viernes, 27 de mayo de 2011

Novela Niley 22 - Camino al altar


Miley respiró profundamente y se aferró con ambas manos a la taza de café antes de mirarlo, temblorosa.
Nick cerró los ojos, luchando contra los recuerdos que lo asaltaban, contra las habladu­rías, contra el dolor. No había olvidado nada, ni perdonado. Y cuando la veía allí, era como si todo empezara de nuevo.
En cuanto a Miley, bastante tenía con sus propios recuerdos. Intentó beber un poco de café, pero se quemó los labios.
—Vamos, di que mi hija miente.
—No tengo intención de hablar contigo—es­petó, con dulce frialdad—. No aprendo nunca. Pensé que querías charlar sobre el problema, pero esto no es una charla. Parece un tribunal de la inquisición. En cualquier caso, te diré que ya he pedido a la directora que la cambie de clase. Pero no es posible, de modo que no tengo más opción que renunciar a mi trabajo y regresar a Arizona.
Nick la miró sin decir nada. No esperaba una reacción así.
—¿Crees que tu hija es un angelito?—continuó ella—. Es estirada, rebelde en el mal sentido del término, y más mentirosa que su propia madre.
—¡Maldita seas!
El sonido de su voz rompió algo en el interior de Miley. Con rapidez, agarró su bolso y se levantó. Corrió hacia el exterior del local con los ojos llenos de lágrimas. Estaba decidida a regresar andando al pueblo si era necesario.
Pero resbaló sobre una placa de hielo y cayó al suelo dándose un fuerte golpe. Pudo sentir la nieve en la cara en el preciso momento en que dos manos de hierro la levantaban y la lle­vaban hacia el vehículo.
Cuando Nick abrió la puerta y la introdujo en su interior no reaccionó. No lo miró, ni dijo una sola palabra, ni siquiera cuando le puso el cinturón de seguridad y se dirigieron de vuelta a Bighorn. En cuanto llegaron a la casa de su padre, Miley quiso quitarse el cinturón para salir, pero él se lo impidió.
—¿Por qué no reconoces la verdad?—pregun­tó—. ¿Por qué no dejas de mentir sobre la rela­ción que mantenías con George Miller? Te compró el vestido de novia, y hasta pagó tus estudios. Todo el maldito pueblo sabía que te acostabas con él, pero conseguiste convencer de tu inocencia a todo el mundo, desde tu padre hasta Joe. Pues bien, nunca conseguirás convencerme a mí.
—Lo sé—espetó, sin mirarlo—. Y ahora, deja que me marche.
Nick apretó la mano sobre ella.
—¡Te acostabas con él!—la acusó entre dien­tes—. Habría sido capaz de morir por ti si...
—No me acostaba con nadie. En cambio, tú lo hiciste con mi mejor amiga. La dejaste emba­razada cuando estábamos comprometidos. ¿Crees de verdad que me importa algo tu opi­nión, o tus sentimientos? No estabas celoso de George, ni siquiera me amabas. Pediste mi mano porque querías obtener los contactos y la influen­cia de mi padre. Los necesitabas para salvar el rancho de tu familia y hacerte rico.
La acusación lo sorprendió tanto que no supo qué decir. La miró como si pensara que estaba loca. La tenue luz que procedía del porche la iluminaba.
—Los padres de Selena no podían ayudarte—continuó ella, entre lágrimas de rabia y dolor—. Pero los míos sí. ¡Me utilizaste! Lo único decente que hiciste fue no acostarte conmigo. Aunque tampoco te importaba mucho, puesto que esta­bas haciendo el amor con Selena.
Nick no podía creer lo que estaba oyendo. Era la primera vez en su vida que alguien le decía algo así, tan grave que se había quedado sin palabras.
—¿Y me acusas de mentir?—rió ella—. Selena mintió. Pero tú preferiste creerla porque te dio la oportunidad de romper nuestro compromiso el día antes de la boda. Y sigues creyéndola, porque no puedes admitir que sólo estabas con­migo para satisfacer tu ambición. Aquello no te rompió el corazón. Aquello hirió tu orgullo. Ya no contabas con el apellido de mi familia para hacerte rico.
—Conseguí recuperar el rancho de la familia con mi propio esfuerzo—espetó él, irritado.
—Usaste el apellido de mi padre. Eso fue lo que dijo el señor Sims, el director del banco. Hasta rió al recordar la manera que tenías de utilizar el nombre de mi padre para obtener lo que pretendías.
Hasta entonces, Nick no se había dado cuen­ta de que había sido la influencia de Ben Cyrus, y no sus esfuerzos, los que le habían abierto tantas puertas. No había sido consciente de que con una reputación como la de su padre, un jugador y un alcohólico, no habría conseguido nada.
—Miley...—dijo él, dudando. Intentó tocarla, pero ella se apartó.
—No te atrevas a tocarme. Ya he tenido sufi­ciente. Y ya que te gusta tanto hacer caso a los rumores, te daré uno. Tu hija suspenderá si no estudia. Aunque me cueste el empleo. No me importa en absoluto.
Miley consiguió quitarse el cinturón y salir del vehículo, pero para entonces él la estaba espe­rando en el exterior.
—No pienso dejar que te vengues de Maggie por lo que puedas sentir por su madre. Si te atreves a hacer algo así, te quedarás sin empleo. Te lo prometo.
—Adelante—lo invitó con dulce veneno y mirada brillante—. No puedes herirme más de lo que has hecho. Y en poco tiempo estaré muy lejos de cualquier intento de venganza por tu parte.
—¿Eso crees?
Entonces, y de manera sorpresiva, se abalanzó sobre ella. La abrazó y la besó apasionadamente.
Fue un beso doloroso, no sólo en lo físico. La besó sin deseo, sin ternura alguna, como si se tratara de una parodia de un acto de amor. Su lengua se paseó sobre sus labios con frialdad, y sus manos atrajeron sus caderas hacia su cuerpo.
Miley intentó resistirse, pero estaba tan débil que no podía hacerlo. Abrió los ojos y lo miró, hasta que él pensó que ya había tenido bastante. Pero en aquel momento cambió de acti­tud. Empezó a besarla con suavidad y sensua­lidad. Sus manos fueron bajando de nuevo hasta su cintura y ella se estremeció. Sin embargo, se negaba a responder a sus caricias. Se mantuvo tensa y fría como un bloque de hielo, con los ojos abiertos, la boca rígida y los ojos llenos de lágrimas.
Cuando Nick la miró de nuevo se sintió culpable. Estaba pálida.
—No debí haberlo hecho—confesó.
Miley rió con frialdad.
—No, no era necesario. Ya he captado el men­saje. Me tienes en tal aprecio que cuando viniste a buscarme a casa ni siquiera te cambiaste de ropa. Y después me llevas a un bar... Creo que has dejado bastante claro cuál es tu opinión sobre mí.
Se apartó de él, algo insegura.
—No pretendía que las cosas terminaran así—dijo enfadado.
—¿No?
Lo miró con una extraña mezcla de amor y de odio, con ojos que en poco tiempo no vol­verían a abrirse. Respiró profundamente e hizo un esfuerzo para no sollozar.
—Oh, Dios mío, no llores—gimió él—. Lo sien­to, lo siento tanto, Miles...
 chicas espero que les guste.. aqui marathon niley... tal vez lloren pero ya ps... asi es la vida a veces

5 comentarios:

  1. Me da Pena ...
    esta novela pero me gusta
    y este capitulo me encanto :D

    ResponderEliminar
  2. me encanto!!, al fin otro maraton porque extrañaba leer tus noves :) primero voy a leer esta y después Jemi :)

    ResponderEliminar
  3. OH!! X DIOS PODRESITA MILEY TAN LINDA.. :( Q DEJE D SUFRIR. X FAVOR!!! BUEE... ESTA GENIAL EL CAP... T KIERO AMIGA... :) ♥

    ResponderEliminar
  4. mi vida hermoso estoy loca empezo x el ultimo y termine con el primero jiji
    loca siempre yo jaja
    enfin ahora si adios
    cuidate bye
    a y no me hagas llorar no te creas aveces es bueno llorar yaya bye

    ResponderEliminar

Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..