viernes, 27 de abril de 2012

Niley 12 - Tierra de pasiones



Miley no entendía nada. Se limitaba a mirarlo, completamente desorientada. Ni en sueños había imaginado a Nick besándola así. En el pasado, había jurado que nunca la tocaría. Miley estaba ardiendo y temblando de arriba abajo. Quería tumbarse con él. Quería tocarle la piel. Quería que le besara los senos, como los hombres besaban a las mujeres en esas vergonzosas películas de madrugada de la televisión por cable que veía en secreto cuando Ashley se acostaba.

—¿Me estás escuchando? —preguntó Nick con impaciencia.
Ella apoyó la cabeza en su hombro. Le puso una mano en el pecho y empezó a acariciarlo de forma involuntaria.
—Te escucho. Este vestido me está molestando. ¿Podrías ayudarme a quitármelo...? —susurró con picardía.
—Para —dijo Nick, mirándola con enojo—. Intento hablar contigo.

Tenía los ojos entrecerrados, el cuerpo completamente dócil. Tenía la sensación de haberse fundido con él, de formar parte de él. Imaginó lo que sentiría yaciendo debajo de Nick en una cama. Las imágenes que inundaron su mente de forma inesperada la hicieron enrojecer. Nick, en la cama con ella, completamente desnudo, y ávido de deseo. Cielos, ¡moriría por hacerlo realidad!

Miley reflejaba su anhelo en su rostro. A Nick lo sorprendía que se mostrara tan receptiva a él, tan ávida. No había querido tocarla. La culpa era de Joe; maldito fuera. Lo inquietaba que Miley saliera con él, y lo molestaba que aquella repentina relación hubiera surgido delante de sus narices y sin que él se diera cuenta. Le chocaba que Joe se sintiera atraído por una mujer de la edad de Miley, y no quería que la sedujera. Tendría que hablar con él.

La observó, pensativo. Seguía temblando suavemente. Sabía cómo se sentía, porque él se sentía igual. Le dolía el cuerpo. Aquel estallido de pasión mutuo lo había tomado por sorpresa. No debería haberla tocado. Había sido un estúpido al permitir que los celos lo provocaran. Confiaba en que Miley no supiera lo bastante para advertir su reacción física. Retrocedió un poco, por si acaso.
Ella dio un paso hacia él.

—Puedo hacer una escapada a la ciudad y comprarme un negligé rojo —dijo, casi sin aliento—. Pediré uno prestado. Lo robaré. Hay una cama a solo tres metros de distancia...
—Te dije que nunca íbamos a tener una relación física de ningún tipo —replicó Nick con hielo en la voz.
—Has empezado tú —le recordó Miley con fluidez.
—Lo he hecho a propósito. Conozco a Joe —masculló—, y no puedes salir con un hombre como él sin conocer los peligros. Era una lección, Miley. ¡Nada más!

Lo miraba fijamente, mientras todos sus sueños de amar y ser amada se evaporaban. Siempre había pensado que Nick era muy melindroso con las mujeres. Pero la inocencia podía reconocer la experiencia, y supo al instante que Nick estaba fuera de su alcance. Solo había querido enseñarle la trampa que podía ser la pasión.

—¿Has oído alguna palabra de lo que te he dicho? —preguntó, exasperado.
—Unas cuantas, aquí y allá —respondió Miley, pero estaba mirándolo a los labios—. No sé si he comprendido muy bien la lección. ¿Podrías repetírmela...?
Nick inspiró con furia y apretó los labios. Notó el sabor de Miley en ellos, y eso lo irritó aún más.
—¡No, no puedo repetírtela! —gritó, encolerizado—. Escúchame, maldita sea. En noviembre pediremos la anulación, punto. No quiero casarme ni tener una familia. Me encanta mi trabajo, y mi libertad, y no pienso renunciar ni a lo primero ni a la segunda. ¿Está claro?

Saliendo del trance, Miley se apartó de él. Sí, estaba dolorosamente claro. Pero sonrió deliberadamente, de todas formas. Su voz, como su respiración, era entrecortada.

—Está bien. Será un vacío en mi educación, pero si eso es lo que quieres, no esperes que me ofrezca a desnudarme para ti nunca más. Prepararé café, si te apetece —añadió—. Joe no vendrá hasta dentro de media hora.
—Bien.
Se fue a la cocina e hizo café. Aquella pequeña tarea la calmó. Cuando dejó una taza y un plato sobre la mesa, junto con el azúcar y la leche, las manos habían dejado de temblarle.
—¿Quieres tomártelo en el estudio? —le preguntó a Nick desde la cocina.
—No. Me lo tomaré aquí —respondió, apareciendo en el umbral, y se sentó ante la pequeña mesa. Se había quitado el sombrero y se había remangado la camisa. Todavía tenía el pelo alborotado por las caricias inquietas y ávidas de Miley y su boca, como la de ella, estaba ligeramente hinchada por la intensidad del beso.

Joe se daría cuenta, pensó Nick. Quizá lo hiciera vacilar. Se preguntó por qué se sentía tan arrogante cuando la miraba, incluso posesivo, pero enseguida puso fin a aquellos pensamientos. No quería casarse. No estaba preparado para la vida familiar. Los idilios de tarde en tarde le bastaban. No quería saber nada del amor, era peligroso. Había visto cómo destruía a su padre, y sabía que las mujeres no eran estables. Su madre había abandonado a su padre. La única novia seria de Nick lo dejó, diez años atrás, cuando él se negó a renunciar a su profesión arriesgada por ella. Lo más conveniente era eludir los enredos. Miley era muy joven...

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