jueves, 2 de junio de 2011

Novela Niley 28 - Camino al altar



Nick no dijo nada. Se limitó a mirar a Ben mientras lo asaltaban todas las cosas horribles que había dicho a Miley. Recordó la brutalidad con la que la había besado, los insultos que había dejado escapar. Y para empeorar las cosas, recordó cómo había reaccionado ella. Al final lo besó con una increíble ternura, mirándolo como si quisiera memorizar su rostro.
—Estaba despidiéndose—acertó a decir, pen­sando en voz alta.
—¿Cómo?
Nick respiró profundamente. No había tiempo para explicaciones, ni para remordimientos. No podía pensar en sí mismo. Debía pensar en Miley, en lo que podía hacer por ella. En primer lugar, lo más importante era conseguir que aceptara su ayuda.
—Me marcho a Arizona—declaró, dándose la vuelta.
—Espera un momento—dijo él con seque­dad—. Es mi hija.
—Y no quiere que sepas que está enferma—espetó, sin volverse—. Te aseguro que no pienso quedarme así, sin hacer nada. Puedo llevarla a la clínica Mayo. Yo me encargaré de pagar las facturas. ¡Pero no dejaré que se muera sin luchar!
Ben sintió que la esperanza renacía en su inte­rior mientras dudaba con respecto a lo que podía hacer. No sabía si sería mejor correr a ofrecerle su apoyo o permitir que creyera que no estaba enterado. A pesar de todo, estaba seguro de que Nick haría lo posible para que obtuviera el mejor cuidado médico; de hecho, seguramente, podría conseguir más cosas que él. Pero le había hecho tanto daño en el pasado que no sabía qué pensar.
Nick notó sus dudas y se detuvo. Podía ima­ginar lo que Ben sentía por su única hija. No estaba tan apegado a Maggie como para saber cómo reaccionaría ante noticias similares, y des­de luego, era un pensamiento de lo más sombrío.
—Yo me encargaré de ella. Te llamaré en cuan­to tenga algo que decirte—comentó con sua­vidad—. Si llega a averiguar que lo sabes, se depri­mirá mucho. Obviamente, quería mantenerlo en secreto para protegerte.
—Lo supongo, pero odio los secretos.
—Y yo. Sin embargo, tal vez sea mejor que mantengas éste. De ese modo, estará más tran­quila. No se preocupará cuando sepa que yo lo sé—rió con amargura—. Cree que la odio.
Ben empezaba a notar los sentimientos de Nick, sentimientos que nada tenían que ver con el odio. Asintió y dijo:
—En tal caso me quedaré aquí. Pero en cuanto sepas algo...
—Te llamaré.
Nick condujo hasta su casa con el corazón en un puño. Miley no se lo habría dicho a nadie. Con su obstinación habitual, se resistiría a empezar con el tratamiento y moriría sola, sintiéndose abandonada.
Cuando llegó, subió al piso superior e hizo las maletas. Los recuerdos lo asaltaban, pero ya no podía retirar sus repugnantes acusaciones.
De repente, sintió que lo observaban. Se dio la vuelta y observó a su hija, que lo miraba con suma seriedad.
—¿Qué quieres?—preguntó con frialdad.
—¿Te marchas otra vez?
—Sí. A Arizona.
—Oh. ¿Y por qué vas a Arizona?—inquirió con acritud.
Nick miró con intensidad a su hija.
—Para ver a Miley. Para disculparme en tu nombre por haberle hecho perder su empleo. Vino a Bighorn porque estaba muy enferma y quería estar con su padre.
Apartó los ojos. El dolor que sentía era casi insoportable. Estaba aterrorizado; no podía ima­ginar un mundo sin ella.
Maggie era una niña inteligente, lo suficiente como para entender de inmediato que la señorita Cyrus significaba algo importante para él.
—¿Se va a morir?—preguntó.
Nick respiró profundamente antes de con­testar.
—No lo sé.
La niña se cruzó de brazos. Se sentía peor que nunca. La señorita Cyrus estaba muriéndose y se había tenido que marchar de allí por su culpa. Bajó la mirada y dijo:
—No sabía que estuviera enferma. Siento mucho haber mentido.
—Deberías sentirlo. Y es más, irás a ver con­migo a la señora Jameson en cuanto regrese y le dirás la verdad.
—De acuerdo—dijo, resignada.
Nick terminó de hacer las maletas y se puso el abrigo.
Los ojos negros de la niña escudriñaron al alto padre que no la quería. Había esperado toda su vida a que alguna vez entrara en casa riendo, a que estuviera feliz de verla, a que la levantara en brazos y la dijera que la quería. Pero nunca había sucedido. No la quería.
—¿Vas a traer de nuevo a la señorita Cyrus?
—Sí—contestó—. Y si no te gusta, tendrás que aguantarte.
Maggie no dijo nada. Por culpa de sus men­tiras, ahora la quería menos que nunca. Se dio la vuelta y regresó a su dormitorio, cerrando con cuidado la puerta. La señorita Cyrus debía odiarla por lo que había hecho. Regresaría y no olvidaría lo que había hecho. Habría otra persona dispuesta a hacerla sufrir, a hacerle sentir que nadie la quería. Se sentó en la cama, demasiado triste como para llorar. Nunca se había sentido tan mal. Y entonces, se preguntó de repente si la señorita Cyrus no se sentiría del mismo modo. Sabía que iba a morir y había perdido el empleo, viéndose obligada a marchar­se a un lugar donde no tenía familia.
 —Lo siento de verdad, señorita Cyrus—dijo.
Esta vez empezó a llorar, y no pudo hacer nada por evitarlo. Pero en la elegante y enorme mansión donde vivía, nadie se acercó a con­solarla.
Nick habló con la señora Bates y le dijo que se marchaba a Arizona, pero no explicó sus motivos. Se marchó con rapidez, sin ver de nuevo a su hija. Tenía miedo de que si lo hacía no podría ocultar la terrible decepción que sentía por lo que había hecho.
Llegó a Tucson a última hora de la tarde, y reservó habitación en un hotel. Después, tomó una guía telefónica y buscó el número de teléfono de Miley, pero estaba desconectado. De repen­te, cayó en la cuenta de que habría dejado su apartamento cuando regresó a Bighorn. No sabía dónde podía estar.
Pensó en ello durante unos minutos hasta que encontró una respuesta. Seguramente, estaría con la hermanastra de Joe Miller. Entonces, buscó el número de teléfono de Demi Lovato. Sólo había una en la guía. Era domingo por la tarde, de modo que supuso que estarían en casa.
Miley contestó la llamada. Su voz sonaba cansada.
Nick dudó. Ahora que la había encontrado no sabía qué decir. Mientras dudaba, ella pensó que se habían equivocado y colgó. Entonces pen­só que hablar por teléfono no era tan buena idea. Apuntó la dirección del piso y decidió que podía ir a verla a primera hora de la mañana. El elemento sorpresa resultaba de crucial impor­tancia. Le daría cierta ventaja, que necesitaba.
Sacó una botella y se sirvió un whisky con agua y hielo. Por lo general no bebía, pero nece­sitaba un trago. Podía perder a Miley por algo más que su propio orgullo. Y estaba asustado por primera vez en toda su vida.
Imaginó que Miley no empezaría a trabajar inmediatamente, y acertó. Cuando llamó al timbre a mediodía del día siguiente, después de una noche en vela, fue ella quien abrió la puerta. Demi había tenido que marcharse.
Al verlo en el umbral del apartamento, se sor­prendió tanto que no supo qué hacer. Nick aprovechó la oportunidad para entrar y cerrar la puerta a sus espaldas.
—¿Qué estás haciendo aquí?—preguntó ella, recobrándose.
La miró con ojos llenos de preocupación y dolor. Llevaba un jersey, vaqueros y calcetines, y parecía mucho más delgada. Se odió a sí mismo y a su hija por haberle causado tantos sufri­mientos.
—He hablado con el doctor Harris—dijo.
Obviamente no comentó nada sobre su padre, porque no quería que se enterara de que estaba al tanto de lo que sucedía.
Miley palideció. Lo sabía todo. Podía verlo en su rostro.
—No tenías derecho a...
—Eres tú quien no tiene derecho—espetó—. No tienes derecho a dejarte morir.
—¡Puedo hacer lo que quiera con mi vida!—exclamó.
—No.
—¡Márchate de aquí!
—No pienso hacerlo. Vas a ir a ver a un médi­co. Y será mejor que empieces con el tratamiento que te pongan. No se trata de un ruego, sino de una orden.
—¡No puedes ordenarme nada! ¡No tienes nin­gún derecho sobre mí!
—Tengo el derecho que cualquier ser humano tiene a evitar que otro se suicide—declaró con tranquilidad, mirándola a los ojos—. Voy a cuidar de ti. Y empezaré ahora mismo. Vístete. Vamos a ir a ver al doctor Claridge. Lo llamé para que te diera hora antes de venir.
Miley pensaba en mil cosas a la vez. Todo aquello era tan repentino y tan extremo que no sabía qué hacer. Se limitó a mirarlo.
Nick puso las manos sobre sus hombros y la observó con detenimiento.
—Voy a llevar a Maggie a ver a la señora Jameson para que se disculpe. Sé lo que ha suce­dido. Te devolverán el trabajo y podrás regresar a casa.
Miley se apartó de él.
—Ya no tengo casa—espetó, sin mirarlo a la cara—. No puedo regresar porque mi padre descubriría que tengo leucemia. No puedo hacerle algo así. La muerte de mi madre estuvo a punto de matarlo, y por si fuera poco, perdió a su hermana por un cáncer. Fue algo terrible. Tardó mucho tiempo en morir. No puedo dejar que vuelva a pasar por una experiencia seme­jante. Hasta creo que cometí un error al volver a Bighorn. No quiero que lo sepa.
Nick no podía decirle que ya lo sabía. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y la miró con intensidad.
—Necesitas estar con gente que cuide de ti.
—Ya estoy con gente que cuida de mí. Demi es parte de mi familia.
Él no sabía qué decir; no tenía idea de cómo aproximarse a ella. Jugueteó con las monedas que llevaba en el bolsillo mientras intentaba encontrar una forma de convencerla. Pero Miley notó su indecisión y le dio la espalda.
—Si estuvieras en mi lugar, si se tratara de tu vida, no dejarías que nadie interfiriera—con­tinuó.
—Pero lucharía—dijo él, enfadado por su resignación—. Y lo sabes.
—Sé que lo harías. A fin de cuentas, tienes cosas por las que luchar. Tu hija, tu salud, tus negocios...
Nick frunció el ceño. Miley observó su expresión y rió con amargura antes de proseguir.
—¿Es que no lo comprendes? No tengo nada por lo que luchar. ¡No tengo nada! Mi padre me quiere, pero es todo lo que tengo. Me levanto por la mañana, voy a trabajar, intento educar a unos niños que prefieren hacer cualquier cosa antes que realizar sus deberes... Después, regreso a casa, ceno y leo un libro antes de irme a la cama. Así es mi vida. Exceptuando a Demi, ni siquiera tengo más amigos.
Derrotada, se sentó en el borde de una butaca mientras ponía la cara entre las manos. Casi se sentía aliviada ahora que lo sabía alguien más, aunque no quisiera admitirlo. Al fin y al cabo, a Nick no le importaría hablar sobre su con­dición porque no significaba para él.
—Estoy cansada, Nick. La enfermedad me está venciendo. Últimamente me siento tan débil que casi no puedo hacer nada. Ya no me importa lo que suceda. El tratamiento me asusta más que la idea de morir. Además, no tengo ninguna razón para seguir viviendo. Sólo quiero que esto termine.
 Nick la miraba cada vez más asustado. Nun­ca había observado a alguien tan derrotado. Con aquella actitud, ningún tratamiento serviría. Se había rendido.
Permaneció allí, contemplándola mientras res­piraba con dificultad, intentando encontrar algo que decir, algo que sirviera para ayudarla, para animarla a presentar batalla. Pero no sabía qué hacer.
—¿No hay nada que quieras, Miley? Tiene que existir alguna razón que pueda ayudarte a resistir.
—No. Te agradezco mucho que hayas recorri­do todo el camino sólo para verme, pero podías haberte ahorrado el viaje. Ya he tomado una decisión. Déjame sola, Nick.
—Dejarte sola...—repitió—. Eso es exactamen­te lo que he estado haciendo durante nueve mal­ditos y largos años.
Estaba furioso. Quería empezar a arrojar cosas al suelo, reventar su aparente calma con la fuerza de sus emociones.
Miley se inclinó hacia delante y dejó que su largo y sedoso cabello cubriera su cara.
—No pierdas los estribos. No puedo luchar. Estoy demasiado cansada.
La actitud derrotista de Miley era tan extra­ña en ella que Nick estaba destrozado. Se arrodillo ante su antigua novia, la agarró por las muñecas y la atrajo hacia sí para que tuviera que mirarlo. Sus ojos cafes se clavaron en los grises de la profesora.
—He conocido a personas que tenían leuce­mia. Con el tratamiento actual, puedes vivir muchos años. Y mientras tanto, pueden encon­trar una curación definitiva. Es una locura renun­ciar, sin aprovechar siquiera la oportunidad de vivir.
Miley escudriñó sus ojos con una angustia que había estado allí durante muchos años. Con­siguió soltarse una mano y acarició su rostro. Una tez que siempre había amado. Acarició su pelo rizado, sus pobladas y negras cejas, la nariz que se había roto en el pasado, y fue descen­diendo hacia su barbilla. Sintió que Nick ten­saba los músculos, y que su mirada se encendía. La observaba con atención, respirando a duras penas.
Tomó su mano y la atrajo hacia su mejilla. La expresión de Miley denotó una profunda tristeza.
—Aún me amas—dijo él—. ¿Crees que no lo sé?
Quiso negarlo, pero ya tenía sentido. Sonrió con tristeza y contestó:
—Es cierto. Te amo. Nunca dejé de amarte y nunca dejaré de hacerlo. Pero todo tiene su final, Nick. Hasta la vida.
Acarició su boca mientras él la observaba con sorpresa. Después, detuvo su mano de nuevo.
—Las cosas no tienen por qué ser así. Puedo conseguir una licencia hoy mismo. Podemos casarnos antes de tres días.
Miley sintió la tentación de contestar afirmativamente.
—Gracias—dijo, con sinceridad—. Eso signi­fica para mí mucho más de lo que puedas creer, teniendo en cuenta las circunstancias. Pero no me casaré contigo. No puedo darte nada.
—Tienes el resto de tu vida, dure lo que dure.
—No—dijo con voz rota.
Estaba haciendo un esfuerzo para no llorar. Torció la cabeza e intentó levantarse, pero él se lo impidió.
—Puedes vivir conmigo. Cuidaré de ti. Con­seguiré todo lo que necesites. Los mejores médi­cos, los mejores tratamientos.
—El dinero no puede comprar la vida—dijo—. El cáncer es algo demasiado serio.
—Eso no es cierto. Los ricos casi siempre se curan. Pero deja de hablar de ese modo. ¡Deja de ser derrotista! Puedes vencer cualquier obs­táculo si lo intentas—dijo, abrazándola.
—Creo que eso me suena. ¿Recuerdas tus comienzos? Siempre te decían que no llegarías a ninguna parte con un semental joven y cinco vacas. ¿Y recuerdas lo que dijiste? Dijiste que todo era posible—declaró con calidez—. Yo te creí. No dudé nunca que lo conseguirías. Eras tan orgulloso, incluso cuando no tenías nada, que habrías luchado contra cualquiera con tal de seguir adelante. Era una de las cosas que más admiraba en ti.
Nick se emocionó. Su corazón se contrajo, como si lo hubieran atravesado. Se levantó, se apartó de ella y metió las manos en los bolsillos.
—Pero me rendí contigo, ¿no es verdad? Unos cuantos rumores, unas cuantas mentiras y destruí tu vida.
Miley se miró las manos. Al menos estaban hablando de lo sucedido, y por fin, admitía la verdad. Tal vez fuera más fácil para los dos si podían olvidar el pasado.
—Selena estaba enamorada de ti—dijo ella, intentando encontrar una excusa para el comportamiento de su amiga—. El amor hace que la gente haga cosas extrañas.
—La odiaba. La odié todos los días que estu­vimos juntos, y aún más cuando me dijo que estaba embarazada de Maggie—suspiró con pesadez—. Dios mío, Miles, estoy resentido con mi propia hija porque ni siquiera estoy seguro de que sea mía. Y nunca podré estarlo. Aunque lo fuera, cada vez que la miro veo a su madre.
—Las cosas te fueron bastante bien si mí—dijo sin malicia—. Levantaste un rancho e hiciste una fortuna. Has conseguido influencia, y que te respeten.
—Pero al precio de perderte. Un precio dema­siado alto.
—Maggie es una chica brillante—dijo con incertidumbre—. No puede ser tan mala. Julie la quiere.
—Ya no. Todo el mundo está enfadado con ella por haber conseguido que te echaran. Julie no quiere hablar con ella.
—Qué lástima. Es una niña y necesita amor. - Miley había estado pensando mucho en lo sucedido durante las últimas semanas.
—¿Qué quieres decir?
Ella sonrió. Empezaba a comprender con claridad las razones del comportamiento de la joven.
—¿Es que no te das cuenta? Está sola, Nick, como tú a su edad. No encaja con los otros niños. Siempre está apartada, separada. Se com­porta con tanta beligerancia por culpa de su soledad.
Su rostro se endureció.
—Siempre estoy muy ocupado.
—Cúlpame a mí, o a Selena. Pero no culpes a tu hija por lo que sucedió en el pasado—rogó—. Si algo bueno sale de todo esto, espero que sea para Maggie.
—Oh, Dios mío, acaba de hablar Santa Miley—declaró con sarcasmo, avergonzado por cómo trataba a su hija—. Has perdido el trabajo por su culpa y tu insistes en que merece cariño.
—Porque es cierto. Debí haber sido más dulce con ella. Pero también me recordaba a Selena. Inconscientemente la alejaba de mí, aunque no fuese de forma deliberada. Una niña como Julie se deja querer, porque da amor con gran gene­rosidad. Pero Maggie es introvertida y no confía fácilmente. No puede dar amor a los demás por­que no sabe cómo hacerlo. Tiene que aprender.
Nick pensó en ello durante unos segundos.
De acuerdo. Si lo necesita, puedes venir a casa conmigo y enseñarme a hacerlo. Miley lo observó con cariño.
—Por desgracia, ya no puedo hacer nada. Ni con ella ni con mi padre, ni contigo. Me quedaré con Demi hasta que ya no pueda hacer nada, y entonces...
En aquel instante, Nick la tomó en sus bra­zos y la besó en el cuello. No dijo nada, pero podía escuchar su respiración entrecortada. La abrazaba con mucha fuerza, como si estuviera enfrentándose a un terrible dolor que lo des­trozara por dentro.
—No dejaré que mueras—espetó—. ¿Me has oído? No lo permitiré.
Miley pasó los brazos alrededor de su cuello y se dejó llevar. Ahora sabía que era importante para Nick, aunque fuese a su manera, y lo sentía por él. Había aceptado su enfermedad por­que la conocía desde hacía semanas, pero él lo había sabido aquel mismo día, o tal vez el día anterior.
—Supongo que todo esto es por la noche en que me llevaste a aquel bar, ¿no es cierto?—pre­guntó con tranquilidad—. No debes sentirte cul­pable por lo que dijiste. Sé que estos años tampoco han sido fáciles para ti. Ya no te guardo rencor. No tengo tiempo. Durante las últimas semanas, he aprendido a ver las cosas con cierta perspectiva. Odio, culpabilidad, furia, vengan­za... Todo se vuelve insignificante cuando se sabe que el tiempo es limitado.
Nick apretó los brazos sobre ella. Dejó de llevarla de un lado a otro y se detuvo, helado por el miedo.
—Si empiezas con el tratamiento, puedes tener una oportunidad.
—Sí. Puedo vivir día a día, pero el miedo per­manecerá. La radiación me hará sentir peor, per­deré el pelo y perderé una mínima calidad de vida.
Nick respiró profundamente y se frotó con­tra ella. La miraba con grandes ojos abiertos, asustados.
—Estaré contigo y te ayudaré. La vida es demasiado preciosa como para tirarla por la bor­da—dijo, mientras la besaba en el cuello—. Cása­te conmigo, Miles. Y aunque sólo vivas unas cuantas semanas, al menos tendremos recuerdos bellos que llevarnos a la eternidad.
 Su voz sonaba baja y sensual. Acababa de decir lo más hermoso que le había dicho nunca. Miley estaba a punto de llorar.
—¿Qué dices?—preguntó él, en un susurro.
Miley no dijo nada. La tentación era tan grande que no podía resistirse. No podía decir que no, aunque sospechara sobre sus motivos.
—Te deseo—continuó él—. Te deseo más de lo que te haya deseado en toda mi vida, enferma o no. Di que te casarás conmigo. Dilo.
Si se trataba de algo simplemente físico, no estaba segura de tener que aceptar. Pero no podía alejarse de él otra vez. Apretó los brazos alrededor de su cuello y dijo:
—Si estás seguro, si estás tan seguro...
—Estoy seguro.
Nick observó sus ojos llorosos y posó los labios sobre ellos antes de bajar hacia su boca. La besó lenta y suavemente, obteniendo una res­puesta inmediata. Al cabo de unos segundos, empezó a hacerlo con apasionamiento e inten­sidad, pero se apartó porque aquél no era momento para la pasión, sino para la ternura.
—Si respondes a los tratamientos, si existe la remota posibilidad de que te salves, te daré un hijo.
Era una jugada maestra. Miley lo miró con sorpresa, como si se hubiera vuelto loco de repen­te. Sus pálidos ojos lo escudriñaron con incertidumbre.
—¿No quieres tener un hijo, Miley?—con­tinuó él—. Antes querías. No hablabas de otra cosa cuando estábamos comprometidos. Estoy seguro de que no habrás renunciado a tal sueño.
Miley se ruborizó. Se trataba de un tema demasiado íntimo. Apartó la mirada y contempló su falda.
—No sigas.
—Nos casaremos—dijo con firmeza.
—A tu hija no le gustará tenerme en tu casa, viva el tiempo que viva.
—Será mejor que se acostumbre. Tenerte allí puede ser lo mejor que le haya sucedido en toda su vida. Pero deja de hablar sobre ella. Ya te he dicho que ni siquiera creo que sea mi hija. ¿Es que crees que eres la única que pagó un alto precio? Me casé con una alcohólica, que me odiaba porque no quería tocarla. Me dijo que Maggie no era mía, que era de otro hombre.
Miley intentó apartarse, pero él no lo per­mitió. La abrazó con fuerza, sin dejar de mirarla.
—Te dije que la creí cuando te acusó de acostarte con George, pero no era cierto. Y a partir de ahí todo fueron mentiras...
La soltó y caminó hacia la ventana con las manos en los bolsillos.
—Viví un auténtico infierno—continuó—. Has­ta que murió, e incluso más tarde. Creo recordar que dijiste que no soportabas tener a Maggie en tu clase porque te traía recuerdos, y me acu­saste por ser cruel. Pero también me sucede a mí.
El comportamiento de la niña empezaba a tener un trágico sentido. Su madre no la había deseado, y su padre no la quería. Nadie la amaba. Miley no se extrañaba de que fuera pro­blemática.
—Se parece mucho a Selena—dijo ella.
—Desde luego. Pero no se parece nada a mí, ¿no te parece?
Miley no pudo discutírselo, aunque le habría gustado. Caminó hacia la ventana, donde estaba él. El dolor y la angustia de la existencia que había llevado se reflejaban con claridad en su gesto. Parecía mayor de lo que era en realidad.
—Hemos cometido muchos errores estúpidos en nuestra juventud, Miley. No te creí, y eso te dolió tanto que te marchaste. Yo pasé los años intentando convencerme de que Selena no había mentido, porque no podía soportar la idea de haber destruido todo lo que amaba. Admitir las propias culpas no resulta tan fácil. Luché con uñas y dientes para evitarlo, pero al final tuve que ceder.
—Carecíamos de experiencia.
—Sin embargo, no pretendí utilizar el apellido de tu padre. Nunca intenté hacer tal cosa.
Miley no dijo nada.
Nick se acercó un poco más. Ella estaba mirando el suelo, de modo que sus piernas lle­naron el campo de visión. Eran piernas largas, musculosas y poderosas por haber pasado horas y horas trabajando a caballo.
—Era un solitario. Crecí en la pobreza, con un padre que se jugaba el poco dinero que tenía­mos y una madre que tenía miedo de que la abandonase. Fue una niñez muy dura. Sólo que­ría salir de la pobreza, no volver a pasar hambre—continuó—. Quería que la gente se diera cuenta de que existía.
—Y lo conseguiste. Tienes todo lo que querías. Dinero, poder y prestigio.
—Pero había otra cosa que también deseaba. A ti.
—Algo que ya no deseas.
—Te equivocas. Te deseo más de lo que haya deseado nunca a ninguna mujer. Siempre lo he sabido.
—Pero sólo físicamente.
—No te burles de eso. Estoy seguro de que a estas alturas ya habrías aprendido a dónde puede llevarte la pasión.
Miley lo miró con profunda inocencia. Nick devolvió su mirada sorprendido y con­tuvo la respiración.
—¿No?
Nick agarró una de sus manos y la acarició suavemente con el pulgar. Podía contemplar las venas azules que atravesaban su dorso.
—Yo no puedo decir lo mismo—continuó él—. No habría soportado todos estos años sin estar con una mujer de vez en cuando.
—Supongo que es distinto para los hombres.
—No, sólo para algunos. Y para algunas muje­res también. Pero todas eran tú en el fondo. Servían para aliviar mi dolor durante unos minutos.
Miley acarició su oscuro pelo, frío bajo sus dedos, limpio y con olor a champú.
—Abrázame—rogó él, agarrándola por la cin­tura—. Estoy tan asustado como tú.
Aquellas palabras la sorprendieron. Cuando consiguió reaccionar, acarició su cabello.
—No pienso dejar que mueras, Miley—su­surró.
—El tratamiento me asusta—confesó.
—Si estuviera contigo, ¿te asustaría menos?—preguntó con suavidad, observándola—. Por­que pienso estar contigo.
—No, no me asustaría tanto. Nick sonrió con dulzura.
—La leucemia no es necesariamente fatal. Se puede detener el progreso de la enfermedad durante muchos años. Te pondrás mejor y podre­mos tener un hijo juntos.
Las lágrimas cubrieron el rostro de Miley.
—Si tengo que iniciar un tratamiento con radiación dudo que pueda tener hijos.
Nick no quería pensar en ello. Tomó su mano y la besó.
—Hablaremos con el médico y nos asegu­raremos.
Era como vivir un sueño. Miley dejó de preocuparse y de pensar. Sus ojos buscaron la mirada de Nick, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
—¿De acuerdo?—preguntó él. Ella asintió.
—De acuerdo.
 las quiero chicas... disfrutenlo... me dicen que les parecio... si hubo lagrimas, o se les hicieron aguaditos los ojos... o si se le formo un nudo en la garganta...

16 comentarios:

  1. Kazzie TE ODIO! OMG soy hielo así que no lloro :| pero estaba leyendo este cap. mientras escuchaba "Bottom of the Ocean" & "7 Things" de la Cyrus & yo como que... las lágrimas llegaron a mis ojos pero no lloré. :S odio nunca poder llorar. & awwn (: se van a casar :') he wants to have a baby <3 no puedo creerlo :') esta nove es hermosa <3 AMO TU NOVELAAA! :D aunque tu fondo me da cosa o.O hahaha x)

    síguela yaa. ;) tQ

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  2. ah & te odiaba xq casi me haces llorar ^^ :P no te odio. :D insisto, NICK QUIERE TENER UN BEBÉ! AWWWWWWWWWWWWWWWNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNN!!!!!!!!!!!!!! :D :D :D

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  3. Liindo capii
    llore se me hizo un nudote en la garganta te lo juro


    liindo este capii

    eres una geniio :)

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  4. aaaaaaaaaa
    me encantooo
    esta genialll
    Un bebeee
    espero que
    si puedannn
    sube prontooo

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  5. por cierto me encanta
    tu nueva
    foto
    la de arriba
    del todo
    jejeje
    esta genial
    sis
    i miss you

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  6. Eres un genio. Esta hermosososisisisma.
    continuala pronto, es demasiado linda :)
    Cdt, :)

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  7. El capitulo mas lindo, me dio mucha ternura, espero que todo siga bien :), besos te quiero amigaaa :D

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  8. Hola
    sabias una cosa
    ME ENCANTA TU NOVELA
    la verda espero que si tengan un Bebe
    y Miley NO se muera
    un saludo y espero que te mejores

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  9. me encanto
    yo se que no tiene nada que ver con la novela pero en tu próxima novela niley me gustaria algo diferente pero en toda miley hace como la chica menos sexy la chica desarreglada que nadie se interesa en ella y nick como el que todas se derriten, pero en la próxima me gustaria que fuera diferente
    es solo una sugerencia

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  10. wauu x Dios esta genial la nove t juro q llore.. es muy emocionante..:) y me encanta.. espero q la sigas pronto... t kiero mucho amiga.. y te extrañooo.. :D jeje un beso

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  11. me emocione demaciado... mucho llanto
    esta novela a llegado a lo mas profundo de mi corazon... a veces me imagino siendo miley y el dolor que sentira....
    bueenooo saludos

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  12. ahhhhhhhhh me encantoooooooooo
    encerio hermosoooooooo
    me puse chipi ocea trist pero alegre a la vez estaran juntos por fin encerio amo esta nove la amoooooo jijiji me quedare con intriga agg lo bueno q leere muchos juntos jiji enfin
    te quierooooo sis adorada t extrañare jiji
    cuidate bye

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  13. awww sis super hermoso el capiii me encaanto sis ya sabes camina hacia adelante no te rindas no te dejes vencer
    jejeje eso lo saque de una cancion

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  14. OMD ... estoy llorando!! amo esta novela es increible...
    me encanto y espero que sigas con otro capi!!

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  15. qe si se me hizieron aguita los ojos?
    nahh!! ni de broma!!
    LLORE COMO NIÑA CHICA SIN SU JUGUETE!!
    es qe mas emotivo este cap no puede ser!!!
    encerio me encantaaaaaaaaaaaaaa
    porfa siguela lo mas pronto posible T_T

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  16. Zube l maz prnto qe puedaz!!
    Pz zi para mi zi ubo lagrimaz u.u!!!
    Eztuvo muii trizte!!
    pero bonito!!
    Ezpeero loz proximoz qapz zube maraton!!
    me mata la intriga!!
    ezta muii bonita!!
    Adoro ezta novela!!!
    cuidate muxo
    bezoz
    cuidate
    xoxoox
    Tq..!*

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..