sábado, 9 de julio de 2011

Novela Jemi 08 - Un asunto de familia



—Adelante —murmuró con una voz suave y pro­funda—, quítatelo, Demi. Quiero mirarte.
Demi recordaba que le había mirado a los ojos, y que había descubierto una mirada llena de sen­sualidad.
—¿Por qué dudas? —dijo él tentándola—. Siendo tan puritana, en este sitio estás llamando la atención. No hay ninguna otra mujer que lleve la parte de arriba del bikini.
Joe hizo un gesto con la cabeza señalando a dos chicas, que debían tener la edad de Demi, que pasaban corriendo por la playa frente a ellos.
Demi se mordió el labio, vacilante, y se giró hacia la playa.
—Demi —dijo con una voz suave y profunda. Ella se volvió a mirarlo—. Quítatelo.
Joe la hipnotizó con una oleada de deseos prohibidos. Con la mano temblorosa desató el nudo de la nuca. Luego abrió el cierre de la espalda. Le miró a los ojos, y se estremeció con una sensación que nunca había sentido, sonrojándose por lo que estaba haciendo. Y dejó caer el bikini.

Cinco años después, podía recordar perfectamen­te el brillo de la mirada de Joe, cómo contuvo la respiración. Los pechos de Demi eran firmes y llenos, de color rosado, con los pezones de un color rosado más oscuro, que se erizaron al sentir la mirada de Joe.

Inesperadamente, Joe la miró a los ojos. Cual­quier cosa que viera en ellos, debió decirle lo que quería saber, porque profirió un grave gemido y se puso en pie. Pareció vibrar con alguna violenta emo­ción. De repente se inclinó, la tomó por debajo de las rodillas y por la espalda y la levantó de la arena. La miró a los ojos y de un modo lento y exquisito la atrajo hacia sí, de modo que sus senos se apoyaron sobre el vello de su pecho. Joe tenía la piel fresca por la brisa, mientras ella la tenía caliente, debido a las sensaciones que se habían despertado en su cuerpo virginal. Aunque se había puesto muy rígida al contacto con el cuerpo de Joe.

—Nadie nos mira —dijo él—. A nadie le importa. Abrázame.
El deseo que ella sentía era abrumador. Olvidó la timidez y le obedeció, arqueando su cuerpo contra el de Joe. Hundió el rostro en su cuello, absor­biendo el aroma de su piel, sintiendo el precipitado pulso de su corazón contra sus pechos desnudos. Joe la abrazó con más fuerza y comenzó a cami­nar hacia el agua sin soltarla.
—¿Por qué vamos al agua? —le preguntó ella.
—Porque estoy tan excitado que se nota demasiado —dijo Joe medio enfadado—. La única forma de escapar está en el mar. ¿No lo sientes tú también, Demi? Un deseo que te quema el vientre, un vacío que hace falta llenar, un dolor que hay que calmar.
Demi lo abrazó y gimió suavemente.

—Sí, lo sientes —dijo Joe respirando fatigo­samente y metiéndose en el mar.
Nada más entrar en el agua la besó en la boca. Cinco años después, Demi podía recordar el con­tacto de aquellos labios, pero no recordaba en abso­luto el contacto con el agua fría del mar. No había nada en la vida como el sabor de la ardiente y dulce boca de Joe, nada más que el contacto de sus fuertes brazos y de su pecho.
Vagamente, se dio cuenta de que estaban en el agua. Joe la soltó, para abrazarla de un modo más íntimo. Enredó en ella sus largas piernas, y, por primera vez, ella sintió la intensidad de su deseo. Se besaron una y otra vez, metidos en el mar, ajenos al mundo, a los hoteles que estaban al borde la playa, a los nadadores, al rumor del agua.
Joe le tomó un pecho, lo acarició y se lo llevó a la boca. Con la otra mano la levantó y la hizo des­cender sobre su sexo. Demi estuvo a punto de perder la consciencia al sentir la oleada de placer que invadió su cuerpo...
Se quedó dormida con los recuerdos de aquella tarde. Desgraciadamente aquellos dulces recuerdos se mezclaban con otros mucho más oscuros. Después de aquello Joe recuperó el control sobre sí mis­mo y la dejó sola en el mar mientras ella trataba de recuperarse de sus febriles abrazos. Pero durante la cena, delante de George, Joe la había dirigido unas miradas que la intimidaban. Recordando el modo en que le había sonreído, acentuando su deseo, temblaba de temor. Ella había llegado a creer que se había enamorado de ella y trataba de demostrarle como podía que ella también estaba enamorada de él. Pero no podía saber cómo interpretaría él su tími­do flirteo.
Pero todo se aclaró aquella noche. Joe entró en su habitación por el balcón. Vestía una bata y no llevaba nada debajo. Se acercó a la cama y retiró la sábana de un tirón. Demi, debido al calor, sólo llevaba unas braguitas. Sintió deseo nada más verlo, y ni siquiera el temor y la palidez de su rostro podían ocultarle a un hombre de la experiencia de Joe el ardor de su cuerpo.
—¿Me deseas, Demi? —susurró Joe dejando caer la bata y metiéndose en la cama—. Vamos a ver qué significan esas miradas que me has estado dirigiendo toda la noche.
Demi no tuvo la presencia de ánimo para expli­carle que no había estado coqueteando con él. Quería decirle que lo amaba, que él era su vida entera. Pero al sentir sus caricias se olvidó de todo. Y luego le susurró cosas al oído, la besó los pechos y le hizo el amor como si fuera algún duende de la noche.
Si ella hubiera sido la mujer experimentada que él creía que era, aquella habría sido una noche para recordar. Pero ella era virgen y él había perdido el control. Recordaba cómo se había estremecido al sentir cómo la tomaba por las caderas para pene­trarla, el grito de placer de Joe, que se confundió con su grito de dolor. El cuerpo de Joe fue tan insistente como su boca, hasta que finalmente se arqueó, como si sufriera un tormento invisible que agitara su cuerpo en oleadas de éxtasis, hasta que se convulsionó, llevado por gemidos y apretó las manos sobre sus caderas hasta hacerle daño.
Ella no sintió un placer semejante. Sentía el cuer­po dolorido, quebrantado. Casi se sentía enferma con un dolor que no parecía ir a detenerse nunca. Cuando finalmente se apartó de ella, exhausto y sudo­roso, volvió a gemir, porque también al retirarse le hizo daño.
Demi se encogió sobre sí misma y lloró. Joe se levantó y se puso la bata. La miró, aunque ella no pudo ver sus ojos. A Demi no le gustaba recordar lo que le había dicho en aquella ocasión. El tono de sus palabras fue tan brutal como había sido el empuje de su cuerpo. Demi fue tan inocente que no pensó que lo que a él le molestaba era preci­samente su inocencia, porque le llenaba de un gran sentimiento de culpa. De haberla amado, todo habría sido distinto.
En la oscuridad de su sueño, cinco años después, Joe se convirtió en un ave de rapiña, que le hacía daño, mucho daño,...
Demi no se dio cuenta, pero profirió un grito. Oyó que la puerta se abría y se cerraba, y sintió la luz sobre los párpados. Luego alguien la sacudió.
—¡Demi, Demi!
Se despertó con un sobresalto y vio sobre ella el rostro de Joe. Llevaba una bata, como aquella noche. Tenía el pelo mojado y su mente la engañó, llevándola a la noche que había tenido lugar en Francia.
—¡No me hagas daño... no me hagas más daño! —dijo entre sollozos.
Joe no respondió. No pudo. El terror en la mirada de Demi le conmovió hasta las raíces del alma.
—Dios mío —suspiró.

Demi vio el gesto de sufrimiento de Joe y poco a poco volvió en sí. Se fijó en la habitación, iluminada por la luz de una lámpara.
—No estamos... en Francia —dijo con un nudo en la garganta y cerró los ojos—. Oh, Dios mío, gracias. Gracias a Dios.
Joe se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Apartó la cortina y miró hacia la oscuridad. En realidad tenía la mirada perdida. Veía el pasado, el horror en los ojos de Demi, el dolor que le había causado.
Demi se sentó. Se fijó en la mano de Joe que apretaba con fuerza la cortina, con tanta fuerza que estaba pálida. Parecía exhausto, derrotado.
Demi tragó saliva. Se llevó las manos a la cara y se acarició las mejillas, luego apartó hacia atrás el pelo que le caía enredado sobre los pechos. Llevaba un camisón de algodón que la cubría por completo, excepto los brazos y el cuello. Ya nunca dormía sólo con las braguitas, ni siquiera en verano.
—No sabía que todavía tuvieras pesadillas —dijo Joe después de un largo silencio. Su voz era apagada, no tenía la más mínima expresión.
—No suelo tenerlas —respondió Demi. No podía decirle que la mayoría de ellas terminaban cuando ella perdía al niño y gritaba pidiéndole ayuda a él. Gracias a Dios, aquella noche la pesadilla no había terminado así. Demi no se creía capaz de soportar que él supiera toda la verdad.
Joe se apartó de la ventana y volvió junto a la cama, aunque se quedó a unos pasos de ella. Tenía los puños apretados, metidos en los bolsillos de la bata.
—Si volviera a ocurrir, no sería así —dijo con la voz crispada.
En el rostro de Demi se dibujó una expresión de miedo, ante la idea que él había sugerido de que iba a seducirla de nuevo. Al darse cuenta, Joe se enfureció, pero logró controlarse.
—No quiero decir que sea conmigo —dijo apar­tando la mirada de Demi—. No me refería a eso.
Demi se abrazó las rodillas. El ruido de la ropa al rozar las sábanas se hizo presente en el silencio de la noche. Demi miró a Joe y los recuerdos comenzaron a desvanecerse. Si ella estaba sufriendo, también estaba sufriendo él.
—¿Nunca has vuelto a tener curiosidad, por el amor de Dios? —dijo él cuando ya no pudo soportar el silencio—. Eres una mujer, debes tener amigas. Alguien tiene que haberte dicho que las primeras veces suelen ser un desastre.
Demi se acarició las manos y su cuerpo se estre­meció con un largo suspiro.
—No puedo hablar de ello con nadie —dijo—. Miley es mi mejor amiga, pero ¿cómo voy a decírselo si nos conoce a los dos desde hace años?
Joe asintió.
—Eras virgen y necesitabas tiempo para excitarte, sobre todo conmigo, pero yo perdí el control dema­siado pronto —dijo y la miró a los ojos—. Y eso era nuevo para mí. Hasta que estuve contigo nunca me había acostado con una mujer que me hiciera perder el control de aquella manera.
Demi agachó la mirada, suponía que aquello era un cumplido.
—Aquella noche nos hicimos daño los dos —dijo Joe con suavidad—. Hasta que te hice el amor pensé que eras una mujer con experiencia, Demi, que en la playa estabas flirteando y que buscabas que yo te dijera algo incitante para quitarte el bikini.
Al oír aquella frase, Demi tuvo que mirarlo a los ojos.
—¡Pero yo nunca habría hecho algo así! —dijo.
—Y yo me di cuenta de la peor manera posible —replicó Joe—. También puede que yo pensara así porque buscaba una excusa para acostarme con­tigo. Te deseaba y me convencí de que tendrías que haber tenido relaciones con chicos de tu edad, que aquella tarde estabas fingiendo toda aquella timidez. Pero no tardé en comprender porqué no te opusiste. Me querías.
Joe se sentó en la cama, tomó la cabeza de Demi con suavidad y le obligó a mirarlo.
—El sentido de culpa puede conducir a un hombre a la violencia, Demi —dijo con una voz suave y pro­funda—. Sobre todo cuando ha hecho algo imper­donable y sabe que nunca encontrará el perdón. Me burlaba de ti porque no podía vivir con el peso de lo que te hice. Ahora no tiene sentido, pero entonces echarte a ti la culpa era lo único que me impidió pegarme un tiro.
Demi guardó silencio. No dejaba de mirarlo, tra­tando de comprenderle.
—No pude parar —prosiguió Joe con un sus­piro—. Dios, Demi, lo intenté, lo intenté, pero no pude... —dijo y agachó la cabeza, derrotado—. Duran­te meses tuve pesadillas en las que oía tu voz. Sabía que te estaba haciendo daño, pero no pude parar.
Demi no podía entender que se pudiera llegar a sentir un deseo tan intenso, un placer tan ciego que no dejaba sitio a la compasión. Ella nunca lo había sentido, aunque cuando él la había besado en el mar ella misma había sentido un gran deseo.
—Yo también te deseaba. Joe la miró a los ojos.
—No lo entiendes, ¿verdad? —le preguntó con ternura—. Nunca has sentido un deseo así. El único conocimiento que has tenido de la intimidad está impregnado por el dolor.
—Yo no sabía que tuviste pesadillas —dijo Demi.
—Todavía las tengo —dijo él con una fría sonrisa—. Como tú.
—¿Por qué fuiste a mi habitación aquella noche?
Joe apoyó un brazo en la cama, junto al cuer­po de Demi, para sentarse frente a ella.
—Porque te deseaba tanto que habría matado para poder tenerte —dijo entre dientes.
La violencia soterrada de aquella frase sorprendió a Demi. Quizás, aunque de un modo inconsciente, sí podía comprender lo mucho que Joe la deseó aquella noche.
—Te deseaba tanto —prosiguió Joe—, que casi me puse enfermo. Fui porque no podía evitarlo. Poco importa que cinco años después te diga que lo siento mucho.
—¿Lo sientes? —le preguntó Demi con tristeza.
—Lo siento, y me duele y me pesa —dijo sin pes­tañear—, Siento lo mismo que tú. Pero hay algo más, aparte del dolor que sufriste...
Joe se interrumpió. No respiraba siquiera.
—Nunca me dijiste —prosiguió—, que te quedaste embarazada. Y que algunas semanas más tarde per­diste al niño. ¿Creías que no iba a saberlo algún día? —concluyó.
 capi dedicado a mi anonima fiel!!!
muchisimas gracias por sus comentarios los quiero millon!!!

3 comentarios:

  1. waauuu m re gusto el cap... jeje t kiero amigaa!!! un beso grandee

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  2. Me encanto de verdad, es genial, pobresito al principio el parecía el malo, pero en verdad lo siente...

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..