jueves, 10 de mayo de 2012

Niley 19 - Tierra de pasiones



Como Miley sospechaba, la cerca estaba cortada en el mismo lugar que la primera, muy cerca de los soportes verticales del alambre de pinchos. Desmontó y examinó los cortes con atención. Los alicates que habían usado en las dos ocasiones no estaban afilados y los cortes no eran limpios ni precisos.

Se dio la vuelta y, conduciendo al caballo por las riendas, suspiró con enojo, con la mirada puesta en el horizonte. Cody Linley los había robado, y lo habían despedido con razón. Pero era un hombre muy vengativo. Miley temía que no se conformara con envenenar toros y cortar alambradas. Confiaba en que Duke Wright tuviera noticias sobre los hermanos Linley cuando Zac lo llamara.
Divisó a Hob Downey en su porche y se acercó a saludar al anciano.        
    
Hob tenía más de setenta años. Había sido vaquero toda su vida, hasta que su jefe lo obligó a jubilarse. Sabía más de caballos que la mayoría de los rancheros, y era un hombre solitario. Se pasaba casi todo el día sentado en su porche, confiando en que alguien se pasara a charlar con él. Era una mina de oro de información sobre cualquier aspecto de la cría de ganado desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad. Miley iba a verlo cuando podía pero, como la mayoría de los jóvenes, el tiempo era lo que menos le sobraba.

—Hola, Hob —lo saludó.
—Venga a sentarse un poco, señorita Miley —la invitó con una sonrisa.
—Ojalá tuviera tiempo, Hob. Zac dice que esta mañana ha visto a unos tipos bajarse de una camioneta junto a nuestra cerca.

El anciano asintió.

—Ya lo creo. Andaban con mucho sigilo. No tengo teléfono, si no, la habría llamado.
—¿Se fijó si uno de ellos era alto y calvo? —preguntó Miley con cautela. El anciano hizo una mueca.
—Uno llevaba un sombrero bien calado, así que no sé si estaba calvo. Tampoco sabría decirle lo alto que era. El otro llevaba una camisa que podría haber cegado a un hombre, de lo chillona que era. Se mantuvo al otro lado de la camioneta, así que no pude verlo muy bien.

Miley suspiró.

—¿Qué me dice de la camioneta?
—Tenía una buena mancha de óxido en el parachoques delantero —contestó—. Por lo demás, era negra, con una delgada franja roja. Tenía una valla hecha a mano, sin pintar. Yo creo que iban a llevarse una vaca o dos, señorita Miley.

Tendría que averiguar si los hermanos Linley tenían una camioneta o conducían una de Wright que encajaba con esa descripción.

—Cortaron la alambrada, ¿verdad? —dijo el anciano. Miley asintió.
—Pero no deje que se corra la voz, ¿de acuerdo? — preguntó—. Podrían ser peligrosos, y usted está aquí solo.

El anciano rio entre dientes.

—Tengo una escopeta.
—No puede permanecer despierto las veinticuatro horas del día—señaló Miley.
—Alguien está furioso con usted, ¿es eso? —quiso saber Hob.
—Algo así. Gracias, Hob. Cuídese, y eche la llave por la noche.
—Usted también, señorita Miley. ¿Seguro que no quiere sentarse un rato?

Miley sonrió.

—Volveré en cuanto pueda. Ahora mismo estoy hasta arriba de trabajo con el personal de cine en el rancho. Tengo que irme.
—Había oído que iban a rodar esa película en su rancho. ¿Va a actuar?
— ¡ Yo no! — rio Miley —. Hasta pronto, Hob.
—Adiós.

Montó sobre el caballo y lo guió hacia la carretera de tierra que conducía al rancho. Era desconcertante pensar que Cody Linley y su hermano John podían ser responsables de dos intentos de mermar su ganado. No podían permitirse muchas pérdidas, a pesar de los ingresos extras que aportaría el rodaje de la película. Necesitaban cambiar de táctica o se hundirían.

La especialización, pensó, era la única respuesta al problema. Podían hacer lo mismo que Alex Oliveira y criar ganado purasangre... o, mejor aún, imitar a otros productores e intentar comercializar la carne de su ganado criado ecológicamente. Claro que eso supondría mejorar la calidad de sus métodos de producción y buscar a un comprador que quisiera carne ecológica... quizá un empresario extranjero, porque los beneficios eran muy altos, según aseguraba Justin Bieber, que vendía carne ecológica a Japón. Por eso Miley había estado sacando el ganado a los pastos, para alimentarlos con forraje en lugar de pienso... y había perdido a su toro premiado Salers en el intento.

Pero no era la hierba, o mejor dicho, los tréboles, lo que había matado al toro. Y la cerca cortada no había sido una coincidencia. Los hermanos Linley habían envenenado al animal. Miley lo sabía, aunque Nick no quisiera escucharla. Joe lo haría. ¡Y lograría demostrárselo!

Llevó al caballo al granero, y advirtió que el enorme Ford había desaparecido, lo mismo que el todoterreno de Nick. Qué alivio. Al menos, aquel día no tendría que preocuparse por la compañía.
Pero el alivio duró poco. Después de ensillar y cepillar a su montura, y de devolverle el rifle a Zac, recibió una mala noticia.

—Duke Wright no tiene ninguna camioneta negra con una franja roja —le dijo el capataz con un suspiro, retirándose el sombrero de su sudado pelo rubio. Miley hizo una mueca.
—¡Estaba tan segura...!
—Puede que la pidieran prestado —dijo. Ella enarcó las cejas.
—¿Tú crees?
—Todo es posible —la miró largamente—. Nick quería saber dónde estabas. Le he dicho que habías ido a echar un vistazo a las vacas que se habían escapado del pasto —levantó una mano—. No le he dicho que habían cortado la cerca. Ya se lo contarás tú cuando creas conveniente.
—Gracias, Zac —le sonrió—. Te debo una.

El capataz se encogió de hombros.

—No es nada. Ya les he dicho a los chicos que estén alerta por si ven algún vehículo sospechoso.
—Buena idea. Y manten el pasto al que has trasladado el ganado con vigilancia las veinticuatro horas, aunque haya que pagar horas extras —añadió con firmeza, gimiendo para sus adentros al pensar en otro gasto que no podían permitirse—. Asegúrate de que lleven rifle.
Zac asintió con gravedad.
—Lo haré.
—Y saca fotografías de cómo está la cerca ahora mismo, y guarda el alambre cortado —añadió—. Si sacamos algo en claro, necesitaremos pruebas.
—Lo guardaré en el cobertizo de herramientas.
—Gracias, Zac.

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