sábado, 4 de febrero de 2012

Jemi 55 - Besar a un angel


—No lo entiendo. ¿Por qué se molestó en tramar todo esto para un matrimonio de seis meses?
—¿No es evidente? Espera que cometamos un desliz y te quedes embarazada. —Demi lo miró fijamente. —Quiere garantizar el futuro de la monarquía. Quiere un bebé con sangre Lovato y Romanov que ocupe un lugar en la historia. Ése es su plan. Que des a luz a un bebé mítico; si luego seguimos casados o no, no importa. De hecho, probablemente preferiría que nos divorciáramos; en cuanto rompiéramos intentaría hacerse cargo del niño.
—Pero sabe que tomo anticonceptivos. Amelia me acompañó al ginecólogo. Incluso es ella quien se encarga de conseguir las recetas porque no se fía de mí.
—Es evidente que Amelia no está tan ansiosa como él por tener un pequeño Lovato-Romanov corriendo por la casa. O simplemente aún no quiere ser abuela. Supongo que él no lo sabe, pero dudo que tu madrastra pueda ocultárselo durante mucho más tiempo.

Ella miró por la ventanilla los cuatro carriles de la autopista. Un letrero de neón de Taco Bell brillaba intermitentemente a un lado. Luego pasaron ante un concesionario de Subaru. Demi experimentó una sensación de irrealidad por el contraste entre los modernos signos de civilización y la conversación que mantenía con Joe sobre antiguas monarquías. Al rato le asaltó un pensamiento horrible.

—El príncipe Joe tenía hemofilia y es hereditaria. Joe, no tendrás esa enfermedad, ¿verdad?
—No. Sólo se transmite a través de las mujeres. Aunque Joe la tenía, no podía pasarla a sus hijos. —Se pasó al carril izquierdo. —Sigue mi consejo, Demi, y no pienses en esto. No vamos a seguir casados y no vas a quedarte embarazada, así que mis conexiones familiares no tienen importancia. Sólo te he contado esto para que dejes de darme la lata.
—Yo no te doy la lata.
Joe le recorrió el cuerpo con una mirada lasciva.
—Eso es como decir que tú no...
—Calla. Como pronuncies esa palabra con «F», lo lamentarás.
—¿Qué palabra es ésa? Dímela al oído para que sepa de qué hablas.
—No te voy a decir nada.
—Deletréala.
—Tampoco la deletrearé.
Joe siguió bromeando con ella hasta llegar al recinto, pero no consiguió que se la dijera.


A primera hora de la tarde, la lluvia se había convertido en un diluvio. Gracias al impermeable que le había prestado Joe, Demi no se había mojado la cabeza, pero para cuando terminó de comprobar la casa de fieras y visitar a Tater, tenía los vaqueros cubiertos de lodo y sus deportivas estaban tan duras que parecían zapatos de cemento.

Esa noche, los artistas habían comenzado a hablar con ella antes de la función. Nick se disculpó por la rudeza que había mostrado el día anterior y Ashley la invitó a ir de compras esa misma semana. Los Tolea y los Lipscomb la felicitaron por su valentía y los payasos le dieron un ramillete de flores de papel.

A pesar del mal tiempo, la publicidad que había rodeado la fuga de Sinjun había atraído a mucha gente y lograron vender todas las entradas de la función matinal. Jack había narrado la historia heroica de Demi, pero ella lo había echado a perder al soltar un grito cuando Joe le rodeó las muñecas con el látigo.

Cuando acabó la función, Demi volvió a ponerse los vaqueros enlodados en la zona provisional de vestuarios que se había dispuesto junto a la puerta trasera del circo para que los artistas no se mojaran los trajes de actuación. Se abrochó el impermeable, inclinó la cabeza y salió rápidamente bajo las ráfagas de lluvia y viento. Aunque no eran ni las cuatro de la tarde, la temperatura había descendido mucho y para cuando llego a la caravana le castañeteaban los dientes. Se quitó los vaqueros, puso el calentador en marcha y encendió todas las luces para iluminar la estancia.

Cuando la luz llenó el confortable interior y la caravana comenzó a caldearse, Demi pensó que aquel lugar nunca le había parecido tan acogedor. Se puso un chándal color melocotón y unos calcetines de lana antes de empezar a trajinar en la pequeña cocina. Solían cenar antes de la última función y, durante las últimas semanas, había sido ella quien se había encargado de hacer la comida; le encantaba cocinar cuando no tenía que guiarse por una receta.

Canturreó mientras cortaba una cebolla y varios brotes de apio antes de empezar a saltearlos con ajo en una pequeña sartén; luego añadió un poco de romero. Encontró un paquete de arroz silvestre y lo añadió junto con más hierbas aromáticas. Sintonizó la radio portátil del mostrador en una emisora de música clásica. Los olores hogareños de la cocina y los exuberantes acordes del Preludio en do menor de Rachmaninov inundaron la caravana. Hizo una ensalada, añadió pechuga de pollo a la sartén y agregó el vino blanco que quedaba en una botella que habían abierto hacía varios días.

Se empañaron las ventanas y regueros de condensación se deslizaron por los cristales. La lluvia repiqueteaba contra el techo metálico, mientras los olores, la música suave y la acogedora cocina la mantenían en un cálido capullo. Puso la mesa con la descascarillada vajilla de porcelana china, las soperas de barro, las desparejadas copas y un viejo bote de miel que contenía unos tréboles rojos que había recogido en el campo el día anterior, antes de la fuga de Sinjun. Cuando finalmente miró a su alrededor, pensó que ninguna de las lujosas casas en las que había vivido antes le había parecido tan perfecta como aquella caravana destartalada.

La puerta se abrió y entró Joe. El agua se le deslizaba por el impermeable amarillo y tenía el pelo pegado a la cabeza. Ella le pasó una toalla mientras él cerraba la puerta. El estallido distante de un trueno sacudió la caravana.
—Huele bien aquí dentro. —Él echó un vistazo a su alrededor, al interior cálidamente iluminado, y Demi observó en su expresión algo que parecía anhelo. ¿Había tenido alguna vez un hogar? Por supuesto no cuando era niño, pero, ¿y de adulto?
—Tengo la cena casi lista —dijo ella. —¿Por qué no te cambias?
Mientras Joe se ponía ropa seca, ella llenó las copas de vino y revolvió la ensalada. En la radio sonaba Debussy. Cuando él regresó a la mesa con unos vaqueros y una sudadera gris, ella ya había servido el pollo con arroz.
Joe se sentó después de que Demi tomara asiento. Cogió su copa y la levantó hacia ella en un silencioso brindis.
—No sé cómo estará la comida. He utilizado los ingredientes que tenía a mano.
Joe la probó.
—Está buenísima.
Durante un rato comieron en un agradable silencio, disfrutando de la comida, la música y la acogedora caravana bajo la lluvia.
—Te compraré un molinillo de pimienta con mi próximo sueldo —dijo ella, —así no tendrás que condimentar la comida con lo que contiene esa horrible lata.
—No quiero que te gastes tu dinero en un molinillo para mí.
—Pero si te gusta la pimienta.
—Eso no viene al caso. El hecho es...
—Si fuese a mí a quien le gustase la pimienta, ¿me comprarías un molinillo?
—Si quisieras...
Ella sonrió.
Joe pareció quedarse perplejo.
—¿Es eso lo que quieres? ¿Un molinillo de pimienta?
—Oh, no. A mí no me gusta la pimienta.
Él curvó la boca.
—Me avergüenza admitirlo, Demi, pero parece que empiezo a entender estas conversaciones tan complejas que tienes.
—Pues a mí no me sorprende. Eres muy brillante.
Le dirigió una sonrisita traviesa.
—Y tú, señora, eres la bomba.
—Y además sexy.
—Eso por supuesto.
—¿Podrías decirlo de todas maneras?
—Claro. —Joe la miró con ternura y le cogió la mano por encima de la mesa. —Eres sin duda la mujer más sexy que conozco. Y la más dulce...

A Demi se le puso un nudo en la garganta y se perdió en las profundidades ámbar de los ojos de Joe. ¿Cómo había podido pensar que eran fríos? Bajó la cabeza antes de que él pudiese ver las lágrimas de anhelo.

Él comenzó a hablarle de la función y pronto se reían del lío que se había formado entre uno de los payasos y una señorita muy bien dotada de la primera fila. Compartieron los pequeños detalles del día: los problemas de Joe con uno de los empleados o la impaciencia de Tater por estar atado todo el día. Planearon un viaje a la lavandería para el día siguiente y Joe mencionó que tenía que cambiar el aceite de la camioneta. Podrían haber sido un matrimonio cualquiera, pensó Demi, hablando del día a día, y no pudo evitar sentir la esperanza de que, después de todo, pudieran resolverse las cosas entre ellos.


Joe le dijo que fregaría los platos si se quedaba a hacerle compañía, después se quejó, naturalmente, por el número de utensilios que ella había utilizado. Mientras él bromeaba con ella, a Demi se le ocurrió una idea.

Aunque Joe le había hablado abiertamente de su linaje Romanov, no le había revelado nada sobre su vida actual, algo que para ella era mucho más importante. Hasta que él le dijera a qué se dedicaba cuando no viajaba con el circo no existiría entre ellos una verdadera comunicación. Pero no se le ocurría otra manera de averiguar la verdad más que engañándolo. Decidió que quizá no había nada malo en decir una pequeña mentirilla cuando era la felicidad de su matrimonio lo que estaba en juego

2 comentarios:

  1. Ok... la imagen para esta entrada es nueva?? muy linda , no la habia visto antes; por eso la pregunta
    /
    Diooooooooooooooooooooooooooooooos me acabo de proyectar una imagen tan hermosa que falta poco para que llore...
    amigaaaa te quiero
    xoxoxox lindiiiisiiimo capi!

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  2. Kazzie, la nove esta genial, a mi amioga le gusnta niley :)
    y yo amo jemi
    ameee los caps!!
    jemi maraton, porfiisss!!!!!!!!!!!
    porfis!!!!
    saludos tkm!! :)

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..