sábado, 28 de enero de 2012

Mi otra mitad




Harry:
Estaba cansado demasiado agotado de la vida monótona que llevaba aunque cada día que pasábamos visitábamos una nueva ciudad un nuevo país, estaba cansado de todo esto, quería poder pasar tiempo con mi familia, tener una vida normal, mi vida de antes donde la música era mi vida ahora es como una obligación, .

Sumido en mis pensamientos miraba hacia la ventana las casa eran como simples borrones, hacía tiempo que nada de lo que hacía lo llenaba por completo, que nadie lo esperaba, su ultima novia aunque tampoco es que se lo podría llamar así había sido Caroline pero la diferencia de edad y lo histérica y celosa que se ponía lo volvía loco por lo que la relación no duro mucho, su relación había sido poco estable y eso había terminado con su relación y ahora ella solo era parte del pasado, en parte envidiaba a sus amigos sus novias estaban en la gira con ellos, se los veía felices…

Los chicos estaban en sus cosas Louis con Anne, Liam con Danna, Niall con Lucia y Zayn con Kate ellos eran felices sus mundos estaban completos pero a mí me faltaba algo, me faltaba alguien, su cara llego como un relámpago, su cabello castaño y ligeramente ondulado, sus mejillas cubiertas de un lindo rubor, sus ojos de un verde intenso como si fuesen esmeraldas brillantes, su sonrisa sin igual que hacían ver esos enormes pero hermosos hoyitos que  tenía en cada mejillas, sus labios rosados como pidiendo ser besados “Lilly”

La había conocido en un concierto, había pedido mi autógrafo y varias fotos en cada una de ellas sonreía tímidamente, el rosa en su cara se encendió cuando la tome por la cintura y rose su nariz con la mía, Louis no había perdido el tiempo y nos había tomado una serie de fotos cuando estábamos así, era un momento demasiado perfecto, ella y yo estábamos perdidos en los ojos del otro, de esas fotografías una reposaba en mi agenda y otra en mi móvil, su dirección, su número de móvil, su nombre todo estaba en la fotografía que estaba en mi agenda incluso el corazón que dibujo antes de dármela, e irse.

Lilly
Había tardado mucho, millones de veces había digitado su número en mi teléfono pero nuca marcaba el botón de llamada, miraba su fotografía, sus hermosos ojos, sus risos esa sonrisa perfecta amaba a Harry no solo como fans, lo amaba por cómo era, había seguido su vida completa, sabía lo que le gustaba y lo que le molestaba miraba cada concierto y hoy vi su mirada era triste, sus ojos había perdido cierto brillo, recuerdo cuando lo conocí salieron a firmar autógrafos después de terminado su concierto y casi se para mi corazón al verlo de cerca, al sentir su olor cuando me tomo de la cintura creí morir sus labios estaban a solo centímetros de los míos, su pegada a la mía, sin duda era fácil morir de amor con Harry.

Nuestra foto aquella que está en un hermoso porta retrato junto a mi cama no hacía más que recordarme ese momento, sonreí como siempre que la miraba, sería un buen momento para llamarlo quería escuchar su voz grave, quería saber que le pasaba porque tenía esa mirada triste pero aun así me detenía, después de todo no éramos tan amigos que pasaba si no se acordaba de mi… si se había olvidado de mi..

Harry:
Había pasado un mes al fin terminaría la gira y podría regresar a Londres, todo el mes había pensado en Lilly la había llamado desde distintos sitios desde diferentes cabinas telefónicas, no quería que supiera que yo la estaba llamando, el concierto final de la gira iba a ser más grandioso de todos, las fans estaban imparables, gritaban nuestros nombres y el nombre del grupo, las luces el escenario las canciones todo era demasiado cool parecía irreal, llego el tiempo de cantar Moments y por alguna extraña razón los chicos habían pedido que la cantara solo, los acordes empezaron a sonar respire profundamente y salí un solo faro de luz iluminaba el escenario la canción me hacía acordar de Lilly, alce mi mirada al notar un nuevo reflejo de luz mientras veía como aparecía Lilly, sonreí y corrí hacia ella la envolví en mis brazos mientras cantaba el coro, durante el resto de la canción no dejaba de mirarla, mire como las fans estaban atónitas, tome su rostro con mis manos y acerque mi cara, quería besarla pero le estaba dando la oportunidad para apartarse, mis labios encontraron los suyos eran suaves y cálidos, me sentía demasiado feliz, encajaban a la perfección, escuche como las fans gritaban como los chicos corrían a abrazarme a abrazar a Lilly, como cada una de las novias de mis amigos abrazaba a Lilly .

Tome su mano y la hice dar vueltas en el escenario hasta que quedo frente a mi, sus delicadas manos estaban entre las mias, me perdi en su mirada, tal vez era una locura lo que estaba por hacer, tal vez durante el tiempo que estuvo solo perdió la razón pero la quería y quería estar al 100% con ella, tome el micrófono en mi mano y pronuncie…

-Lilly, princesa quieres ser mi novia (awwww ahhhhh todos los fans estaban emocionados)
-Harry..  estas.. estas seguro??
-Completamente, 100% seguro de que te quiero a mi lado
-si.. si quiero ser tu novia Harry Style

Apenas pronunciado el primer si la cargue dando vueltas con ella y la bese, la bese y no quería parar era demasiado irreal 

-Felicitaciones Hazza y Lilly –Louis hablaba mientras yo mantenía aferrada a mi lado a mi preciosa Lilly – Esperamos que te haya gustado la sorpresa
-gracias Lou … es el mejor regalo del mundo

Después de ese momento vinieron mas canciones cerrando la noche con Taken, sabia que era la favorita de Lilly, las fanas al igual que yo estaban demasiado emocionadas era como si hubiesen inyectado en mi mucha adrenalina, no paraba de reír de saltar, estaba demasiado feliz.

Al salir del escenario y después de varios autógrafos y fotos por fin me reuní con Lilly, estaba un poco asustada, tome sus manos y empezamos a caminar, todo había sido muy loco pero necesitaba decirle lo que sentí necesitaba que ella se sintiera segura con lo que había pasado entre nosotros, no quería que se dejara llevar por la emoción.

-Harry
-Shhh –puse mis dedos en sus labios- déjame explicarte he pensado mucho en ti, e cogido el teléfono un millón de veces para escuchar tu voz pero nunca me decidí a llamar hasta hace unas pocas semanas lo hice desde una infinidad de cabinas desde todas partes en cada ciudad en cada sitio antes de cada show me conformaba con escucharte decir “Hola, quien eres” y me reprendía a mi mismo al no tener las agallas para decirte que era yo, he comprado preciosos obsequios pensando en ti, la fotografía que Louis nos tomo reposa en mi agenda y en mi celular, pero sobre todo esa imagen ese momento están grabados en mi mente y en corazón… te quiero Lilly Solís, te quiero…
-Ouh Harry…- note pequeñas lagrimas en sus ojos y como una comenzaba a descender por sus mejillas
-No Lilly, no llores si no… si no quieres estar conmigo… -el nudo en mi garganta  no me dejo continuar que tal si ella no me quería, si había alguien mas en su vida, aunque bueno ella dijo que si, pero y si, y si lo hizo para no dejarme en ridículo…
-Harry, ricitos mírame – tomo mi rostro con sus manos era un poco mas baja que yo aunque no demasiado – te quiero Hazza, te quiero y me haces la mujer mas feliz…

Lo había dicho, el nudo en mi garganta había desaparecido, la tome de la cintura y ella enrollo sus brazos en  mi cuello mientras nos dábamos un tierno beso, ella sin duda era mi otra mitad

Niley 08 - Rechazo Cruel



Dos meses después, Dublín.

Miley intentó borrar de su cara la expresión de súplica, pero estaba desesperada. El hombre de mediana edad sentado al otro lado del escritorio se quitó las gafas.
—Me temo que no tiene la experiencia que estoy buscando. Creo que verá que muchas compañías opinan lo mismo.
Miley sabía que estaba librando una batalla perdida y por eso recogió su bolso y se levantó.
—Gracias por atenderme, señor O'Brien, y le agradezco su opinión. Tan sólo le pido que, si queda alguna vacante en su compañía para puestos de becario, cuente conmigo.
Él le estrechó la mano con fuerza.
—Sin duda lo haré. Tendremos su currículum archivado.

Era la misma historia en todas partes. Una recesión global se cernía en el horizonte, y todo el mundo estaba nervioso y apretándose los cinturones prescindiendo de empleados superfluos. Era la peor época para carecer de experiencia y volver a casa en busca de empleo. Y aun así, cuando salió del edificio para adentrarse en un espléndido día de finales de primavera, supo que se alegraba de estar lejos de Londres. Lejos de lo que había sucedido allí.

Miley cruzó la abarrotada calle y maldijo por haber tomado la dirección que había tomado. Se encontraba frente al nuevo restaurante que acababa de abrir en una de las zonas más concurridas del centro de la ciudad. Jona's. Lo que ofrecía esa cadena de restaurantes era una porción de vida italiana, una promesa, un estilo de vida relajada.

Lo irónico era que, sin saber aún quién era el hermano de Demi y sabiendo que ella tenía relación con la familia, la cafetería de los Jonas en Londres se había convertido en el refugio de Miley. Allí había pasado horas durante su tiempo libre, estudiando o leyendo, tomándose un capuchino y disfrutando de ese momento de tranquilidad el mayor tiempo posible. Y ahora allí estaba ese restaurante, en Dublín, burlándose de ella con su brillante fachada y recordándole a su propietario. Estaba claro que Nicholas Jonas no estaba sufriendo la caída de la economía mundial.

Desvió la mirada y pasó corriendo, mientras sentía una sensación de náusea cada vez mayor. Las náuseas ya le eran una cosa familiar. Había estado vomitando cada mañana desde el último mes, y cada vez se sentía peor. Finalmente, y tras una visita al médico la semana anterior, le habían confirmado el peor de sus temores: estaba embarazada. Todavía no lo había asimilado y, mucho menos, había podido decidir si ponerse en contacto o no con Nicholas.

Bajó la calle a punto de estallar en lágrimas. Lo más importante ahora mismo era conseguir un trabajo. Sólo le quedaba dinero para pagar un mes más el alquiler de su estudio, ¿cómo iba a traer a un bebé al mundo? Contuvo el pánico que la invadió y se detuvo junto a un puesto de periódicos para comprar la prensa, ignorando las pocas monedas que llevaba en el monedero.

Un rato después, se bajó del autobús y se dirigió a su apartamento. A medio camino el cielo se abrió y en cuestión de segundos acabó empapada hasta los huesos. Una pareja pasó por delante de ella, agarrados de la mano y riendo, la mujer se protegía con el abrigo de su novio. Miley se sintió como si algo infinitamente valioso le hubiera sido arrebatado para siempre. Era la inocencia y el optimismo. Durante aquel breve momento antes de que Nicholas Jonas hubiera lanzado la bomba, ella había saboreado algo de felicidad por primera vez en años.

Su corazón se endureció cuando abrió la puerta; él había destrozado sus sueños y esperanzas y lo odiaba con una intensidad que la asustaba.

En el cuarto de baño, se quitó la ropa mojada y se puso un albornoz. Al ver su reflejo en el espejo, se quedó paralizada. Se veía demacrada. Las pecas destacaban con intensidad sobre su pálida piel. Se veía la cara demasiado larga, los pómulos demasiado marcados, los ojos sombríos, y el vivo y brillante tono rojo de su cabello se había apagado.

Se llevó las manos al vientre y no pudo contener las lágrimas. Tras la muerte de Joe, había pensado que sería libre para empezar de nuevo, libre para vivir su propia vida, pero el destino la había golpeado en la cara. Se secó las lágrimas y se sonó la nariz. Tenía que comer. Tenía que cuidarse. Tenía que encontrar un trabajo. De algún modo tenía que mantenerse a sí misma y al bebé. Aún la sorprendía el inmediato y devorador amor y protección que había sentido por ese pequeño ser desde el momento que descubrió que estaba embarazada, a pesar de las circunstancias de su concepción. Además, había una emoción más profunda unida a eso, pero Miley no quería analizarla. Fue a la cocina a calentarse la sopa casera que le había sobrado del día anterior y, cuando se sentó, se fijó en la carta que había sobre la mesa a su lado; una carta que había abierto esa misma mañana. El pánico amenazaba con volver y arrebatarle el apetito. La amenaza contenida en la hoja de papel la hizo temblar por dentro. Se obligó a comer, a no pensar, y entonces se dispuso a ojear los periódicos. Rodeó las ofertas de trabajo y las colocó en orden, de modo que al día siguiente, y una vez más, pudiera comenzar a hacer llamadas y a dejar su currículum en distintas empresas.

Una hora después abrió el último periódico con desgana porque deseaba irse a dormir, pero entonces su corazón comenzó a palpitar descontroladamente cuando vio en él una fotografía de Nicholas Jonas. No podía apartar los ojos de él, esos duros rasgos estaban suavizados por una sonrisa que lo hacía parecer más guapo todavía.

Se le veía feliz. Se le veía satisfecho. Parecía estar despreocupado.

Inconscientemente, ella se llevó la mano al vientre, ¿Qué derecho tenía él a ser feliz mientras que ella estaba allí sentada prácticamente en la pobreza absoluta, embarazada de su hijo después de que él hubiera decidido jugar a ser Dios con su vida? Cerró los ojos un instante antes de volver a mirar el sonriente rostro de Nicholas Jonas. Toda la humillación y el dolor que sintió por su premeditada venganza la embargaron con tanta fuerza como si hubiera sucedido el día antes. El deseo que había mostrado no había sido lo que ella se había esperado y creído.

Nicholas estaría en Dublín la noche siguiente para celebrar la apertura de su nuevo restaurante. Miley podría haber pensado que él lo habría hecho a propósito, para enviarle una nueva advertencia, pero ella sabía que había sido algo irracional. No era más que una coincidencia increíblemente cruel.

Volvió a leer el artículo, más despacio esa vez. En el evento anunciaría la fusión con Kevin Cameron, un conocido empresario afincado en Irlanda.

Miley sabía que tendría que hacer algo mientras él estuviera tan cerca; tenía que hacerle ver que no podía llevarse por delante la vida de una persona; su vida. Él era responsable de la vida que crecía en su vientre y algo profundamente visceral estaba alentándola a enfrentarse a él.


*********
Nicholas Jonas contuvo las ganas de quitarse la corbata, desabrocharse los botones de arriba de la camisa y alejarse de ese salón de baile abarrotado lo antes posible. Quería estar en su isla, Sardinia, donde habría tranquilidad y el cielo estaría lleno de las estrellas que a veces había soñado con tocar.

¿Qué le pasaba? Llevaba semanas que no se encontraba bien. Dos meses, para ser exactos... 

Se quedó paralizado e inmediatamente quiso desechar las vividas imágenes que acompañaban a esos pensamientos. Hacía dos meses había empezado el proceso de curación que comenzaba con la venganza de la muerte de su hermana, pero entonces, ¿por qué no se sentía bien?

Al ver a su buen amigo, Kevin Cameron, forzó a su mente a librarse de esos perturbadores pensamientos, pero cuando vio el cabello rojizo de su esposa, Danielle, sintió una sacudida, a pesar de que no era exactamente el mismo tono de pelo que...

Los dos hombres se saludaron efusivamente.

—Por fin —dijo Kevin. —Creí que nunca te convenceríamos para que abrieras tu negocio aquí.
Nicholas ignoró a su amigo y se inclinó para besar a Danielle en las mejillas. Estaba embarazada de su segundo hijo.
—Ha pasado mucho tiempo y lamentarnos no poder llegar al funeral de Demi. Debió de ser devastador para ti y para Paul.

Realmente conmovido. Nicholas sintió algo oprimiéndole el pecho al ser testigo de la intimidad y la calidez creada entre el matrimonio, Kevin adoraba a su esposa y era muy protector con ella. Verlos juntos, aunque siempre resultaba un placer tenía un efecto claustrofóbico en Nicholas. No dudaba ni por un segundo que Kevin no fuera absolutamente feliz, pero sabía que la vida hogareña no estaba hecha para él. Ninguna mujer ocuparía ese espacio en su vida. Hacía mucho tiempo se había jurado no ser como su padre y entregarse a una mujer que algún día podría tener el poder de destrozar a su familia. Lo irritaba intensamente estar pensando en eso de nuevo... por segunda vez en muchos meses.

Tras unos minutos juntos. Danielle les anunció la llegada de un conocido común y cuando Nicholas miró atrás, en la distancia y junto a las puertas, le pareció ver un cabello rojo oscuro y una piel muy clara. No. No podía ser. El corazón le golpeó con fuerza contra el pecho.


******
 Miley se quedó fuera del salón de baile del exclusivo hotel del centro de Dublín durante un largo rato. Los nervios la paralizaron temporalmente. Tenía que aferrarse a la sensación de injusticia, a la rabia que sentía en su pecho, porque de lo contrario fracasaría y dejaría que Nicholas Jonas se marchara sin conocer las consecuencias de sus actos. Respiro hondo y se reconfortó al pensar que, una vez que hubiera hecho lo que pretendía hacen saldría de allí y se marcharía a casa sintiéndose algo mejor. Cruzó las puertas y se estremeció ante todo ese ruido y la multitud de asistentes. No se había molestado en arreglarse para la ocasión; de hecho, el único vestido que tenía, el que había llevado la noche en Londres, lo había tirado a la basura. Estaba vestida con unos pantalones vaqueros y una camiseta lisa bajo una ligera chaqueta, sin maquillaje y con el pelo recogido en una cola de caballo.

Lo vio casi de inmediato. Estaba de espaldas, pero lo habría reconocido en cualquier parte. Su cuerpo, el muy traidor, reaccionó al verlo. Ese físico alto y poderoso le resultaba íntimamente familiar: la arrogante forma de ladear la cabeza, el pelo risado y negro, la espalda recta. Ella misma había recorrido esa espalda con sus dedos mientras se arqueaba bajo él Podía recordar el sabor salado de su piel, el modo en que él la había llenado tanto que...

¿Podría seguir adelante con lo que se había propuesto?
A su lado estaba el otro hombre de la foto, tan guapo como Nicholas y, sin duda, igual de rico. Ignoró el miedo que le decía que saliera corriendo y siguió adelante, acercándose cada vez más y más a Nicholas Jonas.



Jemi 53 - Besar a un angel



Pero era difícil. De todas las crueles jugarretas que le había hecho el destino, la peor había sido atarlo a esa frágil y decente mujer, con esos bellos ojos y ese corazón tan generoso. El cariño no era suficiente para ella. Demi necesitaba a alguien que la quisiera de verdad. Necesitaba hijos y un buen marido, uno de esos tipos con el corazón de oro y trabajo fijo, que fuera a la iglesia los domingos y que la amara hasta el final de sus días.

Sintió una dolorosa punzada en su interior al pensar que Demi podría casarse con otra persona, pero la ignoró. Sin importar lo que tuviera que hacer, iba a protegerla.

—¿Qué quieres decir, Joe? ¿Te desvivirías realmente por mí? —A pesar de todas aquellas buenas intenciones, Joe asintió como un tonto. —Entonces siéntate y déjame hacerte el amor.

Joe se tensó, duro y palpitante; deseaba tanto a Demi que no podía contenerse. En el último instante, antes de que el deseo de poseerla lo dominase, la boca de Demi se curvó en una sonrisa tan dulce y suave que él sintió como si le patearan el estómago.

Ella no se reservaba nada. Nada en absoluto. Si ofrecía a él en cuerpo y alma. ¿Cómo podía alguien ser tan autodestructivo? Joe se puso a la defensiva. Si ella no era capaz de protegerse a sí misma, él haría el trabajo sucio.

—El sexo es algo más que dos cuerpos —le dijo con dureza. —Eso fue lo que me dijiste. Que tenía que ser sagrado, pero no hay nada sagrado entre nosotros. Entre nosotros no hay amor, Demi. Es sólo sexo. No olvides.
Para absoluta sorpresa de Joe, ella le brindó una tierna sonrisa, teñida por un poco de piedad.
—Eres tonto. Por supuesto que hay amor. ¿Acaso no lo sabes? Yo te amo.
Él sintió como si le hubieran golpeado a traición.
Ella tuvo el descaro de reírse.
—Te amo, Joe, y no hay necesidad de hacer una montaña de un grano de arena. Sé que te dije que no lo haría, pero no he podido evitarlo. He estado negando la verdad, pero hoy Sinjun me hizo comprender lo que siento.

A pesar de todas las advertencias y amenazas, de todos sus sermones, Demi había decidido que estaba enamorada de él. Pero era él quien tenía la culpa. Debería haber mantenido más distancia entre ellos. ¿Por qué había paseado por la playa con ella? ¿Por qué le había abierto su corazón? Y lo más reprobable de todo, ¿por qué no la había mantenido alejada de su cama? Ahora tenía que demostrarle que lo que ella pensaba que era amor no era más que una visión romántica de la vida. Y no iba a ser fácil.

Antes de que pudiera señalarle su error, ella le cubrió la boca con la suya. Joe dejó de pensar. La deseaba. Tenía que poseerla.

Demi le recorrió los labios con la punta de la lengua, luego profundizó el beso con suavidad. Él le cogió la cabeza entre las manos y hundió los dedos en su suave pelo. La joven se acomodó entre sus brazos, ofreciéndose a él por completo.

Demi gimió con dulzura. Vulnerable. Excitada. El sonido atravesó la embotada conciencia de Joe y lo trajo de vuelta a la realidad. Tenía que recordarle a Demi cómo eran las cosas entre ellos. Por su bien tenía que ser cruel. Mejor que ella sufriera un pequeño dolor en ese momento que uno devastador más adelante.

Se apartó bruscamente de ella. La hizo tumbarse en la cama con una mano y se ahuecó la protuberancia de los vaqueros con la otra.

—Lo mires como lo mires, un buen polvo es mejor que el amor.

Joe dio un respingo para sus adentros ante la expresión de sorpresa que cruzó por la cara de Demi antes de que se ruborizara. Conocía a su esposa y se preparó para lo que vendría a continuación: iba a levantarse de la cama de un salto y a hacer que le saliera humo por los oídos con un sermón sobre la vulgaridad.

Pero no lo hizo. El rubor de la cara de Demi se desvaneció y fue sustituido por la misma expresión de pesar que había adoptado antes.

—Sabía que te pondrías difícil con esto. Eres tan previsible.
«¿Previsible? ¿Así lo veía? ¡Maldita fuera, estaba tratando de salvarla y ella se lo pagaba burlándose de él. Pues bien, se lo demostraría con hechos.»
Se obligó a esbozar una sonrisa cruel.
—Quítate la ropa. Me siento un poco violento y no quiero desgarrártela.
—¿Violento?
—Eso es lo que he dicho, nena. Ahora desnúdate

Demi tragó saliva.
—¿Quieres que me desnude?

Sabía que parecía idiota, pero Joe la había cogido por sorpresa. ¿Qué quería decir exactamente con que «se sentía violento»? Miró al otro lado de la caravana el látigo que él había dejado enrollado sobre el brazo del sofá. Sabía que le había asustado muchísimo al decirle que lo amaba, pero ella no se había esperado esa reacción. Aun así, sabiendo que aquél era un tema delicado para Joe, debería haber imaginado que reaccionaría de manera exagerada.

—Deja de perder el tiempo. —Joe se quitó la camiseta. Los vaqueros le caían a la altura de las caderas, haciéndole parecer oscuro y peligroso. Estaba medio desnudo y mostraba esa flecha de vello oscuro que le dividía el estómago plano en dos y que indicaba el camino del peligro con la misma sutileza que un letrero de neón. —Cuando dices que te sientes violento... —Quiero decir que es el momento de mostrarte algo diferente.
—Para ser sinceros, no creo que aún esté preparada para eso.
—Pensaba que habías dicho que me amabas, Demi, demuéstramelo. —Definitivamente Joe la estaba retando, y Demi contó mentalmente hasta diez. —No soy de esos hombres románticos que regalan flores. Lo sabes. Me gusta el sexo. Me gusta practicarlo a menudo y no me gusta contenerme.

«¡Dios! Sí que le había asustado.» Demi se mordisqueó el labio inferior. A pesar de lo que ella había dicho antes, Joe no era previsible, así que debía ser cautelosa. Por otra parte, Tater y sus compañeros le habían ensenado una regla básica para tratar con bestias grandes. Si retrocedes, te aplastan.

—Muy bien —dijo. —¿Qué quieres que haga?
—Ya te lo he dicho. Desnúdate.
—Te he dicho que quería hacerte el amor, nada más.
—Quizá yo no quiera hacer el amor. Quizá sólo quiera follar.

Era un cebo; uno que, evidentemente, Joe quería que picara. Demi tuvo que morderse la lengua para no caer en la trampa. Si perdía la calma le estaría siguiendo el juego, que era justo lo que él quería. Tenía que hacerle frente de alguna manera y tenía que ser ella la que dictara las normas.  Lo amaba demasiado para dejar que la intimidara.

Consideró sus opciones, luego se levantó de la cama y comenzó a desnudarse. Él no dijo nada; se limitó a observarla. Demi se quitó los zapatos y se deshizo del maillot, pero cuando se quedó en bragas y sujetador, se detuvo indecisa. Joe estaba muy excitado, un hecho que revelaban los ceñidos vaqueros, y su estado de ánimo era tan volátil que ella no sabía qué esperar. Quizá lo mejor sería distraerlo. Puede que de esa manera lograra ganar un poco de tiempo.

Desde la charla que había mantenido con su padre, Demi no había tenido oportunidad de hablar con Joe sobre su asombroso origen. Si ahora sacaba el tema a colación, puede que le pillara desprevenido. Una conversación sobre sus orígenes familiares podría calmar el imprevisible humor de su marido.

—Mi padre me ha dicho que tu padre era un Romanov.
—Quítame los vaqueros.
—Y no cualquier Romanov. Me ha dicho que eres el nieto del zar Nicolás II.
—No quiero tener que repetírtelo. Joe la miró con tal arrogancia que no le resultó difícil imaginarlo sentado en el trono de Catalina la Grande mientras le ordenaba a alguna de las obstinadas mujeres Lovato que se lanzara al Volga.
—Dice que eres el heredero de la corona rusa.
—Calla y haz lo que te digo. 

Demi contuvo un suspiro. «Señor, qué difícil estaba siendo.» Parecía que no había nada como una declaración de amor para que ese ruso se lanzara al ataque. A Demi le costó trabajo sostenerle la mirada con algo de dignidad cuando sólo llevaba puesta la ropa interior y él parecía tan alarmantemente omnipotente, pero lo hizo lo mejor que pudo. Estaba claro que ése no era el momento adecuado para obtener las respuestas que deseaba de él.

—Y cuando me quites los vaqueros, hazlo de rodillas —le dijo Joe con desdén.
«¡Mamón insufrible!»
Él apretó los labios.
—Ahora.

Demi respiró hondo tres veces. Nunca hubiera imaginado que él la presionaría de esa manera. Le sorprendía cómo reaccionaba un hombre bajo los efectos del miedo. Y ahora tenía intención de presionarla para que ella retirara aquella declaración de amor. ¿Cuántos tigres tenía que domesticar en un día?

Al estudiar los arrogantes ojos entornados de Joe, la llamarada insolente de sus fosas nasales, Demi sintió una inesperada oleada de ternura. Pobrecito. Se enfrentaba al miedo de la única manera que sabía y castigarlo sólo lo pondría más a la defensiva. «Oh, Joe, ¿qué te hizo el látigo de tu tío?»
Lo miró a los ojos y se puso de rodillas. La inundó una oleada de sensaciones al ver lo excitado que estaba. Ni siquiera el miedo podía evitarlo. Joe cerró los puños. 

—¡Maldita sea! ¿Y tu orgullo? 

Demi se sentó sobre los talones y miró aquella cara dura e inflexible; esa combinación eslava de pómulos prominentes y profundas sombras, así como las pálidas líneas de tensión que le enmarcaban la boca.

—¿Mi orgullo? Está en mi corazón, por supuesto.
—¡Estás permitiendo que te humille!
Ella sonrió.
—Tú no puedes humillarme. Sólo yo puedo rebajarme. Y me arrodillo ante ti para desnudarte porque eso me excita.

Un traidor silencio se extendió entre ellos. Joe parecía muy torturado y a Demi le dolió verlo así. Se inclinó hacia él y apretó los labios contra aquel duro abdomen, justo encima de la cinturilla de los vaqueros. Le dio un ligero mordisco, luego tiró del botón hasta que cedió bajo sus dedos y le bajó la cremallera.

A Joe se le puso la piel de gallina.
—No te comprendo en absoluto. —Su voz sonó áspera.
—Creo que a mí sí. Es a ti mismo a quien no comprendes.
Joe la agarró por los hombros y la hizo ponerse en píe. Sus ojos parecían tan oscuros e infelices que ella no podía soportar mirarlos.
—¿Qué voy a hacer contigo? —dijo él.
—¿Quizá corresponder a mi amor?

Joe respiró hondo antes de cubrirle la boca con la suya. Demi sintió su desesperación, pero no sabía cómo ayudarle. El beso los capturó a los dos. Los envolvió como un ciclón.

Demi no supo cómo se despojaron de la ropa, pero antes de darse cuenta estaban desnudos sobre la cama. Una sensación cálida y ardiente comenzó a extenderse por su vientre. La boca de Joe estaba en su hombro, en sus pechos, rozándole los pezones. La besó en el vientre. Demi abrió las piernas para él y permitió que le subiera las rodillas.

—Voy a tocarte por todas partes —le prometió él contra la suave piel del interior de sus muslos. Y lo hizo. Oh, cómo lo hizo. Puede que no la amara con el corazón, pero la amaba con su cuerpo, y lo hizo con una desenfrenada generosidad que la llenó de deseo. Demi aceptó todo lo que él quiso darle y se lo devolvió a su vez, usando las manos y los pechos, la calidez de su boca y el roce de su piel.

Cuando finalmente él se hundió profundamente en su interior, Demi lo envolvió con las piernas aferrándose a él.

—Sí —susurró ella. —Oh, sí.
Las barreras entre ellos desaparecieron y mientras buscaban juntos el éxtasis, ella comenzó a murmurar:
—Oh, sí. Me gusta eso. Me encanta... Sí. Más profundo. Oh, sí. Justo así...

Demi siguió susurrando aquellas palabras, guiada, por el instinto y la pasión. Si dejaba de hablar, él trataría de olvidar quién era ella y la convertiría en un cuerpo anónimo. Y eso no podía consentirlo. Era Demi. Era su esposa.
Así que habló, se aferró a él y juntos alcanzaron ti éxtasis.
Finalmente, la oscuridad dejó paso a la luz.

 —Ha sido sagrado.
—No ha sido sagrado. Ha sido sexo.
—Hagámoslo de nuevo.
—Vamos a cien por hora, no hemos dormido más de tres horas y llegamos con retraso a Allentown.
—Estirado.
—¿A quién llamas estirado?
—A ti.
La miró de reojo, con una chispa diabólica en los ojos.
—A ver si te atreves a repetirlo cuando estés desnuda.
-No volverás a verme desnuda hasta que admitas que ha sido sagrado.
—¿Y si admito que fue especial? Porque fue muy especial