domingo, 3 de junio de 2012

Niley 06 - Fruto de la traición



Miley se desmayó. Al fin la presión que soportaba la venció y se dejó caer sobre el hombre que tenía a su lado.

Poco después, se despertó encontrándose en su ha­bitación, tumbada sobre la cama y con el médico incli­nado sobre ella.

-Quiero que tome esto, señora Jonas -murmuró ofreciéndole dos pastillas blancas y un vaso de agua.

Ella sacudió la cabeza y volvió a cerrar los ojos in­tentando recordar lo que había ocurrido. Recordaba ha­ber corrido por el vestíbulo y haber abierto la puerta del despacho pero no se acordaba de por qué había sentido la necesidad de ir allí. Recordaba haber visto en el despacho a Nick, a Justin y a dos policías, y recordaba cómo todos habían levantado la cabeza para mirarla al entrar ella de improviso y dirigirse hacia Nick. Luego... entonces recordó.

-¿Dónde está Nick?
-Aquí estoy.

Abrió los ojos y lo encontró inclinado sobre ella al otro lado de la cama. Su aspecto sin embargo era dife­rente, como si hubiera perdido en parte su arrogancia.

-Has tenido noticias de ellos, ¿verdad? -murmuró medio desfallecida-. Te llamaron antes de la hora pre­vista. Te dejaron hablar con mi hija -lloró.
-Tómate las pastillas, Miley.
-Quiero saber qué te han dicho -contestó ella negán­dose a tomarlas con un gesto de cabeza.
-Si te tomas las pastillas, te contaré lo que han dicho.
-Lo único que quieres es que me quede dormida. Me niego a dormir -insistió Miley.
-No son pastillas para dormir, señora Jonas. No tiene usted por qué dormir si no quiere, son sólo para re­lajarse. Le aseguro que le estoy diciendo la verdad. Comprendo perfectamente que quiera ser fuerte en un momento como éste, pero no lo va a conseguir si no es con cierta ayuda. No debe menospreciar su estado de shock, está usted a punto del colapso. Tómese las pasti­llas. Confíe en mí.

Confiar en él. Lo miró a los ojos y se preguntó si podría hacerlo. Hacía casi tres años que no confiaba en ningún hombre.

-Tómate las pastillas, Miley. Si no tendré que sujetarte para que él te ponga una inyección.

Miley se tomó las pastillas. Nick nunca amenazaba en falso y ella no era tonta. Sabía que si le inyectaban algo no iban a ser simplemente calmantes.

Cerró los ojos por unos momentos durante los cuales nadie dijo nada. El doctor permanecía a un lado de la cama y le tomaba la tensión. El silencio era tan profundo que creía oír el tictac del reloj contando los segundos.

Antes incluso de que el doctor le soltara la muñeca sa­bía que su pulso se había normalizado, que no corría a la velocidad a la que lo había hecho durante las últimas ho­ras. Sintió cómo ambos hombres intercambiaban una mi­rada y luego oyó pasos por la habitación. La puerta del dormitorio se abrió y volvió a cerrar. De nuevo estaba a solas con Nick.

-Ahora ya puedes contarme lo que te han dicho -murmuró sin abrir los ojos-. No voy a ponerme histé­rica.
-No te has puesto histérica en ningún momento -se­ñaló él-. Simplemente te desmayaste.
-Eso ya había ocurrido antes, ¿no es así, Nick?
-Sí -admitió él causándole tal sorpresa que ella abrió los ojos.
-Sólo que la última vez me dejaste caer, creo recor­dar.

Él se dio la vuelta, en principio para arrimar una silla a la cama y sentarse a su lado, pero ella sabía que lo ha­cía para no recordar la escena a la que se refería, cuando él estuvo a punto de pegarle y ella respondió simplemente desmayándose.

Aquel incidente había tenido lugar en otra casa, en otro país, en otro mundo. Y en aquella ocasión, él se ha­bía marchado y la había dejado tirada en el suelo. Desde entonces no había vuelto a verlo.

-¿Cuándo llamaron?
-Justo después de dejarte.
-¿Y qué dijeron?
-En realidad no necesitas saber qué dijeron exac­tamente -contestó él curvando ligeramente los la­bios-. Digamos que sólo querían asegurarse de que yo comprendía bien que se trataba de un asunto de negocios.
-¿De qué clase de negocios? -preguntó Miley fría­mente, sorprendida por el efecto de las pastillas-. ¿Te refieres a dinero?
-Pensé que era evidente que lo que quieren es dinero. Es de lo único de lo que dispongo en abundancia.

Ella asintió, pero sin embargo luego le contradijo:

-Es mentira. Lo que quieren no es tu dinero.
-¿Y cómo has llegado a esa conclusión? -preguntó frunciendo el ceño.
-Porque son sicilianos -explicó como si esa razón lo aclarase todo-. Si me hubieras dicho que la han secues­trado en venganza por haberles estropeado tú un nego­cio importante, te habría creído. Pero si me dices que es sólo por dinero no te creo.
-¿Es que todavía sospechas de mí? -preguntó con frialdad.

Miley hubiera sonreído si hubiera podido ante aquella pregunta, pero la tensión se había convertido por efecto de las pastillas en debilidad, y sólo podía permanecer tumbada.

-No, de ti no, de tu padre.

La expresión de Nick se endureció. Todo rastro de amabilidad hacia ella desapareció de pronto.

-Deja en paz a mi padre.
-Me gustaría poder hacerlo, pero no puedo. Le con­trariaste cuando te casaste conmigo y nunca me perdo­nará. Además, aún sigues contrariándolo al no querer di­vorciarte para buscar otra esposa. ¿Cuánto tiempo crees que está dispuesto a aguantar una situación como ésa un hombre con su orgullo? Al final ha decidido tomar car­tas en el asunto.
-¿Raptando a tu hija? ¿Y cómo crees que va a conse­guir con eso que haga lo que él quiere?
-Ha conseguido traerte aquí, ¿no? -contestó con un brillo de cinismo en los ojos-. Ha conseguido que ven­gas aquí a enfrentarte con el error que cometiste y que te has negado a aceptar durante tres años.
-Si esas son las tácticas de mi padre -rió-, entonces ha cometido un grave error. Lo que es mío es mío, y siempre lo conservaré. Aunque nunca en la vida vaya a poner un dedo sobre ti, no estoy en absoluto dispuesto a permitir que ningún hombre obtenga ese privilegio.
-¿Es esa tu vendetta particular, Nick? -preguntó ella sintiendo un escalofrío.
-Si quieres llamarlo así.
-Entonces quizá debas informar a tu padre de lo que opinas.
-No hace ninguna falta, él ya lo sabe. Y aunque esté deseando que llegue el día en que vea a su hijo desha­cerse de su mujer para tomar otra esposa no está en con­diciones de hacer nada al respecto -Nick se levantó y volvió a poner la silla en su sitio. Luego se dio la vuelta para mirarla. Su rostro era de nuevo frío e impenetra­ble-. Ya ves, hace seis meses sufrió un ataque al cora­zón. Está tan débil de salud que tiene que permanecer en una silla de ruedas. Apenas puede hacer nada por sí mismo, y menos aún planear algo como esto -de pronto se inclinó sobre ella con un gesto serio-. Así que guár­date tus odiosas insinuaciones para ti sola, Miley. Una cosa es que te atrevas a insultarme a mí con tus opinio­nes sobre mi familia, y otra muy distinta que te metas con mi padre. Déjalo a él aparte. ¿Está claro?
-Sí -susurró ella atónita por las noticias. ¿Paúl enfermo en una silla de ruedas?, Se preguntó incrédula-. Lo siento.
 
Su lástima era sincera, pero no la sentía por aquel hombre reducido por la enfermedad, sino por Nick, que lo adoraba.

-No necesito tu lástima. Me basta con que te muer­das la lengua antes de volver a decir nada sobre él.

2 comentarios:

  1. hay problemas ....
    problemas
    ...
    que dilema con miley y nick...
    me encantoooo
    lo que es mio se mio y siempre lo conservaree...
    me encanto su frase

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  2. hahahhaha...
    Miley y su preocupación de madre... hay que entenderla
    esta super emocionante....
    Nick se inspira en odio y gracia:
    >>...Me basta con que te muerdas la lengua...<<
    siguela siguela siguela!!!

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Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..