sábado, 28 de julio de 2012

Niley 23 - Fruto de la traición



Recostada contra su pecho tenía a una niña sin nada más que un pañal y una camiseta de algodón. Apoyaba la cabeza contra su hombro y lo abrazaba por el cuello.
Por un momento se le empañaron los ojos. Su hija, su única hija, se abrazaba a su peor enemigo como a una roca de la que dependiera.
Entonces aquella cabeza cana se volvió y los ojos dorados de viejo cazador buscaron los de ella. Su expresión le heló la sangre en las venas.

Expresaban posesión, una posesión fiera. Por fin Miley comenzó a comprender. Era a su hija. En su enfer­medad, Paúl había visto próxima la muerte. Se había soñado a sí mismo en su lecho de muerte sin haber tenido la oportunidad de abrazar a su nieta. Ya no tenía importancia alguna que esa niña fuera de Miley. La que­ría. Y lo que Paúl Jonas quería lo conseguía, aun­que tuviera que robar para ello, aunque tuviera que soportar a la mujer que odiaba. Quería a Destiny. En su mente ya no cabía duda alguna de que había sido Paúl quien la había raptado.

-¡No! -gritó Miley de pronto de forma instintiva en­caminándose hacia él y viendo horrorizada cómo él se abrazaba a su hija en un acto convulsivo negándose a aceptar la separación.
-¡Ella no quiere estar con nadie más que conmigo! -exclamó Paúl con expresión de triunfo-. ¡Mira cómo se abraza a mí, míralo!
-¡No! -gritó Miley de nuevo negándose a aceptarlo y negándole su derecho a sentir aquello por su hija tal y como él se lo había negado a su propio hijo.

Entonces la niña, como si hubiera notado la cercanía de su madre, suspiró temblorosa contra el hombro de Paúl llamando la atención de su madre. Y de pronto Paúl fue relegado al olvido. Nick, tenso aún en el umbral, fue igualmente relegado al olvido. Miley lo ol­vidó todo al ver cómo su hija, con sus rizos rubios, gi­raba lentamente la cabeza y miraba hacia arriba, a su madre, dejando escapar otro suspiro y levantando un brazo hacia ella.

Se inclinó, agarró a la niña y la abrazó poniendo una mano sobre su espalda y la otra sobre su cabeza. La niña se acurrucó contra ella abrazándola y hundiendo el ros­tro en su pecho. Y entonces nadie se movió. Nadie ha­bló. Miley simplemente se quedó en pie con los ojos cerrados y la mente en blanco. Lo que sentía era algo tan profundo que no se mostraba en su rostro.

Era como ser testigo de la unión más espiritual que la vida puede ofrecer. Y nadie que lo viera po­día dejar de conmoverse. Ni Paúl, que bajó la cabeza sacudiéndola como si aquello le doliera, ni la mu­jer de pelo oscuro que estaba callada en un rincón, cuyos ojos se llenaron de lágrimas, ni Nick, que tuvo que ce­rrar los ojos para que no se le rompiera el corazón.

El tiempo fue pasando y nadie se movió. Por fin la niña levantó ligeramente la cabeza con el ceño fruncido y miró a su madre con una expresión de condena.

-No gustan aviones.

Entonces le fallaron las piernas, sin previo aviso. Era como si la voz de su hija hubiera funcionado como un resorte que rompiera el control que había estado ejerci­tando sobre sí misma y simplemente se desmoronara.

Paúl lo vio y levantó un brazo instintivamente ha­cia ellas haciendo un gesto de aviso. Nick abandonó su postura de estatua junto a la puerta y se abalanzó hacia ellas de modo que en lugar de caer al suelo su pe­queño y delgado cuerpo se apoyó en el de él y los tres quedaron abrazados mientras la tensión llegaba a un punto culminante en su rostro.

La niña elevó la vista hacia su madre y miró por pri­mera vez en su vida las líneas duras del rostro de su padre.
El luminoso azul se encontró con el café. Y mien­tras Miley libraba una batalla interior a su lado tuvo lugar una comunicación entre padre e hija que hizo reír sofocadamente a Paúl y apretar los dientes a Nick tras sus labios tensos.

Porque aquella niña era sin ninguna duda de Miley. Te­nía su suave y dorado cabello, sus deliciosos labios, su piel delicada y pálida y sus enormes y preciosos ojos azules. No había en ella ni rastro de origen siciliano, ni siquiera una sola señal del inglés de cabello oscuro con el que Miley lo había engañado. La niña parecía un ángel, cuando lo cierto era que su aspecto hubiera debido ser el de un dia­blo. Su primer impulso fue el de soltarlas a ambas.

-¡Sujeta a la niña, deprisa! -dijo Nick en un in­tento por liberarse de la violenta emoción que lo domi­naba.
Sus sentimientos debieron de reflejarse claramente en la expresión de su rostro, porque la niña torció la boca y abrió mucho los ojos asustada y llena de lágrimas.
-¡Más hombres malos! ¡Quédate conmigo, mamá! ¡No más hombres malos, mamá! -lloró abrazándola-. ¡Abuelo!

¿Abuelo?, Recapacitó Miley abriendo de pronto los ojos.

-¿Qué diablos...? -murmuró Nick, poniéndose tenso tras ella.
-Necesitaba confianza -se defendió Paúl-. Se la di del único modo que se me ocurrió.

Era un mentiroso, pensó Miley acusándolo con la ex­presión de sus ojos. En un brote de ira repentino se soltó de Nick y abrazó a su hija protectoramente mientras miraba a ambos hombres reflejando en sus ojos la con­dena.

-Sois mala gente -susurró tensa.

Luego se dio la vuelta y salió por el balcón hasta la terraza a tomar el aire.

-¡Miley! -gritó Nick con voz autoritaria haciéndola parar en medio de la terraza y agarrándola del brazo-. ¿Adónde diablos crees que vas?
-Déjame que me marche -susurró.
-¡No seas estúpida!
-¡Pero ya lo has visto, Nick! -dijo volviéndose para mirarlo-. ¡Fue él quien lo hizo! Él fue quien lo pla­neó todo por razones puramente egoístas. Y...
-¡Cállate! Te avisé que no volvieras a repetir esas acusaciones.

Él no se daba cuenta, pensó Miley desesperada. Nunca vería a su padre tal y como era. El tono fuerte de su voz hizo que Destiny levantara la cabeza y lo mirara volviendo de nuevo a gritar asustada.

-¡Hombre malo otra vez!
-¡Nick! -lo regañó Paúl inesperadamente-. ¡Estás asustando a la bambina!.
 Destiny seguía llorando mientras Miley permanecía en pie temblando de rabia ante la sola idea de que su niña, de que cualquier niña, tuviera que experimentar la maldad humana.
 -Mi padre tiene razón, estamos asustando a la niña -dijo apretándole el brazo-. Vuelve adentro. Todos esta­mos nerviosos. Ven...

Su mano la urgía a entrar. Renuente, lo hizo al fin dándose cuenta que por el momento no tenía elec­ción. Ambos tenían razón; estaban asustando a la niña. Destiny ya había sufrido bastante, no necesitaba que la acti­tud hostil de su madre la confundiera aún más. Pero al llegar a donde estaba Paúl, sentado tenso sobre su si­lla de ruedas, paró un momento y lo miró expresándole con los ojos que lo sabía todo.

Aquello ojos de cazador la miraron y luego se suavi­zaron para mirar a la niña y sonreír. La niña respondió de inmediato a su sonrisa.
-¡Abuelo! -exclamó afectuosa haciendo que Miley casi volviera a perder el control.
El tono de voz era tan cariñoso que le afectó incluso a Nick, quien seguía agarrándola y urgiéndola para que entrara.

-Eres un idiota, Nick, siempre lo has sido en lo que concierne a tu padre.
-Siéntate -respondió Nick autoritario ignorando el comentario y empujándola para que se sentara en una silla-. Ésta es Lily -Miley la miró. Sonreía nerviosa. No era mucho mayor que ella, pero sus ojos y su cabello os­curo eran típicamente sicilianos-. Lily está aquí para atenderte. Comenzará por subir tu equipaje. Te sugiero que intentes tranquilizarte y tranquilizar a la niña. ¿Pa­dre...? -añadió volviéndose hacia Paúl-. Necesita­mos hablar.

Para sorpresa de Miley un Paúl renovado, obe­diente y sumiso, se retiró accionando los mandos eléc­tricos de su silla. Entonces se hizo el silencio. Destiny le­vantó el rostro del pecho de su madre.

-¿Hombre malo ido?
Miley se recostó sobre el respaldo de la silla y la acarició.
-No es un hombre malo, Destiny, es sólo...

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