miércoles, 6 de abril de 2011

Novela Kenielle 12 - La tentacion vuelve a casa


Danielle despertó temprano a la mañana siguiente y se puso unos pantalones de lino color beige y una blusa de seda rosa palo. Luego le puso las correas a Muffin y Peaches y salió a la calle.
Le resultaba raro salir a pasear. Demasiado tiempo en California, pensó. Allí no paseaba nadie; la gente salía a comprar el periódico en coche y el tráfico era imposible. Los californianos adoraban los coches y parecían ir de un sitio a otro constantemente.
Pero en Baywater las calles estaban hechas para caminar. Las aceras subían y bajaban como las olas, saltando por encima de raíces de árboles. Una solución mucho mejor que la de California, donde se arrancaban los árboles para plantar otros más pequeños y menos molestos. Y cuando crecían, volvían a arrancarlos para empezar otra vez.
Los árboles en Baywater, dejados a su antojo, estiraban las ramas perezosamente hasta donde podían llegar, creando parterres naturales sobre las aceras. Los niños jugaban en la calle, los vecinos cuidaban de sus jardines y todo el mundo tenía un balancín en el porche, un sitio donde sentarse para ver pasar el mundo.
Cómo lo echaba de menos.
—Hola, señora Donovan —saludó a una de las vecinas, que estaba cortando rosas en el jardín.
—Hola, Danielle.
—¿Veis? Aquí la gente se saluda —le dijo Danielle a las perritas—. Y te sonríen. Nadie sonríe en una autopista.
A las perritas les daba igual, naturalmente.
Danielle nunca había pensado mucho en las diferencias entre Carolina del Sur y California. Quizá, porque de hacerlo, le habría resultado imposible vivir fuera de Bavwater.
Y en otras ocasiones, cuando iba a visitar a su abuela, las visitas estaban llenas de actividades o se quedaban en la cocina charlando sin parar, de modo que no había tenido tiempo de pasear, de apreciar la serena belleza y el tranquilo ambiente del pueblo. No había tenido la oportunidad de olvidar la inagotable energía de California.
Y ahora que podía hacerlo, era casi adictivo.
Muffin y Peaches corrían hacia delante y hacia atrás cuando encontraban algo que despertaba su curiosidad, hasta que las correas acabaron hechas un lío y estuvieron a punto de estrangularse. Riendo, Danielle se inclinó para deshacer el nudo.
—Haber si os portáis, bonitas.
 Mientras seguía paseando, pensaba en su plan.
Había pasado la noche en vela recordando lo que Kevin había dicho. O más importante, en lo que no había dicho. Y antes de que amaneciera, había decidido lo que tenía que hacer.
Hablar con el único Jonas que no le mentiría. El único, que por obligación, debía decirle toda la verdad.
El padre Frankie Jonas
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La rectoría de San Sebastián era antigua y elegante. Construida en el mismo estilo que la pequeña iglesia, parecía un diminuto castillo. Centenarios magnolios llenaban el jardín y sus hojas grandes y sedosas se movían con la suave brisa.
La piedra gris de la rectoría parecía absorber la luz del sol, dando una impresión de calidez, de humanidad. Los rayos del sol se reflejaban en las ventanas emplomadas y las petunias en los enormes tiestos del porche estaban llenas de manchitas rojas, blancas y rosadas.
Muffin y Peaches la llevaron casi corriendo hasta la puerta y Danielle reía mientras llamaba al timbre. Una mujer mayor, alta, con el pelo gris e inteligentes ojos verdes, abrió la puerta.
—¿Sí?
—Quería ver al padre Frankie, por favor.
La mujer miró a Danielle de arriba abajo antes de invitarla a entrar con un gesto.
—Está en su despacho —dijo, señalando una habitación—. Yo me llevaré a los perros al jardín mientras habla con él.
Antes de que ella pudiera decir nada, la mujer había tomado las correas y se alejaba por el pasillo.
Frankie estaba sentado en un sillón de orejas y, al verla, soltó el libro que estaba leyendo y se puso en pie.
—¡Danielle! —exclamó, abrazándola.
Kevin había dejado bien claro que no la quería en Baywater, de modo que le alegró ser recibida tan cariñosamente por su hermano.
—Hola, Frankie.
—Estás preciosa. No sabes cómo me alegro de verte.
—Yo también.
—Ven, siéntate.
—¿Seguro que no estás ocupado?
—No, estaba leyendo un libro de misterio, pero puede esperar. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Baywater?
—Tres semanas —sonrió Danielle. Sin duda, Frankie Jonas era un hombre guapo. Moreno como sus hermanos, y con los mismos ojos azules, muchas mujeres en Baywater se habían llevado una desilusión cuando decidió hacerse sacerdote.
—¿Ocurre algo? —preguntó él entonces.
Danielle sonrió.
—Además de sacerdote, debes ser adivino.
—No, sólo increíblemente guapo y encantador. Pero conozco a la gente y el instinto me dice que ocurre algo.
—Un punto para ti, padre Frankie.
—Bueno, cuéntamelo.
Danielle dejó escapar un suspiro.
¿Por dónde empezar? Le había parecido buena idea ir a hablar con él, pero sacerdote o no, era hermano de Kevin. ¿Se pondría de su lado y en contra de su familia o se cerraría en banda para no revelarle ningún secreto?
—No sé, estoy pensando que quizá no debería haber venido...

2 comentarios:

  1. me encanto
    jejejeje
    sis si me alegro un monto
    la noticia de niley
    XD

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  2. aawww mee encantoo
    liindisimoo
    capii

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..