domingo, 15 de julio de 2012

Niley 18 - Fruto de la traición



Sus ojos luminosos se elevaron buscando los de él. Intentaba encontrar en ellos la explicación de su actitud repentinamente amable. Pero él bajó la vista, ocultando lo que cruzaba por su mente. Entonces, algo ocurrió en su interior, cierto anhelo, cierta necesidad, el recuerdo de una época en la que aquel hombre se mostraba tan tierno y preocupado por ella como en ese momento, como cualquier mujer pudiera desear.

-¿Es que quieres que tome yo la decisión? -preguntó él al fin ante su persistente silencio.
-No vocalizas bien -contestó ella.
-Es que yo también estoy cansado -suspiró y en un acto de infinita paciencia se inclinó y la tomó en sus bra­zos-. Se te acabó el tiempo. He tomado la decisión por ti -murmuró sacándola de la habitación y llevándola a su dormitorio.

Caminó hasta la cama y la dejó por fin en el suelo con los pies descalzos. Luego comenzó a desatarle la bata dejando al descubierto un camisón a juego de satén color café y abriéndole las sábanas.

-Vamos, adentro -ordenó.

Sumisa, Miley hizo lo que le mandaban mientras él sa­caba el teléfono móvil del bolsillo del pantalón.

-¿Justin? Estoy con Miley. No me molestes si no es ab­solutamente preciso -dijo colgando de inmediato.
-¿Qué has querido decir con eso? -preguntó Miley ob­servando cada uno de sus movimientos con los ojos muy abiertos.
-Nada. Es sólo que estoy esperando una llamada de Nueva York.

Nick comenzó a apagar todas las luces dejando encendida sólo la de la mesilla. Luego, sin mirar a Miley, se quitó los zapatos para tumbarse a su lado en la cama

-Nick...
-Shsh -la interrumpió él-. A dormir.
-Sólo iba a... darte las gracias -susurró.

Él no contestó, ni siquiera se movió, sólo permane­ció tumbado mirando al techo. Miley lo estuvo obser­vando hasta que sus ojos se cerraron y cayó en un pro­fundo sueño.

Una hora más tarde, él seguía aún ahí tumbado, me­dio dormido, cuando ella de pronto gimió y apartó las sábanas acurrucándose a su lado.

-Nick -murmuró poniendo después sus labios sobre los de él.

Aquella fue su ruina. Nick lo sabía y se despreció por ello en el mismo momento en que se rendía. Pero ella tenía un sabor tan dulce que no pudo resistirse. No había nada en el mundo tan exquisitamente dulce como ella...

Era maravilloso. Era como flotar en la rica, suave, caliente y densa nube de la euforia. Su cuerpo se hizo li­gero mientras sentía que aún le pesaban los párpados, somnolientos, sumidos en la más dulce de las delicias. Y su carne sonreía. ¿Era posible que la carne sonriera?, Se preguntó Miley.

Porque desde luego la suya lo estaba haciendo. Aquel era su sueño y por lo tanto podía hacer y sentir lo que quisiera. Así que, decidió, sí era posible, su carne estaba sonriendo. Algo caliente y húmedo la acariciaba procurándole un placer infinito.

Intentó respirar despacio, saborear el placer sensual de sentir el oxígeno entrando en sus pulmones. Aquellas bocanadas de aire parecían producir una reacción en ca­dena en su cuerpo: sus sentidos despertaron, su carne seguía sonriendo, flotaba en una nube.

-Nick -susurró de nuevo.

Eso era, pensó. Sus sensaciones le recordaban a cuando Nick, perezosa y lentamente, la besaba y acariciaba desde las puntas de los pies hasta el pelo repar­tiendo un millón de besos en una ola de sensaciones placenteras que la dejaban perdida e impotente. Le recor­daba a cuando era suya y él hacía con ella lo que quería.

-Amor mío -susurró entonces una voz ronca.

Sí, recapacitó Miley para sí misma en silencio. Aque­lla era la sensación más dulce y agradable del mundo, la del amor. No estaba en la realidad en ese momento, es­taba flotando en algún lugar, no sabía dónde, desnuda sintiendo la caricia del sol. Sentía que sus pechos esta­ban llenos y le pesaban, que sus pezones se tensaban im­pacientes porque él aún no los había acariciado. Estaba impaciente por sentir esa sensación en sus pechos, que­ría sentir una boca alrededor de ellos, succionándolos y besándolos, haciéndolos suyos.

-Nick -volvió a susurrar sin aliento y llena de necesi­dad.
-Shsh.

Entonces ella suspiró perezosa, sumisa, permane­ciendo en silencio. Y de pronto se despertó y compren­dió lo que estaba ocurriendo. Él deslizaba la lengua por la delicada hendidura que quedaba entre sus muslos.

-Oh, Dios-gimió-. Nick... ¡no!

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