sábado, 7 de julio de 2012

Niley 16 - Fruto de la traición


Ella sacudió la cabeza, incapaz de contestar, pálida y atemorizada. Respiró una sola vez llenando los pulmones de aire asustada ante la cólera y los celos que veía reflejados en su rostro duro.

-¿Tienes idea de lo que he pasado imaginándote tumbada al lado de él diciéndole esas palabras? Yo te amaba, ¡maldita sea! Besaba la tierra que tú pisabas. ¡Eras mía, mía! -gritó sacudiéndola-. Fui yo quien te encontró, fui yo quien te despertó. ¡Ese cuerpo y esas palabras eran mías!
-¡Nunca se los di a nadie más! -gritó ella.
-¡Mentirosa! -respiró él inclinando los labios para posarlos sobre los de ella.

Era un castigo. No pretendía hacer otra cosa besán­dola más que castigarla. Sus labios se aplastaban contra los de ella, cerrados contra los dientes apretados, hasta que por fin ella cedió a la presión y abrió la boca.

Desde ese momento aquel beso se convirtió en un castigo y en una revelación. Pero en una revelación terrible, porque en el instante en que sus lenguas se encontraron el tiempo dejó de existir, el presente dejó de existir y ella se sintió viviendo de nuevo tres años atrás, cuando ese hombre era el rey supremo de su mundo. Recordaba su fragancia, su sabor, su contacto, su textura...

Textura.

La textura de esos labios coléricos forzán­dola a abrir los suyos. La textura de esa lengua húmeda deslizándose por la suya. La textura de esas mejillas ter­sas rozando las suyas. La sensación de ese aliento mezclándose con el de ella, el sonido sensual de esos jadeos mientras ella se rendía y enterraba los dedos en su cabe­llo atrayéndolo hacia sí, más cerca, hambrienta, sedienta de algo de lo que no sabía que lo estuviera hasta ese in­creíble, espectacular y ardiente momento.

Cuando él por fin la soltó, ella no pudo hacer nada más que dejarse caer sobre el banco a sus espaldas, in­capaz de reaccionar, intentando calmarse y recapacitar. El aire en el cobertizo era caliente y húmedo. El sol pe­gaba sobre el tejado haciendo que todo oliera a madera y a tierra. Él estaba a un solo paso de ella, respirando muy fuerte y con el cuerpo en tensión. Aún podía palparse la violencia a su alrededor, la amenaza. Pero entonces sonó un teléfono rompiendo aquella atmósfera como si fuera de cristal. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sacó un teléfono móvil.

-Bien -dijo después de estar escuchando un mo­mento-. Voy para allá.
-¿Qué ocurre? -preguntó Miley alarmada poniéndose en pie.

Él no contestó. Se dio la vuelta sin siquiera mirarla y salió del cobertizo. Entonces Miley estalló:

-¡No te atrevas a tratarme como si yo no contara para nada! ¡Es mi hija! ¡Mía! ¡Si esa llamada era para decirte que se han puesto en contacto otra vez contigo tengo de­recho a saberlo!
-Se han puesto en contacto conmigo otra vez -con­testó él encogiéndose de hombros y marchándose sin mirar atrás.

El sol brillaba en el jardín mientras ella lo seguía con la mirada. Quieta, temblando, deseó arrojarle algo, gri­tar, romper algo.

-¡Eres un canalla! -murmuró ofendida-. Un ser cruel e inhumano -continuó mientras las lágrimas comenza­ban a llenar sus ojos-. ¿Por qué tienes que ser tan insen­sible? ¿Por qué siempre tienes que ser tan insensible?

Miley se dirigió hacia la casa y logró serenarse sentán­dose frente a la puerta del despacho. Él la abrió unos mi­nutos más tarde. Ella parecía una escolar con sus enor­mes ojos abiertos esperando muy formal en una silla como si alguien le hubiera dicho que lo hiciera hasta que saliera el director. Pero su boca no era la de una niña. Era la boca de una mujer, llena, sensual. La boca de una mujer a la que acababan de besar violentamente. Nada más verlo se puso en pie.

-¿Y bien?
-Nada -contestó él sacudiendo la cabeza-. Ha sido una falsa alarma. Una trampa
-¿Una trampa? -repitió ella incrédula.
-Sí, ya nos han tendido trampas antes.

Miley inclinó la cabeza preguntándose cómo era posi­ble que alguien intentara aprovecharse del sufrimiento de otros seres humanos, pero no dijo una sola palabra más. Sencillamente, se alejó y subió las escaleras con la espalda recta y la cabeza bien alta.
Sola, como sólo una mujer que estuviera en su situa­ción podía estarlo.

-Sube las escaleras como una princesa -comentó Justin Bieber, mirándola al lado de Nick.

Aquel comentario era la chispa que hacía falta para hacer detonar la bomba de relojería que llevaba Nick en su propio cuerpo. Se dio la vuelta y con los ojos soltando chispas de furia contestó:

-Vete al infierno.

Luego se dirigió al despacho y cerró la puerta.

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