lunes, 9 de mayo de 2011

Novela Niley 01 - Camino al altar



-Muy bien, Martin, pero creo que has olvi­dado algo, ¿no te parece? El arma secreta que los griegos usaban en las batallas.
Miley habló con suavidad, sonriendo. Mar­tin era muy tímido, incluso para tener nueve años de edad, y no quería avergonzarlo delante de los otros chicos de la clase.
Un arma secreta—murmuró el niño, cuyos ojos se iluminaron al caer en la cuenta—. ¡Las formaciones militares!
—En efecto. Muy bien.
Martin miró muy orgulloso hacia el pupitre donde se encontraba su peor enemigo, en la segunda fila. Esperaba que no pudiera contestar a la pregunta, y parecía haberse llevado una desilusión.
Miley miró el reloj. Faltaba poco para que terminara la última hora de clase, y, con ella, la semana laboral. Le pareció extraño que el reloj de pulsera bailara en su muñeca.
—Bueno, vamos a recoger—informó a sus alumnos—. Jack, ¿podrías borrar la pizarra, por favor? Ah, Mary, cierra las persianas cuando puedas.
Los dos niños obedecieron con rapidez, por­que la señorita Cyrus les caía muy bien. Mary la miró y sonrió. Miley Cyrus no era tan atrac­tiva como la señorita Lovato; por lo general, llevaba trajes serios, no minifaldas ni camisas atrevidas; tenía un largo cabello rubio que resultaba muy hermoso cuando no se ponía aquel horrible moño, y sus ojos eran grises como un cielo inver­nal. Faltaba poco para las Navidades, y sólo una semana para las vacaciones. Mary se preguntó qué haría entonces la señorita Cyrus. Nunca iba a ningún lugar interesante a pasar las vacaciones, ni hablaba sobre su familia. Pensó que tal vez no tenía a nadie.
En aquel momento, sonó el timbre. Miley sonrió y se despidió de sus alumnos mientras salían de la clase cargados con sus carteras. Des­pués arregló un poco el escritorio y se preguntó si su padre iría a visitarla aquel año, por Navidades. Ambos estaban muy solos desde que su madre había muerto, el año anterior. La pérdida había resultado terrible, como terrible fue tener que ir al entierro y ver que Nick se encontraba allí, con su hija. Al recordar el gesto de su duro rostro se estremeció. Su expresión no se suavizó en ningún momento, ni siquiera cuando final­mente dieron sepultura a su madre. Habían transcurrido nueve años y aún la odiaba. Miley apenas se fijó en la niña de pelo oscuro que iba con él; era como un cuchillo que estuviera clavado en su corazón, el recuerdo de que Nick se había estado acostando con Selena cuando aún estaban comprometidos, como demostraba el hecho de que su primogénita hubiera nacido siete meses después de la boda.
Le dolió tanto que sólo miró hacia el lugar donde se encontraban en una ocasión. Y man­tuvo la mirada de Nick.
Resultaba increíble que todavía la odiara, des­pués de haberse casado y de tener una hija, cuan­do, seguramente, habría oído la verdad por boca de diferentes personas a lo largo de los años. Ahora era rico. Tenía dinero, poder y una her­mosa mansión. Su esposa había muerto tres años después de la boda, y no se había casado de nuevo. Supuso que echaría de menos a Selena. A diferencia suya. Odiaba la idea de recordar a la mujer que había sido su mejor amiga. Las mentiras de Selena habían tenido un precio dema­siado alto, hasta el punto de que había tenido que abandonar su hogar. Y lo peor de todo, era que Nick la había creído.
Sin embargo, habían transcurrido nueve años. Tiempo más que suficiente para que pudiera pen­sar en él sin sentir demasiado dolor.
En aquel instante, alguien llamó a la puerta, devolviéndola a la realidad. Era Demi Lovato, una buena amiga suya, la profesora de matemáticas que siempre llevaba minifalda. Demi era una mujer muy atractiva; delgada, de preciosas pier­nas y con el pelo largo y casi negro. Sus ojos verdes brillaban con cierta ironía, y era de sonrisa fácil.
—Podrías quedarte conmigo en Navidad—dijo su amiga.
—¿En Sheridan?—preguntó extrañada.
Aquél era el lugar donde vivía su padre. El lugar donde habían vivido George Miller y su última esposa, su hijo Joe y Demi antes de que su amiga se marchara y empezara a dar clases con Miley en Tucson.
—No—contestó, sonriendo—. En mi piso de Tucson. Tengo cuatro novios, de modo que pode­mos dividirlos. Dos para ti y dos para mí. Pode­mos jugar un poco.
Miley sonrió.
—Tengo veintisiete años y soy un poco mayor para algunos jueguecitos. Además, es posible que mi padre venga a verme. Pero gracias de todas formas.
—Sinceramente, Miles, eres bastante joven aunque te empeñes en disimularlo con esos trajes de institutriz antigua—declaró su amiga—. Míra­te. Y ese moño infernal con el que te recoges el pelo... Pareces una postal victoriana. Deberías dejarte el pelo suelto, ponerte una minifalda, maquillarte un poco y buscar un hombre antes de que te hagas demasiado vieja. Y no te vendría mal comer un poco. Estás tan delgada que se te empiezan a notar los huesos.
Miley sabía que tenía razón. Había perdido cinco kilos en el último mes; estaba tan preo­cupada que había llamado al médico para pedir hora. Suponía que no sería nada importante, pero quería asegurarse de todas formas. Intentó convencerse de que, probablemente, sólo andaba un poco baja de hierro.
—Es cierto—continuó Demi—. Has tenido un año muy duro. Primero con la muerte de tu madre y luego con esa herida que te hizo aquel alumno que trajo la pistola de su padre a clase y que nos mantuvo retenidos durante una hora el mes pasado.
—La enseñanza está empezando a ser una pro­fesión peligrosa—sonrió con tristeza—. Tal vez deberíamos hacer hincapié en ese aspecto para que más personas se animaran a dar clase.
—Es una buena idea. ¿Quiere vivir una aven­tura? ¡Dé clases! Casi puedo ver el eslogan.
—Me voy a casa—interrumpió Miley.
—Bueno, supongo que yo también. Tengo una cita esta noche.
—¿Con quién?
—Con Jake. Es encantador, y nos llevamos bien. Pero a veces pienso que no estoy hecha para tener una relación con un hombre tan con­vencional. Necesito un artista, o un compositor, o un piloto.
Miley rió.
—Espero que encuentres uno.
—Si así fuera, probablemente tendría dos espo­sas escondidas en otro país, o algo así. No tengo mucha suerte con los hombres.
—Es por tu aspecto. Eres imponente y agre­siva, y eso asusta a la mayor parte de los hombres.
—Tonterías. Si fueran lo suficientemente segu­ros correrían, a mi puerta—le informó—. Estoy segura de que en alguna parte hay un hombre para mí, esperándome.
—No me cabe duda.
Ni siquiera comentó que pensaba que aquel hombre existía, y que la estaba esperando en Sheridan.

capi dedicado a sarita...te quiero millon!!!

3 comentarios:

Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..