lunes, 18 de julio de 2011

Novela Niley 07 - A través de tus ojos - Feliz cumple Eugenia!!



El timbre de la puerta sonó a las ocho en punto. Miley se volvió para mirarse en el gran espejo de su habitación. El vestido marrón de talle bajo le sentaba bien y el color armonizaba con su cutis cremoso. Sin tirantes, se sostenía en la suave turgencia de sus senos, y le ceñía las caderas.
El largo baño había dado buen resultado: ya había relegado la funesta experiencia con Joel Blake a un rincón de su mente. Lo cual dejaba espacio para su inminente cita con Nick.
Se miró a los ojos y vio escrito en ellos lo que él vería cuando se encontrara con ella. Atracción, poderosa, innegable, más intensa por ser inesperada. Se sentía Viva y sensualmente femenina, le cosquilleaba la piel con una excitada expectación que ponía rubor en sus mejillas y hacía que su boca se curvara en una sonrisa, como si no pudiera ocultar el regocijo que sentía.
Volvió a sonar el timbre y ella se apartó del espejo. Hizo una pausa ante la puerta, sintiéndose tan agitada como una colegiala en su primera cita amorosa. Abrió la puerta.
Allí estaba el atractivo fotógrafo, vestido para hacer estragos en los sentidos de la joven. El esmoquin era blanco y de corte impecable, la camisa de un tono rosa pálido, la corbata de lazo de seda blanca. El pantalón era negro y se ajustaba a las caderas acentuando el peligroso poder de esos muslos vigorosos. Estaba apoyado con despreocupación en el marco de la puerta, con una mano metida en un bolsillo del pantalón. Su expresión era irónica.
—Por un momento pensé que me ibas a dejar plantado —sus ojos de león la recorrieron con desenfado—. Me alegro de que no lo hayas hecho —agregó con suavidad, y sus ojos explicaron la razón.
Miley no hizo mucho caso de las mariposas que aletearon en su estómago.
—Jamás se me ocurrió la idea de dejarte plantado —afirmó con suavidad.
—Gracias —replicó Nick, y la agitación de la joven se acrecentó, ya que él la miraba con una gran intensidad—. ¿Lista? —le preguntó sin molestase en entrar. Una sonrisa desvaneció la seriedad—. Creo que más vale que nos vayamos a cenar, antes de que ceda a otras tentaciones menos culinarias.
Miley se rió y los ojos del fotógrafo se posaron en sus labios.
—Tu abrigo —indico él.
—Mi abrigo —repitió Miley con voz trémula, y se volvió para ir a recoger su abrigo de piel, preguntándose aturdida por qué la afectaba de ese modo aquel hombre.
El coche del fotógrafo era grande, lujoso, su color crema era un reflejo del exquisito gusto de su dueño. Después de ayudarla a ocupar el asiento del acompañante, Nick se sentó a su lado ante el volante y se puso él mismo el cinturón de seguridad.
Su rostro estaba cerca del de ella y sus ojos se hallaban al mismo nivel. «Seremos amantes muy pronto», decían los ojos dorados del fotógrafo; «lo sé», contestaban los de ella, y el espasmo de un músculo en la mandíbula masculina fue respondido por el suspiro trémulo de la actriz.
Nick se volvió hacia el volante y mantuvo las manos firmes sobre éste, respirando profundamente. La tensión sexual era tan poderosa entre ellos, que los mantenía en una especie de trance.
—¿De qué parte de los Estados Unidos eres? —preguntó por fin Miley, en un intento por aligerar la tensión.
Nick se volvió a mirarla con una amplia sonrisa.
—De Nueva York —declaró.
—¿Y qué hace un neoyorquino en Londres?
Nick se encogió de hombros y miró por un instante por encima del hombro, antes de dirigir el coche hacia la corriente de tráfico.
—Fotografío rostros —respondió cuando completó la maniobra y luego procedió a explicar—: Mi fuerte es captar la belleza intrínseca de una mujer, sin el recurso de cosméticos ni filtros especiales. Sostengo la filosofía de que no hay mujer fea. Todas tienen algo bello, ya sea un resplandor interior nacido de una naturaleza encantadora, o algún rasgo físico específico, singular. Todo lo que hace falta es descubrir esos aspectos y explotarlos con habilidad… la tía Victoria ctoria, por ejemplo —prosiguió—. Tiene sesenta y nueve años y su rostro muestra todo lo que ha sufrido, gozado y vivido en ese tiempo. Sobre todo lo que ha padecido los últimos diez años.
—¿Por la artritis?
Nick asintió.
—Pero sus ojos tienen un brillo de humor innato que ningún sufrimiento puede borrar, y su sonrisa puede iluminar un cuarto oscuro. Si fuera a fotografiar a la tía Victoria , le contaría un chiste un poco atrevido para que se desplegara esa sonrisa y apareciera ese brillo en los ojos. Y nadie notaría las arrugas de dolor, de la vejez, los estragos del tiempo.
—Pero también en Nueva York debe de haber rostros bellos e interesantes —arguyó Miley—. Así que no entiendo por qué preferiste trabajar aquí y no en…
—Parece que no me has entendido bien —la interrumpió Nick—. Como he dicho antes, no creo en la fealdad —Miley lo miró sin comprender—. Lo que muchas norteamericanas han hecho, al menos las que pueden pagar mis servicios, es obsesionarse tanto con lograr su ideal de perfección física, que han estropeado la belleza con la que la madre naturaleza las ha dotado. ¡Cirugía cosmética, cirugía dental, cirugía ósea! —Exclamó el fotógrafo con horror—. No me dejan nada con qué trabajar, es como fotografiar muñecas de cera. Pero lo que no ven al derrochar fortunas para lograr el físico ideal es que en el proceso pierden su individualidad, dejándolas con una belleza insípida que sólo inspiraría a algún pervertido sexual de esos que se enamoran de las maniquíes de los escaparates.
—¡Uf! —Miley expulsó el aliento, asombrada por la vehemencia con la que el artista expresaba sus convicciones—. Una filosofía peligrosa que podría causarte problemas si se diera a conocer.
—No he guardado en secreto mi forma de pensar —repuso él, volviéndose a mirarla con las cejas alzadas—. Ahora bien, aquí las mujeres no se han tragado todavía el anzuelo de la cirugía plástica. A excepción de algunas desdichadas, en general los rostros ingleses siguen siendo fieles a sí mismos. Yo esperaba que tu rostro fuera producto de la cirugía plástica —comentó el fotógrafo con cierta sorna y se volvió a mirarla por un instante para ver cómo se tomaba ella sus palabras. Miley se mostró adecuadamente insultada y él sonrió con malicia, antes de volver su atención al volante—. Vi tu última película y parecías tan perfecta que creí que sería el trabajo de un experto en cirugía plástica.
—Gracias —murmuró ella, encrespada—. Heme aquí, con veintitrés años y tratando ya de ocultar mi edad con…
—Ah, pero ésa es precisamente la cuestión. ¡Pareces apenas de dieciocho años! ¡Y yo, en mi lamentable cinismo, decidí que eras demasiado perfecta para ser real! De modo que debías ser el caso clásico de ayuda artificial.
—No sé si sentirme ofendida o halagada.
—Lo siento, Miles —murmuró Nick, apenas ocultando su regocijo.
—¿Lo sientes? El señor me dice, con toda calma, que me creía una vieja ruina tratando de aparentar la mitad de su edad, y espera aplacarme con un simple «lo siento», ¿eh?
—Oh, no he dicho vieja ruina —protestó él, deteniendo el coche en una pequeña calle lateral y apagando el motor, antes de volverse hacia ella. Fue entonces cuando Miley notó la expresión de sorna, de regocijo, el brillo malicioso danzando en los ojos del fotógrafo—. Jamás una ruina —repitió con suavidad, desvaneciéndose el humor para convertirse en otra cosa, cuando se miraron a los ojos—. Y nunca vieja —le pasó un dedo por la mejilla—. Eres una de las afortunadas que siempre serán jóvenes, bellas y deseables.
Su mirada recorrió posesivamente el rostro de la joven, deleitándose con su tez blanca, las cejas finas y bien delineadas y las pestañas largas y rizadas. Los ojos de la actriz eran de un azul increíble, y tan expresivos, que Nick suspiró con suavidad mientras le pasaba un dedo por el labio inferior.
—Perfecto —murmuró—. El rostro más perfecto que he tenido el privilegio de contemplar.
¿Y qué pasaba con la hermosa Delta?, pensó Miley. La ex esposa del fotógrafo era una de una belleza increíble.
—Hazme un pequeño favor, Miley —pidió él con seriedad—. Jamás te sientas tentada a cambiarte un solo rasgo en nombre de la fama.
—Haré un trato contigo —repuso la actriz, haciendo gala de su innato sentido del humor—. Te haré caso si me prometes… no volverme a llamar «señorita» con ese tono insultante que usaste esta tarde.
Nick pareció confuso al principio, luego se inclinó hacia ella y la besó con suavidad en los labios.
Lo prometo… señorita —y dio a la palabra un nuevo sentido que hizo revolotear otra vez las mariposas en el estómago de la joven.

2 comentarios:

  1. aaa me encanto y sobre todo el final. Opino lo mismo que dice Nick, las cirugías no hacen mas bellas a las mujeres según mi opinión solo las hace iguales...Y las mujeres somos lindas por ser únicas e inigualables :) bueno sigo leyendo :D

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