miércoles, 4 de enero de 2012

Jemi 48 - Besar a un angel

Demi cruzó la estrecha carretera asfaltada que separaba el aparcamiento donde estaba instalado el circo de la playa vacía. A la izquierda las luces multicolores de la feria, en el paseo marítimo de Jersey Shore, destellaban en el caos de la noche: la noria, los coches de choque, los tiovivos y los puestos de chucherías.

El debut de Demi había tenido lugar en la primera representación del circo en ese pequeño pueblo costero y ahora estaba demasiado excitada para dormir. El público de la segunda función había reaccionado con más entusiasmo aún y una maravillosa sensación de realización le impedía sentirse cansada. Incluso Nick Miller había abandonado su acostumbrado silencio para brindarle una gélida inclinación de cabeza.

Inhaló el olor del mar y comenzó a pasear por la arena, que había perdido el calor del día y le enfriaba los pies al metérsele en las sandalias. Le encantaba estar junto al océano y se alegraba de que el circo fuera a permanecer allí más de una noche.

—¿Demi? —Se volvió y vio a Joe en lo alto de las escaleras, una alta y delgada silueta recortada contra el tenue resplandor de la noche. La brisa le revolvía el pelo y le pegaba la camisa al cuerpo. —¿Te importa si paseo contigo o prefieres estar sola?

Joe vaciló un momento y ella se preguntó si el gesto habría sido demasiado personal para él. Decía mucho de su relación el hecho de que cogerse de la mano fuera más íntimo que mantener relaciones sexuales. Aun así, no bajó el brazo. Aquello sólo era un reto más que ella debía vencer.

Las botas de Joe resonaron en los escalones de madera cuando se acercó. Le cogió la mano y las callosidades de su palma le recordaron a Demi que era un hombre acostumbrado al trabajo duro. Aquella cálida y firme mano envolvió la suya.

La playa estaba desierta, pero aún quedaban restos que había dejado la gente que había acudido al lugar adelantándose a la temporada veraniega: latas vacías, plásticos, la tapa rota de un vaso térmico. Se dirigieron hacia el mar.

—Al público le ha gustado el número.
—Estaba tan asustada que me temblaban las rodillas. Si no hubiera sido por el giro que Jack le dio a la historia, mi actuación hubiera resultado un desastre. Cuando intenté agradecérselo me dijo que había sido idea tuya. —Lo miró y sonrió. —¿No crees que te has pasado un poco con lo de las monjas francesas?
—Conozco de primera mano tus creencias morales, cariño. A menos que me equivoque, estoy seguro de que las monjas formaron parte de esa extraña educación que recibiste.
Demi no lo negó.

Pasearon durante un rato en un cómodo silencio. La brisa agitaba el cabello de Demi y el vaivén de las olas acallaba los lejanos ruidos de la feria, al otro lado de la carretera, dándoles la sensación de que estaban solos en el mundo. Demi esperaba que él le soltara la mano en cualquier momento, pero seguía manteniéndola agarrada.
—Has hecho un buen trabajo esta noche, Demi. Trabajas duro.
—¿De veras? ¿De verdad crees que trabajo duro?
—Claro.
—Gracias. Nunca me habían dicho eso. —Soltó una risita irónica. —Y si lo hubiesen hecho, seguramente no me lo habría creído.
—Pero a mí me crees.
—No eres un hombre que diga las cosas a la ligera.
—¿Estoy oyendo un cumplido?
—No estoy segura.
—No es justo.
—¿Qué?
—Te he dicho algo agradable. Al menos podrías decir una cosa buena de mí.
—Por supuesto que puedo. Haces un chile de muerte. Para sorpresa de Demi, él frunció el ceño.
—Estupendo. Olvídalo.
Atónita, Demi se dio cuenta de que, sin querer, había herido los sentimientos de su marido. Pensaba que él estaba bromeando, pero tratándose de Joe debería saber que eso no era posible. Aun así era toda una sorpresa que a él le importara su opinión.
—Sólo me estaba reservando lo mejor —dijo ella.
—No es importante. De verdad, déjalo.
Pero tenía importancia y a ella le encantaba.
—Mmm, déjame pensar...
—Olvídalo.
Demi le apretó la mano.
—Siempre haces lo que crees que es correcto, incluso si la gente lo desaprueba. Es algo por lo que te admiro. Admiro tu integridad, pero... —Demi le rodeó los dedos con los suyos. —¿Quieres que sea sincera?
—Eso he dicho, ¿no?
Ella ignoró el beligerante gesto de su mandíbula.
—Tienes una sonrisa maravillosa.
Joe pareció algo aturdido y relajó la mano bajo la de ella.
—¿Te gusta mi sonrisa?
—Sí, muchísimo.
—Nadie me lo había dicho nunca.
—No muchas personas consiguen verla. —Demi contuvo una sonrisa mientras observaba el gesto serio con el que Joe consideraba lo que ella había dicho. —Y hay otra cosa más, pero no sé cómo vas a tomártelo.
—Suéltalo.
—Tienes un cuerpo de infarto.
—¿Un cuerpo de infarto? ¿Sí? ¿Ésa es la segunda cosa que más te gusta de mí?
—No he dicho que fuera la segunda. Te estoy diciendo cosas que me gustan de ti y ésa en concreto me encanta.
—¿Mi cuerpo?
—Tienes un cuerpo estupendo, Joe. En serio.
—Gracias.
—De nada.
El embate de las olas llenó el silencio que se extendió entre ellos.
—Tú también —dijo él.
—¿También qué?
—Tienes un cuerpo estupendo. Me gusta.
—¿De veras? Pero si no es gran cosa. Tengo los hombros demasiado estrechos en comparación con las caderas y los muslos demasiado gruesos. Y mi estómago...
Él negó con la cabeza.
—La próxima vez que oiga a una mujer decir que los hombres somos unos neuróticos, recordaré esto. Tú me dices que te gusta mi cuerpo, ¿y qué hago yo? Te doy las gracias. Luego te digo que me gusta el tuyo, ¿y qué escucho? Una larga lista de quejas.
—Es culpa de las Barbies. —La mueca de desagrado de Joe la complació sobremanera. —Gracias por el cumplido, pero sé sincero. ¿No crees que tengo los pechos demasiado pequeños?
—Ésa es una pregunta con trampa, seguro.
—Solo quiero que me digas la verdad.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Vale. Veamos. —La tomó por los hombros y la hizo girar de cara al océano, luego se puso detrás de ella. La rodeó con los brazos y le ahuecó los pechos. La piel de Demi se erizó de deseo cuando Joe apretó y moldeó los montículos, recorriéndole las suaves pendientes y rozando las endurecidas cimas con los pulgares.
A Demi se le entrecortó la respiración. Joe le acarició la oreja con los labios y le murmuró al oído:
—Creo que son perfectos, Demi. Exactamente del tamaño adecuado.
Ella se volvió y no había nada en el mundo que pudiera haber evitado que lo besase. Le rodeó el cuello con los brazos, se puso de puntillas y apretó su boca contra la de él, con labios suaves y flexibles. La lengua de Joe jugueteó con la suya y ella respondió a la provocación. Demi perdió la noción del tiempo y ni se le pasó por la cabeza separarse de él. Los dos cuerpos se habían fundido en uno.
—¡Mira, Dwayne! Es la pareja del circo.
Demi y Joe se separaron de golpe, como dos adolescentes pillados in fraganti por la policía.
La dueña de la estridente voz era una mujer de mediana edad, con un vestido de flores verde lima y un enorme bolso negro colgado del hombro. Su marido llevaba puesta una gorra azul que cubría lo que, casi con toda seguridad, sería una calva. El hombre tenía los pantalones enrollados en las pantorrillas y la camiseta de deporte se te ceñía a la prominente barriga.
La mujer les brindó una alegre sonrisa.
—Hemos asistido a la función. Éste es Dwayne. No se ha creído que estuvierais enamorados de verdad. Me aseguró que todo era falso, pero le dije que nadie podía fingir algo así. —Dio una palmadita en la barriga de su marido. —Dwayne y yo llevamos casados treinta y dos años, así que sé reconocer el amor verdadero cuando lo veo.
Al lado de Demi, Joe estaba rígido y ponía cara de póquer, dejando que fuera ella quien sonriera al matrimonio.
—Seguro.
—Nada me gusta más que un matrimonio con los pies en el suelo.
Joe saludó a la pareja con una brusca inclinación de cabeza y agarró el brazo de Demi para alejarla de allí. Demi se volvió y les gritó:
—¡Espero que disfruten de otros treinta y dos años juntos!
—Y vosotros también, tesoro.
Dejó que Joe la arrastrara, sabiendo que no conseguiría nada protestando. El tema del amor lo ponía nervioso por lo que ella sintió el absurdo impulso de consolarlo. Cuando llegaron a los escalones que conducían a la carretera, se detuvo y se volvió hacia él.
—Joe, no pasa nada. No voy a enamorarme de ti.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Demi notó una pequeña punzada en el corazón. Eso la asustó, porque sabía que sería una catástrofe enamorarse de él. Eran demasiado diferentes. Él era duro, serio y cínico, mientras que ella era justo lo contrario.
Entonces, ¿por qué él provocaba algo tan elemental en su interior? ¿Y por qué ella parecía comprenderle tan bien cuando Joe no le había contado nada de su pasado ni sobre su vida fuera del circo? A pesar de todo, Demi sabía que Joe la había ayudado a encontrarse a sí misma. Gracias a él era más independiente de lo que nunca lo había sido. Por primera vez en su vida, se sentía bien consigo misma.
Joe subió los escalones.
—Eres una romántica, Demi. No es que me considere un ser irresistible, bien sabe Dios que no lo soy, pero llevo años observando que cuanto más indiferente se muestra un hombre, más interesada se vuelve la mujer.
—Bah.
Cuando llegaron arriba, él apoyó las caderas en la barandilla y la observó.
—Lo he visto muchas veces. Las mujeres anhelan lo que no pueden tener, incluso aunque no sea bueno para ellas.
—¿Es así como te consideras? Malo para las personas que te rodean.
—No quiero hacerte daño. Por eso me molestó el cambio que hiciste en la caravana. Ahora es más acogedora y será más fácil vivir en ella, pero no quiero jugar a las casitas. A pesar de que nuestro matrimonio sea un acuerdo legal, esto no es más que un simple rollo. Una cana al aire. Sólo eso.
—¿Un rollo?
—Un lío. Una aventura. Llámalo como quieras. Sólo es algo pasajero.
—Eres imbécil.
—¿Ves como tengo razón?
Ella intentó controlar la cólera.
—¿Por qué te casaste conmigo? Al principio pensé que mi padre te había pagado, pero ahora sé que no fue así.
—¿Y qué es lo que te ha hecho cambiar de opinión?
—Ahora te conozco.
—¿Y crees que no me dejo comprar?
—Sé que es imposible que te dejes comprar.
—Todo el mundo tiene un precio.
—Pues dime, ¿cuál fue el tuyo?
—Le debía un favor a tu padre y tenía que pagárselo. Eso es todo.
—Debía de ser un favor muy grande.
La expresión de Joe se volvió fría y Demi se sorprendió cuando, después de un largo silencio, añadió:
—Mis padres murieron en un accidente ferroviario en Austria cuando yo tenía dos años. Se hizo cargo de mí el pariente más cercano, el hermano de mi madre, Sergey. Era un sádico hijo de puta al que le daba placer pegarme.
—Oh, Joe...
—No quiero ganarme tu simpatía. Sólo quiero que comprendas cómo soy. —Él se sentó en un banco y parte de su rabia desapareció. Se inclinó hacia delante y se frotó el puente de la nariz con el pulgar y el índice. —Siéntate, Demi.
Ahora que ya no tenía remedio, Demi se preguntó si no debería haber dejado las cosas tal y como estaban, pero había llegado demasiado lejos como para retroceder ahora, y se sentó a su lado. Él se quedó mirando hacia delante; parecía cansado y vacío.
—Habrás leído historias sobre niños maltratados, niños a los que mantienen encerrados durante años. —Ella asintió con la cabeza. —Los psicólogos dicen que incluso después de haber sido liberados de esa tortura, estos niños no se desarrollan de la misma manera que los demás. No tienen las mismas actitudes sociales. Y si no los rescatan a tiempo, ni siquiera aprenden a hablar. Supongo que eso es lo que me pasa con el amor. No llegué a experimentarlo en la infancia y ahora no puedo sentirlo.
—¿A qué te refieres?
—No soy uno de esos cínicos que cree que el amor no existe, porque lo he visto en otras personas. Pero yo no puedo sentirlo. Ni por una mujer ni por nadie. Nunca he amado.
—Oh, Joe.
—No es que no lo haya intentado. He conocido algunas mujeres maravillosas a lo largo de mi vida pero, al final, sólo he conseguido herirlas. Por eso te he contado las píldoras. Por eso no quiero tener hijos.
—¿Crees que nunca podrás mantener una relación duradera? ¿Te refieres a eso?
—Sé que no puedo. Pero es más profundo que todo eso.
—No entiendo. ¿Qué es lo que te pasa?
—¿No has oído nada de lo que he dicho?
—Sí, pero...
—No puedo sentir las mismas emociones que los demás hombres. Por nadie. Ni siquiera por un niño. Cualquier niño merece que su padre lo ame, pero yo no podría.
—No te creo.
—¡Créelo! Me conozco a mí mismo y sé que no podría hacerlo. Mucha gente se toma a la ligera tener hijos, pero yo no. Los niños necesitan amor y, si no lo tienen, algo se muere en su interior. No podría vivir conmigo mismo sabiendo que un niño sufre por mi culpa.
—Todo el mundo es capaz de amar, y más cuando se trata de su propio hijo. Te ves a ti mismo como una especie de... de monstruo.
—Más bien como una mutación. No tuve una educación normal y es por eso que soy distinto. No puedo tolerar la idea de tener un hijo y que crezca sabiendo que no le amo. No pienso hacerle a nadie lo que me hicieron a mí.

Era una noche calurosa, pero Demi se estremeció al darse cuenta del terrible legado que aquel violento pasado le había dejado a Joe. Ese legado también la afectaba a ella y se abrazó a sí misma. Nunca se había imaginado teniendo un hijo con Joe, pero quizá la idea ya había germinado en su subconsciente porque sentía como si acabara de sufrir una profunda pérdida.

Demi observó el perfil de su marido recortado contra el tiovivo que giraba a lo lejos. La imagen la llenó de pena. Los caballos de madera, de brillantes colores, parecían representar la inocencia, mientras que Joe, con aquellos ojos sombríos y el corazón vacío, era como un condenado a muerte. Durante todo el tiempo Demi había pensado que era ella la que más amor necesitaba, pero él tenía heridas mucho más profundas.
 
Guardaron silencio mientras volvían caminando a la caravana; no había nada más que decir. Tater se había escapado otra vez y la estaba esperando. Trotó hacia ella saludándola con un barrito.
—Lo ataré de nuevo —dijo Joe.
—No te preocupes, ya lo hago yo. Necesito estar sola un rato.
Él asintió con la cabeza y le pasó el pulgar por la mejilla mientras le dirigía una mirada tan desolada que Demi no pudo soportarlo, así que se volvió y acarició la trompa de Tater.
—Vamos, cariño.

Lo llevó con los demás elefantitos y lo ató con la correa; luego cogió una vieja manta de lana y la puso en el suelo a su lado. Se sentó y se rodeó las rodillas con los brazos, Tater se acercó a ella. Por un momento pensó que la pisaría y se puso tensa, pero el animal se limitó a colocar sus patas delanteras a ambos lados y a rodearla con la trompa.

Demi se encontró sumergida en una cálida cueva. Presionó la mejilla contra el áspero cuerpo del animal, protegida entre las patas de Tater mientras oía el fuerte latido de su dulce y travieso corazón. Sabía que debería moverse, pero a pesar de estar bajo una tonelada de elefante, nunca se había sentido más segura. Allí sentada, pensó en Joe y deseó que fuera lo suficientemente pequeño para estar donde ella estaba, justo debajo del corazón de Tater.

—¿Vas armado?
—Ya he guardado los látigos por esta noche.
—Entonces ven. —Demi sonrió y le tendió la mano.

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hasta aqui chicas espero que les guste...
besos...
cuidense..
por fis comenten

14 comentarios:

  1. Me encantó K!!! Espero joe se entere pronto de lo de Destiny si que se de cuenta que ama a DEmi...
    No entendí la última parte...
    - ¿Vas armado?
    —Ya he guardado los látigos por esta noche.
    —Entonces ven. —Demi sonrió y le tendió la mano.

    Un beso enorme. FELIZ AÑO!!! Espero el 2012 venga con muchos èxitos para vos!!

    VANE

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  2. ME ENCANTO EL MARATON ESTVO INCREIBLE SEGUILA!!!! , BESOTESSS!!!

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  3. me encanto1 es mi nove favorita! sube mas!

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  4. me encanto el maratón gracias síguelaaaaaaaaaaaaaaa pronto

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  5. siguelaaaaaaaaaaaa porfa amo tus noves de jemi

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  6. Meeee Encantoooo !!!!!!!! La verdad esque no soy fan niley ni jemi pero me encantan tus noves porque tienen mucho sentido y tambien son muy cercanas como a la realidad y eso hace que sea mas interesante :D La cosa esque eres una exelente escritora y esperos que sigas así :)
    Te sigo, Podrias seguirme ??? Cuidate Bye c:

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..