sábado, 28 de julio de 2012

Niley 25 - Fruto de la traición



Aquella respuesta acrecentó su miedo. Pensaba en Paúl, se preguntaba hasta qué punto aquello era obra suya. ¿Habría sido él quien la había contratado? ¿Lo ha­bría hecho para que Lily consolara a la niña cuando hubiera conseguido echarla?

-No necesito que ninguna niñera me ayude -contestó comenzando a tartamudear-. Ya... ya viste lo... lo que pasó cuando... cuando contrataste a una ni... niñera la última vez. Secuestraron... a Destiny del... delante de sus narices.
-¿Por qué estás tartamudeando?

«Porque estoy asustada», pensó Miley.

-Nick, por favor... ¡No me hagas esto! ¡No reduzcas mi importancia como madre! ¡No necesito a Lily! ¡No... estaré aquí... tanto tiempo como para... necesi­tarla!
-¡Dios! -respiró él con los ojos de pronto oscureci­dos de asombro-. ¡Estás aterrorizada! ¿No es eso?
-¡Déjame... que me quede aquí... tranquila en esta suite hasta... que nos... mandes de vuelta a Londres... por... favor!
-¿Pero de qué estás asustada? -preguntó ignorando su súplica-. ¿Es que crees que por el hecho de que los secuestradores sean sicilianos no voy a ser capaz de protegerte aquí? -preguntó alargando un brazo para darle confianza-. Pues te equivocas, ¿sabes? Este lugar está construido como una fortaleza. No se mueve nada ahí fuera sin que nuestras cámaras electrónicas lo capten.
-Nick... -susurró dando un paso hacia él y poniendo una mano sobre su pecho. No era un gesto para hacerlo claudicar, no estaba intentando utilizar sus poderes fe­meninos para conseguir que él hiciera lo que quería. Sencillamente estaba demasiado nerviosa como para darse cuenta de lo que hacía-. Escúchame... Ni yo quiero estar aquí ni tú quieres que ninguna de las dos es­temos aquí. Si crees que te va a ser imposible proteger­nos en Londres cambiaré de nombre... Me cambiaré de identidad si es necesario. Llévanos a Londres y te juro que desapareceré de tu vida de inmediato. Nunca más volveremos a molestarte.
-Tú... quieres mucho a la niña, ¿verdad?
-¡Es mi vida!
-¿Y a su padre? ¿Lo amabas con la misma fuerza?

Aquello era ya demasiado, pensó Miley. Cerró los ojos intentando contener la angustia y deseando poder apo­yar la cabeza contra aquel amplio pecho.

-Sí -respiró.

Él se alejó de ella un paso volviéndose hacia la ven­tana y dejándola a ella temblando con los brazos aún en alto.

-¿Y él te amaba a ti?
-Creo que sí.
-¿Y entonces por qué nunca hizo nada por consegui­ros a las dos?
-Porque él nunca pudo estar seguro de ser el padre de mi hija y su orgullo le impedía aceptar al bebé de otro hombre.
-¿Entonces podría ser mía?

«¡OH, no! No me hagas esa pregunta ahora. Ahora no me atrevo a contestarla con sinceridad», pensó Miley. En lugar de responder dijo casi en un murmullo:

-Nick, necesito salir de aquí. No puedo soportar este lugar, nunca pude soportarlo.
-¿Eras tan infeliz?
-Sí.

¿Cómo no iba a serlo, si él no estaba nunca con ella? Se dejó caer sobre el sofá deseando que aquella conver­sación entre ellos dos nunca hubiera comenzado. Él no respondió. El silencio lo llenó todo.

-No puedes marcharte.
-¿Qué significa eso exactamente?
-Simplemente eso, que no puedes marcharte. El riesgo es demasiado grande. Puedo garantizar tu seguri­dad aquí, pero no en Londres. Tendréis que quedaros aquí las dos.
-No, no quiero quedarme.
-No tienes alternativa, no te estoy dando a elegir.
-¡El hecho de que no quieras divorciarte de mí no significa que seas mi dueño, Nick! -gritó Miley po­niéndose en pie-. ¡Yo decidiré qué hacer! ¡Prefiero aceptar el riesgo y marcharme a Londres que volver a vivir otra vez bajo este techo!
-¡Hablas como si hubieras sido tú la que fuiste trai­cionada!
-¡No me volverás a hacer pasar por la misma situa­ción una segunda vez!
-Quizá merezcas ser infeliz.
-Pero mi hija no. Ella es inocente. Si castigas a la madre, castigarás a la hija. ¿Es que vas a ser capaz de ser así de cruel? ¿Tan sediento de venganza estás?
-No busco la venganza. Es sólo un problema táctico, no soy yo el que decide. Esta casa es fácil de vigilar. Por eso de ahora en adelante vivirás aquí. ¿Comprendes?

Comprendía perfectamente. El amo y señor había ha­blado, y ése era el fin de la discusión.

-Pero no tengo por qué cenar contigo, antes prefiero morir de hambre -respondió desafiante sentándose en el sofá y dándole a entender que al menos en ese punto no se iba a rendir.
-Eso es infantil.
Cierto, pensó Miley. Pero no estaba dispuesta de nin­gún modo a sentarse a la mesa con Paúl Jonas.
-Estoy cansada. No tengo ganas de vestirme y fingir que soy feliz contigo y con tu padre en la mesa. ¿Es que no puedes concederme eso siquiera?
Él suspiró dejando escapar parte de su rabia. Y des­pués, para su sorpresa, cedió.
-Necesito hablar con Lily antes de marcharme. Luego mandaré que te traigan algo.
Y diciendo eso, se alejó hacia el dormitorio. Miley sin­tió una extraña y frustrante sensación de abandono, aun­que no sabía por qué. Ni quería saberlo.

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hola chicas, espero que esten bien, Mary de mi vida no creo que regrese a guayaquil para la operacion creo que la haran aqui en salinas en el hospital naval... me asusta un poco pero es por mi bien, lo malo es que aun no se cuando me operan...

como estan chicas, uhh saben me e sentido un poco mal estoy teniendo pocos comentarios y ya saben que sus comentarios siempre me alegran y bueno las extraño muchisimooo

me senti un poco bueno no mucho muy decepcionada por la infidelidad de kristen no se nunca la crei capaz de hacer algo asi, no comparto lo de ser infiel si alguien mas te gusta termina la relacion que tienes y bueno a partir de ahi haz lo que desees en fin me imagino a robert muerto de coraje decepcionado y humillado,....

e estado leyendo asi que voy a empezar a comentar en sus blog :)
las quiero millon
besos y cuidense

Niley 24 - Fruto de la traición



Miley se interrumpió. Iba a decir «un hombre con­fuso». Sin embargo no terminó la frase, se quedó ató­nita. Nick nunca en su vida había estado confuso. Para él las cosas eran blancas o negras. La confusión re­sidía en aquellas zonas grises que él simplemente no re­conocía. Y esa era la razón por la que su matrimonio ha­bía sido tan difícil. Porque Paúl, conociendo a su hijo, había nublado cuidadosamente todo lo relacionado con ella creando zonas grises en las que reinaba la con­fusión y la falta de entendimiento.

Igual que estaba haciéndolo en ese momento, pensó. Hubiera deseado saber qué quería el anciano en esa oca­sión. Sabía por instinto que quería algo. ¿Pero qué? Se preguntó. ¿A su hija, quizá?

Sin embargo nunca podría quedarse con Destiny sin ha­cerle a Nick creer que él era su padre. Y entonces ten­dría que hacerle dudar que ella fuera una adúltera y toda la verdad saldría a la luz. ¿Se atrevería Paúl a arriesgarse a que se supiera la verdad?, Se preguntó. ¿Se atrevería a arriesgarse a que su hijo descubriera lo que había hecho? ¿O tendría otro plan? ¿Intentaría convencerlo, de que Destiny era su hija sólo por pura casualidad y no debido a su fidelidad?, Se preguntó. En ese caso Nick reclamaría a la hija y rechazaría a la madre.

Aquel pensamiento la hizo temblar. Temblaba de miedo, sabía lo que significaba enfrentarse a Paúl.
Blanco y negro. Para Nick todo era blanco o ne­gro. Y Paúl tenía un punto a su favor: ella era inca­paz de demostrar que nunca había tenido un amante.

-¿Señora? -dijo Lily, de pie a su lado-. La bambina. Por fin duerme tranquila cuando la abraza su madre.

Estaba dormida. Miley miró para abajo sorprendida al descubrir lo rápidamente que se había dormido Destiny. Al fin respiraba serena, a salvo con su madre. Las lágrimas invadieron sus ojos, lágrimas de amor y de miedo a una pérdida.

-No llore, señora... Ahora está a salvo. El señor Nick se ha ocupado de ponerla a salvo, no tiene que pre­ocuparse ya más.

Sí, era cierto, por fin estaba a salvo. Pero a pesar de todo sospechaba que, en lugar de acabarse, sus preocu­paciones no habían hecho más que comenzar. Paúl quería a su nieta y no quería a su madre. Había sido muy inteligente al llevárselas a ambas a Sicilia con las bendi­ciones de Nick. ¿Acaso su siguiente movimiento con­sistiría en hacer que ella se marchara mientras Destiny se quedaba?, Se preguntó.

*******

Desde el momento en que entró en el dormitorio Miley supo que aquellas pisadas eran de Nick. Cómo, no lo hubiera podido decir. Tres años antes él era su único aliado en una casa llena de enemigos. Ni siquiera el servicio la había tratado con el debido respeto. Y, para ser sinceros, lo cierto era que ella no había sabido enfren­tarse al problema. Se había sentido intimidada, pero eso ya había pasado. En algún momento durante ese tiempo había madurado.

Como con Lily, por ejemplo. Fuera por su manera de comportarse decidida o porque ella era nueva al ser­vicio de los Jonas lo cierto era que Lily hacía lo in­decible para que ella se sintiera cómoda. No dejaba que nadie entrara en la habitación y siempre iba a abrir la puerta.

-Toda la casa entera ha estado esperando noticias so­bre su hija, señora Jonas. Ahora que está a salvo todos quieren darle la enhorabuena. Pero no se preocupe, usted quédese tranquila con la niña, yo me ocuparé de todo.

Y para su propia sorpresa, Miley había comenzado a sentirse cómoda.

Cuando Destiny se despertó sintiéndose hambrienta fue Lily la que la ayudó a calmarla y cuidarla y cuando, como todos los niños, Destiny, pletórica de energía, quiso jugar sin descanso fue también Lily quien las acom­pañó a la playa. Las tres estuvieron una hora en la playa a última hora de la tarde jugando sin miedo a quemarse por el sol. Se bañaron y construyeron un castillo de arena y Miley sintió que su corazón se contraía al ver a su hija feliz. Había estado tan cerca de no volver a verla...

Subieron las escaleras de vuelta. Destiny saltaba de la mano entre Miley y Lily hasta que, por fin, se fue can­sando y terminó por subirse en brazos de su madre. Lily subía tranquilamente a su lado. Su presencia resultaba reconfortante.

Aquello había sido hacía horas, sin embargo. El sol se estaba poniendo y Destiny estaba dormida en su cuna, al lado de la cama de Miley. A pesar de que le había dicho a Lily que ya no la necesitaba se había sentado junto a la cuna y no quería moverse. Al final le había dejado que se quedara retirándose ella hacia el pequeño saloncito de la habitación y sentándose en el sofá a ver la puesta de sol. Se sentía desfallecer de cansancio. La tensión de los últimos días comenzaba a vencerla.

-Tu aspecto es horrible -dijo Nick acercándose a ella.
-Y a mí me hace sentirme mejor oírtelo decir.
Él suspiró ante su sarcasmo acercándose hacia la ventana para ver la puesta de sol.
-¿Está más tranquila la niña?
-Sí, aunque no haya sido gracias a ti -suspiró ce­rrando los ojos y recordando.
-Lo siento si... la he asustado, pero debes entender que para mí también era... difícil la situación.
-Bueno, en ese caso te alegrará saber que nos senti­remos muy felices de volver a Londres en cuanto quie­ras mandarnos.
-¿Tanta prisa tienes por marcharte?
-Cuando antes nos vayamos, antes se acabará esta si­tuación.
-Desearía que fuera así de sencillo.
-Lo es. Sólo tienes que llamar a la limusina y man­dar preparar el avión. Te prometo que nos iremos.

Nick no dijo nada. Su atención parecía fija en la sorprendente vista del cielo rojo y el mar azul. Entonces se volvió y la miró.

-La cena estará lista en una hora. ¿Crees que podrías hacer un esfuerzo para lavarte y vestirte con otra ropa y bajar a cenar? Comprendo que tu aspecto sea de cansan­cio, pero podrías cambiarte de ropa.

Miley aún llevaba la ropa del viaje, él en cambio se ha­bía cambiado.

-La culpa de mi aspecto la tienes tú. Has sido muy amable haciendo mi maleta, pero sólo has metido ropa de alta costura. Supongo que es lo que un hombre como tú espera que lleve una mujer. No hay nada de ropa de dia­rio ni para el clima de Sicilia. No tuviste en cuenta que voy a estar todo el tiempo con una niña. Y encima se te ha olvidado la ropa interior y los artículos de tocador.
-Así de mal lo he hecho, ¿eh? Es que no estoy acos­tumbrado a hacer maletas.
-Eso está claro -sonrió a su pesar-. La maleta de Destiny en cambio la hiciste mejor. Aunque supongo que ha sido simplemente porque debiste de vaciar los cajones. Bueno, y te acordaste de Dandy. Eso ha sido un detalle por tu parte. La expresión de su rostro cambió por com­pleto cuando lo vio.
-¿Y qué, me pregunto, podría cambiar la expresión del tuyo?

Miley se ruborizó y luego se puso pálida para por fin echarse a temblar. Su tono de voz suave y provocativo le retumbaba en los oídos.

-Si no te importa, cenaré aquí en mi habitación.
-Cenarás en el comedor como se acostumbra en esta casa -ordenó olvidando el tono de voz anterior.
-No dejaré a Destiny aquí sola. Se puede despertar y asustar.
-Pero Lily está con ella, ¿no es así?
-Sí. Pero Lily no es su madre. Ya ha tenido bastante como para que encima ahora se despierte en una habita­ción extraña y se encuentre con una mujer extraña y sin su madre.
-La casa está equipada con un sistema interior de comunicación. Lily te puede llamar y tú estar a su lado en cuestión de segundos.
-Pero esos segundos pueden ser horas de agonía para una niña.
-¡Basta ya! ¡Esto es una estupidez! La niña está a salvo, conoce a Lily. Sabe que su madre acepta a Lily y que puede confiar en ella. Te has pasado la tarde construyendo esa confianza en ella. Ahora debes confiar en que Lily va a hacer bien su trabajo mientras tú...
-¿Su trabajo?
-Sí. He contratado a Lily sólo para que cuide de la niña.
-¿Quieres decir como niñera? -preguntó Miley sin­tiendo un inmenso miedo en su pecho de pronto.
-Sí.

Niley 23 - Fruto de la traición



Recostada contra su pecho tenía a una niña sin nada más que un pañal y una camiseta de algodón. Apoyaba la cabeza contra su hombro y lo abrazaba por el cuello.
Por un momento se le empañaron los ojos. Su hija, su única hija, se abrazaba a su peor enemigo como a una roca de la que dependiera.
Entonces aquella cabeza cana se volvió y los ojos dorados de viejo cazador buscaron los de ella. Su expresión le heló la sangre en las venas.

Expresaban posesión, una posesión fiera. Por fin Miley comenzó a comprender. Era a su hija. En su enfer­medad, Paúl había visto próxima la muerte. Se había soñado a sí mismo en su lecho de muerte sin haber tenido la oportunidad de abrazar a su nieta. Ya no tenía importancia alguna que esa niña fuera de Miley. La que­ría. Y lo que Paúl Jonas quería lo conseguía, aun­que tuviera que robar para ello, aunque tuviera que soportar a la mujer que odiaba. Quería a Destiny. En su mente ya no cabía duda alguna de que había sido Paúl quien la había raptado.

-¡No! -gritó Miley de pronto de forma instintiva en­caminándose hacia él y viendo horrorizada cómo él se abrazaba a su hija en un acto convulsivo negándose a aceptar la separación.
-¡Ella no quiere estar con nadie más que conmigo! -exclamó Paúl con expresión de triunfo-. ¡Mira cómo se abraza a mí, míralo!
-¡No! -gritó Miley de nuevo negándose a aceptarlo y negándole su derecho a sentir aquello por su hija tal y como él se lo había negado a su propio hijo.

Entonces la niña, como si hubiera notado la cercanía de su madre, suspiró temblorosa contra el hombro de Paúl llamando la atención de su madre. Y de pronto Paúl fue relegado al olvido. Nick, tenso aún en el umbral, fue igualmente relegado al olvido. Miley lo ol­vidó todo al ver cómo su hija, con sus rizos rubios, gi­raba lentamente la cabeza y miraba hacia arriba, a su madre, dejando escapar otro suspiro y levantando un brazo hacia ella.

Se inclinó, agarró a la niña y la abrazó poniendo una mano sobre su espalda y la otra sobre su cabeza. La niña se acurrucó contra ella abrazándola y hundiendo el ros­tro en su pecho. Y entonces nadie se movió. Nadie ha­bló. Miley simplemente se quedó en pie con los ojos cerrados y la mente en blanco. Lo que sentía era algo tan profundo que no se mostraba en su rostro.

Era como ser testigo de la unión más espiritual que la vida puede ofrecer. Y nadie que lo viera po­día dejar de conmoverse. Ni Paúl, que bajó la cabeza sacudiéndola como si aquello le doliera, ni la mu­jer de pelo oscuro que estaba callada en un rincón, cuyos ojos se llenaron de lágrimas, ni Nick, que tuvo que ce­rrar los ojos para que no se le rompiera el corazón.

El tiempo fue pasando y nadie se movió. Por fin la niña levantó ligeramente la cabeza con el ceño fruncido y miró a su madre con una expresión de condena.

-No gustan aviones.

Entonces le fallaron las piernas, sin previo aviso. Era como si la voz de su hija hubiera funcionado como un resorte que rompiera el control que había estado ejerci­tando sobre sí misma y simplemente se desmoronara.

Paúl lo vio y levantó un brazo instintivamente ha­cia ellas haciendo un gesto de aviso. Nick abandonó su postura de estatua junto a la puerta y se abalanzó hacia ellas de modo que en lugar de caer al suelo su pe­queño y delgado cuerpo se apoyó en el de él y los tres quedaron abrazados mientras la tensión llegaba a un punto culminante en su rostro.

La niña elevó la vista hacia su madre y miró por pri­mera vez en su vida las líneas duras del rostro de su padre.
El luminoso azul se encontró con el café. Y mien­tras Miley libraba una batalla interior a su lado tuvo lugar una comunicación entre padre e hija que hizo reír sofocadamente a Paúl y apretar los dientes a Nick tras sus labios tensos.

Porque aquella niña era sin ninguna duda de Miley. Te­nía su suave y dorado cabello, sus deliciosos labios, su piel delicada y pálida y sus enormes y preciosos ojos azules. No había en ella ni rastro de origen siciliano, ni siquiera una sola señal del inglés de cabello oscuro con el que Miley lo había engañado. La niña parecía un ángel, cuando lo cierto era que su aspecto hubiera debido ser el de un dia­blo. Su primer impulso fue el de soltarlas a ambas.

-¡Sujeta a la niña, deprisa! -dijo Nick en un in­tento por liberarse de la violenta emoción que lo domi­naba.
Sus sentimientos debieron de reflejarse claramente en la expresión de su rostro, porque la niña torció la boca y abrió mucho los ojos asustada y llena de lágrimas.
-¡Más hombres malos! ¡Quédate conmigo, mamá! ¡No más hombres malos, mamá! -lloró abrazándola-. ¡Abuelo!

¿Abuelo?, Recapacitó Miley abriendo de pronto los ojos.

-¿Qué diablos...? -murmuró Nick, poniéndose tenso tras ella.
-Necesitaba confianza -se defendió Paúl-. Se la di del único modo que se me ocurrió.

Era un mentiroso, pensó Miley acusándolo con la ex­presión de sus ojos. En un brote de ira repentino se soltó de Nick y abrazó a su hija protectoramente mientras miraba a ambos hombres reflejando en sus ojos la con­dena.

-Sois mala gente -susurró tensa.

Luego se dio la vuelta y salió por el balcón hasta la terraza a tomar el aire.

-¡Miley! -gritó Nick con voz autoritaria haciéndola parar en medio de la terraza y agarrándola del brazo-. ¿Adónde diablos crees que vas?
-Déjame que me marche -susurró.
-¡No seas estúpida!
-¡Pero ya lo has visto, Nick! -dijo volviéndose para mirarlo-. ¡Fue él quien lo hizo! Él fue quien lo pla­neó todo por razones puramente egoístas. Y...
-¡Cállate! Te avisé que no volvieras a repetir esas acusaciones.

Él no se daba cuenta, pensó Miley desesperada. Nunca vería a su padre tal y como era. El tono fuerte de su voz hizo que Destiny levantara la cabeza y lo mirara volviendo de nuevo a gritar asustada.

-¡Hombre malo otra vez!
-¡Nick! -lo regañó Paúl inesperadamente-. ¡Estás asustando a la bambina!.
 Destiny seguía llorando mientras Miley permanecía en pie temblando de rabia ante la sola idea de que su niña, de que cualquier niña, tuviera que experimentar la maldad humana.
 -Mi padre tiene razón, estamos asustando a la niña -dijo apretándole el brazo-. Vuelve adentro. Todos esta­mos nerviosos. Ven...

Su mano la urgía a entrar. Renuente, lo hizo al fin dándose cuenta que por el momento no tenía elec­ción. Ambos tenían razón; estaban asustando a la niña. Destiny ya había sufrido bastante, no necesitaba que la acti­tud hostil de su madre la confundiera aún más. Pero al llegar a donde estaba Paúl, sentado tenso sobre su si­lla de ruedas, paró un momento y lo miró expresándole con los ojos que lo sabía todo.

Aquello ojos de cazador la miraron y luego se suavi­zaron para mirar a la niña y sonreír. La niña respondió de inmediato a su sonrisa.
-¡Abuelo! -exclamó afectuosa haciendo que Miley casi volviera a perder el control.
El tono de voz era tan cariñoso que le afectó incluso a Nick, quien seguía agarrándola y urgiéndola para que entrara.

-Eres un idiota, Nick, siempre lo has sido en lo que concierne a tu padre.
-Siéntate -respondió Nick autoritario ignorando el comentario y empujándola para que se sentara en una silla-. Ésta es Lily -Miley la miró. Sonreía nerviosa. No era mucho mayor que ella, pero sus ojos y su cabello os­curo eran típicamente sicilianos-. Lily está aquí para atenderte. Comenzará por subir tu equipaje. Te sugiero que intentes tranquilizarte y tranquilizar a la niña. ¿Pa­dre...? -añadió volviéndose hacia Paúl-. Necesita­mos hablar.

Para sorpresa de Miley un Paúl renovado, obe­diente y sumiso, se retiró accionando los mandos eléc­tricos de su silla. Entonces se hizo el silencio. Destiny le­vantó el rostro del pecho de su madre.

-¿Hombre malo ido?
Miley se recostó sobre el respaldo de la silla y la acarició.
-No es un hombre malo, Destiny, es sólo...

Niley 22 - Fruto de la traición



El avión privado de los Jonas aterrizó en el aero­puerto de Catania a mediodía y los dejó en un extremo de la pista de aterrizaje, lejos de la terminal pública. Era el poder del nombre de Jonas. Salió a recibirlos el ofi­cial de aduanas, y Nick estuvo hablando con él. El cansancio era evidente en todas las líneas de su rostro a pesar de que se había dormido durante todo el trayecto.

No obstante la hostilidad que seguía existiendo entre ellos Miley sintió pena por él. Cuarenta y ocho horas an­tes él estaba en Nueva York, y desde entonces había cru­zado el Atlántico, se había enfrentado a una crisis y ha­bía volado otros cuantos cientos de kilómetros hasta allí.

-Vamos -dijo Nick poniendo una mano sobre su espalda.

Su contacto le produjo una sensación de cosquilleo en toda la piel. Se había quitado la chaqueta al entrar en el avión y sabía por experiencia que en Sicilia no le ha­ría falta ponérsela, pero habría deseado llevarla en ese momento. Habría preferido asfixiarse que sentir el contacto de su mano tan cerca de la piel.

No era una sensación repulsiva lo que sentía, ni mu­cho menos. En las pocas horas en que había vuelto a es­tar en su compañía sus sentidos se habían acostumbrado de nuevo al maestro y señor de su cuerpo. Y lo reclama­ban excitados, de eso no cabía duda.

Ésa era la humillante verdad, y no le resultaba fácil vivir con ella. ¿Acaso tenía razón Nick cuando dijo que estaba sedienta de un hombre?, Se preguntó.

Esperaba que no fuera así. Esperaba que aquella fuera simplemente una breve reacción a la presión bajo la cual había estado viviendo en los últimos días. Por­que era una cuestión de orgullo, no quería sentirse atraída por el hombre que la había herido profundamente.

Hacía un día típicamente siciliano. El aire era ca­liente y seco y el sol quemaba en un cielo azul. Un co­che los esperaba, una limusina blanca brillando al sol. Nick la hizo entrar y luego se sentó a su lado.

Pero ninguno de los dos habló. Ambos estaban ten­sos. Miley se preparaba para el momento en que volviera a encontrarse con su hija, impaciente y nerviosa al mismo tiempo. Se quedó mirando la costa soleada por la que pasaban y frunció el ceño. No sabía cómo iba a reaccionar él ante el primer encuentro con la niña, con la prueba más palpable de la traición de su mujer.

Vio la casa nada más girar en una curva. Se levan­taba a medio camino en la pendiente escarpada del va­lle. El corazón le dio un vuelco al reconocer la edifica­ción de paredes blancas llenas de flores y plantas que se articulaba en distintos niveles con terrazas siguiendo la inclinación de la falda de la montaña hasta la playa.

De pronto dejó de verla al entrar en una especie de túnel hecho de árboles que cubrían el camino, no lejos de la casa. Era el único acceso a ella, exceptuando por mar. Era un lugar hermoso, privado e idílico. Una mura­lla alta y blanca se elevaba tras los árboles, con dos sólidas puertas de madera pintadas de azul como única nota de color. El coche paró y las puertas se abrieron. Luego comenzó a moverse de nuevo hasta llegar a un patio de vivos colores con olivos que daban sombra y una pe­queña fuente.

Miley suspiró tensa. Sintió que Nick miraba en su dirección, pero no le prestó atención. Aquel precioso lu­gar era el centro de todas sus pesadillas. Necesitaría concentrarse si quería mantener el control. Destiny, se dijo a sí misma. Sólo debía pensar en Destiny.

El coche paró y el conductor le abrió la puerta. Sus sentidos estaban inundados por la fragancia de las flores y la paz del lugar, pero no eran más que otras emociones a las que debía combatir.

El aspecto de la casa por la parte de atrás era humilde comparado con la impresionante fachada principal. Era una pared blanca con pequeñas ventanas y contraventa­nas azules bajo un tejado de tejas color terracota. Las puertas azules, gemelas, permanecían abiertas en señal de bienvenida. Miley apretó los dientes e intentó caminar. Una cigarra cantó entonces, desde algún escondite en un árbol.

No había ningún otro ruido. Nada. Tendió la mano en un gesto inconsciente y encontró otra mano más cá­lida, más fuerte, que se cerró presionando sus dedos. Entró en un vestíbulo cuadrado y fue ajustando los ojos a la escasa luz interior.

Le resultaba todo muy familiar. Los cuadros de las paredes, la mezcla de exquisito gusto de muebles en co­lores oscuros, los adornos, las flores. Y el ama de llaves esperándolos, en pie, con una expresión dura.

Pero su hija no estaba allí para darle la bienvenida. Miró a Nick con los ojos inquisitivos y ansiosos. Él dio un paso atrás y habló en voz baja con el ama de lla­ves. Luego se dio la vuelta y la agarró de la mano.

-¿Dónde...?
-Por aquí.

Tenso, la llevó calzando el vestíbulo y pasando bajo un arco hasta una de las muchas escaleras de piedra de la casa, de varios pisos. En el piso de arriba estaban las cocinas, garajes y las habitaciones de la servidumbre.

Luego estaba el piso en el que la familia Jonas hacía las recepciones formales, los salones. Debajo, la planta dedicada al imperio Jonas, con oficinas y todos los equipos necesarios. La siguiente planta estaba dedicada a los aposentos de la familia, le seguía la dedicada a las habitaciones de invitados y por último los salones de re­creo donde estaban las únicas televisiones de toda la casa y las terrazas ajardinadas que daban a la playa, unos doscientos escalones más abajo. Miley había con­tado esos escalones en una ocasión, en uno de esos lar­gos períodos en que Nick no estaba y ella huía de la compañía de su padre.

Mientras Nick la guiaba sus piernas temblaron. Los recuerdos, avivados por el lugar, comenzaban a in­vadirla. Recuerdos de una preciosa habitación con una cama con dosel y un hombre desnudo en ella, moreno sobre sábanas blancas. Un hombre al que le encantaba simplemente estar ahí tumbado mientras la observaba moverse por la habitación, cepillarse el cabello, cuidar su cutis...

-¿Miley?

Se había detenido sin darse cuenta, sólo fue cons­ciente de ello al oírle decir su nombre. Entonces volvió a la realidad con una expresión de dolor. El mismo hom­bre que había estado recordando desnudo la observaba, era el mismo pero no era el mismo. Aquél tenía una expresión de perezoso placer, éste un gesto duro y frío.

-Por aquí -dijo invitándola a seguir bajando la esca­lera.
-Pero... -objetó ella.

Entonces comprendió. Había supuesto que Destiny esta­ría en uno de los dormitorios de la familia. Qué estúpida e ingenua había sido, pensó. Seguramente, habrían acomodado a Destiny en una de las habitaciones de los invita­dos, en la siguiente planta. No pertenecía a la familia, igual que ella, no lo era en el verdadero sentido de la pa­labra.

Bajó la cabeza para que Nick no viera la expre­sión de ironía de su rostro y lo siguió. Bajaron a la si­guiente planta en silencio y allí, tal y como había espe­rado, la llevó hasta uno de los dormitorios. Al llegar a la puerta Nick hizo una pausa como si tuviera que pre­pararse para entrar. Miley hizo lo mismo.

La puerta se abrió. Miley se quedó inmóvil al lado de Nick. Su corazón, sus pulmones, todo en su interior se paró al ver lo que se presentaba a sus ojos. Al otro lado de la habitación, junto a uno de los balcones abier­tos a la terraza, había un hombre. Su pelo, negro, estaba más cano de lo que recordaba y su figura, en otra época imponente, se veía disminuida por su estado en una silla de ruedas. Pero no sólo el hombre llamaba su atención: también le extrañó lo que tenía en los brazos.