sábado, 7 de julio de 2012

Niley 15 - Fruto de la traición



Por primera vez desde que él había vuelto a entrar en su vida en aquella segunda ocasión Miley pudo ver al Nick al que estaba acostumbrada, el que no la desga­rraba con la mirada, el que la miraba incluso con ter­nura.

Una ternura que se reflejó también en la forma en que él le soltó la muñeca para acariciar su pálida mejilla con los dedos.

-Cuando me casé contigo lo hice en contra de los de­seos de mi padre. Eso, a sus ojos, te convierte en la pieza más preciada de mis posesiones -hizo una pausa para mirar en sus ojos, que expresaban confusión. Luego sus­piró y añadió-. Con la niña es suficiente. Ellos saben que es suficiente pero tenerte a ti también les vendría bien, supondría una presión mayor para obligarme a ha­cer lo que quieren.
-Pero vas a hacer lo que quieren, ¿verdad? No irás a arriesgar la vida de Destiny, ¿no?
-¿Pero quién crees que soy yo? -contestó con un bri­llo repentino de ira en los ojos-. ¿Un monstruo sin sen­timientos? ¡Por supuesto que no voy a poner su vida en peligro!
-¿Y entonces por qué me asustas diciéndome eso de que mi vida puede estar en peligro?
-¡Porque ya me han hecho amenazas al respecto, maldita sea! -gruñó tirando de ella para acercarla y pre­sionarle la cabeza contra su pecho sin poder evitarlo-. ¡Cómo se atrevan a tocarte, los mataré! ¡Los mataré a todos, uno por uno!
-Sin embargo por la niña no sientes lo mismo -co­mentó ella alejándose de él con seguridad.
-¿No es suficiente el que pueda sentirlo por una es­posa que me ha sido infiel? -preguntó amargamente.
-No, no es suficiente -contestó ella entrando en el cobertizo.
-No me das cuartel, ¿verdad? -preguntó él siguién­dola.
-No. ¿Por qué iba a hacerlo cuando tú no me lo das a mí?
-Pero yo os mantengo a las dos, Miley, cuando lo que tenía que haber hecho era dejaros morir de hambre en la calle.
-¿Y por qué no lo haces? -lo desafió mirándolo a la cara-. Sólo estás protegiendo tu propio orgullo, Nick. Eso no es generosidad, no lo haces por nosotras. Lo haces por ti, así que si esperas gratitud eterna puedes irte olvidando. No nos estás haciendo ningún favor deján­donos vivir aquí. Y en todo caso, si te hago responsable de algo es de no habernos protegido adecuadamente cuando sabías que nuestras vidas estaban en peligro.
-Eres increíble, ¿lo sabías? -rió incrédulo-. No es de extrañar que sigas conservándote tan bella cuando te es­cudas de toda culpa ante los demás. No dejas que tus errores se fijen en tu rostro en forma de arruga, ni la más mínima, ¿verdad? Seguro que es una receta magnífica para la eterna juventud.
-¿Y cuál es la receta de la tuya? -preguntó ella que­dándose luego inmóvil al darse cuenta de lo que había dicho.

El se quedó inmóvil también, callado. No hacía ruido, ni siquiera al respirar. Estaba recapacitando sobre el error que ella había cometido. Luego, por fin, pre­guntó:

-¿La receta de mi belleza?
-A los hombres por lo general no se les dice que son bellos -contestó Miley nerviosa, casi con pánico, inten­tando desviarse de su pregunta.

Pero era demasiado tarde. Supo que era demasiado tarde desde el mismo momento en que cometió la equi­vocación. Él la miraba de frente, de cerca, inclinándose para apoyar las manos en el banco que había detrás de ella, apresándola entre sus brazos, sintiendo cómo su respiración caliente le daba color a sus mejillas y la ha­cía ruborizarse.

-Y sin embargo tú siempre utilizabas esa palabra para describirme -le recordó en voz baja-. Te tumbabas desnuda sobre mí con tu adorable cabello acariciándome los hombros y tus brazos sobre mi pecho, me mirabas a los ojos y me decías con solemnidad: «Eres tan bello, Nick».
-¡Basta! -exclamó ella cerrando los ojos para no ver la imagen que él estaba evocando.

No obstante, por mucho que quisiera cerrarlos, la es­cena se repetía en su memoria. Bellos cabellos... Podía escucharse a sí misma decir aquellas palabras con aquel tono de voz de adoración, suave y lento, mientras lo aca­riciaba: bella nariz, bella boca, bella piel... Él, por lo ge­neral, se quedaba escuchando cada una de sus tímidas y serias palabras con una enorme atención para que ella se diera cuenta de que aquel momento, aquellas frases, le llegaban a lo más hondo de su ser.

«Tienes unos bellos hombros», decía mientras sus dedos los dibujaban y se deslizaban luego por las curvas de sus músculos. «Un pecho bello...»

Dejó escapar un suspiro humedeciéndose con la len­gua los labios de pronto secos. Sabía qué iba a imaginar después su mente: ella inclinaría la cabeza y capturaría con los labios uno de sus hermosos, morenos y masculi­nos pezones... Y su respuesta sería la de un hombre fuera de sí.

Sus ojos se oscurecerían y sus pulmones de­jarían escapar el aliento con un gemido. Con un movi­miento rápido y seguro, puramente masculino, levanta­ría las piernas para rodearle con ellas las caderas y arrastrarla por la cama poniéndose encima hasta que...

-¿Le susurraste esas mismas palabras dulces y evo­cadoras a tu amante?

Aquella pregunta desagradable la hizo abrir los ojos de repente volviendo a la cruda realidad. Él levantó las manos y las puso sobre sus hombros haciéndola darse la vuelta y enfrentarse a él.

-¿Tuvieron en él el mismo efecto que solían tener en mí?

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