sábado, 14 de mayo de 2011

Novela Jemi 07- Camino al altar



Miley intentó mantener la compostura. No quería que su mirada traicionara sus sentimien­tos. Se limitó a observarlo y a comparar a aquel hombre de treinta y tantos años con el joven que había estado a punto de casarse con ella. Por supuesto, la comparación resultó desfavo­rable. Tenía canas en las sienes y algunas arrugas en las comisuras de la boca y alrededor de los ojos.
A su vez, Nick la miraba con idénticos pen­samientos. La chica que había conocido se había convertido en una mujer tranquila, con un gusto para la ropa bastante conservador y un horrible moño en la cabeza. Parecía una profesora sol­terona. Pero le sorprendió que, a pesar de los años transcurridos, su visión le provocara una punzada en el corazón. Sentía curiosidad por ella. Quería verla de nuevo, aunque no sabía por qué. Tal vez porque se había negado a reci­birlo cuando murió su madre. Pero ahora que se encontraba ante ella no estaba seguro de ale­grarse. Acababa de despertar en su interior algo que había estado dormido mucho tiempo.
Miley fue la primera en apartar la mirada. La intensidad de sus ojos consiguió estremecerla, pero supo controlarse. No tenía intención de demostrar ninguna debilidad.
—Lo siento—dijo a su padre—. No me había dado cuenta de que tenías visita. Sólo he venido para despedirme. Me marcharé en seguida.
Su padre parecía incómodo.
—Nick quería saber qué tal estoy.
—¿Te marchas tan pronto?—preguntó. Aquélla fue la primera vez que se dirigía a ella en mucho tiempo.
—Tengo que regresar al colegio antes que los alumnos, para prepararlo todo—contestó, con­tenta por mantener la calma.
—Ah, es cierto. Eres profesora, ¿verdad?
Miley no podía mantener su mirada. Sus ojos parecían escapar a cualquier observación, entre su agresiva mandíbula, su fina pero sensual boca, su recta nariz, sus definidos pómulos y su hermoso rostro. No podía decirse que fuera guapo, pero cualquier mujer lo habría encontrado atractivo a los cinco minutos. Destilaba un carisma intangible, tal vez cierto aire de auto­ridad, o de seguridad en sus movimientos, inclu­so en la manera de inclinar la cabeza. Resultaba avasallador.
—Sí, soy profesora—dijo, antes de dirigirse a su padre—. ¿Papá?
Ben se excusó y se acercó a su hija para abrazarla.
—Cuídate. Llámame cuando llegues, para que sepa que estás bien, ¿de acuerdo? Ha estado nevando otra vez.
—No te preocupes por mí. Si tengo algún pro­blema, llevo teléfono en el coche.
—¿Piensas conducir hasta Arizona con este tiempo?—preguntó Nick.
—He estado conduciendo toda mi vida con un tiempo parecido—contestó.
—De joven te aterrorizaba conducir en estas condiciones—recordó con solemnidad. Miley sonrió fríamente.
—Te comunico que ya he crecido.
La mirada de Miley dejó bien claro lo que sentía por él. Nick no apartó la mirada; bien al contrario, sus ojos denotaban una callada acusación.
—Selena dejó una carta para ti—dijo de repen­te—. Nunca te la envié. Con el paso de los años, he terminado por olvidarlo.
Miley respiró profundamente, irritada. Recordó la carta que le había enviado poco tiem­po después de que se marchara de Bighorn, la carta que nunca abrió.
¿Otra?—preguntó, con absoluta frialdad—No quiero nada de ella, ni siquiera una carta.
—Fue amiga tuya—le recordó.
—Era mi enemiga—corrigió—. Arruinó mi reputación y casi podría decirse que mató a mi madre. ¿De verdad crees que quiero recordar lo que hizo?
Nick no vaciló. Su rostro se endureció antes de declarar:
—Nunca quiso herirte deliberadamente.
—¿En serio? ¿Y crees que su postrero arre­pentimiento habría devuelto la vida a mi madre o a George Miller?—preguntó, con vehe­mencia—. ¿Crees que habría acallado las habladurías que ella misma propagó?
Nick se dio la vuelta e inclinó la cabeza para encender un cigarrillo, aparentemente tran­quilo. Miley hizo un esfuerzo por mantener la calma. Cuando recogió la maleta, tenía las manos heladas. Su padre la observaba con preocupación.
—Te llamaré, papá. Cuídate mucho, por favor.
—Espera un poco. Estás demasiado alterada.
—No, no puedo. Adiós, papá—se despidió con voz rota.
Ni siquiera miró a Nick. Salió de la casa con rapidez; en dos minutos había guardado su equipaje en el maletero y había abierto la puerta del vehículo. Pero antes de que pudiera subir al coche, su antiguo novio se dirigió a ella.
—Tranquilízate—dijo con frialdad, obligándo­la a mirarlo—. No harás ningún favor a tu padre si terminas en una cuneta en mitad de ninguna parte.
Miley se estremeció ante su cercanía y se apartó deliberadamente, con mirada acusatoria.
—Pareces tan frágil—continuó él, como si las palabras se hubieran escapado contra su volun­tad—. ¿Es que no comes?
—Como lo suficiente—contestó—. Adiós.
 Nick cubrió con los dedos la mano que tenía en la cerradura de la puerta.
—¿Qué hacía Joe Miller aquí, hace un par de noches?—preguntó.
Miley no esperaba aquella pregunta.
—No es asunto tuyo.
—Podría serlo—se burló—. El padre de Miller arruinó a mi padre, ¿o es que no lo recuerdas? No tengo ninguna intención de per­mitir que su hijo me arruine también a su vez.
—Por si no lo recuerdas, George Miller y mi padre eran amigos.
—Y George y tú, amantes.
Miley no reaccionó. Se limitó a mirarlo con desprecio.
Sabes la verdad. Pero no quieres creerlo.
—George te pagó los estudios—le recordó.
Cierto—sonrió—. Y yo recompensé su gene­rosidad sacando matricula de honor y terminan­do la segunda de mi promoción. Era un filán­tropo y el mejor amigo que ha tenido mi familia. Lo echo mucho de menos.
—¡Era un viejo verde cargado de dinero que te había echado el ojo, lo quieras aceptar o no!
Miley lo miró directamente a los ojos. Nick no sonreía nunca. Era un hombre duro, al que el paso de los años había conferido un aire sarcástico del que carecía en su juventud. Había crecido en la pobreza, en una mala situa­ción social por culpa de sus padres, y había lucha­do mucho para llegar al lugar donde se encon­traba. Miley sabía lo difícil que le había resul­tado. Pero su dura vida distorsionaba la visión que tenía de las personas. Siempre se fijaba en el lado negativo, algo de lo que siempre había pecado, incluso durante la época en la que fueron novios. Lo había amado con todo su corazón, había querido compensarlo por todos sus sufri­mientos, pero ya entonces la estaba traicionando; quería más a Selena, tal y como había declarado cuando rompieron su compromiso, cuando la llamó prostituta barata.
Nick metió las manos en los bolsillos del pantalón, irritado.
—Estaba recordando cómo eras antes—dijo ella—. No has cambiado. Siempre has sido un solitario que no confía en nadie, que siempre espera lo peor de las personas.
—En cierta ocasión creí en ti—dijo con solemnidad.
—No, no es cierto—sonrió—. De haberlo hecho no te habrías tragado las mentiras de Selena sin...
—¡Maldita seas!
Nick la agarró por los hombros. Su cigarrillo cayó a la nieve que cubría el suelo. Estuvo a punto de tirarla al suelo sin pretenderlo. Miley era delgada y frágil y él tenía mucha fuerza, desarrollada a lo largo de los años en duros tra­bajos de ranchero.
Lo miró y se dio cuenta de que no tenia miedo de él. Aunque no entendía muy bien por qué. Sus ojos negros brillaban con furia y su pelo, del mismo color, caía sobre sus anchas cejas.
—¡Selena no mentía!—exclamó—. ¡Es repugnan­te que digas algo así! Era una mujer encantadora que nunca me mintió. Lloró cuando supo que habías tenido que marcharte del pueblo después de lo sucedido. Lloró durante semanas y semanas, porque no quería decirme lo que sabía sobre la relación que mantenías con George. No podía soportar que me hubierais traicionado.
Miley se alejó de él empujándolo, con tal fuerza que se sorprendió.
—¡Merecía llorar!—dijo entre dientes.
Nick la insultó. La llamó puta, una vez más. Pero Miley se limitó a sonreír en aquella ocasión.
—Nick, eres imbécil. Si vuelves a decirme algo así te contestaré de la misma forma en que lo hice aquel día, en la parada del autobús.
Nick recordaba aún el impacto de su pie en la pierna. A pesar de su enfado, le agradó recordarlo. Miley siempre había tenido carác­ter. Sin embargo, también recordaba otras cosas. Recordaba que se había negado a hablar con él después de la muerte de su madre, cuando le ofreció su ayuda. Selena había muerto tiempo atrás, pero no había tenido la oportunidad de acercarse a su antigua novia para saber si aún sentía algo por él. Y no parecía querer saber nada de él, a pesar de todo el tiempo trans­currido. Aquello lo sacaba de sus casillas. Nunca dejaría que descubriese si aún quedaba algo del amor que habían compartido. No le importaba nada.
—Y ahora, si ya me has insultado bastante, tengo que marcharme—añadió con firmeza.
—Podría haberte ayudado cuando murió tu madre—continuó él—. Ni siquiera quisiste ver­me.
Miley tuvo la impresión de que su negativa a verlo lo había herido, por irónico que fuese.
—No tenía nada que hablar contigo—pun­tualizó, sin mirarlo—. Ni mi padre ni yo necesitábamos tu ayuda. De una u otra forma ya obtuviste suficiente ayuda de nosotros para con­seguir tu fortuna.
—¿Qué diablos quieres decir con eso? Miley lo miró entonces, sonriendo con sarcasmo.
—¿Ya te has olvidado? En fin, si me per­donas...
 chicas... awwww gracias por ser siempre geniales...
las quiero millon!!!

5 comentarios:

  1. aaaaaaaaa
    me encantooo
    esta genial
    sube prontooo
    a que se referira
    Miley con lo ultimo
    que le dijo a Nick??
    i love you sis

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  2. Ya la empeze a leer porque es de NILEY y los amo a los dos.. :) bueno espero terminarla voy por el cinco :) ajajaja

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  3. t kiero Katty hermosa la novee.. y estoy poniendom al dia... un beso amiga!!

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..