy mi palabra. No volveré a pelear ni a discutir... por esto —dijo ella.
Taylor sonrió levemente.
—No está mal para empezar —respondió.
Lentamente, Taylor la soltó.
En realidad él sabía que no quería soltarla no porque dudara de su palabra ni porque temiera que se escapase, sino porque no quería soltar su mano, una razón más sencilla y más complicada al mismo tiempo. No quería dejar de sentir la suavidad de su mano, la delicada fuerza de sus dedos...
La verdad era que quería tenerla sujeta mucho más tiempo. Quería tener mucho más que la suavidad de su mano. Quería acariciar todo su cuerpo, besarla...
Pero, si no la soltaba, ella sospecharía lo que estaba pensando, y no sabía cómo podría reaccionar.
Entonces la soltó. Pero no dejó de mirarla. No pudo dejar de observar su eficiencia y la delicadeza de sus movimientos mientras se ponía la túnica, el pañuelo y el velo.
Cuando terminó, lo miró.
—¿Está bien así? ¿Satisfecho?
Taylor asintió con la cabeza.
—De acuerdo.
—Pero esto es sólo por ahora. No creas que porque haya accedido a esto voy a aceptar todo lo que me digas de ahora en adelante.
—No se me ha ocurrido semejante cosa —le dijo Taylor, y sonrió.
Para su sorpresa ella le devolvió la sonrisa.
—Bueno, al menos nos entendemos en esto.
—¿Qué te ha decidido a hacer lo que te he pedido? —le preguntó Taylor.
Selena pensó un momento. Luego lo miró a los ojos, y respondió:
—El hecho de que no tengo elección. Tengo que tenerte contento porque tú eres el único que me cuida. El único en quien tengo que confiar para mantenerme a salvo y llegar hasta Justin.
Se tapó con el velo y salió del coche.
Así que no vio el cambio que experimentó la cara de Taylor. El modo en que se le borró la sonrisa de la cara.
Su hermano había insistido en que ella llevara el abaya. Justin podía saltarse cualquiera de las normas de su cultura por simple placer. Pero era muy intransigente en lo concerniente a las mujeres.
Tendría que hablar con Selena acerca del joven con el que se iba a casar, en cuanto tuviera la oportunidad.
Selena se despertó lentamente, bostezando y estirándose perezosamente. Le dolían las piernas, los hombros y el cuello, y durante unos segundos no comprendió por qué.
Pero recobró la memoria y con ella los recuerdos de lo que había sucedido la noche anterior. Se incorporó en la cama y miró la habitación en la que estaba, buscando al hombre que la había llevado allí, Taylor.
No estaba él.
Ni ella se encontraba en una habitación. Sólo tenía un recuerdo borroso de su llegada allí. Pero una cosa estaba clara: después de horas de montar, horas de oscuridad, con la arena y el viento del desierto formando remolinos a su alrededor, azotando su cara aun con el velo protector, hasta que se había puesto el sol, habían llegado a aquel campamento al lado de un oasis.
Apenas había estado despierta entonces. De hecho, sabía que había pasado parte del viaje dormida. Las largas horas del viaje y el estrés de la incertidumbre, finalmente, se habían apoderado de ella, y se había terminado durmiendo mientras montaba, balanceándose en la silla con los ojos cerrados.
Taylor lo había notado.
Había visto cómo se le caía la cabeza y las manos aflojaban las riendas.
Taylor había dado la orden de que parase la pequeña caravana. Se había acercado con su caballo hasta la yegua que montaba Selena y le había tocado el brazo suavemente.
—¿Te encuentras bien? —había preguntado, preocupado.
Aquello la había destruido. Estaba agotada, perdida, sola en un país extranjero. Hacía años que no montaba tanto tiempo ni recorría tanta distancia... Pero no había querido admitirlo, aunque no hubiera sido capaz de montar ni tres metros más.
Detrás del velo, sus ojos habían estado llenos de lágrimas por la fatiga. Había intentado borrarlas y había asentido con la cabeza.
—¿Puedes continuar?
Ella había querido decir «sí». Cualquier cosa menos admitir frente a él la debilidad que estaba sintiendo. Pero no había podido pronunciar una palabra.
Y luego, en un momento dado, ya no había tenido la necesidad de decir nada. Taylor se había acercado con el caballo y la había agarrado. La había levantado de la silla y había tirado de ella, pasándola de la yegua a su caballo. La había puesto en la silla delante de él y la había rodeado con sus brazos.
—Ahora estás a salvo —le había dicho Taylor—. Puedes dormir si te hace falta.
Y el problema era que ella se había sentido segura, sujeta por la fuerza de aquellos brazos, con la cabeza apoyada en su hombro. Había podido cerrar los ojos y echarse hacia atrás... Se había sentido protegida. Hasta había dormido un poco... Y cuando segura, sujeta por la fuerza de aquellos brazos de Taylor alrededor de su cuerpo... Pero la verdad era que era imposible que él la protegiera de lo que más daño le hacía. Jamás podría protegerla de él.
Pero la había mantenido a salvo durante aquel viaje. Y la había llevado al campamento, adonde podrían refugiarse de los elementos naturales y de cualquier problema que hubiera surgido en la capital de Barakhara. Selena había mirado a su alrededor al llegar. Pero el cansancio la había vencido y se había dormido tan profundamente, que no se acordaba siquiera de que la hubieran bajado del caballo de Taylor ni de que la hubieran metido en la tienda.
Y tampoco recordaba haber sido puesta en aquel diván bajo, como una especie de sofá.
Se estiró otra vez y sintió las sábanas contra... Contra su piel.
Se irguió, en estado de shock.
Alguien la había desvestido antes de acostarla. Alguien, Taylor, porque seguramente sólo podría haber sido él, le había quitado la camisa blanca y los pantalones negros de algodón, y la había dejado sólo con su sujetador de encaje y sus braguitas.
Selena se puso colorada. Y en medio de aquel aturdimiento oyó la voz de Taylor en su mente, diciéndole que por qué se escandalizaba tanto, si después de todo la había visto con menos ropa, desnuda, aquella noche en su suite.
Pero eso había sido...
Se imaginó la expresión burlona de Taylor, casi de desprecio...
Todo sucedía en su mente, pero podía oír sus palabras de desprecio como si realmente estuviera con ella en la tienda.
«Ahora que sabes que no vas a conseguir lo que quieres, no quieres hacer un espectáculo de desnudo, ¿verdad?»
¿Cómo podía decirle la verdad? Que en cierto modo era así. Porque ella se había entregado a él con la ilusión de que él se quería casar con ella. Esa esperanza había hecho especial que le ofreciera, deseosa, su cuerpo y su corazón.
¿Cómo iba a admitir que había tenido la esperanza de que él llegase a apreciarla, si no amarla, si tenían un matrimonio de conveniencia?
Ella podría haber aceptado eso también. De hecho, la verdad era que ella hubiera deseado tener esa oportunidad.
Se destapó y sacó las piernas de la cama. Una bata de seda bordada brillaba en otro diván, evidentemente para que la usara ella. Se la puso para cubrir su desnudez.
—¡Ojalá no hubiera dicho nada! —se quejó en voz alta.
Selena caminó de un lado a otro de la tienda.
Si no hubiera dicho aquello de «Todas las noches de nuestro matrimonio», tal vez hubiera pasado aquella noche, y muchas más, con Taylor.
Habría hecho el amor con él totalmente. Y no habría pedido más.
Pero le había hecho creer a Taylor que era todo o nada.
¡Ojalá Taylor le hubiera mostrado una vez más aquella pasión de la primera noche…!
¡Ojalá tuviera una segunda oportunidad...!
Pero no la tendría. Taylor le había dejado claro que la consideraba un fruto prohibido. Estaba prometida a su medio hermano y, como tal, era intocable. El sólo la había besado porque ella había estado a punto de gritar, y la había besado más profundamente porque ella había correspondido a su beso. Pero luego él se había apartado y se había mantenido frío y distante. Aun durante el viaje, cuando la había puesto en su silla, y la había rodeado con sus brazos para tenerla sujeta, su tacto había sido tan frío como el de un extraño.
El no la volvería a tocar. Estaba soñando al pensar en ello.
Y permitirse soñar era reabrir las heridas. Pero ¿cómo iban a cerrarse las heridas si se veía forzada a estar con Taylor en el desierto?
Además, no podía querer la pasión de Taylor y esperar que liberasen a David. La única forma de ayudar a su hermano era casarse con Justin, aunque eso le rompiera el corazón.
Taylor no volvió a la tienda hasta por la noche. Había sido un día largo, lleno de preocupación y soledad para Selena.
Los ayudantes que Taylor había dejado para que la atendieran habían sido diligentes en seguir sus órdenes, y habían estado atentos a todas sus necesidades, pero no habían querido, o no habían podido, contestar las preguntas que la atormentaban.
¿Qué sucedía en Barakhara?
¿Qué le había sucedido a Justin?
¿Y qué efecto tenía aquello en el futuro de David?
Pero la pregunta que se repetía una y otra vez era dónde estaba Taylor. ¿Adónde se había ido y por qué? ¿Y cuándo regresaría?
Así que cuando se abrió la tienda y apareció Taylor, ella no pudo controlarse, y dijo:
—¿Así que has decidido volver al final? ¿Dónde diablos has estado? ¿Sabes qué hora es? ¿Sabes cuánto tiempo me has dejado sola aquí?

2 comentarios:

  1. jooo
    pobre Selena
    cuando llega el momento Taylena??
    me encanto
    sube prontooooo!!

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