sábado, 30 de julio de 2011

Novela Jemi 20 - Un asunto de familia


Joe se dio cuenta y odió los ojos que lo miraban, odió a Demi a pesar de que el mundo estallaba bajo su cuerpo. Había visto a muchas mujeres abandonarse al éxtasis, sin control, pero nunca había permitido que alguna mujer viera que a él le ocurría lo mismo. En aquel instante estaba indefenso y Demi podía verlo. Podía ver lo que realmente sentía.
Fue como si la habitación se desvaneciera en la violencia de su acto. Luego pasó algún tiempo antes de que pudiera abrir los ojos. Tenía la mejilla apoyada sobre el pecho de Demi y estaba temblando. Demi respiraba trabajosamente. Joe sentía su piel fría, el tacto de sus manos sobre su pelo y la oía murmurar algo. La maldijo una y otra vez.
Cuando Joe pudo moverse de nuevo, levantó la cabeza y miró a Demi con una furia apenas contenida.
—Te he visto mirándome —dijo entre dientes—. ¿Te ha gustado lo que has visto? ¿Te ha gustado verme perder el control hasta el punto de tener que apartar la cara?
Después de la intimidad que habían compartido, Demi se quedó perpleja al oír aquellas palabras. No podía entender su ira, el desprecio que desprendía su mirada.
Joe respiró profundamente y comenzó a levantarse, pero ella odiaba abandonar aquella proximidad, la unidad que habían compartido. Lo abrazó con tal fuerza que le clavó las uñas.
—¡Joe, no! —susurró.
Joe se detuvo.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Me haces daño cuando te mueves —dijo Demi.
Joe susurró algo que la ruborizó y continuó retirándose, esta vez poco a poco. Era incómodo, pero no doloroso.
Demi observó cómo se levantaba y se sonrojó de la cabeza a los pies.
A Joe le temblaban los músculos, y no pudo evitar que volvieran los recuerdos de la noche de Francia. Había vuelto a hacerle daño.
Comenzó a vestirse. Odiaba su sensación de desamparo. Era igual que su padre, pensó, una víctima de su incontrolable deseo. Se preguntaba si Demi tenía alguna idea del pavor que le daba estar a merced de una mujer.
Demi no entendía la frialdad de Joe, pero el orgullo acudió en su ayuda. No podía soportar pensar en el riesgo que había corrido al hacer el amor sin ninguna precaución o en las cosas que él le había dicho. Lo había recibido sin pensar en el futuro, como un cordero que va al matadero, igual que cinco años antes. ¿Es que no aprendería nunca? Se preguntó amargamente.
Se puso en pie y comenzó a vestirse torpemente. Joe se dio la vuelta, incapaz de verla. Era igual que su padre, un esclavo de su deseo. Y ella le había visto así, vulnerable y desamparado.
Demi terminó de vestirse y se acercó a él. Se mordió el labio hasta que se hizo sangre.
—Joe.
Él no podía verla. Estaba mirando por la ventana con las manos metidas en los bolsillos.
Demi sintió frío y se frotó los brazos. Era imposible no entender la actitud de Joe, incluso aunque no lo quisiera.
—Ya veo —dijo con calma—. Sólo querías saber si... podías. Y ahora que lo sabes yo soy un engorro, ¿no es eso?
—Sí —dijo Joe.
Demi no esperaba aquella respuesta. Su mirada se ensombreció de repente. El reloj del tiempo la había devuelto a Francia. La única diferencia era que aquella vez no la había hecho daño. Pero se sentía tan utilizada como entonces.
Poco quedaba que decir. Lo miró y se dio cuenta que el amor que sentía por él desde los quince años no había disminuido ni un ápice. Sólo que por fin sabía lo que el amor físico significaba verdaderamente. Se había abandonado a él, ahogándose en el deseo que él sentía, dándole más de lo que le pedía. Pero aún así, a él no le había bastado y sabía muy bien que nunca le bastaría. Se daba cuenta de que Joe odiaba el deseo que sentía por ella. La deseaba, pero contra su voluntad, igual que cinco años antes. Puede que también la odiara por ser el objeto de su deseo.
Qué ironía que fuera impotente con las demás mujeres. Qué tragedia.
Sabía que todos sus esfuerzos por hablar con él serían en vano, así que se dirigió a la puerta, quitó el pestillo y la abrió. Joe no se apartó de la ventana ni se volvió a mirarla cuando ella se marchó.

bueno chicas hasta aqui los capis sorry por no poder comentar en sus blog.. desde ahora empezare a leer desde mi celu porque estoy un poco cansada y sigo con malestar por la gripa que tengo.. las quiero gracias por los comentarios... 
las quiero chicas..

Novela Jemi 19 - Un asunto de familia


Demi tragó saliva. Sentir el contacto del cuerpo de Joe la ponía nerviosa, pero también la excitaba hasta el punto de desearle. Se vio presa de sensaciones confusas. Se sentía incómoda, pero al mismo tiempo estaba impaciente.
Joe dio un largo suspiro, gimió y luego soltó una carcajada.
—¡Dios, qué bien me siento!
Se estremeció, la miró a los ojos y movió a Demi contra sí mismo. Demi siguió con un pequeño movimiento rítmico, pero de forma inconsciente. Joe apretó los dientes y volvió a reírse.
—Ya había olvidado lo que era sentirse como un hombre.
El placer de Joe afectaba a Demi del modo más extraño. Apoyó la cabeza sobre su pecho, medio temerosa y medio excitada. Joe la abrazó y ella también se estremeció.
—Tú también lo sientes, ¿verdad? —le preguntó Joe al oído y agarrándola por las caderas, repitió el mismo movimiento rítmico. De modo que Demi gimió—. ¿Te gusta estar indefensa? ¿Te gusta desearme y sentir que no puedes hacer nada por evitarlo?
Demi se daba cuenta de la mezcla de resentimiento y ardiente deseo en las palabras de Joe. La besó, apoyando los labios sobre los suyos, con una presión tierna, pero exigente y voraz, que la dejó perpleja.
Joe, sin dejar de besarla, metió las manos debajo de la camiseta de punto y desabrochó el sujetador de seda. Luego apoyó ambas manos en sus pechos, acariciando los duros pezones. A Demi le tembló todo el cuerpo y Joe notó cómo gemía contra su boca. No podía parar. Le ocurría lo mismo que en Francia, lo mismo que aquella noche en la habitación de Demi. Se daba cuenta de que estaba cayendo sin remedio en el torbellino del deseo, pero sabía que no podía luchar contra ello. Hacía años que no se había sentido como un hombre y en aquellos momentos era presa del más desesperado deseo que había sentido nunca, y tenía que satisfacerlo. La deseaba, la necesitaba y debía tenerla.
Muy lentamente le quitó la camiseta, sin dejar de besarla y mordisquearla, con la clase de besos que eran un preludio de una intimidad aún mayor. Demi estaba tan excitada que no opuso la menor resistencia cuando Joe le quitó la camiseta y el sujetador y los dejó caer sobre la moqueta. Le acarició los pechos desnudos y Demi dejó escapar un suspiro.
—Son preciosos —susurró Joe con ternura, consciente de que Demi lo estaba mirando. La tomó por la cintura, la levantó del suelo y le besó los pezones—. Sabes a perfume y pétalos de rosa —dijo.
Demi gimió y Joe la miró a los ojos y vio en ellos la excitación y el placer. Reconoció en aquella expresión la angustia de la pasión, y supo que ya no podrían detenerse, aunque quisieran.
La echó sobre la moqueta, al lado del ventanal con vistas al jardín. El cuerpo de Demi, bajo aquella luz, tenía un brillo nacarado. Se arrodilló junto a ella y lenta y suavemente le quitó el resto de la ropa, dejándola desnuda y temblorosa. La besó y la acarició, sin que ella deseara que parara.
Luego Joe se desnudó, todavía con la incertidumbre de saber si su cuerpo reaccionaría. Había pasado muchos años de dolor y de sufrimiento. La miró y se estremeció al verla debajo de él, y tembló al ver la plenitud de su propia excitación.
Demi, recobró el juicio por un instante y lo miró con un débil temor. Nunca había tenido una intimidad semejante. En la oscuridad de aquella noche de su pasado, apenas lo había visto. En aquel instante vio la magnitud de su excitación y se sonrojó.
—Voy a tener mucho cuidado —dijo Joe.
Se echó junto a ella, reteniendo su propio deseo. Le apartó el pelo de la cara y se inclinó para besarla con ternura, apagando el torrente de palabras que pugnaba por salir de su boca. Demi quería decirle que no había tomado ninguna precaución y preguntarle si él lo haría. Pero él la besó en los pechos y ella se arqueó, temblando de placer, y la última llamada de su razón se desvaneció.
Las lentas y dulces caricias y los besos de Joe la relajaron. Contemplaba cómo la tocaba, oía sus suaves quejidos y susurros. Eran palabras cariñosas, que pronunciaba sin dejar de acariciarla. Le tembló el cuerpo y se ofreció a él. Se miraron mientras el placer alcanzaba un inesperado ardor y tembló en el borde del éxtasis cuando se puso sobre ella y empezó, muy lentamente, la unión de sus cuerpos.
—No
—No te haré daño, nena. Trata de relajarte.
—Eres tan... tan... —titubeó—. ¿Y si no puedo...?
Joe gimió, porque estaba perdiendo el control cuando había jurado no hacerlo. Pero no podía mantener su palabra, el tacto del cuerpo de Demi era demasiado ardiente.
Se movió contra ella sin poder contenerse.
—Dios, Demi, no te pongas tan tensa. Oh, nena, no puedo parar —dijo y deslizó la mano entre sus cuerpos, para acariciarla en su lugar mas íntimo. Demi respondió al instante, sin remedio—. ¡Sí, sí, sí!
Demi suspiró. Los movimientos de Joe la estremecían de placer, eran como flechas que penetraban su cuerpo, ansioso por recibirlas.
Sintió una gran sensación de plenitud dentro de sí. Estaba vacía, pero al cabo de un instante, fue como si estallaran fuegos artificiales en su interior. Comenzó a moverse con un ritmo nuevo y desconocido. La sangre le corría más deprisa. Respiraba con dificultad, jadeaba. Sentía la cadera de Joe contra la suya y el roce de su piel, mientras su cuerpo estaba cada vez más próximo. Casi no podía respirar. Le clavó las uñas en los brazos y abrió los ojos para mirar hacia su vientre y observar lo que le estaba ocurriendo.
—No, no mires —le dijo Joe y le besó los párpados y luego la boca. No había apartado la mano y Demi tenía unas sensaciones tan intensas que la cabeza le daba vueltas.
—¿Qué estás haciendo? —susurró ella temblando de placer.
—¿Dios mío... qué crees que estoy haciendo? —dijo Joe temblando empujando con tal fuerza que el sol se ocultó sobre los párpados de Demi que sintió una oleada de placer tan intenso que tuvo que sollozar como una niña.
Ya no le importaba saber lo que la estaba haciendo. Se movía con él, al mismo ritmo. Su cuerpo estaba ardiente y lleno. Sintió que se abría a un empuje que era extraño y familiar al mismo tiempo.
Joe no dejaba de besarla. Demi estaba inmersa en un ritmo que aumentaba el empuje y la plenitud cada vez más. Llegó un momento en que no le bastó sentirse llena. Notó un empuje aún mayor y oyó el gemido de angustia de Joe. Ella también gimió y su propia voz le pareció extraña. De repente sintió una extraña sensación que la recorrió de la cabeza a los pies y se puso rígida por un instante, para dejarse llevar por la más increíble oleada de ardiente placer que nunca había conocido.
Notó que sus músculos más íntimos se relajaban y su cuerpo cayó en rítmicas contracciones que amenazaban con partirla en dos. Y aunque la llevaron a un éxtasis con el que jamás había soñado, la sensación que había alcanzado desapareció y dejó paso a otra aún más intensa...
Gritó, temblando, sollozando, ahogándose en el placer.
Abrió los ojos y miró a Joe. Tenía la mandíbula apretada y parecía haber perdido el control. De repente, la presión que sentía en su interior estalló y Joe gritó y se puso tenso y se convulsionó ante la fascinada mirada de Demi. Joe gimió en una incontenible expresión de placer. Se arqueó y le temblaron los brazos. Se estremeció varias veces. Demi no dejaba de mirarlo.
:) odio estar con gripa!!! ashhh

Novela Jemi 18 - Un asunto de familia



Joe abandonó el hospital tres días después del accidente. El médico insistió en que debía ser cauteloso en cuanto a volver a trabajar y que, si volvía a tener algún síntoma de dolor, se pusiera en contacto con él inmediatamente. Demi no se sintió muy feliz de que lo mandaran a casa tan pronto, pero lo mejor era no dejar a un Joe completamente recuperado con las manos vacías. Sin nada que hacer, hacía sentirse incómodo a todo el mundo.
Demi, que llevaba una camiseta de punto y unos vaqueros, estaba con Joe en el estudio. Joe quería discutir con ella los términos del contrato de venta de tierras que había firmado con Leslie Holton y que había llegado por correo urgente aquella mañana.
—Al principio no quería vender. ¿Cómo la convenciste? —preguntó con irritación apenas contenida.
Joe se recostó en la silla. Todavía tenía la frente morada y algunos puntos en el lado derecho de la cara.
—¿Cómo crees que la convencí? —dijo con una sonrisa.
Demi no dijo una palabra, pero su gesto fue elocuente.
—Pues deja que te diga que tu conclusión es equivocada —dijo Joe—. No puedo hacerlo con nadie más que contigo, Demi.
Demi se sonrojó.
—Eso no lo sabes.
—¿No?   —dijo   Joe   mirando   el   escote   de Demi—. Digamos entonces que no estoy interesado en saber si puedo hacerlo con alguien más.
—Estabas borracho —dijo Demi.
—Sí, lo estaba. ¿Y tú crees que fue el whisky?
—Puede ser —dijo Demi encogiéndose de hombros.
Joe se levantó, miró a Demi durante un segundo, y luego se acercó a la puerta y la cerró con pestillo.
—Vamos a verlo —dijo acercándose a ella.
Demi se escondió detrás de un sillón de orejas. Tenía los ojos grandes como platos.
—¡No!
Joe se detuvo.
—Tranquila, no voy a forzarte.
Demi siguió detrás del sillón. No le quitaba los ojos de encima, como un animal perseguido.
Joe se metió las manos en los bolsillos y la miró tranquilamente.
—Esto no va a llevarnos a ninguna parte —dijo.
Demi se aclaró la garganta.
—Mejor.
—Demi, han pasado cinco años —dijo Joe con irritación. Después de la intimidad que había surgido entre ellos en el hospital, parecían haber vuelto a los viejos tiempos—. He sido medio hombre durante tanto tiempo que es como una revelación haber descubierto que todavía puedo hacer el amor. Lo único que quiero saber es si no fue una falsa alarma. Sólo quiero... asegurarme.
—Tengo miedo —dijo Demi.
—No tenías miedo después de la pesadilla —le recordó Joe—. Ni tampoco a la mañana siguiente. Tampoco en el hospital cuando me lavaste.
—No estabas... excitado cuando te quitaste la sába¬na —dijo titubeando.
—Eso es lo que me preocupa —dijo Joe con voz grave—. Por eso quiero saber si... tengo que saberlo.
Había algo en la mirada de Joe que hizo que Demi se sintiera culpable. Su propio miedo dejaba de tener importancia al compararlo con la duda que atormentaba a Joe. Era horrible para un hombre perder la virilidad. ¿Podía culparle por querer comprobar si la había recuperado?
Lentamente, se apartó del sillón y dejó los brazos sueltos a ambos lados del cuerpo. Después de todo, lo había visto completamente desnudo y había notado su excitación contra su cuerpo sin sucumbir a la histeria. Además, lo amaba y estaba vivo. De repente, recordó la imagen de Joe aprisionado en el coche, con el rostro cubierto de sangre y lo miró con la mayor ternura del mundo.
Joe observó el rostro de Demi. Tenía las manos en los bolsillos y estaba quieto, a pesar de que se sentía violento ante la expresión de Demi.
—¿Vas a quedarte ahí parado? —dijo ella al cabo de un rato.
—Sí —dijo Joe mirándola a los ojos.
Al principio, Demi no comprendió. Luego Joe sonrió débilmente y se dio cuenta de lo que quería.
—Oh —exclamó Demi—, quieres que te bese.
Joe asintió pero siguió sin moverse.
Con aquella actitud logró que Demi se sintiera menos insegura. Se aproximó tanto a él que podía sentir el calor de su cuerpo y oler el aroma de su colonia. Le acarició la mejilla y el labio inferior.
Joe suspiró. Notaba que Demi estaba tensa, sin embargo, siguió quieto.
Demi sentía una gran curiosidad. Había algo intenso y profundo en los ojos de Joe. Aunque no sabía qué era. No lo supo hasta que se apretó contra él.
—No era mentira —dijo Joe entre dientes con una extraña voz—. No quiero que tengas miedo, así que, si quieres parar, ésta es tu última oportunidad.
Demi vaciló, pero Joe sacó las manos de los bolsillos y la agarró por la cintura. La atrajo contra sí con suavidad y la movió contra su vientre muy despacio.
De aquella manera no le daba miedo. Al contrario, se quedó fascinada por lo que sintió.
—Sí, ya ves que yo también soy vulnerable. Me tiemblan las piernas. ¿Lo sientes? —dijo Joe atrayéndola aún más hacia sí para que pudiera darse cuenta de lo que decía—. ¿Puedes notar cuánto te deseo?
Demi se sintió algo incómoda al oír aquellas intimidades. Se sonrojó, pero al querer apartar la mirada, Joe la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo.
—Deja de tener miedo. No soy un monstruo —dijo Joe con aspereza—. Perdí el control y te hice daño cuando más cuidado necesitabas, pero no vo¬verá a suceder.
capi dedicado a las team jemi!!!
les cuento que tuve una pequeña discusion con mi hermana, ella me dice cuando se daran cuenta que nick y miley no van a volver y yo el dia en que las team niley dejen de creer se acabara el mundo, el amor siempre vuelve en circulos!!! team niley forver!!

Novela Niley 22 - La ultima prueba



Lo que podían haber sido minutos e incluso ho­ras después, Nick giró la cabeza sobre la almohada y miró a la mujer que yacía junto a él. Bajo aquella tenue luz, tenía un aspecto místico, parecía una cria­tura de otro mundo.
Aquel pensamiento le hizo sonreír. Nick pensó que, definitivamente, el irlandés que había en él es­taba saliendo a flote. Con aquella piel tan pálida y suave y un cabello tan rubio parecía que hubiera si­do esculpida en alabastro por un escultor de talen­to.
Pero ella era real. Y él estaba allí para compro­barlo.
Ella giró la cabeza y sus miradas se encontraron. Miley sonrió.
-Bueno, supongo que ahora sí que has perdido la apuesta.
El hizo una mueca, pero no parecía importarle mucho.
-Supongo que sí. ¡Dios! Mis hermanos van a mor­tificarme.
Ella se acercó a él y se apoyó sobre un codo para mirarlo.
-¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué lo has tirado to­do por la borda cuando estabas a punto de ganar?
Nick se detuvo a pensar un momento. Pero aho­ra ya no necesitaba mucho tiempo para saber cuál era su respuesta. Ya lo había hecho antes ese mismo día. De hecho, lo había, hecho durante todo el día cuando había estado alejado de ella, cuando acaba­ba de saborear un pedacito de ella y estaba deseoso de más. Girando hacia la derecha, él, también, se apoyó sobre un codo y la miró mientras que desliza­ba la yema de uno de sus dedos a lo largo de uno de sus pechos.
-Porque -dijo aún sorprendido por aquella reve­lación-, te deseaba más de lo deseaba ganar la apues­ta.
-¿Es un cumplido?
-Totalmente -dijo él-. Créeme.
Ella le agarró la mano y entrelazaron sus dedos.
-¿Pero por qué tenías tantas ganas de ganar esa estúpida apuesta?
-Para ser el mejor -respondió sin dudarlo un se­gundo-. Para ser el Jonas que más hubiera resistido.
-Y ahora, ¿qué?
El sonrió.
-Bueno, ahora... Frankie recibirá sus diez mil dóla­res y podrá construir un nuevo tejado para su iglesia -se detuvo un momento para oír  la fuerza de la llu­via y el viento-. Y a juzgar por la tormenta, creo que va a necesitarlo muy pronto.
-Eso está bien, ¿no crees?
-Claro que sí. Bueno, yo iba a darle el dinero de todas formas -admitió, percatándose de que ella era la primera persona a quien confesaba su intención. Entonces se preguntó por qué se sentía tan cómodo con Miley hablando sobre su vida, sobre su familia y, en definitiva, de cosas que eran importantes para él. Sin embargo, dejó a un lado esos pensamientos -.Simplemente quería ganar.
-¿Tan importante es?
-En mi familia, sí.
-Pero te has rendido.
-Y volvería a hacerlo -le aseguró.
-Por pasar una tarde como ésta -dijo ella-, yo también lo haría.
-Me alegra oír eso.
Ella se rió y su sonrisa hizo que una reacción en cadena se apoderara de su cuerpo haciéndole sentir la pasión de nuevo.
-Por favor -dijo ella-. ¿Acaso no sabes lo bien que lo he pasado hoy?
-El día aún no ha terminado.
-Me alegra oír eso -dijo ella arrimándose un po­co más hacia él-. Hoy ha sido un día muy... especial. Sí, supongo que ésa es la palabra correcta. Hacía mu­cho tiempo que no estaba con nadie.
Él lo había supuesto, pero le alegraba oírselo de­cir en voz alta. No quería imaginarse a Miley con ningún otro hombre y tampoco quería pensar en que, en tan sólo un par de semanas, ella saldría de su vida.
Así que Nick sonrió.
-Bueno, también ha sido bastante tiempo para mí.
-Pobrecillo.
-Sarcasmo de una mujer desnuda. Me gusta.
El cambió de postura haciendo que ella se recostara sobre su espalda. Nick agachó la cabeza y la be­só en el vientre hasta que su lengua fue deslizándose más y más abajo.
Ella deslizó sus dedos entre su pelo y le hacía cos­quillas en la cabeza con las uñas.
-La razón por la que digo que hace mucho tiem­po que no estoy con nadie es que no quiero que pienses que soy ese tipo de mujer.
-¿Y qué tipo es ése?
-Ya sabes -dijo suspirando mientras su lengua le acariciaba el abdomen-. Una juerguista. Soy mucho más complicada que eso -se detuvo-. Aunque, des­pués de lo de hoy, quizá no me creas.
Nick se rió contra la planicie de su abdomen. -Nena, créeme, ya sabía que eras complicada. Pe­ro gracias por avisarme.
En aquel momento empezaron a oírse truenos y el viento empezó a golpear las ventanas. Miley se asustó y Nick utilizó su boca y sus manos para cal­marla.
Después de un par de minutos, Miley comenzó a hablar de nuevo.
-Sólo ha habido tres hombres en mi vida. Uno al que quise, uno al que pensé que amaba y tú.
Él se detuvo. Incluso el corazón parecía haber disminuido el ritmo. Fuera la tormenta azotaba las ventanas y las puertas buscando la forma de abrirse paso, pero, en aquella habitación, estaba a punto de estallar otra tormenta. La que se estaba gestando en el corazón de Nick. ¿Amor? ¿Quién había dicho na­da de amor? Ella se rió.
-No me mires con esa cara, Nick. No me estoy declarando.
El le devolvió la sonrisa de mala gana.
-Sólo estoy diciendo -continuó ella colocándose unos almohadones detrás de la cabeza para poder verlo mejor-, que esto significa algo para mí.
El alzó la cabeza para mirarla a los ojos. Sincera­mente, le dijo:
-También significa algo para mí, pero no sé el qué, Miley. No puedo decírtelo. Pero significa algo.
-Gracias.
-¿Por qué?
-Por no tratar de mentirme. Por no fingir ser el amor de mi vida. Por respetarme lo suficiente como para hablarme con sinceridad.
-Siempre seré sincero contigo, nena.
Ella sonrió.
-Sabes, es muy interesante. Está empezando a gustarme que me llames así.
-Pues seguiré haciéndolo con mucho gusto -vol­vió a besarla en el vientre y siguió un poco más abajo.
Ella suspiró.
-De todas formas, no busco enamorarme, Nick. Otra vez no.
Aquello le llamó la atención. La pena y el dolor que había en su voz sabía que se reflejaría en sus ojos. Sabía que, si la miraba, volvería a ver en sus pu­pilas las sombras que le habían obsesionado desde el momento en que la había conocido.
Pero no pudo evitarlo.
Y la miró.
Y vio aquel dolor que tanto le hacía lamentarse de ella.