viernes, 3 de junio de 2011

Novela Jemi 17 - Mas que una amiga

 
¿Dejar de ser amigos?
Aquellas palabras golpearon a Joe como si fueran un puñetazo en el estómago.

—Eso es exactamente lo que quiero evitar —murmuró él, mientras sentía un cosquilleo en la mano después de que ella se hubiera soltado.
Se frotó las puntas de los dedos, como si aún pudiera sentir la piel sedosa de Demi. Demonios, él no tenía tantos amigos como para estar dispuesto a perder a ninguno. Sobre todo, a aquella. Demi y él siempre se lo pasaban bien juntos. Podían hablar de cualquier cosa. Él podía reírse con ella. Podía decirle lo que estaba pensando.
Cuando tenía nuevos reclutas a su cargo, y los muchachos se las arreglaban para llevarlo al límite de la frustración, Joe sabía que podía acudir a Demi para olvidarse del mundo durante un rato. Cuando sus hermanos lo volvían loco, ella se reía con él sobre ello. Cuando el resto del mundo parecía menos agradable y cálido, la sonrisa de Demi lo arreglaba todo.
Y él no quería ni podía perder aquello.
—No siempre se consigue lo que uno quiere —dijo ella.
Y Joe la miró con cara de pocos amigos.
 ¿Qué se suponía que significaba aquello? ¿Acaso quería terminar con su amistad e intentar algo diferente, o estaba intentando decirle que no estaba interesada en tener relaciones sexuales con él?
¿Por qué no podían ser las mujeres tan claras como los hombres?
—No me recites versos de canciones.
—Un poco susceptible, ¿no?
—Susceptible no. Me sorprende que tú estés tan dispuesta a renunciar a nuestra amistad por un revolcón rápido.
—Yo tampoco he dicho eso.
—Entonces, ¿qué demonios estás diciendo?
—Pues... que si tú quieres que nos vayamos a la cama, dejaremos de ser amigos. Y si no quieres, no dejaremos de ser amigos.
—Entonces, ¿todo depende de mí? —preguntó estupefacto.
No creía aquello en absoluto. No había ninguna mujer sobre la faz de la tierra que no tuviera las riendas de cualquier relación. Y todos los hombres lo sabían. Se limitaban a fingir lo contrario para mantener intacto su orgullo.
Y aquélla era precisamente, la razón por la cual él siempre había evitado el compromiso como si se tratara de la peste. En cuanto una mujer lo tenía a uno entre las manos, las cosas cambiaban. La vida ya no era igual. Había que ir a ver películas de amor a menudo, y había que preocuparse de poner posavasos bajo la jarra de cerveza.
No valía la pena. Joe prefería dejar la vida de casado para gente como Kevin. Para Joe, lo mejor era quererlas y dejarlas, lo más rápidamente posible.
Demi sacudió la cabeza.
—¿Que depende de ti? Ni hablar. Mira, tú mismo acabas de decir que no quieres que haya nada más entre nosotros.
—Sí, pero...
—Entonces, no hay problema, ¿no?
Él se pasó una mano por la cara. Había algo equivocado en todo aquello. En algún momento, había perdido el hilo de aquella conversación, y ya no estaba seguro de qué lado debía defender. Demonios, un hombre necesitaba planear cuidadosamente la batalla para enfrentarse a una mujer. Sobre todo, con aquella mujer.
Demi sonrió y ladeó la cabeza, mirándolo. La trenza se le deslizó por el hombro derecho. Él tuvo ganas de tomarla entre los dedos, quitarle el lazo que la sujetaba y deshacerla para acariciarle el pelo.
—¿Te pongo nervioso, Joe?
—No.
La respuesta fue rápida y áspera, y él tuvo que preguntarse si estaba intentando convencerse a sí mismo o intentando convencer a Demi. Tomó la hamburguesa, le dio un mordisco y masticó como un hombre con una misión. Aunque hubiera perdido el control de aquella conversación, aún podía recuperarlo.
Después de tragar, le dijo:
—No estoy nervioso.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
¿Problema? ¿Por dónde podía empezar? No podía decirle que la deseaba tanto que se había pasado las últimas noches imaginándosela desnuda. Aquello dañaría la amistad que él quería conservar a toda costa.
Todo aquello era culpa de sus hermanos. De todos ellos. Del hecho de que Kevin estuviera tan felizmente casado, y de que se deleitara contándoles a Joe y a Nick lo mucho que estaba disfrutando del sexo. De Nick, por estar tan decidido a ganar aquella apuesta. E incluso de Frankie, por mirar el partido desde la banda, riéndose de sus tres hermanos menores mientras ellos intentaban hacer durante tres meses lo que él se había comprometido a hacer durante toda la vida.
Joe sabía que nunca debería haber aceptado aquella estúpida apuesta.
Había sido una pesadilla desde el principio, e iba de mal en peor.
—Maldita sea, Demis —murmuró—. Es la apuesta. Sabes que ése es el motivo de todo lo que está ocurriendo.
—Ya.
Él frunció el ceño al escuchar aquella respuesta tan escéptica. Demi tomó otro poco de ensalada, y entonces, delicadamente, se relamió una gota de aderezo del labio inferior. Todas las células del cuerpo de Joe se encendieron.
—Mira —le dijo, inclinándose hacia ella y bajando la voz para que nadie pudiera escucharlo—, los dos sabemos que ésta apuesta me está volviendo loco. Los dos sabemos que somos amigos, y nada más.
Ella asintió y sonrió.
—Claro.
—Me caes muy bien, Demi.
—Gracias, Joe —dijo ella. Tomó cuidadosamente un pedacito de pollo de la ensalada y se lo metió en la boca—. Tú también me caes muy bien.
—Exacto. Eso es lo que quiero decir. Nos caemos demasiado bien como para acostarnos.
—Está bien.
El se dejó caer contra el respaldo, asombrado.
—¿Está bien?
Ella se encogió de hombros, y Joe apretó los dientes.
—Claro. Para mí no es un gran problema. Si tú prefieres no hacerlo, entonces, a mí me parece bien.
—Y ya está.
Demi sonrió.
—¿Acaso esperabas que me lanzara sobre ti y te rogara que me tomaras aquí mismo?
Quizá un poco, admitió él en silencio. Había pensado que ella estaría sintiendo lo mismo que él. Que ella lo deseaba tanto como él. Pero parecía que no. ¿Y por qué aquello no hacía que se sintiera mejor?
—Siento desilusionarte, Joe —le dijo Demi—, pero sobreviviré si no me acuesto contigo.
—Eso ya lo sé —dijo él, y se preguntó cómo había sido posible que toda la situación se diera la vuelta. ¿Cuándo se había convertido él en el rechazado? ¿Cuándo se había convertido ella en la que rechazaba?
 —Bien —repitió Demi.
Tomó otro poco de ensalada, y si no fuera porque ella acababa de decirle que no estaba decepcionada por la idea de que no iban a acostarse juntos, Joe habría pensado que se estaba lamiendo el labio a propósito. Lo hizo con lentitud, seductoramente, y él sintió que el cuerpo le ardía.
Demi tomó el vaso de té helado y le dio un buen trago. La mirada de Joe se fijó en su garganta. Su visión se hizo borrosa.
Entonces, ella dejó el vaso sobre la mesa, miró la hora en su reloj y exclamó:
—¡Vaya! ¡Tengo que irme!
—¿Ahora? ¿Te vas ahora mismo?
—De verdad, tengo que irme. Pero tú quédate. Iré andando al garaje. Está muy cerca.
Él no dijo nada, y ella se detuvo un segundo.
—¿Joe? ¿Había algo más de lo que quisieras hablar?
—No —gruñó él—. Nada en absoluto.
—Está bien —dijo ella. Se inclinó hacia Joe y sonrió—. Me va a llegar un carburador nuevo al taller en veinte minutos, y tengo que estar allí.
—De acuerdo —respondió Joe. Tomó su vaso de té helado y lo mantuvo entre las palmas de las manos para que el frío penetrara en su piel, en sus huesos.
Ella se puso de pie y le lanzó otra sonrisa. Después le puso una mano sobre el hombro, y él podría haber jurado que sentía el calor de su piel a través de la tela de la camiseta.
 —Nos vemos después, ¿te parece? Y gracias por invitarme a comer.
—De acuerdo. Después —contestó él, asintiendo, y tragó saliva.
Ella se alejó, y sin poderlo evitar, Joe se dio la vuelta y dirigió la mirada hacia las curvas de su trasero. Sin dejar de refunfuñar, se volvió de nuevo y se retorció con incomodidad en el asiento.
Rebecca, su amigable camarera, se acercó apresuradamente y le preguntó:
—¿Quieres pedir algo más?
En aquella ocasión, él ni siquiera la miró a los ojos. En vez de eso, terminó el té de un trago y le entregó el vaso vacío.
—Por favor, tráeme uno de éstos. Y que sea grande.
Ella lo miró con extrañeza, pero él no se dio cuenta.
O no le importó.
 Aquella noche, Demi estaba sentada en el porche trasero de su casa, mirando al cielo. El aire olía a jazmín y por un momento, corrió una suave brisa por el jardín. Suspirando, ella se apoyó contra uno de los postes del porche y estiró las piernas por los escalones hacia la hierba. Después tomó la margarita fría que tenía a su lado, en el suelo, y le dio un sorbito.
Normalmente, ella no bebía mucho.
Sin embargo, después de aquella comida con Joe, y de pasar una horrible y larga tarde colocando un carburador y manteniendo una deprimente conversación con la señora Harrison, necesitaba tomar algo.
La señora Florece Harrison, una viuda que vivía a las afueras de la ciudad, llevaba decepcionando a Demi durante dos años. Y todo por un Corvette del año cincuenta y ocho que estaba oxidándose en su granero. El coche había pertenecido al hijo de la señora Harrison, que llevaba cuarenta años muerto. Demi llevaba intentando conseguir el coche desde la primera vez que lo había visto. Quería llevárselo al garaje y devolverle su vieja gloria.
Pero la señora Harrison no quería separarse del coche de su hijo.
—Ah, bueno —se dijo Demi, y le dio un buen trago a la margarita—. ¿Qué es otro no en el gran esquema de las cosas, de todas formas?
Joe no la deseaba lo suficiente como para perder la apuesta, y la señora Harrison se aferraba al Corvette desesperadamente.
Demi se puso de pie y comenzó a caminar por la hierba, que le refrescó las plantas de los pies. Desde la calle, oía las risas de los niños que jugaban en la acera, el ladrido de algún perro y el sonido lejano de la radio de algún vecino. A la entrada de la casa, el viento movió el carillón y el alegre sonido de las campanillas hizo que Demi sonriera, pese a todo.
—¿En qué estás pensando?
Aquella voz profunda y familiar le llegó de algún lugar muy cercano, y a Demi se le encogió el estómago cuando se dio la vuelta y vio a Joe.
 —Me has asustado —le dijo, aunque no era del todo cierto.
Asombrada, sí. ¿Pero asustada? No. Sintió deseo antes que miedo. Era raro que nunca se hubiera dado cuenta, hasta aquel momento, del efecto que su voz le producía. ¿Cuándo, exactamente, había comenzado a suceder aquello?
—Siento haber sido tan sigiloso —dijo él, y se acercó—. Pero parecía que estabas pensando en cosas serias, y después has sonreído. Me tenías intrigado.
—Yo... eh... estaba disfrutando del sonido del carillón.
Como si estuviera esperando aquella mención, el viento sopló e hizo sonar las campanillas.
—Qué preciosidad.
—Sí, es muy bonito.
—No el sonido, sino tú —dijo él.
Vaya.
Qué mareo.
Y no era por la margarita. No había tomado lo suficiente. Era Joe, simple y llanamente. A la luz de la luna, estaba increíblemente guapo. Tenía los ojos oscuros como zafiros, la mandíbula tensa como si estuviera apretando los dientes y la boca apretada, como si lamentara haber dicho aquello.
Pues era una pena que lo lamentara.
Lo había dicho, y ya no había forma de borrar el sonido de sus palabras.
—Gracias.
—Demi...
—Joe —lo interrumpió ella, y le dio otro sorbito a la margarita para ganar un par de segundos—. Si has venido a decirme que soy una buena amiga y que no quieres perderme... No tienes por qué molestarte. Lo he entendido. Vete, sé feliz. Considérate libre.
—Esto no es sobre la amistad, Demis —respondió Joe, suavemente—. Me estoy volviendo loco. Durante la comida no hemos resuelto nada. Nuestra conversación sólo ha servido para confundirme más aún. Así que he pensado que la única forma de aclararme era venir aquí y hablar contigo. Averiguar qué es lo que me está volviendo loco, y encontrar la manera de terminar con ello.
—¿Y qué es? —preguntó ella, y después contuvo el aliento.
—Si no te beso durante los siguientes diez segundos, creo que voy a perder lo que me queda de cordura.
Ella dejó escapar todo el aire de los pulmones y sintió fuego en el cuerpo. Su mente dejó de funcionar, y todas sus emociones salieron a la superficie. Sin embargo, cuando volvió a hablar, su voz sonó calmada.
—Entonces, estamos perdiendo el tiempo.
Joe la abrazó.
A ella se le cayó el vaso de plástico de la margarita al suelo, y la bebida se derramó por la hierba.
Él la apretó contra su cuerpo y la miró a los ojos durante un momento eterno.
Y después, la besó.

hola chicas como tan.. bueno les quiero decir que mi tio vino de donde esta mi pa y dice que esta mejor... eso me tiene super feliz..... las quiero muchop a todas y gracias gracias gracias por su preocupacion y por sus muestras de apoyo las quiero millon!!!!!!

8 comentarios:

  1. Me laegro x thii u thu papa

    Megusto mucho este capii

    ya Qiero Qe lo siigas
    me gustooooooooooooooooooooo
    Qiero ver Qe pasa

    Eres una geniio

    :)

    jejeje iia debo ternerte canzada de eso jijiji
    losiiento

    ResponderEliminar
  2. aaahhh estoy super feliz x tu papà y por esta nove.. cada cap esta genial.. ooo x Dios esta hermoso el cap jejeje q pasara despues d ese beso?? jejeje amo Jemi.. jeje :) dios estoy super feliz... y te super kiero amiga....

    ResponderEliminar
  3. aaaah sis q bueno que tu papii este super bien m alegro sis ahhh te quieroooo un miiillooon sis

    ResponderEliminar
  4. aaaaaaa!!! que emocion!!! me encanta
    sube prontoo!!

    ResponderEliminar
  5. aa q bueno q tu papa este bien
    siguela esta genial

    ResponderEliminar
  6. ME ENCANTO :) que tierno , espero que sigan e.e jajaja. Me alegro que este todo mejorando en tu vida :) besos

    ResponderEliminar
  7. Awwwwwwwwwwwwwwwwwwww!!!!
    Qe weno tu pa ezta mejor ii lo va a zeguir eztando cuidat emuxo o mejor dixo cuidenzer muxoTe!!!
    hehehe
    bezoz
    y puez la nove qomo ziempre de lo mejor
    o.O
    qe pazara en el proximo qap!!!
    Weno cuidate un egg zi bezitoz
    Y Tq..!!
    hehehhee

    ResponderEliminar
  8. aaaa
    me encantooo
    me alegro muchoooo Ü
    sube prontooo sis

    ResponderEliminar

Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..