sábado, 28 de julio de 2012

Niley 22 - Fruto de la traición



El avión privado de los Jonas aterrizó en el aero­puerto de Catania a mediodía y los dejó en un extremo de la pista de aterrizaje, lejos de la terminal pública. Era el poder del nombre de Jonas. Salió a recibirlos el ofi­cial de aduanas, y Nick estuvo hablando con él. El cansancio era evidente en todas las líneas de su rostro a pesar de que se había dormido durante todo el trayecto.

No obstante la hostilidad que seguía existiendo entre ellos Miley sintió pena por él. Cuarenta y ocho horas an­tes él estaba en Nueva York, y desde entonces había cru­zado el Atlántico, se había enfrentado a una crisis y ha­bía volado otros cuantos cientos de kilómetros hasta allí.

-Vamos -dijo Nick poniendo una mano sobre su espalda.

Su contacto le produjo una sensación de cosquilleo en toda la piel. Se había quitado la chaqueta al entrar en el avión y sabía por experiencia que en Sicilia no le ha­ría falta ponérsela, pero habría deseado llevarla en ese momento. Habría preferido asfixiarse que sentir el contacto de su mano tan cerca de la piel.

No era una sensación repulsiva lo que sentía, ni mu­cho menos. En las pocas horas en que había vuelto a es­tar en su compañía sus sentidos se habían acostumbrado de nuevo al maestro y señor de su cuerpo. Y lo reclama­ban excitados, de eso no cabía duda.

Ésa era la humillante verdad, y no le resultaba fácil vivir con ella. ¿Acaso tenía razón Nick cuando dijo que estaba sedienta de un hombre?, Se preguntó.

Esperaba que no fuera así. Esperaba que aquella fuera simplemente una breve reacción a la presión bajo la cual había estado viviendo en los últimos días. Por­que era una cuestión de orgullo, no quería sentirse atraída por el hombre que la había herido profundamente.

Hacía un día típicamente siciliano. El aire era ca­liente y seco y el sol quemaba en un cielo azul. Un co­che los esperaba, una limusina blanca brillando al sol. Nick la hizo entrar y luego se sentó a su lado.

Pero ninguno de los dos habló. Ambos estaban ten­sos. Miley se preparaba para el momento en que volviera a encontrarse con su hija, impaciente y nerviosa al mismo tiempo. Se quedó mirando la costa soleada por la que pasaban y frunció el ceño. No sabía cómo iba a reaccionar él ante el primer encuentro con la niña, con la prueba más palpable de la traición de su mujer.

Vio la casa nada más girar en una curva. Se levan­taba a medio camino en la pendiente escarpada del va­lle. El corazón le dio un vuelco al reconocer la edifica­ción de paredes blancas llenas de flores y plantas que se articulaba en distintos niveles con terrazas siguiendo la inclinación de la falda de la montaña hasta la playa.

De pronto dejó de verla al entrar en una especie de túnel hecho de árboles que cubrían el camino, no lejos de la casa. Era el único acceso a ella, exceptuando por mar. Era un lugar hermoso, privado e idílico. Una mura­lla alta y blanca se elevaba tras los árboles, con dos sólidas puertas de madera pintadas de azul como única nota de color. El coche paró y las puertas se abrieron. Luego comenzó a moverse de nuevo hasta llegar a un patio de vivos colores con olivos que daban sombra y una pe­queña fuente.

Miley suspiró tensa. Sintió que Nick miraba en su dirección, pero no le prestó atención. Aquel precioso lu­gar era el centro de todas sus pesadillas. Necesitaría concentrarse si quería mantener el control. Destiny, se dijo a sí misma. Sólo debía pensar en Destiny.

El coche paró y el conductor le abrió la puerta. Sus sentidos estaban inundados por la fragancia de las flores y la paz del lugar, pero no eran más que otras emociones a las que debía combatir.

El aspecto de la casa por la parte de atrás era humilde comparado con la impresionante fachada principal. Era una pared blanca con pequeñas ventanas y contraventa­nas azules bajo un tejado de tejas color terracota. Las puertas azules, gemelas, permanecían abiertas en señal de bienvenida. Miley apretó los dientes e intentó caminar. Una cigarra cantó entonces, desde algún escondite en un árbol.

No había ningún otro ruido. Nada. Tendió la mano en un gesto inconsciente y encontró otra mano más cá­lida, más fuerte, que se cerró presionando sus dedos. Entró en un vestíbulo cuadrado y fue ajustando los ojos a la escasa luz interior.

Le resultaba todo muy familiar. Los cuadros de las paredes, la mezcla de exquisito gusto de muebles en co­lores oscuros, los adornos, las flores. Y el ama de llaves esperándolos, en pie, con una expresión dura.

Pero su hija no estaba allí para darle la bienvenida. Miró a Nick con los ojos inquisitivos y ansiosos. Él dio un paso atrás y habló en voz baja con el ama de lla­ves. Luego se dio la vuelta y la agarró de la mano.

-¿Dónde...?
-Por aquí.

Tenso, la llevó calzando el vestíbulo y pasando bajo un arco hasta una de las muchas escaleras de piedra de la casa, de varios pisos. En el piso de arriba estaban las cocinas, garajes y las habitaciones de la servidumbre.

Luego estaba el piso en el que la familia Jonas hacía las recepciones formales, los salones. Debajo, la planta dedicada al imperio Jonas, con oficinas y todos los equipos necesarios. La siguiente planta estaba dedicada a los aposentos de la familia, le seguía la dedicada a las habitaciones de invitados y por último los salones de re­creo donde estaban las únicas televisiones de toda la casa y las terrazas ajardinadas que daban a la playa, unos doscientos escalones más abajo. Miley había con­tado esos escalones en una ocasión, en uno de esos lar­gos períodos en que Nick no estaba y ella huía de la compañía de su padre.

Mientras Nick la guiaba sus piernas temblaron. Los recuerdos, avivados por el lugar, comenzaban a in­vadirla. Recuerdos de una preciosa habitación con una cama con dosel y un hombre desnudo en ella, moreno sobre sábanas blancas. Un hombre al que le encantaba simplemente estar ahí tumbado mientras la observaba moverse por la habitación, cepillarse el cabello, cuidar su cutis...

-¿Miley?

Se había detenido sin darse cuenta, sólo fue cons­ciente de ello al oírle decir su nombre. Entonces volvió a la realidad con una expresión de dolor. El mismo hom­bre que había estado recordando desnudo la observaba, era el mismo pero no era el mismo. Aquél tenía una expresión de perezoso placer, éste un gesto duro y frío.

-Por aquí -dijo invitándola a seguir bajando la esca­lera.
-Pero... -objetó ella.

Entonces comprendió. Había supuesto que Destiny esta­ría en uno de los dormitorios de la familia. Qué estúpida e ingenua había sido, pensó. Seguramente, habrían acomodado a Destiny en una de las habitaciones de los invita­dos, en la siguiente planta. No pertenecía a la familia, igual que ella, no lo era en el verdadero sentido de la pa­labra.

Bajó la cabeza para que Nick no viera la expre­sión de ironía de su rostro y lo siguió. Bajaron a la si­guiente planta en silencio y allí, tal y como había espe­rado, la llevó hasta uno de los dormitorios. Al llegar a la puerta Nick hizo una pausa como si tuviera que pre­pararse para entrar. Miley hizo lo mismo.

La puerta se abrió. Miley se quedó inmóvil al lado de Nick. Su corazón, sus pulmones, todo en su interior se paró al ver lo que se presentaba a sus ojos. Al otro lado de la habitación, junto a uno de los balcones abier­tos a la terraza, había un hombre. Su pelo, negro, estaba más cano de lo que recordaba y su figura, en otra época imponente, se veía disminuida por su estado en una silla de ruedas. Pero no sólo el hombre llamaba su atención: también le extrañó lo que tenía en los brazos.

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