viernes, 1 de julio de 2011

Novela Jemi 05 - Un asunto de familia

—¿Qué?
—Te he preguntado qué ocurre —repitió Demi—. No pareces tú.
Joe apretó el puño.
—¿Cómo que no soy yo? —dijo.
—Me estás ocultando algo.
Joe respiraba con agitación sin dejar de mirar a Demi a los ojos. Estaba más delgado de lo que ella lo recordaba, más esbelto.
—¿Me vas a decir qué es? —le preguntó.
—No —respondió Joe después de una larga pausa—. No cambiaría nada. Entiendo que no quieras venir, no te culpo.
Demi sabía instintivamente que Joe estaba ocultando algo. Lo vio tan vulnerable que dio un paso hacia él. Fue una acción tan inesperada que Joe apretó el picaporte, que acababa de agarrar. Demi no se había acercado a él desde hacía más de cinco años.
Pero Demi se detuvo a un paso de distancia.
—Venga, dime qué te pasa —le dijo con ternura—. Eres como tu padre, hay que sacarte las palabras con tenazas. Dime qué te ocurre, Joe.
Joe respiró profundamente, vaciló un instan­te y al final habló.
Ella no le entendió.
—¿Que eres qué? —le preguntó.
—¡Soy impotente!
Demi se lo quedó mirando. Así que los rumores no se referían al carácter cuando le llamaban «el hombre de hielo». Se referían a que había perdido la virilidad.
—Pero... ¿cómo... por qué? —le dijo con voz grave.
—Quién sabe. ¿Qué importa? La señora Holton es una mujer muy decidida, y piensa que es un regalo del cielo para la población masculina —dijo e hizo una mueca, como si sufriera con cada palabra que decía—. Necesito ese maldito pedazo de tierra, pero tengo que lograr que venga a Sheridan para hablar conmigo. Le gusto y, si me presiona demasiado, se dará cuenta de que soy... incapaz. Ahora mismo es sólo un rumor, pero ella haría que se convirtiera en la noticia del siglo. Quien sabe, tal vez sólo quiera ir para comprobar si el rumor es cierto.
Demi estaba horrorizada. Retrocedió y se sentó en el sofá. Se había quedado pálida, tan pálida como Joe. Le sorprendía que él le contara una cosa así cuando ella era su peor enemiga. Era como darle una pistola cargada.
Joe se dio cuenta de su expresión y se enfadó.
—Di algo —le espetó.
—¿Y qué puedo decir?
—Di que te imaginas lo terrible que es —murmuró Joe entre dientes.
Demi entrelazó los dedos.
—Pero, ¿tú crees que una hermana va a detener a esa mujer?
—Es que no volverías a Sheridan como una her­mana.
Demi hizo un gesto de perplejidad.
—¿Entonces cómo? —preguntó.
Joe sacó del bolsillo una cajita de terciopelo y se la ofreció. Demi frunció el ceño y la abrió. Contenía un anillo de pedida de oro con una esme­ralda y un anillo de compromiso de oro y diamantes. Dejó caer la caja como si le quemara las manos.
Joe no reaccionó, aunque una sombra cruzó su mirada.
—Bueno, es una manera muy original de demos­trar tus sentimientos —dijo sardónicamente.
—¡No puedes hablar en serio!
—¿Por qué no?
—Somos familia.
—¡Y un cuerno! No tenemos ni un sólo papel en común.
—¡Qué diría la gente!
—Que digan lo que quieran de la boda, mientras no hablen de... de mi condición.
En aquellos momentos, Demi comprendió lo qué él quería de ella. Quería que volviera a Sheridan fin­giendo que era su prometida para acabar con los rumores. Más específicamente, quería que fuera para interponerse entre él y la señora Holton, de modo que ésta no averiguara la verdad sobre él y al mismo tiempo pudiera convencerla de que le vendiera sus tierras. Joe pretendía matar dos pájaros de un tiro.
Pensar que Joe era impotente la consternaba. No podía imaginar por qué le había ocurrido. Tal vez se hubiera enamorado. Hacía unos años se exten­dió el rumor de que estaba perdidamente enamo­rado, pero el nombre de la mujer nunca se supo.
—¿Hace cuánto tiempo? —le preguntó.
—Eso no es asunto tuyo.
Demi hizo una mueca.
—Ya, bueno, a ver si me entero, ¿aquí quién le está haciendo un favor a quién?
—Eso no te da derecho a hacerme preguntas ínti­mas. Y, además, tú también te beneficiarás de que me venda la tierra —dijo Joe, y se metió las manos en los bolsillos—. Demi, es un asunto muy doloroso.
—Pero tú podías... lo hiciste... conmigo —dijo.
Joe casi soltó una carcajada.
—Ah, sí —dijo con amargura—. Lo hice, ¿verdad? Ojalá pudiera olvidarlo.
Demi se quedó muy sorprendida. Joe había disfrutado haciendo el amor con ella, al menos eso pensaba ella. Pero por sus palabras parecía como si aquel placer fuera... Sin embargo, cortó de raíz aquellos pensamientos prohibidos.
Joe se agachó y recogió la cajita del suelo.
—Son muy bonitos —dijo Demi—. ¿Los has com­prado hace poco?
—Los compré hace... un tiempo —dijo Joe observando la caja, y volvió a metérsela en el bolsillo. Luego la miró a los ojos, sin decir nada.
Demi no quería volver a Sheridan. La noche ante­rior, y aquella misma mañana, se había dado cuenta de que todavía se sentía muy vulnerable cuando esta­ba con él. Pero la idea de que Joe se convirtiera en un hazmerreír la disgustaba. Joe era muy orgulloso y ella no quería que se sintiera dolido. ¿Y si la señora Holton averiguaba su secreto y lo divul­gaba por Bighorn? Joe podría demandarla, pero ¿de qué le serviría una vez que los rumores se hubie­ran extendido?
—Demi —dijo Joe.
Ella suspiró.
—Has dicho que sería sólo una semana, ¿no? —le preguntó. Joe tenía una expresión de expectante curiosidad—. Y que nadie se enteraría de «nuestro compromiso» excepto la señora Holton, ¿verdad?
—Para que tuviera visos de realidad, tendría que aparecer en los periódicos locales —dijo él mirando al suelo—. No creo que la noticia llegue a Tucson, pero aunque lo hiciera, siempre podremos romper el compromiso, más tarde.
Aquello era algo extraño e inesperado. Demi ni siquiera tenía tiempo para pensarlo. Debería odiarlo, y lo había intentado durante años. Pero al final todas las cosas son fieles a sí mismas y el verdadero amor no muere ni se deteriora a pesar de el dolor que causa. Probablemente llegaría a pronunciar el nom­bre de Joe en su lecho de muerte, a pesar del niño que había perdido y del que él ni siquiera tenía noticia. 
—Creo que tendría que ir al psiquiatra —dijo por fin.
—¿Vendrás?
—Sí—dijo ella encogiéndose de hombros.
Joe permaneció en silencio durante un minu­to. Luego sacó la cajita del bolsillo.
—Tendrás que ponerte esto —dijo, se arrodilló frente a ella y sacó el anillo de pedida.
—Pero puede que no me esté bien...
Demi se interrumpió mientras él le ponía el ani­llo. Le entró perfectamente, como si estuviera hecho a medida.
Joe no dijo nada. Tomó la mano de Demi y se la llevó a los labios, besando el anillo. Demi se quedó de piedra.
Joe rió con frialdad antes de mirarla a los ojos.
—Hay que hacer las cosas cómo es debido, ¿no crees? —dijo con una sonrisa burlona antes de poner­se en pie.
Demi guardó silencio. Todavía sentía en su mano el tacto de aquel beso, como si la hubiera marcado a fuego. Miró el anillo. La esmeralda era perfecta, probablemente de tanto valor como un diamante de igual tamaño.
—¿Es falsa? —le preguntó a Joe.
—No.
—Me encantan las esmeraldas —dijo acariciando la piedra con un dedo.
—¿Sí?
—La guardaré bien —dijo Demi mirándole a los ojos—. La mujer para la que la compraste... ¿no la quería?
—No me quería a mí. Y teniendo en cuenta las circunstancias, me alegro.
Joe hablaba con amargura. Demi no podía imaginar que alguien no pudiera quererlo. Ella sí lo quería, al menos platónicamente, si no físicamente.
Pero había sufrido mucho, sobre todo porque él no había sido precisamente amable con ella después de hacerle el amor.
Con los ojos fijos en la esmeralda, le preguntó:
—¿Pudiste, con ella?
Se hizo un incómodo silencio.
—Sí —respondió Joe por fin—. Pero ella ya no forma parte de mi vida, y no creo que vuelva a serlo.
—Lo siento —dijo débilmente—. No volveré a hacer­te más preguntas.
Joe se dio la vuelta y volvió a meterse las manos en los bolsillos.
—¿Qué te parece si nos vamos a Wyoming hoy? A no ser que tengas alguna cita...
Demi lo miró. Estaba completamente tenso, rígi­do.
—Me han llamado para salir, pero he dicho que no. Al sonar el timbre pensé que era él, me dijo que no admitiría un no por respuesta.
Justo al terminar la frase, sonó el timbre. Tres veces, con insistencia.
Joe fue hacia la puerta.
—¡Joe, no irás a...!
Joe no se detuvo. Abrió la puerta, ante la que había un joven rubio, bastante guapo y con los ojos azules.
—¡Hola! —dijo con una sonrisa—. ¿Está Demi?
—Se ha ido de viaje.
El joven, que se llamaba Phil, se dio cuenta de la mirada que Joe le dirigía y la sonrisa de su rostro comenzó a desvanecerse.
—¿Es usted un familiar?
—Es mi prometida —dijo Joe.
—Su prom... ¿Qué?
Demi se abrió paso tras la espalda de Joe.
—¡Hola, Phil! —dijo alegremente—. Lo siento, pero ha sido ahora mismo.
Extendió el brazo y le enseñó la sortija. Joe ni se movió. Seguía allí de pie, frente a Phil.
Phil dio un paso atrás.
—Uh, bueno, pues enhorabuena. Entonces... ya nos veremos.
—No —replicó Joe.
—Claro que sí, Phil. Que pases un buen fin de semana. Lo siento.
—Vale, vale. Enhorabuena otra vez —añadió Phil tratando de tomarse la situación lo mejor posible. Echó una última mirada a Joe y se alejó tal como había venido, lo más deprisa posible.
Joe murmuró algo entre dientes.
Demi lo miró enfurecida.
—Has sido muy desagradable. ¡Se ha ido con un miedo de muerte! —le dijo a Joe.
—Me perteneces mientras dure nuestro compro­miso —dijo él con frialdad—. No pienso ser amable con ningún hombre que se te aproxime hasta que no consiga ese trozo de tierra.
Demi suspiró.
—He prometido fingir que me voy a casar contigo, eso es todo. Yo no te pertenezco.
Un oscuro brillo cruzó la mirada de Joe, un brillo que Demi ya había visto hacía muchos años. Daba la impresión de que quería decir algo, pero se contuvo. Al cabo de unos instantes se dio la vuelta.
—¿Vienes conmigo? —le espetó a Demi.
—Tengo que cerrar el piso y hacer las maletas...
—Con media hora te basta, ¿te vienes?
Demi vaciló. Se sentía atrapada. No estaba segura de que aquel asunto fuera una buena idea. Lo que sí sabía era que de haber tenido un día para pensarlo, no lo habría hecho.
—Podríamos esperar hasta el lunes —dijo.
—No. Si te dejo tiempo para pensarlo, no vendrás. No quiero que te arrepientas, lo has prometido.
Demi dejó escapar un suspiro.
—Debo estar loca —dijo.
—Puede que yo también lo esté —dijo apretando los puños, que tenía dentro de los bolsillos—, pero no se me ha ocurrido nada más. Yo no quería invi­tarla. Se invitó a sí misma, delante de media docena de personas. Lo hizo de un modo que no podía decir­le que no sin dar pie a más rumores.
—Seguro que hay otras mujeres que aceptarían fingir que son tu prometida.
Joe negó con la cabeza.
—No hay nadie. ¿O es que los rumores no han llegado tan al sur, Demi? —dijo con amargo sarcas­mo—. ¿No los has oído? Sólo que no están seguros de estar en lo cierto. Piensan que una mujer me rompió el corazón y que estoy condenado a desear a la única mujer que no puedo tener.
—¿Y tienen razón? —le preguntó Demi mirando la sortija que adornaba su dedo.
—Claro —dijo Joe con sarcasmo—. Estoy loco por una mujer que perdí y no puedo hacer el amor con ninguna otra mujer, ¿no lo parece?
Si aquello era lo que le pasaba a Joe, a Demi no se lo parecía. Sabía que había habido muchas mujeres en la vida de Joe, aunque llevaban ene­mistados tanto tiempo que ella sería la última en enterarse de si se había enamorado de una mujer o no. Probablemente había ocurrido en los años en que habían vuelto de sus vacaciones en Francia. Dios sabía que desde entonces ella había dejado de formar parte de su vida.
—¿Ha muerto? —le preguntó con ternura.
—Tal vez sí —replicó Joe—. ¿Pero eso qué importa?
—No, supongo que no importa —dijo ella estu­diando los rasgos de Joe, y por primera vez des­cubrió algunas canas, medio ocultas bajo el pelo rubio de la sien—. Joe, tienes canas.
—Tengo treinta y cinco años.
—En septiembre haces treinta y seis.
Un brillo cruzó su mirada. Le asaltaron, como a ella, los recuerdos de los días en que daba grandes fiestas de cumpleaños a las que acudían las chicas más guapas de la ciudad. Demi recordó que una vez le dio un regalo, no gran cosa, sólo un pequeño ratón de plata que le había comprado con sus ahorros, y él lo miró con desdén y se lo dio a la mujer con la que iba a salir aquella noche. Demi nunca volvió a ver aquel objeto, pero le quedó muy claro que no significaba nada para él. Aquello la había dolido más que cualquier otra cosa que le hubiera sucedido en su vida.
—Lo peor son las pequeñas crueldades, ¿no? —pre­guntó Joe, como si pudiera leer el pensamiento de Demi—. Permanecen aunque pasen muchos años.
Demi se dio la vuelta.
—Todo el mundo las supera —dijo ella con indi­ferencia.
—Tú has sufrido demasiadas —dijo Joe con amargura—. Te traté mal cada día de tu juventud.
—¿Cómo vas a ir a Sheridan? —le preguntó Demi cambiando de tema.
Joe dejó escapar un largo suspiro.
—He venido en el avión privado —dijo.
—Hace muy mal tiempo.
—No importa. ¿Te da miedo volar conmigo?
—No —dijo Demi dándose la vuelta.
—Por lo menos —dijo Joe—, hay algo de mí que no te da miedo. Haz el equipaje, te recojo dentro de dos horas.
Joe abrió la puerta y se marchó. Mientras hacía la maleta, Demi se quedó pensando sobre lo ocurrido y lo que habían decidido, pero no podía encontrarle ningún sentido
 chicas espero que les guste y que comenten.. las quiero muchop.. :)

3 comentarios:

  1. Me encanta, de verdad es genial :D; me gusta mucho las fotos de este cap :) son muy tiernos juntos...Besitosss :D

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  2. super super super... m encantaaa... jeje espero el siguienteee t kiero amiga un beso grande.... ♥

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  3. AA SUPER GENIAL SIGUELAAAA
    PRONTO PORFAAAA

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..